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‘Expiación’: La ficción como perdón

‘Expiación’: La ficción como perdón

Esta fiel adaptación de la novela de Ian McEwan, uno de los mejores escritores en lengua inglesa del momento, lleva el tema en el título: un caluroso día del verano de 1935, en una idílica casa de campo en Inglaterra, varios deseos y pasiones salen a la superficie, y alguien hace algo que lamentará (quien sea de inclinación religiosa no tendría problema en llamarlo “pecado”) hasta que encuentre la forma de hacérselo perdonar en los años siguientes. Aunque la fotografía en algunos momentos se recrea un tanto más de lo necesario, la historia, astutamente estructurada, acaba emergiendo poco a poco con cada vez más fuerza. La Segunda Guerra Mundial juega su papel, pero no es lo principal de un guion que necesita un poco de paciencia y atención al principio, pero que va recompensando cada vez más al espectador. Si alguien tiene la tentación de dejarla antes del final, que no lo haga. En un film de gran nivel técnico, Keira Knightley está perfecta como hija de familia bien, y James McAvoy es la imagen por antonomasia del yerno perfecto de clase trabajadora. A destacar también el original uso de la música hecho por Darío Marianelli, ganador del Oscar.

6 nominaciones más: Película (Tim Bevan, Eric Fellner, Paul Webster), Guión adaptado (Christopher Hampton), Actriz secundaria (Saoirse Ronan), Fotografía (Seamus McGarvey), Dirección artística (Sarah Greenwood y Katie Spencer) y Vestuario (Jacqueline Durran).

[Aviso de destripes desde el principio]

Una de las reflexiones que se pueden hacer al hilo de esta película es la importancia del guion. Y con “el guion” no me refiero sólo a la trama de la historia, entendida como un simple recuento de qué le pasa a quién, sino la forma de contarla, el orden en que se hace, la importancia que se le da a cada elemento, el ritmo, etcétera. Esta película, por ejemplo, daría para un drama televisivo de medio pelo si estuviera contada de la manera más convencional, que es omnisciente y cronológicamente: en el orden en que ocurrieron los hechos, por un narrador (o cámara) que muestra todo lo que ocurre, sabiendo más que todos los personajes. Además, de haberlo hecho así, varias de las cosas que suceden resultarían prácticamente telegrafiadas varios minutos antes.

Recurrir a no contar las cosas en orden cronológico es un poco como la lluvia en los funerales o en las escenas de rotura sentimental: es un recurso cinematográfico fiable, que casi siempre cuela, excepto para quien ya lo tenga muy visto o quien lo haga rematadamente mal. Esta película es una muestra de gran astucia, porque el orden en que se explican las cosas mantiene al espectador pendiente de cada detalle, y además cada nueva pieza puede (y debe) hacerle cambiar de opiniones y valoraciones sobre lo que ve. Uno de los principales ejemplos: ¿qué es lo primero que ocurre, cronológicamente, en esta historia? Cuesta un poco recordarlo, ¿verdad? Pues lo primero que pasa, si se coloca cada pieza en su sitio temporal, es la escena en la que la hermana pequeña, Briony Tallis (Saoirse Ronan, pronúnciese “Sarsha”), se tira al estanque para provocar que Robbie Turner (James McAvoy) se lance a salvarla. Quien haya visto la película recordará que Robbie se agarra un cabreo monumental con la cría, que a sus 13 años está enamoriscada del apuesto hijo del jardinero, y que se había imaginado la escena como el colmo del romanticismo. Y también recordará que esta escena se da a conocer pasada la hora de película. Bien, pues si desde el principio supiéramos que Briony está encaprichada de Robbie, enseguida se podrían predecir sus celos cuando más tarde (que en la película fue antes) ve a este con su hermana mayor, Cecilia (Keira Knightley). Pero como no sabemos de este capricho, el doble malentendido al que asistimos, en las escenas clave de la fuente y la biblioteca, queda interpretado en la mente del espectador como un simple comportamiento de inocencia prepúber: la pobre chica no entiende lo que ve, y lo interpreta como dos ataques sexuales de Robbie, de los que ha de proteger a su hermana, a la que seguramente ve como una pobrecita indefensa, a pesar de que es toda una beldad que fuma con la seguridad de una diva de Hollywood, que se queda en paños menores para meterse en la fuente sin mayor pudor, y que es capaz de quedar esplendorosa en el vestido de noche más verde que se ha visto nunca (por cierto, que hay quien se atrevió a llamarlo “el mejor vestido de la historia del cine”, por delante de los famosos modelos de Marilyn Monroe, Audrey Hepburn o Vivian Leigh en ‘Lo que el viento se llevó’).

