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‘Colette’: Sé quien quieras

‘Colette’: Sé quien quieras

Varias películas se han hecho sobre Sidonie-Gabrielle Colette, y con razón: escritora, actriz y periodista a caballo entre el siglo XIX y el XX, fue pionera femenina de las letras y de las artes, tuvo a hombres y mujeres como amantes y fue nominada al Nobel de Literatura en 1948. Con tal currículum, y en un mundo que, aún un tanto a tirones, intenta ahora dar más cabida a las mujeres brillantes, tanto del presente como del pasado, es lógico que se vuelva a recordar su figura continuamente, a veces fijándose más en el aspecto lésbico-escandaloso de su vida (para lo que era su tiempo) y otras más en la parte de su intento de salir de debajo del peso público de la figura masculina dominante en su carrera. Su última encarnación cinematográfica viene de la mano de Keira Knightley, que a pesar de su juventud puede ya considerarse una gran dama del cine de época, en una película que se limita a los trece años años de su relación con Henry Gauthier-Villars (1893-1906), un hombre catorce años mayor, libertino, caradura y crítico literario que bajo el seudónimo de «Willy» vivía y sobrevivía en el bullicioso mundo literario de París, donde introdujo a su esposa.

(Aviso de destripes en todo el texto)

Colette tenía veinte años cuando se casó, pasando de su pueblo borgoñón al gran mundo parisino, en principio como trofeo para lucir en saraos y luego como creadora con talento, encadenada a la pata de la mesa (a veces casi literalmente) a mayor gloria de su protector/explotador. En la película, Willy está interpretado por Dominic West, un actor que tiene la peculiaridad de que tipos que deberían caerte realmente gordos sobre el papel resultan un tanto más simpáticos de lo que deberían parecer (véanse por ejemplo McNulty en The Wire o Noah Solloway en The Affair). De su mano entramos en esa ciudad de la luz, llena «de artistas y poetas y escritores, todos buscando decir algo profundo». Aunque Willy tiene una reputación, Colette no puede evitar pensar que si se ha fijado en ella y ha venido hasta Borgoña a visitarla cuatro veces, algo real tiene que haber, ya que «después de todo, conoces a todas esas maravillosas mujeres de París, así que algo debo de tener». Además, Willy ya está en una edad en que debe ir asentando la cabeza, pero «al contrario, los días salvajes acaban de empezar». Esa primera fiesta es toda una lección para Colette: aunque ella se aburre y le acaba dando pena una tortuga enjoyada que tienen de mero adorno (porque por qué no), Willy está en su salsa: «No son pretensiones, sino exageración. El ideal es ser auténtico, pero a tamaño mayor que el real, presentar una personalidad con P mayúscula». Willy tiene incluso preparada la etiqueta para ella: «Tú también podrías hacerlo: encanto de chica de pueblo».

A continuación vemos a Willy en medio de la fábrica de salchichas, produciendo, o ayudando a producir, artículos como churros en torno al mundillo de las letras. A uno de sus negros, Schwob, que intenta salvar en su crítica a una obra que está reseñando, le recomienda «nada de medias tintas, entra a matar». Hasta ahora Willy se había limitado a las historias cortas y las críticas teatrales y musicales. Ahora quiere dar el salto a la novela, y lo tiene muy claro: «Con suficiente literatura para los esnobs y la suficiente basura para los bajos fondos… o viceversa». Tratará de una chica de 18 años, peligrosa, callejera y sin corsé, que cautiva y seduce a un genio literario burgués, y entre repetidas escenas de sexo, «nos preguntamos si él escapará alguna vez y volverá a sus honrados amigos y a su prometedora carrera» o se quedará hundido entre la depravación. Obviamente, quien va a escribirla no es él, sino Veber, otro de sus «fantasmas». Vale, estará en cuatro meses. «¿Cómo que meses? ¡Semanas, Veber! Escribe cuatro horas de cada vez». En medio de este taller, Colette empieza escribiendo cartas que luego Willy, que se describe a sí mismo como «empresario literario», copia con su letra para que parezcan de él.

Al poco, empieza a quedar claro que los flirteos de Willy por los salones, «porque eso es lo que uno tiene que hacer» no se quedan en eso, sino que tiene queridas, tanto de gusto como de gasto. Y claro, salen a relucir las excusas de toda la vida: no significan nada para mí, los hombres somos así, tenemos necesidades y aquí en la ciudad esto es perfectamente aceptable. Colette busca consejo en casa de mamá: «¿Alguna vez te sentiste como que estabas representando un papel?». «Como esposa, a veces. Nunca como madre». De vuelta a un contrito —no sabemos si arrepentido— Willy, Colette quiere algo más: «Quiero ser parte de algo, no quiero ser tratada como la esposita de la casa». Qué suerte entonces que Willy esté al borde de la ruina, no porque no gane, sino por lo que gasta: las carreras, el casino, el continuo «esta la pago yo»… Cuando los negros se le rebelan, Colette salta al campo de juego, y con ese «Me llamo Claudine. Vivo en Montigny. Nací allí en 1873. Probablemente no moriré allí» nace una sensación literaria… Pero todavía no.

