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Cómo diferenciar un sobre de un tejado

Ilustración: Juan Carlos Viéitez.

Parece intuir hacia dónde va esta conversación que no hemos empezado, dice una mujer en un libro lleno de conversaciones en las que casi nadie dialoga o, con suerte, alguien debuta torpe un titubeo. Samanta Schweblin también dejó de hablar. Fue en su niñez, durante casi un año: había discutido con una de sus amigas del colegio y, dándose cuenta de lo que el lenguaje había hecho a través de su voz, decidió discutir también con la propia lengua hablada, y así fue que resolvió callarse. Lo otro, ya se había visto, era algo que causaba complicaciones. Como el asunto iba en serio, su madre se vio forzada a presentar ante la directora del colegio un certificado de normalidad firmado por la psicoanalista de la niña. Situaciones argentinas requieren medidas argentinas.

Si hubiese una figura narradora observándonos, últimamente se le habría hecho muy fácil notar que en casa cada día hablamos menos. Mi tío entra en la cocina y prefiere mirar con esa expresión suya, casi aturdida, qué es lo que remuevo en las ollas antes que preguntármelo, y detrás de nosotros mi madre lee abstraída el periódico al borde de la mesa —el periódico porque viene de fuera de casa, al borde de la mesa porque ahí cae la luz de la mañana—. Yo muy de vez en cuando puedo soltar un comentario para nadie, digo alguna cosa porque es la única forma de comprender que era otra la que querría haber dicho. Nuestras conversaciones, así sea por desconocimiento del otro o de los temas que plantea, nunca buscan resolverse, y al menos eso es algo que les proporciona cierto valor: no comprendernos —una primera persona aquí ya más amplia— es lo que nos permite seguir conversando. Hablamos para volver a armar los bloques que se han desarmado al hablar.

Sho o Suteyo Machi e Deyō (Shūji Terayama, 1971).

Samanta Schweblin escribe del mismo modo, he tenido a bien imaginar, en que lo hace alguien que dibuja de memoria y lo hace bien, es decir, de una forma engañosamente limpia, que consigue con la manipulación sobria de la superficie provocar una mayor extensión de lo verosímil. Aunque sus relatos aparezcan empezados en mitad de algo, como adaptaciones de un guion de cine que han prescindido de las páginas de presentación, conozco a sus personajes. Con total seguridad me perdería tratando de elucidar un mapeado de las implicaciones capitales de cualquier suceso histórico presentado in medias res, fuera ese el caso, pero sé de sobra lo que es algo tan simple como un vecino, una madre, un marido. Después de todo, lo que Schweblin hace es retratar el tejido en descomposición de las pequeñas comunidades, de la pareja, de la familia. La palabra modifica aquello de lo que se habla, quizás por eso callamos movidos por el deseo de dejar algo intacto, de que nuestro silencio haga permanecer todo en su sitio. Nombramos las cosas y ya son algo distinto, como cuando al aprender a colorear nos salimos de la línea. Una pequeña mancha más allá del contorno de las formas y no pasa nada, es solo un despiste, tiene su encanto; otra pequeña mancha y se han erosionado todas las orillas, el mundo entero se ha vuelto borroso, dónde estamos.

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Últimamente en casa nos vamos quedando callados tal que si por contagio fuera, un cuerpo aprendiendo a inventar picores al ver que a su vera otro se rasca. ¿Qué queremos de las palabras: las palabras o su efecto? ¿Buscamos un efecto o una respuesta? En una conversación con Roberto Bolaño, Ricardo Piglia cuenta haber leído que “Erik Satie no abría nunca las cartas que recibía, pero las contestaba todas. Miraba quién era el remitente y le escribía una respuesta. Encontraron las cartas cerradas en un altillo y las publicaron junto con las respuestas de Satie. La correspondencia es fantástica porque todos hablan de cosas distintas y ésa, por supuesto, es la esencia del diálogo”, algo que el chileno considera una deferencia para con el interlocutor y que yo tiendo a pensar que tiene algo que ver con un irresponsable aunque imaginativo ejercicio de cobardía, pero también con la idea de que los hechos menoscaban la posibilidad, que cualquier compleción comprende alguna clase de olvido —acaso un olvido todavía en ciernes—  y que ejecutar, por tanto, es ejecutar dos veces. Pero no acaban ahí las singularidades en la relación que Satie mantuvo con su correspondencia: durante décadas escribió cartas a la mujer que fue considerada el amor de su vida, Suzanne Valadon, que sin embargo nunca llegó a enviar. Mi caprichosa hipótesis: no era por retraimiento o falta de arrojo, sino para que las cartas no llegasen a consumir su inagotable libertad de estar yendo.

Comienzos de la década de los 90. El informe de la psicoanalista sentencia que la niña es normal, sea lo que eso sea, que solamente arrostraba un absoluto desinterés por su entorno. ¿Estará dejando de extrañarme lo que he sido capaz de creer —parece mentira— que ya conozco de memoria? Los días, nosotros. ¿Tengo siquiera la menor idea de lo que es un vecino, o una madre, o un marido?

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Autora: Samanta Schweblin. Título: Siete casas vacías. Editorial: Páginas de Espuma. Venta: Todostuslibros, AmazonFnac y Casa del Libro.

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