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Confesión, de Eduardo Martínez Rico

Fernando González Rivas, alférez de la Armada española, mata con una escopeta de caza al padre y al hermano de su novia. Condenado a muerte, desde la prisión a la que es confinado, el castillo de San Carlos, le escribe a su amigo de la infancia Santiago Leira, sacerdote, para que le acompañe en lo que parece que va a ser su último tiempo en la tierra.

En este libro asistimos a la espera del indulto o ajusticiamiento del marino, al mismo tiempo que se rememoran momentos del pasado en el que Fernando y Santiago eran dos muchachos como tantos otros, con sus juegos y sus amores.

Zenda ofrece a sus lectores un adelanto de la novela Confesión, de Eduardo Martínez Rico.

Era una casa grande, de tres plantas, situada en la carretera de la costa, a no mucha distancia de donde las últimas construcciones del pueblo comenzaban a ralear. Ésta pertenecía a gente rica y celosa de sus propiedades, aunque no lo suficiente como para disponer de un sistema de seguridad, que impidiera la entrada a algún desconocido con malas intenciones. Tampoco lo necesitaban. La familia Couceiro Sanz nunca había tenido nada que temer de nadie, y aquélla era una zona tranquila donde apenas se producían robos ni se registraba violencia de ningún tipo. Nadie podía imaginar lo que sucedió esa tarde de verano.

Él llegó en su coche. Como tantas veces hiciera antes, abrió las dos hojas de la puerta de hierro y las sujetó a los márgenes con dos piedras que estaban allí para eso. Penetró en el jardín, grande y bien cuidado, y siguió el sendero de arena y piedras, cruzando el césped y mirando con aire distinto los altos árboles del jardín, pinos y robles. Al fondo quedaba el orgulloso tejo, uno de los más grandes de la comarca, que incluso en aquel momento le asedió con su nostalgia.

Aparcó el vehículo junto a otros de la casa, y por primera vez hizo algo que no había hecho antes en sus frecuentes visitas a la gran casa de los Couceiro Sanz: sacó una vieja escopeta de caza del maletero. Sólo había tenido una escopeta en su vida, y era ésta, la que le había regalado su padre al cumplir doce años. Con ella aprendió a disparar, a cazar; gracias a ella supo que el hombre podía hacer mucho daño, provocar la sangre, si estaba dispuesto a ello.

La escopeta marcaba la diferencia entre ésta y otras visitas suyas a la casa. Con total tranquilidad subió la escalera de piedra, ancha, veinte escalones divididos en dos tramos que formaban un ángulo de noventa grados, con un descansillo a mitad de camino, y al llegar arriba no se molestó en llamar a la puerta. Desde hace años poseía una llave cuya existencia sólo dos personas conocían en el mundo, y una de ellas era él mismo. Con esta llave abrió la puerta principal, sin preocuparle encuentros molestos. El interior estaba en silencio. Salvo unos ruidos de platos a lo lejos y una conversación discontinua y tenue que venía del comedor, no se oía nada más en la casa. Los Couceiro Sanz estaban comiendo y únicamente una persona del servicio les acompañaba: la cocinera, Roberta, que llevaba toda la vida con ellos y que se bastaba ella sola para limpiar las habitaciones, la ropa y preparar las tres comidas cotidianas. Aunque ricos, los Couceiro eran austeros. Por eso sólo la cocinera venía todos los días; el jardinero venía de tarde en tarde a cuidar el jardín, lo justo para tenerlo perfecto, aunque no suntuoso, con cierto toque salvaje.

Se decidió a entrar en el comedor, la escopeta en la mano, sin mostrar gestos de nerviosismo. Allí estaban, alrededor de la mesa, los cuatro: don Roque Couceiro y su mujer, Silvia, y los dos hijos de ambos, Roque y Marta, de veintinueve y veintiséis años de edad respectivamente. Se les veía tranquilos, a todos menos a Marta, que se sobresaltó en cuanto entró él en el comedor. Fue Roque Couceiro padre el primero en intentar hablar, pero antes de que pronunciara una sola palabra una carga de perdigones le atravesó el pecho. Cayó en el suelo, empujado hacia atrás, tirando con él la silla en la que se sentaba. Los otros no pudieron reaccionar. Ni siquiera con las primeras lágrimas. Roque hijo se abalanzó desesperadamente sobre su padre, pero un nuevo disparo le acertó en el corazón, en idéntico punto en el que su padre había recibido el primero.

