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Cómo nace una generación

Cómo nace una generación

En el mes de diciembre, en Sevilla, en 1927, un grupo de poetas homenajeó a Luis de Góngora en el tricentenario de su muerte. A partir de ese momento nació una de las generaciones literarias más recordadas. Rosa Amor del Olmo se anticipa a la celebración de su centenario con una serie de artículos semanales para revisitar aquel momento desde una perspectiva literaria, cultural e incluso humana.

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El día en que Luis de Góngora reunió a los modernos

No hay nada más sospechoso que los nacimientos perfectos. Tampoco hay nada más necesario. Las generaciones literarias, como las familias, suelen inventarse una escena de origen: una mesa, una fotografía, una fecha, una frase repetida hasta que adquiere el brillo de lo inevitable. En el caso de la Generación del 27, esa escena ocurrió en Sevilla, en diciembre de 1927, cuando un grupo de jóvenes poetas acudió al homenaje organizado con motivo del tercer centenario de la muerte de Luis de Góngora. La imagen es poderosa: muchachos de la nueva literatura española reunidos alrededor de un poeta barroco, muerto tres siglos antes, como si aquel cadáver ilustre acabara de abrir los ojos.

"La Generación del 27 no nació de golpe en una noche andaluza. Sevilla fue el fogonazo; no la gestación"

Pero antes de que hubiera una fotografía hubo una lectura. Antes de que Sevilla proporcionara el decorado y el Ateneo la ceremonia, Góngora ya había empezado a llamar a los modernos desde las páginas de las revistas, desde las cartas, desde las conferencias, desde las mesas de trabajo. La Generación del 27 no nació de golpe en una noche andaluza. Sevilla fue el fogonazo, no la gestación. La escena sevillana hizo visible una convergencia que venía preparándose desde años antes, con una intensidad silenciosa y cada vez más reconocible. Si se quiere entender cómo nace una generación, hay que mirar no solo la fotografía final, sino los papeles anteriores: los artículos, las reseñas, los manuscritos, los números de revista, las conferencias pronunciadas ante auditorios reducidos y las conversaciones entre poetas que estaban descubriendo que el pasado podía ser una forma audaz del porvenir. Para diciembre de 1927, Góngora llevaba tres siglos muerto y, sin embargo, parecía el más joven de todos. En Sevilla, en el salón de la Sociedad Económica de Amigos del País de la calle Rioja, un puñado de poetas se sentó alrededor de su nombre como quien se sienta alrededor de una lámpara. No iban a resucitar a un clásico: iban a usarlo para reconocerse. Aquella noche —o mejor, aquellas noches del 16 y el 17 de diciembre— el barroco dejó de ser una reliquia escolar y se convirtió en una contraseña de modernidad.

Por eso el homenaje sevillano de diciembre de 1927 no fue un simple acto conmemorativo. Fue una operación estética. Celebrar a Góngora era decir que la modernidad española no necesitaba importar todas sus credenciales desde París, Zúrich o Milán; podía encontrarlas también en Córdoba, en el siglo XVII, en las Soledades, en el Polifemo, en una lengua llevada al límite de su música y de su visión. La vanguardia no tenía por qué ser ruptura contra la tradición. Podía ser una relectura violenta, amorosa y fecunda de la tradición misma. El barroco dejaba así de ser una ruina y se convertía en laboratorio.

La fecha oficial es conocida. Repetimos que los días 16 y 17 de diciembre de 1927, convocados en Sevilla por el Ateneo, varios escritores jóvenes participaron en los actos de homenaje a Góngora. Allí estuvieron Federico García Lorca, Rafael Alberti, Jorge Guillén, Gerardo Diego, Dámaso Alonso, Juan Chabás, José Bergamín y Mauricio Bacarisse, junto a figuras sevillanas vinculadas a la organización. La fotografía más famosa de aquellas jornadas, repetida después hasta convertirse casi en acta notarial de la Generación del 27, fija a los poetas tras una mesa, como si estuvieran posando no solo para el fotógrafo, sino para la posteridad. La simplificación posterior diría: aquí nació una generación. La verdad, como suele ocurrir, es más interesante: allí una generación se reconoció públicamente.

