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¿Cómo empezó todo?

¿Cómo empezó todo?

No estoy seguro de que Einstein tuviera razón cuando dijo, si es que lo dijo, que el azar no puede existir porque Dios no sabe jugar a los dados. Esta variante de la cita verdadera del científico alemán, con la que expresaba, en una carta dirigida a Cornel Lanczos, su reacción a la teoría cuántica que refutaba su propia teoría de la relatividad por la cual afirmaba que “un observador puede influir en la realidad y que los hechos tienen lugar al azar”, es la primera frase de Las discípulas, pero no la primera frase que escribí en el archivo del ordenador. ¿Cómo empezó todo? Como han pasado diez años, lo recuerdo vagamente, la verdad. Me viene a la memoria, eso sí, la imagen borrosa de un hombre vestido con traje y corbata, gabardina marrón y sombrero borsalino, que fuma despacio y camina con lentitud sobre un puente de hormigón armado por donde se acerca un tranvía. A su derecha está la plaza del Arriaga; a su izquierda, el parque del Arenal. Poco más se puede ver: la oscuridad, aunque hay farolas encendidas, cubre la noche bilbaína con su capa metálica de fría bruma. Como esta imagen anacrónica aparecía en los primeros años del siglo XXI, no tardó en mudar de aires. El personaje, al que llamé Jacob Platz, perdió el sombrero y enseñó su pelo blanco; sus ojos, de un azul intenso y cristalino, siempre llenos de humo, comenzaron a mirar; tuvo un hijo pelirrojo, a quien llamó Hugo J. treinta y tantos años atrás (la J. de Jacob, como su padre); dedicado a la lucha antiterrorista en Bilbao, era viudo, tenía una amiga llamada Rebeca Linares y estaba amenazado por ETA. La novela, sin yo saberlo, había echado a andar.

"La invención literaria es un impulso que nos enseña a leer, sostenido por la memoria y, algo evidente, la soledad, que hace de la creación literaria y artística un trabajo huidizo"

Por momentos, como a tirones, llegaba la inspiración, que algunos llaman obsesión y otros trabajo. El texto iba creciendo como un telar cuyos soportes laterales de alambre facilitan que la pieza se ensanche. En el taller, los nudos de la urdimbre y de la trama, o el doble de macramé, iban creciendo gracias el difícil arte de narrar. Si debemos buscar una comparación, escribir era tejer un jersey de lana para el frío y largo invierno narrativo que me esperaba (más adelante concretaré este símil). Entonces la cosa dio para un cuento, con cuyo título, «Bajo el hollín», su autor (es decir, yo) creía simbolizar el sufrimiento, la indiferencia, el silencio y la violencia vividos a lo largo de las últimas décadas alrededor de nuestro maravilloso país. Este breve relato de tres o cuatro páginas, narrado por el hijo de Jacob, hablaba de la muerte del padre, ejecutado en el aparcamiento del restaurante Monte Igueldo por dos terroristas de ETA. Como la obsesión es una perturbación difícil de controlar, el cuento derivó en una novela, cuyos sucesos eran muy anteriores al cuento. La novela conservó el título original, pero se quedó archivada en un cajón, hasta hoy, que sigue guardada, con toda seguridad, por lo poco que me gustaba y me sigue gustando su estilo, el argumento y la trama: o las relaciones de causa y efecto tenían una relación de casualidad más que de causalidad o esta casualidad era tan evidente que la causalidad era poco original. Plagada de lugares comunes, no era solo preguntarse qué sucedía “en” y “con” la historia, por qué ocurrían las cosas o qué pasaba después, cuando un nacionalista de apellido Aguirre, que tenía un taller de taxidermia en el Casco Viejo, se enteraba de que el comisario encargado de la lucha antiterrorista en Bilbao le había levantado a la mujer, por lo que había decidido disecarlo, sino que al leer las frases y luego los párrafos, la sintaxis resbalaba entre mis dedos. En Las discípulas hay una reflexión de Marcelo, el narrador, que puede ejemplificar esto que digo: “El oficio de escritor, les decía yo con petulancia, requiere años de trabajos forzados en la corrección de lo escrito, sin olvidarse, por supuesto, de la dirección estética hacia donde uno quiere avanzar. Y ahora, una vez decidido a cumplir el extraño trabajo que tenía entre manos, me preguntaba qué podría hacer yo para evitar los mismos errores de estilo y estructura de ellos si nunca había logrado terminar nada mío, pero también que podía ser mejor que el profesor o que su padre, apropiarme de su historia y salir a la luz”. En realidad, escuchaba en mi cabeza una música que no sabía tocar, y había que seguir aprendiendo.

