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‘Mary Shelley’: Transformando la vida en arte

‘Mary Shelley’: Transformando la vida en arte

Al igual que pasó con el Sentido y sensibilidad del taiwanés Ang Lee, Mary Shelley es una adaptación de un clásico británico decimonónico hecha por alguien procedente de una cultura completamente diferente, en este caso la saudí Haifaa al-Mansour, que tiene la distinción de ser la primera mujer directora de cine en la historia de su país. Dadas las dificultades que tuvo que pasar para lograr dicha hazaña (y que darían para su propia película), es lógico que al enfrentarse a la biografía de Mary Wollstonecraft Godwin se sienta atraída por ciertas partes comunes a las dos, como son su condición compartida de pioneras en su campo y los obstáculos que las sociedades patriarcales de su tiempo colocaron en su camino.

El film no ha recibido buenas críticas en general, principalmente por una cierta falta de chispa (curioso y notable, dado que hablamos de la creadora de Frankenstein), pero no es malo en absoluto y tiene varios aspectos valiosos que vale la pena reseñar, aparte de que cualquier iniciativa que lleve la literatura al cine es digna de aplauso, al menos hasta donde los merezca. Quizá habría tenido mejor fortuna como miniserie para televisión, especialmente dado que dos de los actores principales, Douglas Booth y Ben Hardy, han salido hace poco en adaptaciones para la pequeña pantalla de otros dos clásicos ingleses del XIX, Grandes esperanzas y La mujer de blanco. Por su parte, Elle Fanning como Mary queda muy pálida, seria y estoica, lo cual le quita un poco de ímpetu a la impresión general, pero por contra quizá gane en lirismo romántico.

La trama se ocupa solamente de los cuatro años (1814-18) que pasaron entre que Mary conoce al poeta Percy Shelley y la publicación de la mencionada novela Frankenstein, un tiempo durante el cual hay embarazos, muertes, suicidios, traiciones, sinsabores, un año sin verano y una apuesta de la que nacieron monstruos, fantasmas y vampiros. Dado que Victoria R Ramos y Juanjo Braulio, entre otros, se han ocupado por extenso de la figura real de Mary Shelley en Zenda anteriormente, en esta entrada iremos directamente a ocuparnos solo de la película en sí, así que remito a sus artículos para completar lo que aquí se diga.

[Aviso de destripes en todo el texto]

Al inicio de la película, conocemos a Mary como una joven de dieciséis años aficionada a escaparse de casa para poder leer tranquilamente cerca de la tumba de su madre las «historias de fantasmas» que tanto le gustan, además de los clásicos que su padre, el filósofo político William Godwin, le impone para su educación, ya que según él decía, «amar la lectura es tenerlo todo a tu alcance». Pronto iremos viendo que Godwin es un auténtico mar de contradicciones para su hija, ya que mientras sus libros más conocidos tratan temas como el anarquismo y la justicia política, también había publicado en 1799 una novela gótica, St Leon, donde se hablaba de la inmortalidad y la extensión de la vida natural humana, y que aunque hoy está bastante olvidada, en su tiempo fue famosa. «No sé por qué se enfada tanto con esto», dice Mary, escondiendo sus relatos fantasmagóricos al llegar a casa. «A la gente le gustaban sus novelas góticas».

Uno de los detalles más conocidos de la biografía de Mary Shelley es que su madre, la pionera feminista Mary Wollstonecraft, murió pocos días después de darle a luz, cosa que a veces ella misma recordaba a la gente, de manera incluso brusca. Dieciséis años más tarde, ella y su padre se ven unidos, si no por otra cosa, al menos sí por su recuerdo. Para ellos, ella era alguien «llena de pasión y desafío, como si estuviera en guerra constante con todo y con todos, y disfrutando cada momento de la batalla». William, con el tono grave y apesadumbrado que ya le conocemos al actor Stephen Dillane tras su interpretación de Stannis Baratheon en Juego de tronos, remacha: «Los guerreros como tu madre nunca duran mucho en este mundo».

Para completar su educación, Mary es enviada a Escocia, que durante mucho tiempo ha sido un lugar con un nivel educativo igual de bueno, si no superior, al de Inglaterra, y sobre todo en el siglo XIX. William cree que Mary necesita «el refugio, la soledad y el tiempo para la introspección», ya que sus primeros textos juveniles le parecen «obra de un imitador». «Líbrate de los pensamientos y palabras de otra gente, Mary. Encuentra tu propia voz». En casa de William Baxter, Mary al principio tiene problemas para dormir, por el silencio que hay, pero en seguida hace amistad con la hija de la familia, Isabel (Maisie Williams, Arya Stark en Juego de tronos). Ambas tienen en común que sus madres ya han muerto, e Isabel incluso ha pensado en intentar «contactar» con ella cual médium, en este fascinante tiempo de ciencias, paraciencias y fronteras difusas entre los verdaderos descubrimientos del progreso y las nuevas falsas hipótesis aún no derrotadas, tan peligrosas como las supersticiones de antaño.