"Antes de que la etiqueta “del 27” se volviera cómoda para manuales y programas escolares, varios de sus miembros ya estaban leyendo al poeta barroco como una figura viva"

La reunión sevillana tuvo ceremonia, entusiasmo y leyenda. Tuvo también sociabilidad: trenes, comidas, paseos, veladas, lecturas, bromas, afinidades, amistades que se reforzaban al calor de una ciudad convertida por unos días en escenario literario. Ignacio Sánchez Mejías, torero, escritor y amigo decisivo de muchos de ellos, encarnó esa mezcla de riesgo, cultura y vida que tanto sedujo a la época. Pero reducirlo todo a un viaje impulsado por una sola voluntad sería empobrecer el episodio. En torno al homenaje estaban el Ateneo de Sevilla, los escritores locales, la revista Mediodía, las redes culturales andaluzas, la Residencia de Estudiantes, las revistas madrileñas y malagueñas, y un clima intelectual que ya venía preparando la canonización moderna de Góngora.

La clave está precisamente ahí: antes de Sevilla ya existía Góngora como programa. En enero de 1924, Gerardo Diego publica en Revista de Occidente un artículo fundamental, “Un escorzo de Góngora”. No es un detalle menor ni una nota perdida en la hemeroteca. Es uno de los primeros gestos decisivos de la nueva sensibilidad hacia el poeta cordobés dentro del grupo que luego quedaría asociado al 27. Diego no llega tarde al culto gongorino: lo impulsa. Su artículo demuestra que la reivindicación de Góngora no fue una improvisación conmemorativa nacida al calor del tricentenario, sino una lectura temprana, militante y creadora. Tres años antes de la foto sevillana, uno de los futuros protagonistas ya estaba colocando a Góngora en el centro de la modernidad española.

Gerardo Diego volvió sobre el cordobés en 1925, también en Revista de Occidente, con “Don Luis de Góngora y Argote”, una nota o reseña vinculada al estudio de Miguel Artigas. Ese mismo año, Jorge Guillén preparaba sus Notas para una edición comentada de Góngora, trabajo académico que no puede confundirse con un artículo de revista, pero que importa mucho para entender el clima. Guillén, poeta de precisión luminosa, se acercaba a Góngora desde la filología y desde la exigencia formal. Es decir: antes de que la generación tuviera nombre, antes de que la etiqueta “del 27” se volviera cómoda para manuales y programas escolares, varios de sus miembros ya estaban leyendo al poeta barroco como una figura viva.

Y luego está Lorca

Federico García Lorca pronuncia en 1926 su conferencia gongorina, La imagen poética de Don Luis de Góngora, cuya historia textual es por sí sola reveladora. Primero fue palabra dicha, intervención pública, acto de inteligencia oral. Después circularon fragmentos bajo el título “En torno a Góngora”; más tarde el texto aparecería completo en Residencia, en 1932. Esa trayectoria —conferencia, fragmentos, revista, edición posterior— muestra hasta qué punto el Góngora del 27 no fue solo un objeto de estudio, sino una presencia que pasaba de la voz al papel y del papel a la conversación colectiva. Lorca no se limita a rendir homenaje a un clásico: lo interpreta como poeta moderno de la imagen.

Su intuición crítica resulta deslumbrante. Para Lorca, Góngora no copia la naturaleza: la somete a una operación mental, sensorial y verbal que la transforma. La imagen no es un adorno colocado encima del mundo, sino una forma nueva de ver. El poeta cordobés no embellece la realidad: la rehace. En esa lectura, la dificultad gongorina deja de ser una cortina opaca y se convierte en una lente. Góngora no oscurece porque quiera esconder: oscurece porque aumenta la intensidad. Obliga al lector a entrar de otra manera en el poema, a aceptar que la poesía no reproduce lo visible, sino que fabrica una visibilidad distinta.