Con todo, la historia de Jacob me seguía persiguiendo: las agujas del tiempo de la ficción, por ejemplo, avanzaban en todas las direcciones: el espacio narrativo, que, más que resquebrajarse, iba ganando nuevas regiones asombrosas que explorar (como Drohobycz, la ciudad de Galitzia Oriental donde había nacido Jacob); el resto de personajes que empezaban a convivir con nosotros en nuestra primer piso de Hortaleza; todo, como digo, era una sustancia narrativa que empezaba a tomar forma: “Acaso yo podía haber desarrollado esa capacidad de los niños y artistas plásticos para reproducir con la mente, y con gran exactitud, personajes que antes ellos habían erigido en su imaginación y llevado luego al lienzo o al papel con la seguridad de haberlos conocido, de haber tenido trato con sus propias creaciones”. Esta cita, sacada de la segunda parte de la novela, a mi modo de ver, muestra lo que siento al recordar aquellas tardes remotas en las que los personajes convivían con mi mujer y conmigo; fue un época genial en la que escribí incluso el diario íntimo de Hugo J. Platz, un blog titulado El arte inútil, donde hablaba del recuerdo de la muerte de su padre y la difícil relación que mantenía con su mujer, con su hija y con su amigo Fadanelli. En verdad, Virginia y Laura, respectivamente, soportaban sus repetidos intentos de suicidio, no logrados, claro está, tras la muerte de Jacob, que quedaba algo confusa por las tres versiones que Hugo había escrito en el diario: en una de ellas, ETA lo ejecuta de un tiro en la cabeza en el aparcamiento del restaurante Monte Igueldo; en otra, sufre un ataque al corazón; finalmente, en la tercera, le cae un rayo en el monte Gorbea un veinticuatro de diciembre. Entonces, con el paso de los meses y el paso de los años, mientras la impresora iba escupiendo hojas en la caja de cartón, da igual que fuese otoño, da igual que fuese invierno, me vi cubierto por una tonelada de papeles que no sabía cómo relacionar; repito aquella metáfora: yo escuchaba una música que no sabía tocar (seguía sin saber tocar). La nueva novela, la segunda novela, en realidad, era tan voluminosa y tenía un título tan espantoso, Mofo Show, que algunos amigos que sufrieron leerla me la devolvían sin decirme nada, suspirando o, los más parlanchines, después de invitarlos a comer, tras una o dos botellas de vino de Valladolid, me aclaraban que a la novela le faltaba cohesión, pero nadie, ni siquiera su autor, conocía el motivo. ¿Para qué? La invención literaria es un impulso que nos enseña a leer, sostenido por la memoria y, algo evidente, la soledad, que hace de la creación literaria y artística un trabajo huidizo. Me desconecté de las redes sociales, me encerré en mi mundo y me propuse no salir de la cueva literaria hasta que diera con las claves del relato que tenía en mi cabeza. De Mofo Show el tiempo solo ha conservado a Hugo y a Jacob, una breve línea argumental, que es la punta del hilo de Las discípulas (Estefanía Santiago es una agente secreta enviada a Bilbao para infiltrarse en ETA) y un personaje femenino, la no discípula: Rebeca, mi favorito.

"Me acordé de una entrevista a Jorge Edwards en la que el autor chileno reconocía que hasta que no tiene el narrador de la novela, esta no existe. Entonces apareció Marcelo en Las discípulas"

Ahora que ha pasado el tiempo, supongo que la dificultad residía en tener en ella tantos narradores como personajes sin que las historias insertas (“las cajas chinas”) tuvieran cohesión. Como dice Augustus “Gus” Haynes en The Wire, estaba tejiendo un jersey con los hilos colgando; si tiraba de uno, el jersey se deshacía. Aparte de los autores y autoras que había leído y sigo leyendo, la estructura de la lengua y el análisis estructural del relato me habían enseñado, y todavía me enseñan, que la unión de las partes son fundamentales para que una novela funcione; pero como yo escribo lento porque mi pensamiento es espeso, no me di cuenta hasta varios años después, prácticamente hacia el final del proceso de escritura, de que es el narrador quien sostiene y remata los nudos del relato. ¿Por qué no me había dado cuenta antes? Por aquel entonces, mi mujer y yo acabábamos de tener a nuestro primer hijo, y mientras lo acunaba en el hospital, en su primera o segunda noche de vida, al verlo entre mis brazos, de pronto pasaron por mi mente varios episodios o recuerdos: me acordé de mi abuela materna, Maximina Velasco Cantera, que había muerto casi centenaria unos pocos meses atrás, y no podría ver a su bisnieto, de sus relatos orales que me había narrado, aun siendo analfabeta; pero también, y no sé por qué motivo, me acordé de una entrevista a Jorge Edwards en la que el autor chileno reconocía que hasta que no tiene el narrador de la novela, esta no existe. Entonces apareció Marcelo en Las discípulas, con su voz indecisa y un poco neurótica, que algunos lo identifican conmigo, pero poco más allá de la coincidencia en las profesiones y el conjunto de vocales de nuestros nombres respectivos, nada tiene que ver con Mateo de Paz.

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Autor: Mateo de Paz. Título: Las discípulas. Editorial: Sitara. Venta: Amazon

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