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Tsundoku

Siempre he considerado una prueba estridente de incivilidad los discursos de quienes reprueban que tantos adquieran libros y no los lean inmediatamente. Canetti, con su inmenso potencial arcaico, nos hace regresar a la condición primordial frente al libro, cuando el libro es la asociación de un nombre desconocido y de un título. Al cabo de la experiencia, una vez que el libro haya sido leído, ese objeto puede haberse convertido en una obsesión, como una larga pasión amorosa.

—Roberto Calasso

 

Criaturas solitarias, enfermizos encorvados de piel apergaminada, y tan blancos como el papel, perdidos y asustados en las grandes ciudades conformamos una pequeña y tranquila comunidad de individuos silenciosos, nosotros los tsundoku. Nuestros ires y venires entre la gente corriente que tanto miedo nos da se ha limitado, desde hace ya muchos siglos, al recorrido que media entre nuestras casas de persianas echadas y algún lugar —tienda, garaje de saldo, domicilio abandonado— donde sabemos que hay libros. Pero no es que vaya a servir a nuestra causa que siempre hayamos vivido en el castillo, entre guantes y sombras, necesariamente retirados del mundo. Nuestro mayor problema, más allá del haber sido descubiertos, es la falta de espacio. ¿Por qué? Pues porque los tsundoku no nos conformamos con leer. Leemos libros importantes, pero no cuando nos vienen a las manos: los leemos al sentir que se apodera de nosotros el deseo de leerlos (¿quién decide la importancia de un libro? Un tsundoku decide su importancia. Inventa su propia tradición. ¿Quién decide cuándo leemos un libro? Nadie lo decide. Es incluso posible que lo decida el propio libro. En el mundo de los tsundoku, un libro inventa a su propio lector). Así, cada libro importante llama a ser recibido, desde el alféizar sin vigilancia o una remota librería de viejo, por un atento tsundoku, que rápidamente lo adquiere o lo sustrae —¡cuánto tenemos que agradecer a los calurosos veranos de ventanas abiertas!—, hasta que un día, poco a poco, un hogar de dimensiones normales deja ver que sus hechuras ya no son suficientes para acoger todos los libros que llaman la atención del buen tsundoku: razón por la cual el buen tsundoku es también un entendido en bricolaje. De modo que al tsundoku que no vaga al acecho, que no anda por ahí “escuchando” libros, o, más frecuentemente, entretenido en sus páginas, es muy fácil hallarlo metido en su pequeño monito de trabajo, rodeado de planos enrollados y útiles para el cálculo, preparando mortero y arenisca en el jardín trasero (bien oculto de árboles) donde se ocupa de las labores necesarias para ampliar adecuadamente su vivienda. Fenómeno éste de la corrección de casas que ha venido ocurriendo desde tiempo inmemorial. ¿No lo habéis visto? Entonces mirad atentamente. Extrañas arquitecturas se alzan por todo el mundo como un misterioso testimonio de ello: la ballena varada en medio de la pradera, el buque abigarrado junto a la estación de pueblo entre un millón de casitas iguales, sombría residencia del tsundoku que se despliega en salones, en pasillos cortados por pasillos, en sótanos que se abren a nuevas escalinatas, y así y así y así hasta obtener, frente al parque, frente a la calle, frente a los caminos de inquietante tránsito, la casa sospechosa transformada en laberinto. Por desgracia, los lances y aventuras de personas horribles nos han pasado factura a nosotros los tsundoku: hablo de aquellos que ampliaron sus casas para ocultar a sus víctimas cuando el jardín, florecilla a florecilla y muerto a muerto, se les había quedado pequeño, o tenían a sus hijas secuestradas en un sótano sin luz. Es así como ahora nos ven nuestros vecinos: como si cada martillazo o cada palada de arena revelara que nos dedicamos a esconder, en las nuevas habitaciones de la casa, algo más que las vidas que contienen los libros. Nos acusan de tener a una hija metida en el sótano recién hormigonado, de matar a mujeres despistadas que perdieron el último autobús, ¡de enterrarlas y de emparedarlas, nada menos! Pero como no las ven entrar, tampoco las ven salir, y por eso sospechan que nosotros, inofensivos lectores, hemos acabado con ellas, las mujeres que jamás entraron: aquí, en el abigarrado buque en medio de la plaza, en la ballena varada del millón de libros.

Sin embargo, esto nos ha hecho mucho más fervorosos de nuestra primera vocación. Ahora apenas salimos. Muy al contrario, recorremos las habitaciones que se multiplican por galerías oscuras lámpara de petróleo en mano, esperando el gritito conocido, apenas un cuic, con que los libros importantes nos llaman desde los estantes para al fin ser leídos. Y siendo más conscientes que nunca de que nuestro tiempo es limitado —¿pues qué otra cosa pretende de nosotros, si no es nuestro fin, este griterío que se deja oír al otro lado de la puerta?— los tsundoku hacemos lo que nunca hasta hoy habíamos hecho: escribimos sobre libros importantes. Palabras breves, meros pensamientos pinzados rápidamente entre el papel y la pluma, casi recién soñados; ideas garabateadas en la habitación prácticamente a oscuras donde leemos extasiados con un radiador eléctrico a los pies.