Ahí estaba el punto de contacto con los modernos. Los jóvenes del 27 buscaban una poesía capaz de sostener a la vez inteligencia y emoción, disciplina y sorpresa, arquitectura y relámpago. Querían una lengua que no se limitara a expresar sentimientos, sino que construyera objetos verbales. Góngora les ofrecía una genealogía española para esa ambición. En sus poemas mayores podían encontrar algo que resonaba con el cubismo, con la pintura moderna, con la autonomía de la obra de arte, con la metáfora como máquina de conocimiento. El Polifemo y las Soledades, escritos entre 1612 y 1613, dejaban de pertenecer únicamente al Siglo de Oro y empezaban a hablar con el siglo XX.

La recuperación de Góngora tenía, además, un valor polémico

Durante mucho tiempo, el poeta había sido leído bajo el signo de la dificultad, la extravagancia o el exceso. La palabra “gongorismo” podía funcionar como reproche. Para los jóvenes, en cambio, ese reproche se convirtió en bandera. Lo que cierta tradición había considerado defecto —la densidad, el hipérbaton, el cultismo, la imagen arriesgada— aparecía ahora como potencia. Góngora era el poeta que había llevado el castellano a una zona de máxima tensión. No era el representante de una literatura agotada, sino el autor de una lengua todavía por descifrar.

"En Góngora podían encontrar una autorización remota para sus propias mezclas"

La frase “culta sí, aunque bucólica Talía”, del arranque del Polifemo, condensa de manera admirable esa tensión que sedujo al 27: cultura y raíz pastoril, artificio y música, biblioteca y campo, refinamiento y materia viva. Góngora no era solo el poeta de la sintaxis laberíntica; era también el autor de romances, letrillas, sonetos, burlas y canciones. Tenía oído popular e inteligencia cortesana. Podía ser solemne, satírico, amoroso, obsceno, cristalino o intrincado. Esa amplitud interesaba mucho a una generación que tampoco quería elegir entre lo culto y lo popular, entre la canción tradicional y la vanguardia, entre la gracia andaluza y el rigor formal. En Góngora podían encontrar una autorización remota para sus propias mezclas.

Por eso conviene desconfiar de la idea de que la Generación del 27 nace solo porque unos cuantos escritores coinciden en una sala. Una generación no nace únicamente por proximidad biográfica. Nace cuando una serie de trayectorias dispersas descubre una tradición común, construye espacios de intervención, inventa una imagen de sí misma y consigue que esa imagen sea reconocida por otros. El 27 se hizo en libros, sí, pero también en revistas, antologías, conferencias, cartas, tertulias, recitales, excursiones, homenajes y fotografías. Se hizo en la Revista de Occidente, en Litoral, en la Residencia de Estudiantes, en el Ateneo sevillano, en las revistas murcianas, malagueñas y madrileñas. Se hizo con poemas, pero también con estrategias.

El número triple de Litoral dedicado a Góngora en octubre de 1927 es otro momento capital de esa prehistoria inmediata. Antes de la reunión sevillana de diciembre, la revista de Málaga ya había convertido el homenaje en objeto editorial de vanguardia. No se trataba solo de publicar textos: se trataba de diseñar una escena moderna alrededor de un clásico. La revista combinaba poesía, tipografía, imagen, maquetación y diálogo con las artes plásticas. Góngora aparecía así no como una reliquia, sino como un motivo capaz de activar un dispositivo visual y literario plenamente contemporáneo. La generación se estaba editando a sí misma antes de posar para la posteridad.

