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Eppur si muove: notas sobre la literatura, el cine y más allá

Eppur si muove: notas sobre la literatura, el cine y más allá

En épocas de cambio como la que vivimos suele reabrirse el viejo debate entre apocalípticos e integrados, haciendo un guiño al oportuno título de Umberto Eco.

La literatura se sitúa en el centro de la diana, amenazada de manera creciente por el cine, las redes sociales, los millares de estímulos virtuales y, en definitiva, todo aquello que acertadamente señaló Nicholas Carr en su imprescindible ensayo Superficiales: ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes?

"En el extremo de la desidia están los escritores que afirman sin pudor que leen poco «porque acaban agotados de tanto escribir»"

¿Qué probabilidades tienen las novelas de ganar la batalla a los «140 caracteres» (ahora «280»)? ¿Cómo puede competir un formato que requiere la atención del lector contra las facilidades e inmediatez que ofrece el audiovisual? No sé si habréis notado que, salvo casos concretos, las novelas son cada vez más breves (exigencias editoriales; bueno, quizá no exigencias explícitas, pero me encantaría que vierais la cara de una editora o de un editor cuando un autor le dice que acaba de terminar una obra de mil páginas, a menos que seas George R. R. Martin). En el extremo de la desidia están los escritores que afirman sin pudor que leen poco «porque acaban agotados de tanto escribir». Están en su derecho, y nosotros en el nuestro de no leer una sola línea escrita por tales traucos.

Me mueve a escribir estas líneas una serie de reflexiones que me ocupan desde hace varias semanas. Reflexiones que son como un fuego cruzado, como un paralogismo, como un conjunto de elementos en apariencia dispersos o inconexos y alguna que otra paradoja suave (esa letanía que a veces escuchamos desde la caverna del mundo editorial, «para salvar la buena literatura hay que recurrir a la mala literatura», sea lo que sea esa «buena literatura» y esa «mala literatura», y contra lo que no tengo nada en contra).

True Detective

Por una parte, escucho y leo los lamentos anticipados que pronostican un futuro para la literatura muy similar al del super 8 con respecto al cine: una antigualla. Por otro, un debate a todas luces estéril acerca de qué es buena y mala literatura. En medio, mi propio y marchito esnobismo literario —el fantasma de las vacaciones pasadas—.

El caso es que todo este aparente caos y Armagedón se me antoja un fértil terreno para nuevas aventuras y nuevos cultivos.

La idea que debéis tener en mente a lo largo de estas páginas es muy sencilla: nunca dejaremos de necesitar historias. Es así de simple. Ahora bien, ¿qué pasaría si ya nadie abriese las páginas de La montaña mágica, aparte de perderse un librazo, claro está? ¿Qué sucedería si la gente, sencillamente, dejase de leer? Baste decir desde este instante que yo no creo que vaya a suceder, más bien todo lo contrario. Tampoco creo que vayamos a convertirnos en los Eloi que describe H. G. Wells en La máquina del tiempo, y, si lo hacemos, no será porque ya no nos interesen las historias.

"No es nueva la intersección entre literatura y cine, habiendo casos destacados de escritores del más alto nivel que han cruzado varias veces la frontera entre ambos formatos"

Bien, podría darse la circunstancia que, debido a la incapacidad de mantener la atención o de la comodidad que ofrece el cine o la televisión (o el móvil), la gente dejase de leer. Gutenberg ha muerto. Aunque supongo que a nadie se le habrá pasado por alto que las series, las películas y los videojuegos tiene que escribirlos alguien. Me parece estar oyendo algo parecido a ¿nosestásdiciendoquelosescritorestendremosquelimitarnosaescribirguionesdepelículasyseriesdetelevisión? A lo que debo responder que no.

No es nueva la intersección entre literatura y cine, habiendo casos destacados de escritores del más alto nivel que han cruzado varias veces la frontera entre ambos formatos: Guillermo Arriaga, Neil Gaiman, Emmanuel Carrère, Sam Shepard, Nic Pizzolatto, ¡incluso William Faulkner! La lista es demasiado extensa.

