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Una ventana al porvenir

El escritor que no podía comprar su primer libro

El 11 de septiembre de 1973, a las seis de la mañana, Raúl Zurita iba a desayunar a la universidad cuando lo detuvo una patrulla militar. Formaba parte del Partido Comunista y su nombre figuraba en una de las listas de desafectos que manejaban los cabecillas que ese día consumaron el levantamiento que convertiría Chile en un gran baño de sangre. A las mismas horas en que Salvador Allende entraba en el Palacio de La Moneda, dispuesto a resistir el envite de unas hordas que pretendían expulsarlo del Gobierno y de la memoria colectiva, Zurita ingresaba en el estadio de Playa Ancha de Valparaíso sin sospechar que aquello sólo era el inicio de su calvario. Cuatro días más tarde, los soldados lo trasladaron a las bodegas del Maipo, un carguero en cuyas despensas cabían como máximo cincuenta personas y que, sin embargo, acogió en aquellas jornadas criminales los cuerpos y las almas de ochocientos condenados al desahucio ideológico y vital. Allí sufrió vejaciones y torturas hasta que se cansaron de humillarlo sin obtener nada a cambio. En vez de asesinarlo como a tantos otros, tuvo la suerte de salir en libertad. El estado de solemne pobreza en que se encontró cuando regresó a las calles lo obligó a subsistir con trabajos que le procuraban un sueldo tan insuficiente que tuvo que delinquir para poder desenvolverse con una cierta dignidad. Empezó a frecuentar las librerías de Santiago para robar libros caros, de arquitectura o de temas médicos, que revendía después por su precio de mercado. El ardid le fue solucionando problemas hasta que lo descubrieron. Cuando en 1979 salió de las imprentas su primer poemario, que tituló Purgatorio en homenaje al segundo libro de la Commedia de Dante, pudo verlo, pero no tocarlo: todas las librerías de la capital lo exhibían en sus escaparates, pero como consecuencia de sus latrocinios se le había impuesto una sanción que le prohibía expresamente entrar en esa clase de comercios. Lo cuenta esta tarde por videoconferencia y su rostro emerge, gastado y amable, al otro lado de la pantalla que nos conecta directamente con su domicilio chileno. Le tiembla la voz al referirse a aquella juventud perdida por los delirios del comandante con nombre de payaso y sus secuaces, pero también muestra una firmeza insospechada cuando verbaliza su determinación de rebelarse ante la infamia. En 1993, cuando la dictadura empezaba a parecerse a un mal sueño, inscribió en el desierto de Atacama la frase Ni pena ni miedo a lo largo de un terreno de más de tres kilómetros de longitud, un grito silencioso con el que declaraba que ni un pasado tan aciago como el suyo se las arreglaría para hundir su vitalismo. El escritor que no podía comprar su primer libro aún iba a ganar el Premio Nacional de Literatura chileno, el Premio Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda y el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana. «Pero ahora los malditos recuerdos / ya no me dejan ni dormir por las noches», se leía en una de las páginas que vieron la luz en 1979. Quizá no era el insomnio una condena, sino una ventana abierta al porvenir.

Enseñar a una guitarra

"No había advertido yo ninguna vinculación sentimental con mi guitarra hasta que la pongo al fin en las manos de Marwan."

Creo que fue Juan Tallón el que me dijo una vez —en realidad, no estoy seguro de si me lo dijo a mí o se lo leí yo a él en algún sitio— que hay algunas cosas a las que se les acaba por coger más cariño que a ciertas personas. Marwan propone cantar un par de canciones en medio de su recital de poesía si alguien tiene a mano una guitarra y no sé quién le comenta, medio en broma, que yo tengo en casa una. «¿Vives muy lejos?» Mi guitarra tiene unos pocos meses. Me la regalaron mis padres cuando cumplí los cuarenta, porque durante el gran confinamiento me dio por ponerme a aprender por mi cuenta —más bien gracias a la iniciativa de Pancho Varona, que en una de aquellas tardes de tedio claustrofóbico se puso a colgar tutoriales en YouTube— y poco a poco me fui aficionando a trastear en pos de acordes que al principio sonaban a cascajo y poco a poco fueron alcanzando algo asemejado a la armonía. Desde entonces le he venido dedicando al instrumento una hora al día, maltratando las seis cuerdas con escrupulosa puntualidad en cuanto empieza a caer la tarde, y hasta ahora sólo mi mano izquierda había navegado por el mástil de mi flamante Sigma acústica, tan robusta que durante unos cuantos días, hasta que me hice a sus hechuras, me acostaba cada noche con las muñecas y los dedos doloridos. No había advertido yo ninguna vinculación sentimental con mi guitarra hasta que la pongo al fin en las manos de Marwan y él, tras comprobar que está rigurosamente afinada —no soy metódico en todo, pero sí para ciertos temas—, me dice que suena muy bien y me sorprendo sintiendo algo parecido a un satisfecho orgullo paternal. Unos minutos después, cuando la toca ya ante el público y escucho cómo vibran al tacto de impulsos ajenos esas cuerdas que tan bien conozco, se me debe de dibujar bajo la mascarilla una sonrisa tan ilusa o tan boba que Rubén, que pasa a mi lado, me susurra: «Vaya bien que suena esa guitarra tuya.» Y yo, por seguir la gracia o porque me genera una satisfacción inesperada ver a la criatura volar sola, respondo: «Cómo no va a sonar bien, si la he enseñado yo.»