Los dos estaban muertos, y la muerte, que todo lo paraliza, paralizó también el tiempo en la casa de los Couceiro Sanz. La madre lloraba y gritaba; iba de un cuerpo a otro, como si no pudiera creer que su marido y su hijo estuvieran muertos. Pero parecía no prestar atención al asesino, al que creía como aparecido de otro mundo. Marta, la hija, no tenía fuerzas para llorar, no le salían las lágrimas. Se quedó estática, en la silla que había ocupado desde que era una niña a la hora de desayunar, de comer y de cenar. Tan sólo hacía una cosa: mirar al hombre que estaba enfrente suyo, sin mover un músculo. Hasta que el hombre tiró la escopeta, se dio media vuelta y salió por donde había entrado.

Poco menos de diez minutos necesitó Fernando González Rivas para presentarse en el Cuartel de la Guardia Civil, sin sangre en las manos, sin armas, con la mirada muy fija en el agente que acababa de terminar su bocadillo y que entonces se disponía a encender un grueso puro, el puro que fumaba todos los viernes, invariablemente, después de la comida. Porque ese día era viernes, diez de julio, y ya estaba soñando con el fin de semana y, mejor aún, con el permiso de verano. El puro le ayudaba a soñar su modesto paraíso estival. Pero lo que tenía delante no era un sueño.

-He matado a dos hombres y he destrozado una familia.

El guardia civil no pudo evitar que se le cayera el puro de la boca, más por el susto que le había provocado la entrada súbita del hombre en el cuartel, que por la presunta evidencia de sus palabras.

-¿Pero qué dices, Fernando, me tomas el pelo?

-Manda un coche a casa de los Couceiro Sanz. Acabo de asesinar a don Roque y a su hijo. Quizá doña Silvia y Marta necesiten ayuda.

 

 

Se encontró la carta después de misa de nueve. Aún no se había quitado ninguna de sus vestiduras ceremoniales, cuando vio el correo encima de la mesa de la sacristía, sus cartas cuidadosamente separadas de las del padre Núñez, su párroco. Ya eran antiguas. El día anterior no había podido recogerlas porque no paró en la iglesia por la tarde, tras comer en casa de sus padres, como hacía todos los miércoles desde que volvió al pueblo.

Recibían la correspondencia en la iglesia porque hacía un par de años alguien rompió el buzón de la casa rectoral y se llevó todas las cartas de aquel día. Desde entonces, el padre Núñez y el padre Leira cambiaron su dirección postal a la iglesia y todo iba a parar allí. El cartero procuraba entrar al término de alguna de las misas de la mañana y entregaba el correo al sacerdote que la hubiera oficiado.

El día anterior el sacerdote que coincidió con el cartero fue el padre Núñez, quien había dejado la correspondencia de su coadjutor en la sacristía junto con la suya propia, en la que no vio nada importante, suponiendo que más tarde el padre Leira recogería sus cartas. Pero éste olvidó hacerlo, y cuando pudo acordarse del correo ya era de noche y no creyó que mereciera la pena.