¡Oh cálido interior ronroneante de las casas bien provistas de libros, cómo cuidas, entre la pesadilla de los hombres, el sueño maravilloso de ser tsundoku!

Ilustración: Émilie Guigon.

Víctor Hugo: Último día de un condenado a muerte

Los tsundoku somos todos enfermos de cronagnosia: no nos sentimos influidos por la perpendicularidad del tiempo en una sola dirección. Podemos temer a los cráteres como nidos de dinosaurios futuros o esperar a los bárbaros mientras vemos, fantasmalmente superpuestos sobre un montón de ruinas, a los leones del Coliseo. Y también podemos leer hacia atrás. Yo he visto la influencia de Proust en Ruskin y en los diarios de Mary Shelley, así como diversos destellos de Planck en algo tan aparentemente ajeno y remoto a los malabarismos cuánticos como la literatura védica.

"Victor Hugo creía en una literatura de utilidad social, pero afortunadamente su maravillosa visión poética y su intuición artística salvaron sus obras del veneno del mensaje"

Hoy voy a escribir sobre la influencia de Kafka en Victor Hugo. Voy a recomendar la lectura de Último día de un condenado a muerte (1829) como un ejercicio artístico de tiempo suspendido. Esta novelita es una obra maestra del pequeño detalle —sólo hay que reparar en la florecilla que crece entre dos conglomerados de piedra durante la lectura de la sentencia, o en las tímidas cortesías hacia el prisionero—, pero es también una especie de borrador de El proceso (1925) escrito por alguien que aún no puede entender El proceso, con sutiles interferencias de Invitado a una decapitación (1935), de Nabokov. Al igual que Kafka, Hugo nos exime de conocer la culpa del condenado (XLVII), nos describe la fórmula iterativamente ramificada de los recursos judiciales (VIII), el complejo laberinto del palacio de Justicia (XXIII), y nos presenta ante personajes netamente kafkianos, como el arquitecto que visita la celda del prisionero (XXXI) o el nuevo carcelero (XXXII), que le ruega que tras su ejecución regrese en espíritu para que le facilite los números ganadores de la lotería. Quizá la mayor diferencia entre Josef K. y el condenado X radica en la naturaleza de su angustia: Kafka inventa una pesadilla basada en la incertidumbre de los procedimientos, mientras que para Hugo la pesadilla procede de la certeza de su realidad. Esa certeza, sin embargo, sufre un asombroso giro cuando el condenado X parece mirarse en un espejo cien años más viejo y descubre que jueces y verdugos, el sacerdote, e incluso los ceremoniales de la muerte, existen gracias a él (XXVI). Pero X, que no es un cronagnóstico, se detiene al borde de la ruptura con su siglo y evita seguir el ejemplo de Cincinnatus C., el soñador de Nabokov, que los arroja a todos ellos al vacío desde la cornisa transparente de la poesía.

Un apunte: ningún buen lector debería hacer demasiado caso al prefacio de 1832 que aparece al final del libro. La literatura como alegato es una doble equivocación: jamás tiene valor como alegato y su valor como literatura es la del pasquín callejero. Victor Hugo creía en una literatura de utilidad social, pero afortunadamente su maravillosa visión poética y su intuición artística salvaron sus obras del veneno del mensaje.

Si en algo apreciamos el arte, abominemos siempre de la literatura ideológica.

Henry James: El americano. Fantasmas

Ha dejado de hacerse extraño que una alusión a Henry James se vea acompañada de una referencia a Marcel Proust, que un nombre aparezca como obligado correlato del otro, hasta el punto de haberse conformado una corriente crítica más o menos generalizada que cree escuchar en los torrentes de Proust el rumor de lejanos ríos: los ríos amplios, euroamericanos, de Henry James. Las semejanzas se basan en una circunstancia puramente morfológica: la oscilante orografía de los párrafos, el connubio aparente de sus estratos, la cualidad, en una palabra, de su particular espesor. Sorprenden, sin embargo, estas comparaciones cuando ambos se distinguen en lo esencial: si en términos de estilo James es un monótono bosque de pinos —con algún rizo del aire, algún ocasional encrespamiento, algún insólito perfume que no se sabe bien de dónde llega—, Proust es la naturaleza plena, en toda su panoplia de áureos colores y su abigarrada armonía de trinos y de aromas (y, en ocasiones, con alguna misteriosa especie recorriendo el fondo de la página, hecha de todo ello al mismo tiempo, extraña y a la vez de una belleza que reconocemos). Resumiéndolo mucho, cabe decir que las diferencias entre ambos no tienen que ver con una mayor o menor profundidad en la inmersión, sino con lo que uno y otro autor encuentran bajo los espejismos de la forma —la auténtica naturaleza del tiempo en el caso de Proust, nada menos— y son capaces de presentar al lector.