Ya habíamos visto antes que Briony se pasa el verano tecleando una obra de teatro para representarla luego con la familia en medio del aburrimiento estival, y que por lo tanto tiene una fértil imaginación… en el sentido negativo del término, ya que el catálogo de malos usos de sus neuronas treceañeras es inacabable: no sólo interpreta mal las dos escenas entre Robbie y Cecilia y mide sin ningún criterio su zambullida en el estanque, sino que la obra que escribe, por lo poco que se lee, está llena de palabras rimbombantes, y algunas hasta mal usadas, que intentan hacerla más trascendente pero que sólo consiguen hacerla redicha. A todo esto, el sonido del tecleo de la máquina de escribir usado como percusión de la música es todo un hallazgo en la oscarizada banda sonora, que llega a incluir más tarde el ruido de los paraguazos de la madre de Robbie sobre el coche de los señoritos en la noche de su detención, cuando culmina la desafortunada, incluso pecaminosa (por lo embustera) declaración de Briony ante la policía.

Tener tres actrices distintas para un mismo papel siempre es complicado, pero aquí está resuelto con solvencia. Romola Garai toma el relevo como una Briony a los 18 (a pesar de que es tres años mayor que Keira Knightley), que se ve trabajando en un hospital de guerra durante el bombardeo de Londres. Garai se ha llevado alguna que otra mala crítica, acusándola de no estar a la altura, y de parecer poquita cosa, pero es que el personaje es lo que pide en ese momento: al crecer, Briony se da cuenta de lo que hizo, y la conciencia de su tremenda falibilidad la acongoja y la hace insegura, y más aún en este tiempo de guerra, obviamente, con toda la muerte y el sufrimiento alrededor. Finalmente, su vida culminará en esa magnética actuación final de Vanessa Redgrave como Briony a los 77, que tras haber conseguido el éxito en su afición infantil de escritora, explica y reinterpreta la historia que hemos visto hasta entonces. Dicha actuación logra conseguir, al menos desde mi punto de vista, la expiación, el perdón, que el personaje busca desde hace más de 60 años. A quien la película se le haga pesada, de verdad que merece la pena ver estas escenas, de una tremenda simplicidad, que revelan todo en una entrevista para la televisión rodada con la severidad de un documental. Es toda una lección de veteranía de una de las grandes actrices de su generación.

El orden no cronológico no es el único recurso usado a la hora de alterar la manera digamos “tradicional” de contar la historia (aunque sabiendo que Homero ya usaba este tipo de efectos, ¿a qué podemos llamar tradicional?): las dos importantes escenas de la fuente y la biblioteca se ofrecen dos veces, una desde el limitado punto de vista de Briony y otra desde el más revelador de Robbie y Cecilia. Pero mientras que en la primera de dichas escenas es fácil para el espectador sacar las mismas conclusiones que Briony, en la segunda resulta casi imposible compartir su suposición de que Cecilia está de piernas abiertas, espalda contra la pared y oculta por un hombre, forzada contra su voluntad, en vez de por deseo propio. Este recurso de ofrecer la misma escena dos veces tiene la peculiaridad de que “saca” al espectador de la historia y lo hace reflexionar sobre la importancia del punto de vista y de la manera de contar las cosas: la forma sobre el fondo, por importante que éste sea también. Y es que, como demuestran estas dos escenas y la última, ¿qué es lo que importa en una historia, la propia historia o lo auténtica que sea? ¿Hasta qué punto debe uno fiarse de un escritor, sea de ficción, periodista, guionista o vecino de la esquina? Y por extensión, ¿hasta qué punto podemos fiarnos de nosotros mismos, de lo que vemos, y de lo que nos cuentan? Este es el gran tema de la película, más que la historia de amor, guerra, mentiras, celos y demás.

El film tiene dos partes (al menos) bien diferenciadas: una es ese día de verano del 35, que ocurre menos de tres cuartos de siglo antes de que se hiciera la película, y que a pesar de eso parece de otro mundo: la casa idílica, el terreno circundante con estanque, bosque, prado y todo el glamour que se pueda pedir, trajes elegantes desde el desayuno hasta la noche, pasando por bañadores con gorro que parecen carteles de moda… Es el sueño de cualquier responsable de fotografía, vestuario y dirección artística, y el resultado se deja ver bien claramente: la sensación de mundo a punto de venirse abajo queda patente en la luminosidad con que se trata el día, en contraste con los claroscuros de la noche, donde hasta la casa parece pasar de palacete a mansión encantada, llena de presagios. Cuando la policía se lleva a Robbie, Briony lo observa a través de una ventana con una vidriera de Santa Matilda, patrona de los falsamente acusados.