En casa de Baxter, Mary oye a Samuel Coleridge recitar sus propios versos (ella ya lo conocía de casa de su padre) y también conoce a Percy Bysshe Shelley (esto solo en la película, en realidad Mary también conoció a Shelley en casa del padre de ella), un apuesto poeta cinco años mayor que ella, y que, según Isabel, «es un radical que piensa que la poesía debería servir para reformar la sociedad… así que a menudo se mete en problemas». Mary y Percy pegan la hebra rápidamente, sobre todo cuando ella le habla de su intención de escribir cosas que «hielen la sangre y aceleren los latidos del corazón».

De repente, Mary ha de volver a Inglaterra rápidamente, debido a su hermanastra Claire (Bel Powley), que resulta que ha fingido estar enferma solo para provocar que a Mary la llamen de vuelta. En la vida real, hay fundados motivos para pensar que Claire era una drama queen de tomo y lomo, y aunque la película nos ahorra lo peor de su comportamiento, sí que aparece a menudo como un elemento más de incordio en la vida de la protagonista. Percy en seguida viene a visitar la casa de los Godwin, y consigue que William lo convierta en su protegido y huésped de pago. Mary y Percy reanudan sus conversaciones, y vuelven a hablar de la madre de ella, cuya obra Percy dice admirar, aunque «lo único de lo que habla la gente es de que quería irse por ahí a vivir con un hombre casado y su esposa en un ménage-à-trois.». «Nunca he entendido cómo dos radicales como tus padres sucumbieron al matrimonio. ¿Qué piensas de eso?», pregunta Percy con interés. «No me causa ningún problema», responde Mary. «Lo hicieron para legitimarme. La gente debería poder vivir y amar como quiera».

Percy tomará buena nota de eso para después. De momento, se lleva a Mary a hacer de rebelde malote, robando el vino de misa de una iglesia y despotricando contra Dios, los altares o los tronos, ya que son todo parte de «un gigantesco sistema despótico diseñado para aplastar el alma humana». Más adelante, William recuerda a la joven pareja de escritores en ciernes que «puede que las historias de fantasmas y romances se vendan bien, queridos, pero los libros que desafían la superstición y doctrina común son los que perdurarán de verdad. Dependemos de obras valientes como esas para sacar al mundo de su miseria y autoengaño».

Y de repente, aparece en escena Mrs Shelley. Harriet Shelley. Con una niña de la mano. Pues sí, resulta que Percy está casado, desde hace cinco años, y tiene una hija. Percy asegura a los Godwin que están casados «solo en el nombre», y que las ayuda económicamente, pero eso es todo. «Es una intolerable tiranía atar a marido y mujer en cohabitación después de la decadencia de su afecto». En medio de su disgusto, Mary oye a su padre murmurar: «Recuerdo haber dicho algo parecido cuando era joven». Es aquí donde se empieza a poner sobre la mesa el choque entre los ideales y la realidad, los sentimientos y las necesidades prácticas, y también el uso de las convicciones morales y filosóficas para sostener comportamientos meramente egoístas. Por un lado, parece correcto, normal y hasta moderno defender que dos personas no deben verse obligadas a seguir juntas si al menos una de ellas no quiere, pero ¿en qué punto este sólido principio ético empieza a convertirse en una autolicencia para evitar cualquier responsabilidad en la vida? De hecho, ahora Percy aumenta la apuesta: no te hablé de Harriet porque si lo hubiera hecho, las convenciones sociales te habrían hecho actuar de otra manera hacia mí. Mary: «Las convenciones sociales nunca me han importado». Percy: Fácil decirlo. Demuéstralo. Escapemos juntos.

Mary aquí ya se lo piensa. Y no acepta. La madrastra de Mary, Jane Clairmont (Joanne Froggatt, ex de Downton Abbey), aprovecha para chinchar como siempre lo ha venido haciendo: «El señor Shelley parece estar sufriendo algún tipo de angustia emocional. Quizá se haya decepcionado al ver que tú no cultivas el mismo nivel de indecencia que tu querida y fallecida madre. Al menos no has heredado esa estúpida impulsividad que confunde lo lamentable con lo emancipado». Jane representa aquí al tipo de mujer que no solo no ayudó nunca a la causa de su progreso, sino que tira hacia atrás del carro. Y ahora es precisamente su maltrato y su desdén lo que espolea a Mary definitivamente: «Lo único que temo es permitir que tus palabras sin significado me asusten de mis deseos». William, el padre de ella, también se ve acosado por sus propios ideales, que Mary le recuerda cuando quiere obstaculizar la relación: «Nunca tuviste ningún problema con que mi madre no quisiera casarse». William le advierte de que las mismas pasiones que sostenían a su madre fueron también las que luego pugnaban por destruirla. Pero Mary, hija de Mary, ya está decidida y se fuga con Percy… y con su hermanastra Claire, que también se apunta a lo del libre albedrío.

