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Cómo reconocer a un Tsundoku

Ilustración: Emilie Guigon.

Aunque nunca pensé que estas notitas mías —escritas con una velita sobre la mesa y un radiador a los pies— fueran a ser del interés de nadie, lo cierto es que no han sido pocos los lectores, y, en algunos extraordinarios casos, inadvertidos tsundokus, que han escrito alborozadamente al creer descubrir en sí mismos su verdadera alma de tsundoku. En realidad, y pese a que en términos generales se trata de una cifra bastante escasa, hay muchos más tsundokus de los que se cree. Tsundokus de pelo claro, tsundokus de pelo oscuro, tsundokus que siempre son más bajitos de lo que aparentan ser. Pero como la mayoría de las veces el tsundoku sufre una condición semejante a la del pato a la naranja, que cuando definitivamente lo es ya no puede reconocerse como tal, he decidido dejar aquí unas cuantas pistas para que los interesados que quieran comprobarlo sepan realmente si lo son. Si no, siempre podrán distinguirlos si alguna vez se les planta uno —con sus suaves crujiditos de papel— inesperadamente ante ellos. Por ejemplo:

El tsundoku es el que, en los transportes urbanos y los bancos de los parques públicos, no sabe qué persona observadora, qué mujer arrebatadora o qué hombre de sus sueños, se le ha sentado enfrente porque siempre tiene la vista hacia abajo, absorta completamente en un libro.

Ese que, momentáneamente huérfano de libros, se planta en medio de la calle y mira con la boca abierta el cartel que anuncia cualquier cosa, sin preocuparse de la masa enfurecida que viene empujando por delante y por detrás, es probablemente un tsundoku.

¿Y qué decir del hombre que lleva los libros bajo el brazo, como los parisienses la barra del pan, mientras los acaricia soñadoramente en su veloz alejarse calle arriba? Posible tsundoku.

"Las mejores captadoras de tsundokus suelen ser niñas que, por pura malicia femenina, arrinconan a los tsundokus contra la pared y apagan casi todas las luces para verlo temblar y brillar en la oscuridad"

¿Y el que lleva los libros debajo del sombrero? ¿Y el que los esconde bajo la chaqueta, y mira furtivamente a derecha e izquierda como si temiera que le fuera a ser robado su preciado botín? ¿Y ese que, con sus propios libros abrazados contra el pecho, lleva a cabo los más arriesgados escorzos de cuello para averiguar cuál es el libro que está leyendo su vecino de tren? No hay ninguna duda: tsundokus todos.

El tsundoku es muy rápido: a veces es preciso inmovilizarlo contra una pared para comprobar si eso que se ha movido tan aprisa en dirección a un libro era verdaderamente un tsundoku. Las mejores captadoras de tsundokus suelen ser niñas que, por pura malicia femenina, arrinconan a los tsundokus contra la pared y apagan casi todas las luces para verlo temblar y brillar en la oscuridad.

Es tal la curiosidad que despiertan los tsundokus, que se han llegado a conocer casos de personas indeciblemente curiosas que dejaron libros como sin dueño en los asientos de los trenes y en las sillas de las terrazas veraniegas para ver si en algún momento aparecía de la nada, en la polvareda del ansia por el libro, el pálido y velocísimo tsundoku.

El que está leyendo un libro tumbado en el parque y de repente tiene aún las manos en el aire pero ya sin libro no habrá visto pasar al tsundoku, pero habrá sido la víctima de uno.

Se conoce la existencia de algunos tsundoku que han trabajado en bibliotecas: si alguna vez el bibliotecario extrañado descubre la inexplicable falta de ciertos libros, ha de saber que ese empleadito esquivo que ya jamás regresó era, sin lugar a dudas, un tsundoku.

De pequeño era aquel que, ante la horrible falta de un libro, juntaba hacia sí las palmas de las manos y movía los ojos de izquierda a derecha leyendo palabras imaginarias.

Los padres lo reconocían sobrecogidos: era el niño que, al meterse entre las sábanas de la cama, disfrutaba por una vez el maravilloso sueño de ser marcapáginas.

También aquel silencioso que aborrecía ver a otros niños comiendo papel y que, de tan lunarmente blanco, hacía daño sólo mirar, era, por supuesto, un tsundoku.

Alguna vez ha sido avistado en los museos: y siempre es el que, entre las más célebres y pintorescas pinturas, se detiene ante el collage abigarrado y se pone a leer el rincón donde el artista pegó tres brochazos a un antiquísimo recorte de periódico.

