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Los árboles y el bosque

Ilustración: Paula Viéitez.

He leído muchas veces Annihilation y soy incapaz de explicar de manera coherente y ordenada la secuencia de eventos que dan forma a la novela. Empiezo por el principio —un grupo de científicas tornadas exploradoras llegan a la misteriosa Área X, región deslocalizada que intuimos situada en algún lugar de Estados Unidos—, y entonces cuento lo de la torre —la torre, que quizá sea un túnel, un agujero en el suelo que no aparece en ningún mapa—, y ahí ya me pierdo.

Siempre se me olvida qué es lo que pasa después.

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Sé que pasan cosas: es una novela tensa y que yo siempre he sentido trepidante a pesar de sus digresiones, de que se entretenga en paseos y largas descripciones de su entorno; también a pesar de su narradora, tan distante y circunspecta.

Annihilation se plantea como el cuaderno de campo de un miembro de la última expedición enviada para intentar desentrañar el misterio de la impenetrable Área X. La narradora de VanderMeer es bióloga —es «la bióloga», La Bióloga; tiene nombre pero éste se omite en la novela, no tiene lugar en el Área X— y nombra flora y fauna, pájaros y plantas y flores y musgos y demás. Nombres vacíos para mí, por supuesto. En parte, porque este es un libro que jamás he leído en castellano; pero también porque para mí todo lo que no es un gorrión, un mirlo, una urraca o una paloma ya puede ser un buitre leonado, claro.

El efecto de esta proliferación animal y vegetal es que tanto los eventos como los personajes de la novela desaparecen en el paisaje, como si las palabras —el afán categorizador, las ganas de entender y clasificar y memorizar— empañaran «lo que sucede de verdad». La bióloga se fija tanto en los árboles que se pierde en el bosque; a mí, como lectora, creo que me pasa un poco lo mismo.

He leído muchas veces Annihilation y soy incapaz de explicar qué pasa, pero puedo explicar sus temas. Puedo hablar de cómo juega con el género, puedo explayarme sobre por qué la considero un ejemplo un poco complicado de ficción climática, también acerca de su manera de subvertir la narrativa convencional del género de aventuras finisecular, incluso de sus vínculos con el New Weird o la literatura epistolar. He leído muchísimo acerca de esta novela y, a la vez, siempre siento que no la entiendo en absoluto. ¡Ni siquiera puedo contar bien de qué va!

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Sé que puedo explayarme sobre Annihilation porque ya lo he hecho: el primer y terrible paper que escribí y entregué el año pasado en el máster de literatura trató precisamente sobre todas estas cosas. Como texto académico resulta aún más fútil que la media, pero al menos me ayudó a descubrir que lo mío nunca será escribirlos.

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Es decir: elimino con datos más o menos inútiles, más o menos acertados, la distancia que existe entre la novela y mi yo lector; como si la crítica literaria fuera una especie de puente interpretativo que me acerca al texto.

No funciona. Al menos no del todo, o no como yo desearía. Leer acerca del libro no me ha ayudado tanto a comprenderlo en sí, sino más bien a entender por qué me gusta tanto; me ha enseñado a ser capaz de reconocer y rastrear los elementos que forman la semilla de mi obsesión con Annihilation, a ser capaz de encontrarlos en otras novelas, en otras historias, películas, canciones y videojuegos.

Me gustan las historias en las que los protagonistas se topan con los límites de la capacidad humana para entender, para comprender; me gusta que el entorno sea personaje y no decorado; me gusta que los autores y autoras no me lo pongan fácil para barruntar qué pasa exactamente, o a quién le pasa, o por qué. Me gustó Annihilation por la misma razón que me gusta mucho Solaris, de Stanisław Lem; o Sobre los huesos de los muertos, de Olga Tokarczuk; o Muro fantasma, de Sarah Moss.

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También me ha influido como escritora, como persona que se inventa historietas y junta palabras, por supuesto, pero yo aquí no he venido a hablar de mi libro.

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Hace un par de años se estrenó una adaptación de la novela, dirigida por Alex Garland (Ex Machina, Devs), producida por Netflix. La protagoniza Natalie Portman, y su reparto está lleno de otros nombres que, sin llegar a ser ilustres, sí resultan ampliamente conocidos: Tessa Thompson, Oscar Isaac, Gina Rodriguez, Jennifer Jason Leigh. Hasta una analfabeta cinematográfica funcional como yo, que lo único que ve últimamente es Star Wars en bucle, sabe quiénes son estas personas.

La película está muy bien, pero yo aún no sé si me gusta. La primera vez que la vi me resultó insatisfactoria de una forma que, en aquel momento, no supe muy bien ni explicar ni explicarme; creo recordar que acabé por echarle la culpa a mis propias expectativas.

El caso es que releí la novela para escribir este texto y, al acabarla, regresé también a su adaptación. Me dejó la misma sensación que la primera vez: me interesa lo que cuenta y disfruto mucho de cómo lo cuenta. También entiendo cómo funcionan las adaptaciones: cada medio tiene su lenguaje y cada autor tiene su visión —y tal y cual—. En otras palabras, he ajustado mis expectativas a lo que creo que puedo esperar de una adaptación y aún así no puedo evitar encontrar la Annihilation de Alex Garland un poco decepcionante.

Creo que ahí está precisamente el problema: Garland traduce y traslada lo que él entiende que es la novela y, por el camino, se deja muchas cosas que trata de recuperar recurriendo a una serie de recursos —narrativos, más que estéticos— que simplifican Annihilation y, en ocasiones, la reducen a lo efectista. Garland hace Annihilation comprensible, accesible; de manera indirecta, un poco de rebote, transforma la novela en algo lineal, le arranca su pátina de misterio y su atmósfera inquietante y me roba todas esas palabras que nombran a todas esas criaturas que yo no reconozco.

Puedo seguir y explicar su película, y eso es precisamente lo que me molesta: a mí lo que me gusta de la novela es que soy incapaz.

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Autor: Jeff Vandermeer. Traductora: Isabel Margelí. Título: Aniquilación. Editorial: Destino. Venta: Todos tus librosAmazonFnac y Casa del Libro.

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