Mary vive estos primeros momentos como una liberación: «Soy libre de escribir lo que me plazca. Como un torrente de luz derramado sobre un mundo en tinieblas, alrededor de mí veo felicidad, porque ahora sé lo que es estar enamorada». Al poco, empiezan los problemas financieros. El padre de Percy corta la manguera del dinero debido al escándalo público, y las ofertas de las editoriales no llegan. Percy vuelve a huir hacia adelante: alquila una casa en Bloomsbury, con sirvientes y todo, porque «¿cómo podemos escribir si nos vemos obligados a atender cosas tan mundanas como las compras y la limpieza?». ¿Cómo lo consigue? Pidiendo un préstamo sobre las propiedades de su familia. El entusiasmo de Mary se apaga. En su diario anota: «Día dedicado al amor y la vagancia. Pero a pesar de mi paraíso en la Tierra, siento una frustración nacida del sentimiento de culpa, un susurro constante de que no me estoy acercando a la consecución de mis sueños».

Un día viene de visita Thomas Hogg, un amigo de Percy de la universidad en Oxford (tan amigo que los expulsaron juntos), que se muestra muy interesado en Mary. Tanto, que acaba quedando claro no solo que Percy se acuesta con Claire, sino que tanto Thomas como él están dispuestos a que formen una especie de trío, o al menos pareja abierta. Sin embargo, nada de esto se muestra explícitamente en pantalla, dejándolo a la imaginación del espectador. De nuevo cabe preguntarse: ¿está siendo Percy irreprochablemente fiel a sus ideales («no soy tu dueño, no me perteneces, eres libre»), o está dando una libertad que Mary no pide, buscando lo mismo en respuesta recíproca? La conversación entre ambos merece recordarse entera:

—Pero yo no quiero estar con nadie más.
—¿No crees que el amor es libre?
—Sí. Libre de estar con una sola persona…
—Esa es una lógica muy pobre, Mary. Lo que me decepciona es que ni siquiera te lo plantearas. Eso me lleva a preguntarme cuánto valoras tus creencias, cuando ni siquiera intentas vivirlas.
—Creo, con todo mi corazón, que hay todo tipo de maneras de vivir, y lucharé por el derecho de cada cual a vivir de acuerdo con ellas. Pero mi verdad es que no hay nadie más para mí. ¿Tú quieres estar con otra?
—Simplemente sugiero que tú no me estás ofreciendo las mismas libertades que yo a ti. Eres una hipócrita, como tu padre.
—Y tú ni te acercas al hombre que pensé que eras.

Destrozada, Mary escribe: «Buscando mi «y vivieron felices», bajé mis defensas olvidando la primera lección que me enseñaron: que se me trajo a este mundo para ser abandonada. Que estoy irrevocablemente sola».

Llegados así al punto más bajo, al menos se tarda poco en remontar algo. Percy más o menos se disculpa, no por pensar como piensa, sino por pensar que ella pensaba igual, y la saca de casa a ver un espectáculo de «Fantasmagoría» donde no solo conocen a Lord Byron, sino que Mary queda asombrada por una exhibición de galvanismo durante la que se usa la electricidad para que se muevan las extremidades de una rana muerta. El efecto de la velada no dura mucho, y Percy, Mary y Claire se ven obligados a huir de los acreedores. A todo esto, Mary y Percy ya han tenido una hija, Clara, nacida prematura, que muere a los pocos días. En la película, para aumentar el dramatismo, se hacen coincidir las dos cosas: la apresurada fuga de la casa provoca que el bebé muera de frío, con la culpa recayendo últimamente en Percy, por sus desmanes económicos.