En medio de este ambiente, Keira Knightley reina suprema. Cualquier actor, sean cuales sean sus características y registros (o falta de ellos) tiene unos cuantos papeles para los que es perfecto, y la Knightley parece nacida para hacer de niña rica de época. Ya se la ha visto de modosita de Jane Austen y de hija de gobernador colonial, entre otras cosas, pero en este tiempo de los años 30 está perfecta. Ya de por sí tiene la habilidad de poder estar extremadamente delgada sin por eso parecer enfermiza, con ese rostro que a pesar de esa mandíbula y barbilla casi demasiado grandes, tiene una gran fotogenia y una personalidad inconfundible, y en esta película, con unos trozos de tela que a otra persona le taparían solo medio hombro, es la imagen misma de la elegancia sin esfuerzo aparente. Además, está su irreprochable acento, que según algún crítico americano, hace que en comparación las actrices estadounidenses parezcan estar comiendo patatas mientras hablan. Los demás actores están muy bien, en especial Briony niña, pero Keira los eclipsa sólo con estar en pantalla.

La segunda parte es cuando llega la guerra, que paradójicamente (o quizá no tanto) tiene un efecto liberador en la historia, ya que permite a Robbie salir de la cárcel, a Cecilia buscar su propia vida lejos de su familia, y a ambos poder volver a encontrarse, aunque sea tan brevemente. En esta parte destaca la escena de Dunquerque, cuyo contexto no se explica, quizá por considerarse episodio famoso: consistió en una retirada por mar, cuya fama y heroicidad está no en haber conseguido una gloriosa victoria en singular batalla, sino en haber retirado las tropas inglesas de las playas de Francia justo a tiempo de evitar que los nazis los hicieran picadillo. Repliegue táctico, se lo llamaba. “Un eufemismo para decir retirada”, como explica la Briony enfermera, ya más ducha con las palabras y aún tecleando a escondidas.

Lo central de este episodio es un plano-secuencia de 5 minutos en el que Robbie y dos colegas del ejército pasean por toda la playa, llena a rebosar de barcos, soldados, impedimenta, tiendas de campaña, heridos y demás. Es una escena magnífica, pero mientras que hubiera encajado con gran orgullo en una historia propiamente de guerra, del estilo de Salvar al soldado Ryan, o de la Dunkerque de 10 años más tarde, aquí el alarde parece desperdiciado. La película en realidad va de otra cosa, y aunque la perfección técnica siempre ha de ser bien recibida, veo acertada una reflexión que decía que esa escena, en vez de llevarte a pensar “qué horror debió de ser aquello” lleva a decir “guau, qué pedazo de escena más currada”. Uno se imagina más al tío de la steadycam maniobrando detrás de su cámara en la playa inglesa de Redcar, donde se rodó, que el drama humano que hay delante.

Sin embargo, que eso no elimine el sabor principal: es una película con muchos detalles muy recomendables, y que en la mente de un espectador bien dispuesto puede dejar un gran recuerdo. La novela, publicada en 2001, fue incluida por la revista Time en una lista de las 100 mejores novelas en inglés escritas entre 1923 y 2010. La adaptación fílmica es bastante fiel a la trama, aunque obviamente el libro siempre profundiza más. Dado que uno de sus temas principales es la relativa imposibilidad de entender lo que hacen otros e incluso lo que uno cree que ve, en la novela las descripciones del interior de la mente de cada personaje (Briony, Cecilia y Robbie principalmente, aunque también a veces Emily, la madre de ambas chicas) son mucho más detalladas, hasta el punto de ocupar varios párrafos e incluso páginas enteras. Por contra, cuando no se escriben escenas desde el punto de vista de alguno de los otros personajes, estos nos aparecen mucho más misteriosos (es el caso de Lola, por ejemplo, con todo el tema de su violación, de la que es acusado Danny, uno de los mozos del servicio, interpretado por Alfie Allen, el futuro Theon Greyjoy en Juego de tronos y su posterior matrimonio con Paul, encarnado por Benedict Cumberbatch). También se nos habla de la importancia histórica del jarrón que se rompe al principio, o las múltiples dudas de Cecilia antes de escoger ese memorable vestido que en la película simplemente se pone sin más. Las penalidades de Robbie en la guerra también se desarrollan más, incluyendo una escena completamente ausente en la película en la que casi se lincha a un aviador inglés. Y sobre todo, se sabe mucho más de la Briony anciana, aunque reflejar todo eso en pantalla habría detraído bastante de su estoica entrevista final. En suma, si tras ver la película uno quiere explorar lo que significaba cada mirada o cada gesto de cada personaje, ahí está el libro.