La curación del mundo

"Cuando dejemos de existir, el sol seguirá saliendo por el este, las plantas florecerán en primavera y las golondrinas irán y volverán con la periodicidad acostumbrada"

Me encuentro con Fernando Beltrán en esta tarde de primavera y reparo en la cantidad de tiempo que llevaban sin cruzarse nuestros pasos, tanto que soy incapaz de precisar el lugar ni la fecha en que nos habíamos visto por última vez. Suele ocurrir así con Fernando: aparece de improviso, refulge y se desvanece sin detallar adónde se dirige ni sugerir emplazamiento para una cita próxima. Más o menos de ese modo suceden ahora las cosas: yo sabía que él venía y él sabía que yo estaba, pero a ninguno de los dos se nos ocurrió telefonearnos o dejarnos un mensaje para acordar un punto en el que coincidir. La ocasión se deja al azar y ésta termina surgiendo, porque no puede ser de otra manera, y así cuando al fin estamos el uno junto al otro las recomendaciones sanitarias son papel mojado y no reprimimos la tentación de darnos ese abrazo con el que siempre nos saludamos y con el que tantas ganas tenía yo de recibirlo. Fernando fue la primera persona de cuantas pululan por mis alrededores que cayó en las redes del bicho infausto con cuya amenaza ya nos hemos acostumbrado a convivir. Fue en marzo de 2020, cuando empezaba todo, y las primeras noticias que llegaban a su nombre eran tan inciertas que uno no podía lamentar que fuese justamente él, uno de los tipos más buenos y generosos con los que he tenido la suerte de tropezarme en esta vida, quien tuviese que padecer ese rondar por los filos del abismo. Me cuenta ahora que tardó ochenta días, toda una vuelta al mundo, en liberar a su organismo de la peste, y también de la serenidad, tan extraña como lúcida, que sintió al constatar una obviedad en la que, sin embargo, pocos acertamos a reparar a causa de nuestro acendrado egocentrismo: no le importamos nada a la naturaleza; cuando dejemos de existir, el sol seguirá saliendo por el este, las plantas florecerán en primavera y las golondrinas irán y volverán con la periodicidad acostumbrada sin que ningún contratiempo las detenga. Las dudas y los miedos previos, y el estado de beatitud que siguió a la revelación, se traslucen en los versos de La curación del mundo (Hiperión), el libro que me regala y que escribió a lo largo de esas semanas de convalecencias febriles y despertares exhaustos. Es un poemario hermoso —«un soplo de vida desde el vértigo», como consigna en la anotación manuscrita que me dedica en las páginas de respeto— en el que su peripecia queda reflejada en un camino inverso —los últimos versos del libro son los primeros que escribió, la tarde en que recibió el alta hospitalaria, y viceversa—, y que verbalizan esa convicción suya de que, si bien la medicina le salvó la vida, fue la escritura la que terminó por curarlo. En el poema que abre el volumen, casi una letanía pespunteada por un verso memorable, «Cuando ya nada es tuyo, pero aún es contigo», cristaliza el instante de la sanación definitiva, ése que sucedió cuando, el pasado verano, una peregrina francesa pasó ante las puertas de la casa que Fernando tiene en Novellana y dejó escritas tres palabras, «fluidité, danseur, amants», cuyos ecos condensaron el aliento de una esperanza nueva.

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