La película nos ahorra varios viajes por Europa, y varios embarazos y partos. De este punto pasamos directamente a uno de los episodios literarios más famosos de la historia: aquel verano de 1816, con un tiempo extremadamente lluvioso, causado por una erupción volcánica, cuando coinciden en Villa Diodati, en la orilla suiza del Lago Leman, Percy, Mary, Lord Byron y John Polidori, cuatro veinteañeros aficionados a la literatura y los excesos. También está Claire, que prácticamente se arroja en brazos de Byron, pero este la relega meramente a copista de los textos de los demás. En la película Byron presenta a Polidori, médico de profesión, como el «Duque del Aburrimiento», pero John y Mary enseguida encuentran un punto de interés común en la ciencia, sobre todo los temas del sueño y la reanimación. En la casa hay un cuadro de Henry Fuseli, ante el que Mary dice: «Fue el primer amor de mi madre. Cuando él la dejó por otra, ella intentó suicidarse con una sobredosis de láudano. Nunca he comprendido cómo alguien tan fuerte como mi madre era tan vulnerable cuando se trataba del amor». Byron se pone byroniano: «El amor encuentra caminos en lugares donde ni los lobos se adentrarían. El gran arte de la vida son las sensaciones. Para sentir que existes, incluso el dolor. ¿Acaso no morirías por amor? Después de todo, ¿qué es la vida si no tiene amor?».

Un día, para combatir el aburrimiento, proponen escribir cada uno una «historia de fantasmas», y de esa iniciativa saldrán Frankenstein de Mary Shelley y The Vampyre, de Polidori. Todas las semillas que ha ido sembrando el guion hasta ahora dan fruto en la gran creación de Mary: su madre muerta, el deseo de devolverla a la vida, su pavor a la soledad y el abandono, el dolor del parto y de la muerte, la fascinación con el progreso imparable de la ciencia y las ideas, su propia juventud impetuosa, sus lecturas anteriores, las peculiares relaciones sentimentales y sexuales de sus padres, amigos y amantes… Todo cuaja en ese doctor Frankenstein y en esa criatura suya primero tan deseada y luego tan cruelmente tratada.

La última parte de la película se enfrenta directamente a las dificultades que tanto Mary como Polidori tuvieron para publicar sus obras. Después de convocar tal concurso, los ganadores tendrían que haber sido claramente Shelley y Byron, las dos grandes luminarias de la literatura, pero quienes escribieron aquellos días dos piezas verdaderamente históricas fueron los otros dos participantes, ambos cavando bien profundo en sus propios miedos para producir una historia de terror definitiva. Polidori escribió un vampiro basado en Byron, y al final su obra se publicó a nombre de Byron. Desesperado, Polidori se suicidará poco después. Mientras, lo resume: «Es irónico, ¿no? Escribo una historia ridiculizando a Byron, el chupasangres devorador de almas, y él se queda con todo el mérito. Tú escribes sobre una criatura desesperadamente sola y abandonada por un narcisista irresponsable y Shelley también se queda con todo el mérito». Claire, que ha quedado herida también (preñada y abandonada por Byron), en seguida se identifica con la historia. Mary (en la película) esquiva los intentos de Shelley de retocar el texto para que la criatura de Frankenstein en vez de ser un monstruo sea lo más perfecto nunca creado, y luego se pelea con las editoriales que no quieren publicar a una mujer, o mejor dicho, ese tipo de relato escrito por una mujer. Al final, solo consigue que se publique de manera anónima, pero con un prólogo de prestigio escrito por Shelley (o sea, básicamente, vendida como libro de Percy B Shelley). Antes en la película se había dicho: «Sin público, las ideas se quedan en meras palabras sobre una página». Y después: «¿Para qué publicar si tu nombre no va en el libro?» Sin embargo, ahora a Shelley no le parece gran cosa que el libro no vaya atribuido a su autora correcta, ante el justo enfado de Mary.

No obstante, como sabemos, al final todo esto se acabó arreglando. En la película se resume con una escena donde William Godwin presenta Frankenstein en su librería: «Es una historia notable, que afirma la absoluta necesidad humana de conexión. Desde el momento en el que la criatura del doctor Frankenstein abre sus ojos, busca el tacto de su creador, pero este se retrae aterrorizado, dejando en la criatura la primera de muchas experiencias de abandono y aislamiento. Solo con que Frankenstein hubiera sido capaz de otorgar a su creación un toque compasivo, una palabra amable, qué tragedia se habría evitado». William entonces se da la vuelta y ve que Mary ha escuchado esto, quizá dándose cuenta de qué parte ha jugado él en todo esto. Percy interviene justo después, y cuando todos creen que lo va a hacer para revelar su autoría, dice: «Se podría decir que esta obra ni siquiera existiría sin mi contribución, pero para mi vergüenza, mi única remota influencia es la de inspirar la desesperada soledad que define a la criatura de Frankenstein. Su autor es, por supuesto, Mary Wollstonecraft Godwin».

Pero para acabar, se deja todo en manos de Mary. Sí, lo pasé mal, pero «my choices made me who I am, and I regret nothing». Si algún mensaje quiere dejar esta lectura o esta visión de la vida de Mary Shelley, seguramente sea esa, la de tomar tus decisiones y no arrepentirte.

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