Uno se puso la corbata distraídamente mientras leía un libro. Cuando llegó en tren a su lugar de destino, todos en el vagón se preguntaban quién sería aquel misterioso individuo que llevaba un gato colgado por el rabo del cuello de la camisa.

Otro, de extraña mirada vuelta al cielo, es el que ve en el paso lejano de las aves libros volar. Un día uno de ellos se marchó a tierras de Oriente con un hatillo al hombro en busca de la tierra a la que migraban los libros, y desde allí escribió a sus amigos cartas fabulosas acerca de intrincados y maravillosos títulos que nadie más que él había podido leer.

Hay tsundokus que no saben que lo son, tsundokus que ya son muy lentos y viejecitos y apenas salen de casa, pero que, al mirar a su alrededor, en todos esos libros que les rodean ven, como sobre un espejo mágico, el rostro inconfundible de un tsundoku.

Existen muchas otras clases de tsundokus, pero las categorías más conocidas son estas. Me gustaría dar muchas otras pistas, en beneficio de esos tsundokus que no han podido verse reflejados en ninguna de ellas y sienten en su interior el lamento triste del tsundoku huérfano de reconocimiento. Pero no quisiera dar más pistas a los cazadores de tsundokus. Bastante es ya mi temor de haber hablado demasiado.

Notas:

Somerset Maugham: El impulso creativo y otros cuentos

Hay casas editoriales que ponen las cosas inmensamente sencillas al tsundoku descubridor de libros. Si se da la circunstancia de que ese explorador tiene, además, una ocupación lateral como comentarista de los territorios explorados, la felicidad personal se convierte en un largo paréntesis de dicha multiplicado por el privilegio que supone la rendida y maravillada divulgación de un reino. En términos de variedad y belleza —y también de coherencia, dentro de las inevitables oscilaciones de lo variado y de lo bello—, pocos catálogos pueden compararse al de la editorial Atalanta. Su lista de títulos publicados lleva más de diez años perfilando capítulo a capítulo una fascinante historia de la consciencia humana, y lo que en otros catálogos suele ser una deriva accidental de la línea editorial, aquí constituye el mismo corazón de su existencia. Yo sólo puedo asociarla en visión y propósito a Adelphi, y, como el propio Calasso, Jacobo Siruela también cumple con el papel de escritor/editor, y ya aprovecho para recomendar su excelente Libros, secretos, suma erudita donde aborda a lomos del “demonio de la analogía” el misterio de ese ser y estar que llamamos consciencia (dentro de ese otro ser y estar que también es otra consciencia: el universo pensante.)

De no ser por la fe que todavía se puede mantener en un catálogo, creo que sólo la casualidad me hubiera llevado a acercarme de nuevo a la obra de Somerset Maugham. Hace más de veinte años que lo leí por primera vez, y aunque percibí en sus palabras un poco de Maupassant, de Scott Fitzgerald, de Hemingway, me temo que no fui capaz de dar con la parte de su obra que más puede satisfacer al lector que soy. Tenía para mí un estilo demasiado inclinado hacia la izquierda, hacia una época anterior a aquella en que a la palabra le fue restituido su misterio más profundo, y pasé por alto lo que de más admirable tiene la obra de Maugham: su perfecta creación de personajes en el espacio de una baldosa. Por ciertos ambientes uno puede recordar a Proust y por ciertas descripciones a James, pero en su naturalidad para fluir hay algo enormemente personal que se adapta muy bien a sus finales por lo general abruptos: parece que alguien que pasaba por ahí se ha sentado a nuestro lado, nos ha intrigado astutamente con la historia que ha empezado a contarnos, y de idéntica manera, sin mediar un adiós como no había mediado ningún hola, se ha alejado de nuestro lado. Hay escritores que te envuelven, otros que te arropan. Con Maugham he descubierto una nueva categoría que podría calificarse como escritor perfume, cuyo olor sólo se hace notar —como un recuerdo vago y maravilloso— para empujarnos a perseguirlo.