"El americano puede interpretarse como un personal alegato de su ideal estético: es una novela sobre la perfección, considerada como un obstáculo para que algo sea aceptado y comprendido"

En la aparente pureza de James —que en realidad deriva de una analogía inspirada por la transparencia de su voz narrativa, y no de una particular luminosidad de estilo— siempre he encontrado algo sospechoso, incluso en novelas cortas como La vuelta de tuerca o Los papeles de Aspern (que se cuentan entre lo mejor de sus obras), y lo he vuelto a encontrar en esta traducción de El americano, cotejándola con el texto original, así como en los relatos que constituyen su antología de historias sobrenaturales, titulada aquí Fantasmas. Mis sospechas se concentran en un sonido un tanto molesto, que se va haciendo más y más intenso en las proximidades de un objeto cualquiera, y que vibra con plena intensidad cuando llegamos a aquello que lo origina: las cualidades (adjetivas) con que James rodea ese objeto. ¿De veras nadie se ha dado cuenta de ello? ¿No lo ha hecho Cynthia Ozick, una de esas voces que aluden a Proust para referirse a James, para defender lo permanente de James frente a lo contingente de Proust? Sea como sea, sé que no se trata de un problema de oído —si algo hemos desarrollado los tsundoku que vamos por el mundo atentos al gritito de los libros es, precisamente, el oído—, y de no ser porque a esta lámpara le queda poca lumbre podría citar los adjetivos mal escogidos, reiterativos e innecesarios con que James apuntala muchas de sus frases para conseguir esa música de paso ecuestre que resuena en sus obras. No será este tsundoku, desde luego, el que acuse a un gran autor de remolonear ociosamente con el lápiz. De hecho me siento como un inválido en el interior de esos libros que privan al lector de toda relación sensorial, y se limitan a encerrarlo entre pesados barrotes de sujeto y predicado. Pero el adjetivo no puede ser únicamente un agregado para redondear la musicalidad de un párrafo, y mis problemas con James tienen que ver con su sordera para otras fuentes de placer estético y su rutinario sentido de la música. Yo veo un caballo dosalbo, con la cabeza bien alta, marcando solemnemente el paso, siempre que leo una frase suya: a veces hay suerte y algo deja adivinar un atisbo de sus doradas crines, el caracoleo de su centelleante cola o, cuando menos, los chispazos de las herraduras contra el enlosado, pero su jinete se limita a desfilar sin otra gracia que esa y yo, como lector suyo, a seguir con fijeza hipnótica su fuerte sonido plateado. ¿No ha resultado rara esta construcción: “fuerte sonido plateado”? La imagen es de James, y es también uno de esos momentos sospechosos en los que se percibe que algo falla en un territorio sensorial («fuerte» fricciona con «plateado») para compensar otro.

Como colección de relatos, Fantasmas interesa por la naturalidad con la que James le busca los dobleces a la realidad cotidiana para ponernos ante una alternativa inquietante, dentro de una normalidad aparente. Es una veta que por desgracia trató en horizontal pero no en vertical —lo que El doble es a la obra de Dostoievski lo sobrenatural lo es a la obra de James—, y donde resuena algún eco de Melville y de Hawthorne, y, más remotamente (¡otra vez!), de Kafka. El americano, en cambio, puede interpretarse como un personal alegato de su ideal estético: es una novela sobre la perfección, pero la perfección considerada como un obstáculo para que algo sea aceptado y comprendido. En su visión de mademoiselle Noémie, de madame de Cintré o de la vieja Europa, James prefiere la belleza con sus defectos, “que no hacen sino realzar sus encantos”. En esto recuerda a Poe, que citaba —en Ligeia— una frase de Lord Bacon según la cual “no hay belleza exquisita sin algo extraño en su proporción”. Las obras de James, que son bellas y, como niñas puestas de gala, andan tropezando aquí y allá con sus adjetivos, son una encantadora invitación a comprobarlo.