Sevilla, entonces, fue la cristalización. El momento en que la corriente subterránea salió a la superficie. La fotografía hizo el resto. Y las fotografías, como los mitos, tienen una eficacia implacable: simplifican, fijan, ordenan. Aquella imagen permitió ver juntos a quienes ya estaban unidos por lecturas, admiraciones, revistas y proyectos. Pero también dejó fuera muchas cosas. Dejó fuera procesos anteriores. Dejó fuera nombres no presentes. Dejó fuera a quienes participaron de aquel mundo desde los márgenes o desde otros espacios. Dejó fuera, sobre todo, la complejidad de una época que no cabe en una mesa.

"En el caso del 27, nace cuando un grupo de escritores descubre que Góngora puede funcionar como emblema de una modernidad española no acomplejada"

La crítica contemporánea ha insistido con razón en que la Generación del 27 no puede reducirse a una lista cerrada de varones fotografiados. Alrededor de ese núcleo escribieron, pensaron y crearon mujeres fundamentales como Ernestina de Champourcín, Concha Méndez, Josefina de la Torre, Rosa Chacel, María Teresa León o María Zambrano, y artistas como Maruja Mallo, entre otras. No ocuparon el centro de aquella foto sevillana, pero forman parte imprescindible de la modernidad de la época. Recordarlo no destruye el mito: lo corrige, lo amplía, lo vuelve más verdadero. Una generación no es solo lo que decide mostrar su retrato oficial, sino también lo que ese retrato deja en penumbra. Tampoco todos los nombres centrales estuvieron de la misma manera en Sevilla. Pedro Salinas y Vicente Aleixandre participaron en la constelación gongorina sin quedar fijados en la escena sevillana como los asistentes fotografiados. Luis Cernuda, sevillano y todavía joven en aquel momento, aparece más cerca del público que del estrado canónico. La historia literaria, sin embargo, terminaría integrándolos en el mapa. Esa es otra enseñanza del episodio: las generaciones se forman en el tiempo, no en una sola noche. Lo que la foto concentra, la obra posterior expande.

Después de 1927, la operación continuó. El homenaje sevillano dio visibilidad; las publicaciones dieron continuidad; las antologías darían forma. En 1932, Gerardo Diego publica Poesía española: Antología 1915-1931, un libro decisivo para ordenar y proyectar aquella sensibilidad. Lo que en Sevilla había sido ceremonia, allí se convierte en selección, prólogo, nómina, programa implícito. Una generación no solo se reúne: también se edita. No solo se vive: también se organiza. No solo escribe: también decide cómo quiere ser leída.

Por eso la pregunta “cómo nace una generación” no admite una respuesta única. Nace de una coincidencia de edades, pero no basta. Nace de una afinidad estética, pero tampoco basta. Nace de una voluntad de intervención, de una red de publicaciones, de unas instituciones, de una amistad, de unas polémicas, de una imagen pública y de una tradición elegida. En el caso del 27, nace cuando un grupo de escritores descubre que Góngora puede funcionar como emblema de una modernidad española no acomplejada. Nace cuando el poeta más difícil del Siglo de Oro se convierte en contraseña de juventud.

La fórmula es casi perfecta: un muerto reúne a los vivos. Pero no cualquier muerto. Góngora, que había sido acusado de oscuro, se convierte en lámpara. Góngora, que parecía enterrado bajo tres siglos de comentarios y disputas, aparece como contemporáneo de los poetas que quieren renovar el idioma. Góngora, sacerdote barroco de Córdoba, se sienta sin pedir permiso junto a Lorca, Alberti, Guillén, Diego, Dámaso Alonso, Cernuda, Aleixandre y Salinas. Su lengua, tan antigua y nueva, les ofrece una posibilidad decisiva: ser modernos sin dejar de ser herederos.

"La Generación del 27 no nació exactamente el día en que se reunió en Sevilla. Nació antes, cuando empezó a leer a Góngora como si fuera un poeta del futuro"

Ahí está el verdadero nacimiento. No en la fotografía sola, sino en el momento en que una serie de escritores comprende que la tradición no es una carga, sino una cantera. Que el pasado no está muerto si todavía permite escribir de otro modo. Que un clásico no es quien obliga a repetir, sino quien vuelve posible una libertad inesperada. La Generación del 27 no nació exactamente el día en que se reunió en Sevilla. Nació antes, cuando empezó a leer a Góngora como si fuera un poeta del futuro. Y nació después, cuando convirtió esa lectura en obra, en amistad, en canon, en leyenda.