Junichiro Tanizaki: Siete cuentos japoneses

Es posible que Junichiro Tanizaki (1886-1965) sea el más occidental de los escritores japoneses. “Hubiera preferido llevar una existencia como esclavo de los occidentales antes que ser un aristócrata en este pobre país”, exclama en el relato El espía alemán (Dokutan), escrito a los veintinueve años, donde refiere una divertida experiencia personal valiéndose de un estilo y un punto de vista similares a los que años más tarde emplearía Henry Miller —que admiraba a Tanizaki— para levantar el ingente edificio de sus novelas autobiográficas. Más me sorprenden, sin embargo, las semejanzas entre algunos cuentos de esta antología, en especial El bufón y En el camino, y el espíritu que anima las novelas El ayudante y Jakob von Gunten, escritas por Robert Walser en 1908 y 1909: las mismas fechas, más o menos, en que Tanizaki comenzaba su carrera literaria. Estoy seguro de que Tanizaki nunca leyó a Walser. Estoy seguro de que nunca leyó a Kafka. Y, con todo, en esos humildes humillados y en esos seres apesadumbrados por una culpa inconcreta —ubicada dentro de los “peligros inevitables” que anidan en “el ámbito de la casualidad”, cuya exploración hace “multiplicar el porcentaje de aciertos” en el reino del castigo y la culpa— diría que hay un eco de “las gentes muy modestas y subordinadas” de Walser o de esas manifestaciones “de una misma vida psíquica” (definición de Roberto Calasso) que constituyen los dos K. de El castillo y El proceso de Kafka. Sólo por rastrear esta clase de hallazgos, que de alguna manera parecen apuntar a una muy peculiar atmósfera en el tejido social de los años inmediatamente anteriores y posteriores a la Primera Guerra Mundial —y que como se ve no quedó limitada a Europa sino a todo el que “adoraba las cosas más ordinarias y nimias del mundo occidental”—, ya merecería la pena leer estos relatos. Pero sus páginas están repletas de disfrutes mucho más inmediatos, como, por ejemplo, una visión del tiempo muy similar a la que reveló Cheever en El nadador (1964) en esa melancólica fantasmagoría que es Nostalgia de mi madre (Hahawokouruki, 1919), o el maravilloso juego de luces del ya mencionado Dokutan, cuyo protagonista es, ciertamente, un espía: pero no por las razones que Tanizaki enumera en el último párrafo —ideado como último despiste— sino por haber sido capaz de arrancar al alma de las japonesas el secreto de su femineidad, celosamente guardado a los orientales. Los lectores primerizos de Tanizaki sólo se lamentarán de una cosa: no haberlo descubierto mucho antes.

Robert Aickman: Las casas de los rusos

No es ningún secreto que Robert Aickman (1914-1981) fue un apasionado defensor del medio ambiente. Escribió un par de tratados sobre el tema y parece ser que fundó una asociación relacionada con la protección de los ríos. Pero Aickman, a diferencia de la mayoría de ambientalistas, no legó para el futuro un retrato de nuestra pobre Gaia envenenada por los vertidos industriales, sino siete libros de relatos que él mismo describía como “historias de lo extraño”. Cuánto me alegra, por cierto, que el propio Aickman hiciera por su cuenta esa precisión y no tenga yo que defenderle ahora ante todos esos autores y críticos que lo confinan a la literatura de género, al predio de la pura fantasía o del terror sin aditivos, generalmente barriendo para casa. En realidad, ni siquiera creo que se trate de un autor perimetrable en el fantástico: en el mejor de los casos, los relatos de Aickman son al género de fantasía y terror lo que El proceso de Kafka es a las novelas de Perry Mason, y hasta me atrevería a decir que constituyen un ejemplo de literatura realista llevada al extremo en su empeño de no circunvalar el territorio de lo irracional y lo inconsciente, que, para bien o para mal, dan su propio sesgo al punto de vista desde el cual contemplamos el mundo. De hecho, y pese al protagonismo que concede a algunos aparecidos —el fantasma de La tolvanera, el amable niñito de Las casas de los rusos, y los propios rusos que asoman en las casas—, sólo podríamos considerar a Aickman un autor de relatos fantásticos si aceptásemos que los logros de la sociedad humana son una proyección psíquica, una creación artificial del hombre que a lo largo de los siglos ha ido extendiéndose sobre el espacio natural del bosque y ha enjaulado al animal que llevamos dentro. Merece la pena observar atentamente los pequeños detalles de estos relatos, porque sólo así repararemos en que el asombro que Aickman siente hacia las estructuras y organizaciones concebidas para dominar y contener el empuje de la naturaleza —él, que en sus fotografías aparece como el más circunspecto y civilizado de los hombres— procede precisamente del hecho de que ellas son lo realmente extraño en el universo de lo natural, el elemento diferenciador que sólo con su contacto convierte naturaleza e instinto en una perturbación y una peligrosa paradoja, al hombre en un desconocido y en una amenaza para el hombre.