John Keats: Endimión

Si algo tienen los poetas románticos ingleses es que saben cómo empezar un poema. Es posible que después se enreden en notas históricas y entramados filosóficos que pueden hacer temblar el conjunto, pero nadie que tenga “cierta noción de poesía o respeto por la verdad” diría que los versos con los que da comienzo, por poner un ejemplo, Queen Mab, no son ya de por sí un encantamiento: se deja oír en ellos el rumor de algo verdaderamente inmortal, el recuerdo de un misterio que existió desde siempre, oculto entre los claroscuros de la experiencia, hasta que llegó el joven Shelley para revelarlo. Lo mismo cabe decir de los primeros treinta y tres versos del Endimión de Keats. Uno puede leerlos mil veces y ni la iteración ni la costumbre llegarán jamás a desgastar su embrujo. La sensación de que un mundo luminoso y colmado de magia emerge a nuestro alrededor en ráfagas de belleza, con nosotros perdidos allí, boquiabiertos, en el centro de todo, resulta tan intensa como para llegar a creer, a creer verdaderamente, que es posible vivir y morir ahí mismo, en ese prodigioso sueño de la razón que ha materializado ante nosotros una perfectamente esculpida sucesión de versos. Es inevitable, por otra parte, que un poema que arranca de semejante modo contenga algunos pasajes que hasta a lectores muy avezados puedan resultarles vacuos. Pero esa es la deuda que deben pagar los romances —o cuentos versificados— de toda una época, quizá con la salvedad de aquellos que sólo tenían la intención de entretener, como ocurre con los cuentos orientales de Byron (quien, dicho sea de paso, fue terriblemente injusto con la poesía de Keats, a la que literalmente comparaba con “una meada en la cama”). Por mi parte, debo decir que nunca he encontrado en Keats nada que no esté a la altura de sus raptos de inspiración pura. Sus valles entre genialidades son siempre, en el menor de los casos, delicados yacimientos de belleza, y en el mejor, atisbos de una visión procedente de algún lugar maravilloso situado entre la eternidad y nosotros, los mortales a quienes ha sido concedido el regalo de admirarla y entenderla. En un mundo perfecto —un mundo de amistosos tsundoku—, cada niño nacería amando a Keats con toda la inocencia de su joven corazón. En un mundo imperfecto como el nuestro, amar a Keats es algo que debería enseñarse en cada casa, en cada iglesia y en cada escuela.

Madame de Staël: Diez años de destierro

Madame de Staël (1766-1817) es una de esas personalidades ígneas alrededor de las cuales llega a girar toda una época, pero que se recuerdan como una galaxia lejana, la estribación nebulosa de una Vía mucho mayor. Sus obras son tan poco conocidas como su persona, y su persona lo es como lugar de resonancia de otros nombres ahora más célebres. Trató a Goethe, a Schiller, a Byron (en Londres, exiliada ella, y en Suiza, exiliados los dos), a los hombres más importantes de su tiempo, y publicó su primera obra con veintiún años: un inteligente (y enormemente popular) ensayo sobre Rousseau. Debió de ser una mujer genial, a la manera en que lo eran las jovencitas de sentimiento adelantado, criadas en los salones del siglo XVIII, entre esfinges principalmente masculinas que admiraban la elocuencia de una mujer con cierta reserva, como un talento de otra especie distinta (y no por ello peor). Chateaubriand dijo que, si hubiera hablado menos, sus obras habrían sido más perfectas. Byron, que “escribía en octavo, y hablaba en folios: una avalancha de rutilante nadería, todo nieve y sofismas”. Incluso Napoleón, que la había perseguido y acechado —personal y políticamente—, afirmó haber acabado “hasta el gorro de ella”.

No cabe duda de que Madame de Staël fue una mujer extraordinaria y torrencial, tanto en la novelesca vida que se vio abocada a llevar como en las palabras —escritas y no escritas— con que se afanó en describirla, y estoy seguro de que podríamos hacernos una idea de lo que debió de ser esa torrencialidad al acercarnos a las páginas de este libro, que deja ver entre las convenciones de la forma algunos de esos claros de belleza que encontramos en obras suyas más famosas como Corinne o De lAllemagne, deudoras de las mejores páginas de Rousseau. Es posible, ciertamente, que Madame de Staël no sea hoy todo lo conocida que debiera, considerando la fama que tuvo, y que los salones de la Restauración y del Imperio, los avatares de un tiempo ya cristalizado y olvidado, puedan parecerles a algunos lectores tan remotos como la galaxia más lejana. Pero no es porque ella y su tiempo hayan envejecido mal, sino porque nosotros y nuestro tiempo (realmente sordo a la belleza) hemos envejecido peor.

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Autor: Victor Hugo. Título: Último día de un condenado a muerte. Editoriales: Valdemar (2011) / Austral Básicos (2016) / Alianza editorial (2018).

Autor: Henry James. Título: El americano. Editorial: Alba Clásica (2016).

Autor: Henry James. Título: Fantasmas. Editorial: Penguin Clásicos (2016).

Autor: John Keats. Título: Endimión (Edición bilingüe). Editorial: Cátedra (2017).

Autora: Madame de Staël. Título: Diez años de destierro. Editorial: Penguin Clásicos (2016).

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