La escena sevillana sigue siendo necesaria porque los mitos también dicen verdades. Allí, durante dos noches de diciembre de 1927, unos jóvenes escritores se vieron a sí mismos bajo la luz de un poeta muerto en 1627. Pero el relato completo empieza antes: en 1924, con Gerardo Diego escribiendo “Un escorzo de Góngora”; en 1925, con nuevas aproximaciones de Diego y con Guillén trabajando sobre el cordobés; en 1926, con Lorca pronunciando una conferencia que lee a Góngora desde la imaginación moderna; en octubre de 1927, con Litoral preparando visual y editorialmente el homenaje. Para cuando Sevilla abrió sus puertas, Góngora ya los había reunido en secreto.

Y tal vez por eso aquella fotografía conserva todavía su poder. No porque sea el principio absoluto, sino porque captura el instante en que lo invisible se hace visible. Un grupo de poetas mira al futuro convocado por un poeta del pasado. Una generación aprende a reconocerse alrededor de una lengua llevada hasta el extremo. Una tradición arde de nuevo. Ese día, Luis de Góngora reunió a los modernos. Pero llevaba años llamándolos.

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Referencias consultadas

Textos y revistas de época

Diego, Gerardo. «Un escorzo de Góngora». Revista de Occidente, núm. 7, enero de 1924, pp. 76-89.
https://dialnet.unirioja.es/ejemplar/315543

Diego, Gerardo. «Don Luis de Góngora y Argote». Revista de Occidente, núm. 26, agosto de 1925, pp. 246-251.

García Lorca, Federico. «En torno a Góngora». La Verdad. Suplemento literario, año IV, núm. 52, Murcia, 23 de mayo de 1926, p. 1.

García Lorca, Federico. «En torno a Góngora» [II]. Verso y Prosa. Boletín de la joven literatura, año I, núm. 6, Murcia, junio de 1927, p. 3.

García Lorca, Federico. «La imagen poética de Don Luis de Góngora». Residencia. Revista de la Residencia de Estudiantes, vol. III, núm. 4, Madrid, octubre de 1932, pp. 94-103.

Guillén, Jorge. Notas para una edición comentada de Góngora [manuscrito]. 1925. Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.
https://www.cervantesvirtual.com/obra/notas-para-una-edicion-comentada-de-gongora-manuscrito/

Litoral. «Homenaje a Don Luis de Góngora». Núms. 5, 6 y 7, Málaga, octubre de 1927.

Estudios críticos y documentación

Aguilera Sastre, Juan. «Tournée de García Lorca por los ateneos del norte de España —diciembre de 1930—». Revista de Literatura, vol. LXXVII, núm. 154, 2015, pp. 423-445. DOI: 10.3989/revliteratura.2015.02.004.
https://revistadeliteratura.revistas.csic.es/index.php/revistadeliteratura/article/view/368

Carnero, Guillermo. «“Arácnido confuso”: Purismo y Neogongorismo en el primer Miguel Hernández». Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.
https://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/aracnido-confuso-purismo-y-neogongorismo-en-el-primer-miguel-hernandez-1146319/html/

Centro Federico García Lorca. «Biografía 1925-1929». Centro Federico García Lorca, Granada.
https://www.centrofedericogarcialorca.es/es/fgl/bio-1925-1929

Universidad Complutense de Madrid. «Litoral y el homenaje a Góngora, 1927: maquetación y gráfica». S U+M A [Universidad + Museo].
https://www.ucm.es/suma-universidad-museo/litoral-y-el-homenaje-a-gongora%2C-1927-maquetacion-y-grafica

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