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Complicidad con el monstruo

Complicidad con el monstruo

El falangista enigmático

Hay relatos tan incorporados a nuestro imaginario que rara vez nos detenemos a escudriñar sus dobleces. El de los últimos días de Miguel de Unamuno se ha contado tantas veces —comenzando por su magnífica y osada intervención en el paraninfo de la Universidad de Salamanca ante el matón Millán-Astray hasta llegar a su fallecimiento repentino en la sala de estar de la calle Bordadores— que sus hitos principales apenas dejaban hueco para reparar en la figura secundaria de quien fue la última persona que lo vio con vida. No había razón para dudar, al fin y al cabo, de ese tal Bartolomé Aragón que pasaba por ser discípulo del viejo rector y que, pese a su militancia falangista, había tenido a bien visitar a su maestro en la tarde de la Nochevieja de 1936 para brindarle un poco de compañía en aquel invierno inhóspito. De ahí mi sorpresa cuando el documental Palabras para un fin del mundo, de Manuel Menchón, arrojó luz sobre ese personaje que yo creí que había jugado un papel perfectamente prescindible en la coda del gran drama unamuniano, y de ahí que me haya enfrascado con gran interés en las páginas de La doble muerte de Unamuno (Capitán Swing), el libro en el que el propio Menchón y Luis García Jambrina profundizan en los aspectos que ya trataba la película. Uno de ellos es, evidentemente, la verdadera personalidad de ese Aragón que nunca fue alumno de Unamuno, aunque sí sentía o decía sentir admiración por su obra, y al que el escritor no habría visto más que un par de veces antes de que se presentara en su domicilio la tarde en la que se aproximaba a su fin uno de los peores años de nuestra historia reciente. Con ser más que pertinente la cuestión de si Aragón —un tipo que llegó a organizar quemas de libros y por el que poca simpatía podía sentir quien tanto los veneraba— pudo precipitar la muerte de Unamuno —por decirlo de un modo suave, dado que la cuestión queda envuelta en claroscuros—, resulta más interesante comprobar cómo desde la Salamanca en la que el bando franquista había instalado el centro de control de prensa y propaganda se trabajó con ahínco para manipular su palabra y su memoria y hacerlo pasar por quien no fue. Es conocida la simpatía con que acogió Unamuno el levantamiento del 18 de julio, cuando creyó que realmente aquel movimiento pretendía regenerar la República, y su desencanto progresivo hasta que, en plena celebración del Día de la Raza, manifestó su discrepancia en el acto que le pudo haber costado un disgusto aún mayor del que finalmente padeció. La historiografía oficial del franquismo presentó a Unamuno como un afín impenitente cuya adhesión a las tesis del nacionalcatolicismo deslegitimaba las veleidades republicanas, de las que él habría abjurado por completo tras su apasionamiento inaugural. Lo que desvela la correspondencia del propio interesado —en especial, la carta que remitió al director del ABC de Sevilla recriminándole que en el diario apareciera como suyo un escrito a favor del alzamiento que en realidad había sido pergeñado por el claustro universitario— desmiente esa aseveración largamente asumida y alecciona sobre la facilidad con que pueden manipularse las palabras y lo complicado que resulta deshacer las difamaciones una vez que éstas se producen. En el modo en que se desmenuza el engranaje de esa maquinaria ignominiosa por la cual se difundió que Unamuno decía cosas muy diferentes a las que afirmaba en realidad radica el interés verdadero de este libro, mucho más allá de la duda sobre la hora exacta a la que Aragón se presentó en la casa del rector o de si la frase que el primero profirió cuando la asistenta encontró el cadáver del segundo, «¡Yo no lo maté!», se ajustaba a la verdad o era, más bien, una excusa no solicitada; que, como todo el mundo sabe, casi siempre acaba siendo una acusación manifiesta.

Desmesura del elogio

Está bien que a uno le valoren como merece su trabajo, pero el elogio desmedido puede arrojar efectos contraproducentes. Suelo recordar aquella vez que Joaquín Sabina aseguró en una entrevista que Javier Krahe era el mejor cantante del mundo. El propio Krahe, en cuanto se enteró, lo telefoneó muy enfadado: «¡Pero bueno! ¿Cómo se te ocurre decir que soy el mejor cantante del mundo? ¿No ves que eso no se lo cree nadie? Para la próxima, en vez de decir que soy el mejor di que soy el número catorce, que es más verosímil y también es una posición muy honorable.»

El huevo de la serpiente

"Lo ilustró muy bien Primo Levi cuando dijo que lo más terrorífico de los agentes de la Gestapo era que sus rostros no se diferenciaban en nada de los de cualquier persona decente"

No sé si alguien piensa en serio que el Partido Nazi anunciaba en sus programas electorales la intención de acabar con los judíos, pero esa impresión tengo al escuchar y leer cómo ciertos periodistas restan importancia a las infamias en que constantemente incurre el partido que todos sabemos, repiten constantemente que todas las opiniones son válidas —una falacia tan obvia, y sin embargo tan extendida, que se hace obligado rebatirla las veces que haga falta, por mucha pereza que dé— y hasta se atreven a señalar que todo lo que sucede en un contexto democrático es democrático per se. Igual que el criminal avezado se gana la confianza de la víctima antes de atentar contra ella, también quienes anhelan exterminar la democracia se sirven de sus reglas y su permisividad para ocuparla y abolirla. Lo ilustró muy bien Primo Levi cuando dijo que lo más terrorífico de los agentes de la Gestapo era que sus rostros no se diferenciaban en nada de los de cualquier persona decente. Por eso el ejercicio de la ciudadanía exige, además de la reivindicación de los derechos oportunos, el deber de vigilar y proteger las frágiles garantías que nos permiten conservar el marco en el que nos encontramos. En cualquier sociedad seria se les quitaría la presunción de respetabilidad a quienes criminalizan a menores desamparados, saludan amistosamente en chats donde se pide el fusilamiento de veintiséis millones de compatriotas y persiguen la deshumanización y la expulsión del adversario en vez de oponerle tesis y argumentos. En la nuestra, por lo visto, aún hay que explicar ciertas cuestiones importantes, como que lo que algunos entienden por imparcial equidistancia no deja de ser un colaboracionismo cobarde y que ni siquiera cabe reconocerle la condición de interlocutor a quien, en vez de hablar, insulta. Conozco a una persona que, hace varias décadas, formó parte de una comitiva que se sentó a hablar con un grupo de representantes de ETA con la intención de convencer a la banda para que abandonara la lucha armada. La conversación se fue encrespando y uno de los etarras sacó una pistola, la puso sobre la mesa y dijo: «Ahora vamos a empezar a hablar en serio.» En ese instante, la persona a la que me refiero se levantó y dio su réplica: «Ahora es cuando ya no tenemos nada que hablar.» Sus acompañantes, como no podía ser de otra manera, la secundaron. El ejemplo viene al caso ahora que vemos cómo las viejas consigna de los años de plomo en Euskadi se repiten en boca de los defensores acérrimos de la sacrosanta unidad de España. Hace unos años, cuando en Francia se disputaron las presidenciales el nada bolchevique Jacques Chirac y el muy ultraderechista Jean Marie Le Pen, la izquierda en bloque pidió el voto para el primero, por muy opuestos que fueran sus ideales, para frenar en seco el avance del segundo. Es una pena que aquí el Partido Popular y Ciudadanos se complazcan en oficiar de comparsas del monstruo, en vez de plantarle cara y contribuir a invalidar sus ignominias.

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