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Concurso de relatos #MiMejorMaestro: primeros 10 seleccionados

Concurso de relatos #MiMejorMaestro: primeros 10 seleccionados

Más de 900 relatos se han registrado en nuestro foro para participar en esta primera edición del concurso de relatos #MiMejorMaestro, un certamen, patrocinado por Iberdrola y dotado con 2.000 euros en premios, que comenzó el 14 de enero y terminó el 28, el día de Santo Tomás de Aquino, patrón de las universidades, estudiantes y profesores.

Los participantes debían escribir un cuento, real o ficticio, en el que apareciese una persona dedicada a cualquier tipo de enseñanza. El primer premio está dotado con 1.000 € en metálico. La dotación para los dos ganadores del segundo premio es de 500 € en metálico para cada uno. El viernes 5 de febrero publicaremos quiénes son los elegidos.

Esta es la selección de los 10 textos que optan a los premios.

1

Título: Soy el viento del pueblo

Autor: Francisco Javier Rodenas Micó

Lo volví a ver cuando no era más que una caricatura de sí mismo. Nada del hombre de talla imponente y personalidad arrolladora que iluminaba el aula con su sola presencia. El maestro que me hizo amar la literatura hasta el punto de hacer de ella mi vida. El amigo que supo guiar mis pasos con mano experta cuando decidí aventurarme por las inhóspitas tierras de la escritura.

En mi memoria conservo con cariño nuestras intensas conversaciones del café Suiza que se alargaban hasta bien entrada la madrugada. Me formó incluso cuando no sabía que lo hacía, contribuyó a mi educación incluso cuando no quería que lo hiciera. Y con la publicación de mi primera novela, aceptó sin dudar escribirme un prólogo que, con encendida pasión, glosaba méritos que ni yo ni mi ópera prima merecíamos.

Luego perdimos el contacto. No fue algo premeditado, pero ocurrió. Yo me marché a la ciudad y, de forma paulatina, cometí el mayor y el más humano de los errores: olvidé mis orígenes, y él iba en ese paquete. De vez en cuando, su imagen regresaba a mi memoria, pero apenas se me antojaba el fotograma de una película antigua que muy poco o nada tenía ya que ver conmigo. Al menos, hasta que recibí la llamada de Alberto, mi compañero de andanzas infantiles.

─Es don Miguel. Se muere.

Una avalancha de recuerdos se precipitó entonces sobre mí hasta sepultarme por completo. Necesitaba verlo, necesitaba ser una vez más el alumno sediento de sus enseñanzas, el amigo con el que discutía cada argumento literario.

Acudí esa misma tarde al hospital movido por la certeza de que un aliento de vida se me escapaba con él. Cuando entré en la habitación, me costó reconocerle en aquel cuerpecito ajado, carente de toda fortaleza.

─¿Quién eres? ─me preguntó con una expresión de desconcierto en sus ojos.

No me recordaba y no le culpo por ello. No solo porque la enfermedad le hubiera devorado la mente, sino porque yo había decidido marcharme y apartarlo a un lado y ahora ya no éramos más que dos extraños.

Mientras conducía camino del hospital, había pensado sobre lo que iba a decirle en cuanto lo viera y las palabras se me resistían, posiblemente porque era más intenso el sentimiento de culpabilidad que me azotaba el alma. Sin embargo, en ese momento, tuve claro lo que le quería decir.

─Soy el espíritu de un caballero templario vagando por el Monte de las Ánimas. Soy el capitán pirata de un velero bergantín con diez cañones por banda. Soy un exconvicto perseguido implacablemente por el inspector Javert. Soy uno de los mosqueteros del rey de Francia. Soy una adolescente judía relatando sus vivencias mientras se esconde de los nazis. Soy el viento del pueblo. Y, lo que es más importante, soy todo eso y mucho más gracias a ti.

El viejo maestro me sonrió, con una sonrisa esforzada y melancólica. Entonces tuve la certeza de que, tal vez no me había reconocido a mí, pero al menos, había conseguido reconocerse a sí mismo.

2

Título: Don Siro y el número PI

Autor: Eloy Serrano Barroso

Se llamaba don Siro e iba a sustituir a don Vicente, de baja por enfermedad durante todo el curso. Es lo que nos dijo el director al presentarlo aquel primer día de clase. Era un hombrecillo en apariencia taciturno dentro de un traje gris que le quedaba grande. Su pelo era escaso y débil, y usaba unas gafas de pasta negra enormes para su pequeño rostro. Nos saludó con un hilo de voz y un apenas perceptible vaivén de su mano derecha, que, pegada a la pierna, se elevó unos centímetros como si un hilo tirara de ella para rápidamente dejarla caer. En resumen, a don Siro, nos lo podíamos merendar. Era la víctima propicia para unos adolescentes (todos chicos) que, si nos aburríamos, dejábamos salir nuestros instintos depredadores.