Más novedosa, aunque no del todo, es la ampliación transmedia, por decirlo de un modo muy moderno y muy clásico al mismo tiempo, del universo literario; su multiplicación a través de varios formatos, bien de un modo indirecto, a través de la adaptaciones de terceros (los casos de las obras de Arturo Pérez-Reverte J. K. Rowling o Stephen King, por mencionar tres casos muy emblemáticos, adaptadas a cine, cómics, etc.), bien de un modo más proactivo, como son los casos de Juan Gómez-Jurado, que combina su carrera de escritor para adultos con otras piezas orientadas a un público más juvenil o Neil Gaiman y Alan Moore, que escriben directamente en y para varios formatos.

"¿Por qué no íbamos a ver como algo de lo más habitual, como ya hemos hecho en cine y televisión ¡y en las canciones!, que un autor de novelas escribiera cómics o videojuegos?"

Más allá de la absoluta libertad que cada autor tiene de orientar su carrera y de explorar tantos terrenos como desee, me parece oportuno señalar algo que tiende a olvidarse: hay trabajos que funcionan bien en un formato y en otros no y viceversa; hay historias para un público y otras para otro —por no mencionar que hay mil formas de potenciar en los lectores jóvenes el hábito y la emoción por la lectura (es fascinante, por cierto, el universo de los jóvenes lectores y lectoras)—. Y todas ellas pueden proceder de un mismo autor o de una misma autora. ¿Incompatibilidades? Personalmente, nunca las he visto.

22 11 63 Stephen King

22/11/63, de Stephen King

¿Por qué no íbamos a ver como algo de lo más habitual, como ya hemos hecho en cine y televisión ¡y en las canciones!, que un autor de novelas escribiera cómics o videojuegos? Ya se hace, pero algo me hace pensar que lo veremos con mayor frecuencia en los años venideros.

Esto nos lleva al último tema que quiero tratar con vosotros hoy: las alternativas. ¿Debe la literatura claudicar? ¿Debe asumir su papel en la sombra? Me temo que mi respuesta vuelve a ser negativa para ambas preguntas.

Creo más bien que resultaría muy sencillo poner de moda la lectura. Tal vez nos llevase una o dos generaciones, pero, sin duda, lo conseguiríamos. ¿Y cómo? Desde mi punto de vista, ha de hacerse desde la más tierna infancia y también empezando por nosotros mismos. Ha de hacerse rompiendo todas las barreras: las del cómic, las series, el cine, las novelas, los videojuegos, las novelas gráficas, los memes, los fanzines, los libros malos (sean los que sean), los grafitis… Cada uno de ellos nos ofrece una experiencia distinta, pero no incompatible (no hace falta pasarse la vida, aunque sí alguna vez, flagelándose con las soporíferas obras sin las cuales no estaríamos aquí, y lo más importante: no es necesario hacérselo a los jóvenes lectores).

"Pensad en esto la próxima vez que alguien os vuelva a repetir el mantra de «la muerte de la literatura»: Eppur si muove"

Creedme cuando os digo que sin corbata se respira mejor, que la literatura es como el agua que fluye libremente a menos que se la empantane (y ni por esas). Una serie o una película puede llevarte a un libro; Los tres investigadores pueden llevarte a Sherlock Holmes; C. S. Lewis o The Sandman pueden llevarte a Neil Gaiman y Gaiman a Chesterton; y Stephen King puede llevarte a… cualquier sitio a condición de que no cometas un error, el error de encorsetarla, de juzgar lo que es bueno y lo que es malo (te aseguro que lo peor de todo, en este contexto, es no leer en absoluto). ¿Literatura de plantilla? ¿Y qué más da? Ya empezarán los lectores a sospechar algo cuando hayan devorado diez o quince novelas iguales, y tal vez decidan explorar nuevos territorios. A fin de cuentas, dudo mucho que tú empezaras tu andadura como lector leyendo a Hofmannsthal, Kafka o Kierkegaard (conozco algún caso en que así ha sido, de modo que, si también es el tuyo, te recomiendo que te refresques un poco y salgas a estirar las piernas y a tomar el sol).

Digámoslo abiertamente: en la cultura de la convergencia, novelas, cine, cómics y demás atesoran cada uno un fragmento de nuestros mitos (o de los mismos mitos de siempre adaptados a nuestra época), de las historias que nos contamos a nosotros mismos y que nos ha tocado vivir, y otras por imaginar. Historias, en definitiva, que nunca dejaremos de necesitar.

Pensad en esto la próxima vez que alguien os vuelva a repetir el mantra de «la muerte de la literatura»: Eppur si muove.

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