El primer borrador no le gusta a Willy: maravillosa descripción, he pasado un día entero en Saint-Sauveur, pero esto no te lo van a publicar porque no tiene trama… demasiados adjetivos… y es demasiado femenino. Comienza aquí lo que podría ser un debate de cierto interés, y es el de la relación entre autor y editor. Dejando a un lado por ahora que dentro de unos años Colette y Willy se pelearán por los derechos de las novelas de Claudine, es cierto que parte de las ideas, dirección y notas de lo que luego fue un gran éxito de ventas partieron de Willy, y que Colette estaba escribiendo por encargo. Sin la influencia de Willy, la obra de ella habría resultado de otra forma, pero ¿se habría vendido? ¿Habría tenido valor literario en el estilo que ella quería? Estas misma preguntas podrían hacerse a parejas como Ezra Pound y T.S. Eliot, Charles Dickens y Edward Bulwer Lytton, Franz Kafka y Max Brod, Sylvia Plath y Ted Hughes, etc. En este caso, la película se pone de parte de Colette, pero sin tratar a Willy como un ladrón, aunque es verdad que las notas de Willy se dirigen a que haya «más picante y menos literatura: sé lo que los hombres quieren, y también los editores».

El plan funciona con gran éxito, tanto que quien más compra el libro sobre Claudine son chicas jóvenes, que incluso empiezan a poner de moda lo de ir vestidas en uniforme del colegio pasados los veinte. Willy, bajo cuyo nombre se publica, se convierte en el triunfador de la temporada. El libro se convierte en saga, Willy compra una casa tranquila en las afueras a Colette… para que escriba cuanto más mejor y sin distracciones, llegando incluso, y esto fue verdad, a encerrarla con llave. El público puede que sospechara más o menos que alguien cuya joven esposa es de un pueblo borgoñón y escribe libros sobre una colegiala borgoñona recibiera su inspiración de otro lugar diferente, pero la pareja se deja ver en público, recibe atenciones y peticiones, frecuentemente de mujeres… y a veces dirigidas a ella. Willy no solo las permite, sino que las anima, y Colette empieza a tener relaciones con herederas norteamericanas o mujeres nobles de pantalón y chaqueta, alguna de las cuales se convierte en trío. Los libros se trasladan al teatro, lo cual produce una riada de jóvenes aspirantes al papel, algunas de ellas «fangirleando» completamente y hablando del libro «como si fuera una religión». Willy incluso fomenta que Colette y Polaire, la morena que se hace con el rol, se dejen ver juntas, ya que sería una mina de publicidad y que sería la comidilla de París (en la versión original, «Paris would be all atwitter», tras lo que solo falta un redoble de platillo y tambor, badum-tss).

Una de estas mujeres, Mathilde de Morny, alias Missy, marquesa de Belbeuf, fue de gran importancia en la vida de Colette. Cuando a Colette le pica el gusanillo del teatro, es Missy quien la anima y quien llega incluso a participar en esa obra escandalosa de la exploradora y el sarcófago egipcio que es cierto que acabó en abucheos y lanzamiento de productos alimenticios al escenario. En la película es Missy quien pone en valor ante Colette el hecho de que todas esas chicas jóvenes, entre la niñez y la edad adulta, están encontrando su propia voz a través de esas novelas en principio sensacionalistas y un tanto depravadas, y que si ella las ha escrito, ella debería ser quien lo dijera en público. Pero Willy se niega: «Willy es una marca, y además las mujeres escritoras no venden».

Es el momento de pasar página. Willy vende los derechos de Claudine para salir de otra quiebra y Colette se va de gira con el «cantomimo» Wague, algo que hará durante años, con mucho empeño y dedicación, pero sin excesiva fortuna. Cosa que la película no nos cuenta, porque justo ahí, saliendo al escenario mientras la gente grita su nombre, es donde acaba el film. Quedamos sin ver que la relación con Missy se acabó, que Colette se casó otra vez, con otro editor, y tuvo una hija, y que por fin pudo dedicarse a escribir como carrera con su propio nombre, hasta que ambos cónyuges se fueron infieles (ella con su hijastro de 16 años). Colette vive durante la Primera Guerra Mundial, la Belle Époque, la invasión nazi de París, durante la que fue arrestada y al término de la cual publicó Gigi, adaptada al cine con Audrey Hepburn, escogida en persona por Colette, y ganadora del Oscar a la Mejor Película. Casada por tercera vez, murió en 1954, a los 81, y está enterrada en el Pére-Lachaise.

Dos motivos son de gran importancia en la película: el de la transformación física reflejando una búsqueda de la identidad propia, y el del rol que cada personaje juega en su obra y cada persona en su propia vida. El crecimiento y la maduración de Colette se van reflejando paulatinamente en la película en su transformación física, a la que podría dedicarse una película entera. Al principio, Willy alaba su largo cabello y ella responde que «en el pueblo me llaman la del pelo«. Al llegar a París, no cabe en los constreñidos (y caros) modelitos de la capital, y prefiere acabar yendo a las fiestas llevando lo que en el pueblo se considera elegante pero en París pueblerino. Cuando Claudine es adaptada al teatro y aparece la sensual Polaire, Colette adopta su cabello corto, porque «ya no estamos en el siglo XIX», y la transformación se completa tras conocer a Missy y empezar a llevar pantalones. Todo esto además de su afición por el teatro, que nos lleva al segundo motivo: Colette ha usado su propia vida para crear a Claudine, y a la vez ella misma, como ha comentado a su madre, siente a veces que está representando un papel en su propia existencia, un papel primero escrito por otro, Willy (que alguna vez llega a hacerla vestirse de Claudine para hacer el amor), y luego cada vez más elegido por ella misma. A Missy también le ocurrió que cuando se probó el uniforme del colegio de su hermano, encontró su «hogar» por primera vez. «Por supuesto que para una mujer de medios como yo es más fácil, pero quería demostrar que se puede hacer». El tema es: yo me visto de hombre porque quiero, y tú de colegiala también porque quieres, sabiendo por qué, pero ¿eres feliz?

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