Ya sin el director, don Siro empezó a hablarnos del programa de la asignatura y de la metodología que íbamos a seguir en sus clases. Nosotros, liderados por Francisco Palomares, el repetidor, el eterno castigado, arrinconado por la resignación de los profesores que le daban por imposible, nos estábamos comportando francamente mal porque queríamos medir la fuerza de nuestro adversario. Pero don Siro en ningún momento nos llamó la atención, ni nos amenazó con castigarnos, o con ponernos un cero directamente. Aguantando el chaparrón de la indisciplina, siguió con su discurso sin alzar la voz y con una sonrisa bobalicona que se le había instalado en la cara. Ahora sé que nos estaba observando, que nos dejaba hacer libremente para tener una ficha mental de cada uno de nosotros, y que aquella sonrisa que a nosotros nos parecía boba se debía a la seguridad, al convencimiento de que él iba a ganar, a ganarnos.

Si don Siro hubiera sido profesor de Filosofía, o de Literatura, o de Historia, asignaturas que se prestan al relato humano, a la confidencia e incluso al chisme, podríamos haberle tocado las narices con preguntas tontas del tipo: “¿Es verdad que Catalina la Grande tenía relaciones sexuales con sus caballos?” —la sexualidad era un alumno más entre nosotros, obsesivo habitante de todos los pupitres—. O hurgando en sus creencias e ideología: “¿Cree usted en Dios? ¿Qué opina de Franco?”. Pero don Siro era profesor de Matemáticas, esa asignatura para mí entonces tan fría, pura abstracción, cuyo objeto no existe fuera de la cabeza de quienes la piensan, ni siquiera visible al microscopio, y que como amenazante Ciencia Exacta ofrecía tan pocas posibilidades de sacar petróleo de esas extenuantes discusiones que los alumnos manteníamos con los profesores para llegar al aprobado o a una subida de la nota porque “Eso de que pobre barquilla mía entre peñascos rota es una metáfora del alma que utiliza el poeta, lo será para usted. A mí me parece un simple naufragio. Quíteme el negativo”.

Con esto quiero decir que nuestra técnica de ataque para abatir a nuestra presa en una asignatura como las matemáticas tendría que ser muy rudimentaria, nada sutil: seguir armando follón. Pero no tuvimos oportunidad porque, una vez terminada la pesada introducción, don Siro se quitó la chaqueta, se remangó la camisa y, tiza en mano, se subió de una zancada a la tarima a la vez que con un movimiento circular, como quien inicia un ataque en una competición de esgrima, dibujó en la pizarra una circunferencia perfecta, tan perfecta que parecía que entre el eje de su cuerpo y la mano ocultaba un compás.

—¿Qué es esto?”—preguntó.

Nos quedamos bruscamente en silencio, sorprendidos por tan repentino cambio de actitud, y porque uno nunca se podía fiar de las preguntas de los profesores, los muy cabrones, que siempre escondían alguna trampa, por muy evidentes que parecieran las respuestas.

—Una circunferencia —dijimos algunos.

—Un círculo —dijeron otros.

—Una pizarra —gritó un graciosillo.

—¿Y no os parece una maravilla que podamos hallar su longitud y su área conociendo el radio? —continuó don Siro, en éxtasis— ¿No os emociona el hallazgo del número PI? ¿No os conmueve la estructura numérica del mundo?

Con esta pasión siguió hablando don Siro, que ya no era un hombrecillo sino un titán, y por un instante me quedé embobado mirando la pizarra, repitiéndome “dos pi erre, dos pi erre…” como si fuera la primera vez en mi vida que veía una circunferencia.

