Exactamente, amigos míos, este artículo es el número 23.844.411 dedicado a Cristóbal Colón. Es decir, no va a suponer nada nuevo. No es la supernova que estabais esperando porque, básicamente, no soy ningún sesudo investigador ni tampoco es —digámoslo así— un personaje que me despierte mayor seducción que otras grandes figuras de su época, a pesar de su, por descontado, apabullante proeza y naturaleza fractal.
¿Qué llevó a ese hombre a irritarse tanto y provocar aquel principio de motín? ¿Quizá no haber medido correctamente la naturaleza del seminario, pensando que sería una quema en efigie del marino? No, para nada. Lo que le alteró fue la presentación de uno de los oradores, que dedicó algo más de treinta y cinco minutos a hablar sobre la condición piadosa de Colón, algo que también me puso a mí las orejas en señal de atención; como las de un corgi, más concretamente. ¿Era Colón, efectivamente, un ser de caridad manifiesta, humildad y celo por ayudar al prójimo? Está claro que no, porque entonces el mundo lo habría recordado como misionero y no como un inquieto navegante.
Pero entonces comencé a recordar cuestiones en las que merecía la pena volver a zambullirse. Así, cuando llegué a casa, con expresión de media sonrisa y al más puro estilo tintinófilo, me puse a revolver títulos, en una liturgia propia del afán bibliómano, entre los libros que tengo dedicados al genovés y a sus peripecias viajeras. Tras un rato hojeando… ¡bingo! Ahí estaba lo que andaba buscando: la naturaleza apostólica del Almirante. ¿Ya está, eso era? Para nada. Ya sé que conocéis la verbena mística de Colón y sus profecías. Eso lo escribió a posteriori, y sigo defendiendo, además, que es un gran guion cinematográfico. Ya quisieran Dalton Trumbo y Paul Schrader. Pero yo no buscaba ni el anverso ni el reverso, sino el canto de la historia: aquello que pudo precipitar la travesía de 1492, entroncándola con la idea religiosa del intrépido aventurero. Una idea de cruzada y, en cierto modo, misional, sobre la que hace años había escuchado hablar a un variopinto ramillete de especialistas —con doña Consuelo Varela a la cabeza— y que ahora tenía delante, impresa en párrafos firmados por unos tales Morison, Todorov y Duverger. Inglés, búlgaro y francés… nacionalidades, por cierto, que también se le han atribuido al genovés; pero, por todos los dioses habidos y por haber, no me dejéis abrir semejante melón esta vez. Voy al grano.
Sobre el papel, y con la mayoría de documentos que han llegado hasta nuestros días, diríamos que Colón puso rumbo a las Indias con un mapa y unas distancias erróneas, pero vendibles para gente con inquietud y gusto por asumir empresas de cierto riesgo. Con este fin, el marino prometió ante los Reyes Católicos oro y otras riquezas como si no hubiera un mañana. Nada que no pudiera encontrarse en los reinos del Cipango y del Gran Khan que, con disfrute —e imaginación—, había descrito Marco Polo siglo y medio antes. Y aquí está el quid de la cuestión: ¿era el metal, y por extensión una codicia vulgar, el fin último de la empresa propuesta por el genovés, o un medio para lograr otro propósito? Pregunta pertinente, fundamentalmente si pensamos en el tiempo que el marino pasó con los monjes de La Rábida, alejado del fervor mercantilista que había conocido en su juventud mediterránea.
Si, como he apuntado antes, Colón terminó por recoger en sus escritos una serie de profecías, es porque sentía que estaba elegido por el mismísimo para hacer algo realmente grande. Y se podrá aducir, con razón, que poco hay más colosal que cambiar el mundo, aunque no estuviera estrictamente en su plan de viaje. Que él, obstinado como nadie, perseguía otro objetivo: la total hegemonía del cristianismo. Así, como leéis. Una meta, desde luego, ambiciosa, que se apartaba mucho del estatus que otorgaba un valor terrenal como el oro; precisamente lo único, junto con las especias, capaz de financiar su deseo si el papa, el Borgia Alejandro VI, lo hubiera tenido a bien. Me refiero a una cruzada, una expedición con la que reconquistar Jerusalén y reconectar las comunidades cristianas de Oriente. Ese era el pastel; la guinda —que me aspen si os miento— consistía en convertirse en custodio del Santo Sepulcro, cubriéndose la espalda, eso sí, con unos cientos de miles de hombres a pie y otros tantos apostados como caballería. Por soñar que no quede.
Indudablemente, Colón deslizó la idea ante los Reyes, esperando que su deseo llegase a oídos vaticanos, con el claro afán de que las riquezas que trajese de vuelta se invirtieran en tal finalidad; pero tanto Isabel como Fernando, muy a pesar de su universal epíteto, tenían necesidades más mundanas para asentar su poder en las respectivas áreas de interés de Castilla y Aragón. Las guerras, huelga decirlo, se financiaban mejor con dinero, y la posición social, en aquellos estertores medievales, se ganaba con especias. Convencido, sin embargo, de que podría llevar a cabo su designio mesiánico si lograba recursos económicos, tras echar el ancla en China, Colón utiliza el oro como leitmotiv y firma las Capitulaciones en abril de 1492, obviando toda carga ascética en tanto pacta títulos y beneficios propios de un negocio, a priori, más tangible. Meses después, nuestro insondable navegante parte de Palos y, hasta que culmina su cuarto viaje diez años más tarde, el preciado metal actuará como cortina de su principal y grandiosa aspiración: ambos elementos se relacionan y se subalternan constantemente en su diario. Muchas veces de manera efusiva; otras, de modo más lacónico y, eso sí, siempre bajo la convicción de haber llegado a Asia o a un punto cercano, que él metaboliza simbólicamente como el Paraíso, ayudado por los textos de Pierre d’Ailly y los libros sagrados que siempre llevaba consigo. No hay que olvidar, en este punto, que la mentalidad del Almirante se ve reforzada por el sustrato medieval de relatos y textos que legitiman su propio anacronismo: el de un caballero cruzado que, paradójicamente, había abierto la puerta a la modernidad.





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