Upaniṣad. Correspondencias ocultas

Sedujeron a Schopenhauer, que nunca se separó de la traducción latina que Anquetil-Duperron (verdadera alma de tsundoku que merece biografía propia) había realizado en el siglo XVIII, se filtraron por las venas de Europa a través de filósofos, viajeros eruditos, pensadores como Schelling (“Europa se lo debe todo a los injertos orientales”), historiadores como Michelet (“la India es el vientre del mundo”) y poetas como Lamartine (“la India es la clave de todo”) ¿Pero dónde se encuentra su origen? En el tiempo del que apenas se conserva memoria, cuando percepción y mundo —con todas sus vacilantes lucecitas, sus recónditas vibraciones al alcance de la mente— eran la misma cosa. La tierra se abría en amplios ríos, se cerraba en bosques, de repente se ofrecía en templos, en dioses tallados en la piedra, en vertiginosas torres que volvían a ser prisioneras de los mangles, de los nidos de aves de colores, de húmedas lianas que gota a gota iban arrancando pantanos de la tierra. En medio del profundo silencio de las cosas, siete sabios, los “esclarecidos”, alcanzaron a escuchar dentro de sí la revelación de un antiguo misterio, y confiaron a sus discípulos aquello que les había sido dado oír. Algunas “palabras” se perdieron en la boca que debía expresarlas, pero lo que quedó era cuanto merecía la pena recordarse. Todo ello constituyó los smŗti, textos conservados desde esa antigüedad remota por eruditas familias de brahmanes.

Según la etimología de Monier-Williams, upaniad debe ser traducido como, “(al decir de algunos), sentarse a los pies de otro para escuchar sus palabras (y, de ahí, el conocimiento secreto que se imparte de esta manera; pero de acuerdo con las autoridades del lugar upaniad significa ‘dejar de lado la ignorancia por medio de la revelación del espíritu supremo’); el misterio que subyace o reposa bajo el sistema externo de las cosas; doctrina esotérica, doctrina secreta, significado misterioso o místico, escritos filosóficos”. Todas ellas son definiciones válidas, si bien hasta cierto punto redundantes. Patrick Olivelle las redujo a una sola expresión: “correspondencias”, término cuyo sentido último apunta a una inmensa familiaridad entre las cosas y que nos presenta a las upaniad como un fluyente mapa de imágenes y pensamiento, cuyo centro sería ese misterioso origen del todo que, también gota a gota, se despliega hasta nosotros.

Las upaniad no se agotan en una sola lectura. Reverberan como una moneda que no cesa de girar, en el fondo del pozo de la conciencia. Las upaniad fueron reveladas hace muchos siglos, antes del Buda, pero todavía hoy siguen siendo reveladas. Mallarmé —que tanto elogió a Zorrilla, continuador del mundo oriental de Hugo— encontró muchas de las palabras perdidas que no llegaron a los smŗti en las profundidades de un espejo veneciano, cuyas aguas se comunicaban con una habitación “sin nadie dentro”, vigilada por la Osa Mayor, las siete pupilas eternamente despiertas de los eternos Saptarṣī. Francis Ponge, en Bosque de pinos, trazó también pino a pino, hasta el recóndito boudoir que dio lugar a todos ellos, su pequeña upanisad de brucerías y piñas, de horquillitas para el cabello de los pinos. Pero en realidad toda temblorosa poesía que encuentra la relación oculta entre las cosas, entre, por ejemplo, la luz de cereal de primavera y la miga de pan, es una iluminada notita a pie de página de la eterna upaniad. Lo diré una vez más: las upaniad no fueron, sino que son y serán siempre. Suenan y resuenan, reverberando a nuestro alrededor en tramas de casi impenetrable oscuridad, como la moneda que no cesa de girar en el fondo de la conciencia del Universo. Y cuando el aturdido poeta percibe una sola sílaba errante de su ruidito rodante, cuando siente sobre sí el rayo luminoso de las siete pupilas, hermano y heredero de los celestes siete sabios vigilantes, ¡qué dicha de una vida al fin provista de sentido, y qué honor el reconocerse por un momento aunque sólo sea como el más pequeño acarreador de su antorcha!

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Autor: W. Somerset Maugham. Título: El impulso creativo y otros cuentos. Páginas: 312. Editorial: Atalanta (2017)

Autor: Junichiro Tanizaki. Título: Siete cuentos japoneses. Páginas: 260. Editorial: Atalanta (2017)

Autor: Robert Aickman. Título: Las casas de los rusos. Páginas: 312. Editorial: Atalanta (2016)

Autor: Juan Arnau (ed.). Oscar Figueroa, Wendy Phillips, Roberto García y Vicente Gallego. Título: Upaniad. Correspondencias ocultas. Páginas: 528. Editorial: Atalanta (2019).

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