Lo consiguió: con el discurrir de las clases nos fue ganando a todos. Solo Francisco Palomares se resistía al entusiasmo general, no tanto por convicción como por la inercia de atenerse al papel de rebelde y bufón que entre todos, incluido él mismo, le habíamos asignado. Hasta que un día, aprovechando que don Siro había salido de la clase por un momento, dibujó en la pizarra la figura de un enorme pene erecto a cuarenta y cinco grados de unos ejes de coordenadas, y justo en el momento en que remataba la erección, entró don Siro en la clase. Con paso tranquilo y sonriendo se acercó a Palomares, le cogió amistosamente por los hombros y mirándole a los ojos, de abajo a arriba, pues Palomares le sacaba dos cabezas, le dijo:

—Paco, aunque un poco fanfarrón —don Siro señaló el dibujo en la pizarra—, no tengo duda de que eres un buen chaval, de gran corazón, y tampoco tengo duda de que todos podremos conocer tu verdadera inteligencia si te esfuerzas —y luego, enemigo de sermones y solemnidades, añadió—: Y si te decides a ser matemático, hasta podrás calcular la integral de tu pene.

Todos nos reímos, pero no era una risa estrepitosa, de burla, sino sosegada, de complicidad. Y a partir de ese instante empezó la transformación de Palomares, que luego pasaría raspando de curso pero con un sobresaliente en matemáticas. Y aún hoy, cuando han pasado ya muchos años, recuerdo con gran cariño a don Siro y sus clases, y me sigue admirando el fabuloso número PI, porque en los momentos en que las circunferencias de nuestras pupilas se dilatan por la emoción, él sigue ahí, constante, irracional, infinito.

3

Título: Llegué a la Compluntense…

Autor: Laura Pérez Caballero

Llegué a la Complutense a los dieciocho, procedente de una cuenca minera, hija de minero y ama de casa, oliendo a carbón y humo, pobre como una rata, acogida por una tía abuela y protegida por uno de los maestros del bachillerato que vio en mí a una neña con futuro en la escritura y convenció a unos padres analfabetos de que valía la pena el sacrificio.

Mil novecientos sesenta y dos, desde casi la última fila del aula magna podía ver las cabezas de mis acicalados compañeros, y digo compañeros porque había días, la mayoría, en las que era la única mujer en toda el aula.

Me quedaba en la fila de arriba por una única razón, entrar la última y salir la primera, intentando así escapar de las inevitables miradas de mis compañeros y también de los profesores, en especial de uno.

Era el catedrático en Filología Española Don Enrique López Cruz, toda una institución en la Complutense y el más venerado de los  maestros entre los alumnos.

Yo trataba de pasar lo más desapercibida posible, pese a que fuese inevitable que las miradas de mis compañeros recayeran sobre mí por los pasillos casi siempre acompañadas de algún gesto de burla y superioridad cuyas razones no solo se debían a mi sexo, sino también a mi condición social y económica.

Asistía a las clases, atendía, preparaba los exámenes y entregaba todos los trabajos que se encargaban.

Caminaba con la cabeza gacha, mantenía la mirada sobre mis apuntes durante las clases y desaparecía apenas los profesores pronunciaban la última palabra.

Creo que ninguno de mis compañeros me había escuchado hablar en lo que llevaba de curso, hasta el día en que el Catedrático Don Enrique López Cruz pronunció mi nombre en el aula.

—Señorita Rosa Trapiella, ¿por qué está usted cursando Filología Española?

Y yo colorada, sin saber para dónde mirar, notando todos los ojos del aula puestos sobre mí, solo se me ocurrió contestar aturullada.

—Nun sé, asina quísolo el mío maestru.

Yo no sé si fue por el clamor de la carcajada, porque el Catedrático levantó una mano para pedir silencio, o porque vi que en la misma tenía un puñado de folios que reconocí incluso desde la última fila como el último trabajo que había entregado, pero sentí que del mareo no podría levantarme y echar a correr, que era lo que más deseaba en aquellos momentos.

Y al callarse todos a la indicación de Don Enrique, este hizo un gesto con la mano para indicarme que me acercara.

—Ven pa’cá, guajina, que tengo que falar contigo.

Escalón a escalón bajé perseguida por la mirada pasmada de mis compañeros hasta llegar a la altura del Catedrático.

—¿D’ónde yes?

—De Asturies.

—Eso selo.

—De la cuenca.

—¿De cuál?

—De la bona.

El Catedrático estalló en una carcajada ante el silencio sepulcral del aula.

—¿Fía de mineru?

—Sí, señor.

El Catedrático levantó el manojo de folios dirigiéndolos hacia el resto de alumnos.

—Qué bon maestru tuvo esta neña.

A partir de ese día me senté en la primera fila. El desprecio de mis compañeros a la fía del mineru se convirtió en la envidia de ser la neña de los ojos del Catedráticu.

4

Título: Vino del Norte…

Autor: Arancha Castillo

Vino del Norte: de donde los mineros pierden la vida: de donde las sirenas siguen llamando a Ulises: de donde los destinos se reman con los brazos muy abiertos: de donde las naves las cóncavas naves atraviesan el mar el ponto el rojo ponto como el vino:

Miraba con ojos de lechuza: se movía con pies ligeros: lanzaba aladas palabras como plumas:

Nos habló del banquete: del olor a carne asada: del dulzor del vino que llena las cráteras : de dioses polytropos vindicativos: de héroes de hermosas grebas: del sonido de las cítaras: de la voz de los cantores: de los rapsodas: de los aedos:

Tiró de la hebra: quebró la rueca: deshizo el sudario de Penélope el ovillo de Ariadna: habló de Fedra de Medea de Calipso de Antígona de Ismene de Electra de Crisotemis de Ifigenia de Clitemnestra o el crimen de Helena de Criseida de Medusa de Safo:

Nos llevó hasta puertos lejanos: nos enseñó a no temer a cíclopes a lestrigones ni al colérico Poseidón: nos animó a beber del cáliz de Circe: a tocar nácar y coral y ámbar y ébano: a oler toda suerte de perfumes sensuales :a partir en cuerpo y alma partir:

Pertenecía a la estirpe de aquellos que recorren el laberinto sin perder nunca el hilo de lino de la palabra: nos mostró la yod: la mano: la vibración muy leve como pulmón de ave: la maleza la hoja la leña el arroyo: la muerte del sonido: el nacimiento del sonido: la longitud de todo lo existente: el aleph: el alfa: el principio:

«Dijo: —Buenos días. Me llamo Rosa, y seré vuestra profesora de Latín y Griego.»

5

Título: Dislexia

Autor: Mar Horno

Cerca de mi colegio pasaba un río de tinta. Corría oscuro, rumoroso, cantarín. Cuando en la asignatura de lengua la Seño Esperanza me veía ponerme roja, bajar los ojos y retorcerme el llanto, daba una fuerte palmada que apartaba de mí la atención de mis compañeros y terminaba la clase con cualquier excusa. Luego me cogía de la mano y decía: “vamos a bañarnos al río”, aún sabiendo que a mí me daba pánico. Yo apenas conseguía nadar. Daba unas brazadas, mientras convertía la tinta en letras, las letras en palabras, pero luego empezaba a hundirme, me faltaba la respiración, me faltaban las frases y la Seño tenía que sacarme del pelo antes de que me ahogara. Era tan fácil para ella… Se sentaba en la ribera, mojaba los pies en la orilla y escribía sus artículos del periódico como si nada. La realidad estaba ahí, mojaba la pluma y la hacía corpórea, magia sobre el blanco papel. Pero mis pensamientos no se dejaban teñir, bullían en mi cabeza, se reían de mí y huían a la carrera como fantasmas temerosos. Ella insistía e insistía, y me hacía mojar la lengua en el río, mojar las manos y, era verdad que allí estaban, formas negras como lombrices traviesas, pero solo conseguía sacar vocales y consonantes sueltas. La Seño Espe me regaló una preciosa caja de galletas y me dijo que las fuera guardando todas, como joyas preciosas, hasta el día que pudiera escribir esta historia.

6

Título: El maestro rojo

Autor: Patricia Collazo

Como a todos, lo llevamos al frontón para fusilarlo. Pidió beber un poco de agua. Un último deseo algo extraño, pero el sargento accedió. Otros pedían un cigarro, un beso de alguna mujer que sollozaba entre el público, y hasta apelaban a la piedad del sargento, que no tenía ninguna.

Le acercaron un cazo de metal, dejó caer un buen chorro dentro de su boca, hizo una especie de gárgara y luego escupió.

Era el maestro del pueblo. Algunos chavales lloriqueaban en primera fila. Nosotros solo esperábamos que nos ordenaran disparar.

—Tus últimas palabras —exigió el sargento.

El reo empezó a hablar, hablar, hablar…

Explicó la regla de tres simple, la compuesta. Recitó los nombres de todos los ríos de España de norte a sur. Conjugó el verbo vivir en todos los modos, tiempos y personas. Repasó las reglas de acentuación de las palabras llanas, agudas y esdrújulas.

Cada vez que el sargento levantaba la mano en ademán de interrumpirlo lo conminaba con gesto severo a volver a su pupitre.

Siguió con todas las tablas de multiplicar, los nombres de los polígonos regulares, las partes de la célula y la clasificación de los seres vivos.

El cura se durmió, el pelotón se dispersó, los soldados rasos ascendimos y el sargento se jubiló. Pero él allí sigue dando clases desde el 36. 

7

Título: Nicolás el mago

Autor: Karen Gómez Juara

Mi mamá es la que me viene a buscar al colegio. Ella no conduce, así que de vuelta a casa damos un paseo, donde siempre quiere saber qué he hecho ese día en clase.

Charlamos y le explico que Nicolás nos ha leído un cuento. Nos ha dicho que para entenderlo bien debíamos meternos dentro de las páginas, por eso ha susurrado un conjuro y nos hemos convertido en personajes de la historia. Le comento que yo era un pájaro de color del fuego con llamas en la cola y que, al extender las alas, he volado alrededor de altas montañas púrpuras y bosques de largos árboles parlantes que me saludaban moviendo sus ramas. Que he surcado el cielo a través de nubes blancas y esponjosas, igual que el algodón de azúcar que la abuela me compra en las fiestas del pueblo, y que, al final, he caído al mar de cabeza para bailar en un cumpleaños bajo el agua, con peces de todos los colores y un tiburón con ortodoncia.

Mamá se ríe, no se cree que Nicolás haga magia ni conjuros pero a mí no me importa, él siempre nos enseña cosas alucinantes. Por eso, no entiendo qué pasa el día que la directora llega a clase para decirnos que Nicolás se ha ido y no va a volver, que vamos a tener una nueva profesora que se llama Matilde o Maite, me da igual.

Cuando pregunto, solo me responden que se ha tenido que marchar a otro colegio pero yo sé que es mentira, Nicolás jamás se iría sin despedirse. Así que un día oigo a mis padres hablando en el sofá, después de haberme ido a la cama. Me acerco hacia la escalera de puntillas y los espío en silencio agazapado entre los barrotes, igual que hacen las leonas entre la maleza de la Sabana, como Nicolás nos explicó.

– Lo pillaron bebiendo en el despacho, repetidas veces. Un día llegó como una cuba, oliendo a ron que tumbaba. – dice mi madre. Yo no sé qué es ron, y no veo qué tiene de malo beber cuando ella se pasa el día recordándome que beba agua, sólo sé que mi padre asiente con la cabeza y los dos están conformes con la situación. Vuelvo a la habitación corriendo y enfadado. La verdad es que no entiendo a los adultos y no comprendo porque Nicolás se ha ido si era el mejor profesor del mundo.

8

Título: Mi mejor maestro

Autor: Francisco Javier Matías Reche

Mi mejor maestro era jersey de punto y pico rojo… Era barba de ruso revolucionario y remolino en el flequillo.

Eran los 80, cuando cualquier alegría se sudaba más y también sabía mucho mejor.

Mi mejor maestro eran manos de tiza y tabaco… Dedos gordos  que bailaban los números entre paréntesis y corchetes.

Mi mejor maestro era ánimo, esfuerzo y verdad.

Luego, a las cinco, salíamos en tropel a la merienda, a la música, al inglés o al fútbol.

Entonces mi mejor maestro era mi mejor papá.

Escuchaba música y leía.

Y bebía vino en una taza de barro que ponía: «Esfuerzo es victoria».

Peinaba el remolino y le salía revolución.

Repasaba el vocabulario y era justicia y comprensión.

Mi mejor maestro fue mi mejor padre.

Literal.

9

Título: La letra con sangre entra

Autor: Raúl Clavero

Desde que llegó el nuevo profesor nuestra vida se alteró completamente. El problema de don Arturo es que explicaba todo demasiado bien. Por eso, sabiendo como sabía la cantidad de hachas, hoces y azuelas que tenemos en cada una de las casas del pueblo, nunca debió hablarnos con tanta pasión de la Revolución Francesa.

10

Título: Clases prácticas

Autor: Tomás del Rey

«Lo maté porque era de Vinaroz.»

Max Aub, Crímenes ejemplares

Siempre me estoy encontrando alumnos. Por todas partes. Antiguos y actuales. Esto, que no deja de ser una simple curiosidad, una costumbre mía, como los médicos que se topan con sus pacientes en la sección de congelados del supermercado y han de resolverles las dudas sobre su dosis de Sintrom, o los actores que se ponen gafas de sol para pasear al perro, no tendría más importancia si no fuera porque ahora acaba de ocurrir justo cuando iba a deshacerme del último cadáver.

Pero recapitulemos. He dicho alumnos antiguos y actuales. Y no es lo mismo. Los alumnos actuales oscilan entre el instinto de esconderse o el de saludar como el perro de caza que marca su hallazgo. Porque para los alumnos no existimos fuera de la clase, y les resulta inconcebible que tengamos vida fuera de ella. Se creen que dormimos el sueño de los justos fuera del horario de clase, como sus libros, y que hacemos logaritmos o análisis sintácticos hasta que nos vence el sueño, para hibernar entonces hasta la próxima clase, perfectamente dobladitos en nuestras cajas. Así que nos miran como si hubieran visto al monstruo del Lago Ness cuando nos ven bajando la basura, o haciendo cola en el médico…o trasladando a una víctima.

Los antiguos alumnos, en cambio, se saben ya fuera de nuestro alcance, y nos miran como una reliquia del pasado, de su pasado. Puede ser el alivio en su culpabilidad de habernos deseado tantas veces la muerte. El caso es que se paran, y hablan con nosotros, para poner todo su empeño en demostrarnos que crecieron, que las profecías que ellos imaginan que hicimos sobre su fracaso se incumplieron estrepitosamente. Claro que cuando llevas un cuerpo enrollado en una alfombra todos los manuales del buen criminal te desaconsejan pararte con un antiguo alumno empeñado en desplegar ante ti su currículum.

Yo he de confesar que nunca sentí demasiada vocación. Estudié lengua buscando un poco de orden en un mundo empeñado en no poner nunca en su sitio los puntos ni las comas. Confieso que en los comienzos me deslumbró la posibilidad de atajar la plaga de errores allí donde nacían, en las hojitas de cuadros de los cuadernos. Pero era como vaciar el mar. Por eso admiro a mis compañeros militantes, que consagran su vida a intervenir en la masa de sus alumnos cuando todavía está fresca. Y mucho más a aquellos otros que juegan con su presa, ilusionándolos con su aura de profe enrollado, como si fueran el mismísimo profesor Keating de Los poetas muertos, para luego dejarlos caer desde lo alto en los abismos de la desilusión, con suicidio o sin él. 

Así que pronto decidí buscar mi realización personal fuera del oficio. Al igual que mis compañeros cultivan la natación, el mindfulness, la cría de sus propios hijos o el cuidado de sus padres achacosos, a mí me dio por el crimen. He de decir que fue por casualidad, no me arrogaré méritos que no me corresponden. Fue primero un atropello involuntario del cliente que salía sin mirar de un club de carretera, más tarde la forma de resolver el problema de un vecino demasiado aficionado a Camela y al subwoofer. Luego alguien me regaló los Crímenes ejemplares de Max Aub y aquello se convirtió en afición. Aquel publicista empeñado en ponerle una molesta tilde a la palabra ti, el señor que daba charlas de motivación y hacía siempre un gesto con los deditos como si le pusiera comillas al aire…

Pero, decía, el problema es esta costumbre mía de encontrarme alumnos. Ahora, a las tres de la mañana, me acabo de encontrar con uno. Yo bajaba al garaje de mi edificio, como ya os he dicho, con mi víctima perfectamente enrollada en una alfombra, porque soy un clásico. Y, de pronto, sale de la nada un antiguo alumno que, al parecer, es vecino y periodista, y que vuelve a estas horas del cierre de su redacción. Y con ganas de hablar, y de contarme y demostrarme sus éxitos, sus másteres, sus corresponsalías, todo ello salpicado de anglicismos de significado misterioso. Lo que ocurre es que yo soy incorregible, y por más que hago propósitos de enmienda mi afán pedagógico me traiciona. Porque cuando al fin deja de exhibir su currículum, se le ocurre decirme que a esas horas y con una alfombra enrollada, parecería que vengo de acometer un crimen. De masacrar a alguien. ¿Se imagina? dice. Y sin pedir permiso se apresura a ayudarme para cargar el muerto en el coche. 

Así que he acabado haciendo horas extras, para aclararle que para masacrar, sin duda, no bastaba con ese muerto, debería ser capaz de acabar con una masa de individuos. ¿Se ofrece Vd. voluntario para engrosar el número? Él me contesta con una carcajada nerviosa, dudando todavía sobre si yo estoy bromeando o no. Y respecto a acometer, los crímenes se cometen, las tareas se acometen. Salvo que hablemos de una acometida. Ahora, por ejemplo, sí que le estoy acometiendo… Y dicho y hecho: le embisto con la llave inglesa que guardo para las grandes ocasiones. Ahora tengo que enterrar dos cadáveres, sí. Pero siempre he creído que no hay mejor enseñanza que la práctica.

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