Por el momento lo seguía pensando. El padre Leira iba abriendo y apartando cartas mientras que su desinterés por ellas iba creciendo y se convertía en indiferencia y aburrimiento. Bancos, propaganda, poca cosa más. “Siempre he dicho que la cantidad de cartas que uno recibe, no su calidad –pensó-, está en perfecta correlación con el dinero o el poder que uno tenga.” Y él siempre había sido, en su casa, el que menos dinero tenía, y en la Iglesia el último o penúltimo en la jerarquía y en todo, aunque su amistad con el obispo le daba cierta influencia a juicio de sus compañeros. Pero no sólo había publicidad y misivas bancarias. Sus ojos, muy acostumbrados ya a clasificar rápidamente el correo, tropezaron con una carta que no pensaba recibir tan pronto. Escrito con una cuidadosa letra, de buen estudiante, aparecía su nombre, Santiago Leira, y la dirección de la iglesia. En el remite del sobre, otro nombre, uno que no necesitaba mirar para conocer la identidad del autor de la carta, porque la caligrafía delataba a su dueño: Fernando González Rivas. La dirección del remite era escueta, tanto que daba miedo: Castillo de San Carlos. Sin ciudad, pueblo, región, nada, sin nada más. “Puede que haya más Castillos de San Carlos en el mundo, pero en este mundo, sólo hay uno”, se dijo el joven sacerdote. Pero él no precisaba esa dirección para saber dónde se encontraba su amigo Fernando.

No le había escrito ni llamado antes porque quería darle tiempo para que asimilara su nueva situación. Conocía a Fernando. Inteligente, pero orgulloso, bueno, pero excesivamente apasionado. Todas estas cualidades, porque él las veía como cualidades, podían tornarse en peligrosos defectos, para él y para los demás. No necesitaba recordar las escenas del juicio o, peor aún, los artículos de prensa, para corroborar estas ideas suyas. Pero reconoció que nunca había imaginado que las virtudes y defectos, tan complejos siempre, pero más cuando se unen unas y otros, podían llegar a provocar el daño que habían causado.

Sí, había dejado pasar el tiempo hasta que las cosas se serenasen. Sólo que el inteligente Fernando, el orgulloso Fernando, el bueno y apasionado Fernando, convertido en el “asesino” Fernando, no hubiera permitido que se le adelantase a la hora de comunicar con él.

Estuvo mucho tiempo pensando, sin despojarse de la casulla, de la estola y del resto de su indumentaria sacra. Lo primero que se le vino a la cabeza fue un mal pensamiento, un pensamiento que le rondaba desde hacía días: “Estas ropas simbolizan de alguna manera el poder que tengo de convertir simple pan, pan sin levadura, en el Cuerpo de Cristo, pero no puedo con ellas salvar la vida de mi mejor amigo. Puedo perdonar los pecados,  y puedo salvar a alguien de los tormentos del otro mundo y dirigirle al paraíso, pero no soy capaz de superponer la justicia divina a la de los hombres. Lo que Él entendería se escapa por completo a la buena voluntad de un juez humano. ¿Puedo ser yo más que un juez humano? ¿Dónde está mi papel en esta historia?”.

Era consciente de que cualquier sacerdote en su situación pensaría lo mismo que él, pero eso no mitigaba su impotencia. En su sermón, ante no muchas personas, porque la hora era muy temprana y porque esta iglesia hacía mucho que no albergaba multitudes, en su homilía el padre Santiago habló del perdón de Dios, y de cómo esa infinita capacidad de Dios para perdonar también invitaba al hombre al perdón. En misa habló justamente de lo que estaba pensando en ese momento antes de abrir la carta de su amigo Fernando. Fernando González Rivas, condenado a muerte, muerte por la guillotina, por asesinar a dos hombres, el padre y el hermano de la persona que él más amaba en el mundo, Marta Couceiro. Marta también era amiga del padre Leira.

-Dios perdona a todos, incluso a quien nadie perdonaría sobre la faz de la tierra, al de inimaginable maldad, a quien nunca encontraría justificación para sus crímenes y fechorías, porque esa justificación no existe. Pero Dios es maestro en hacer existir lo que antes era nada. Dios lo puede todo, y también tiene el poder de comprender al que ha hecho el mal y perdonarlo. ¿Cómo no lo perdonará cuando ese hombre no es un malvado, sino alguien al que un sentimiento bueno, el más loable de la naturaleza, el mejor tesoro que pueda tener el ser humano, y que debe exhibir en todo momento, el amor, le ha obligado, aunque parezca contradictorio, a hacer lo que nunca deseó hacer?

Estaba obsesionado desde hace días con lo ocurrido a su amigo Fernando. No era capaz de evitar alguna referencia encubierta (a nadie se le escapaba de quién estaba hablando) en todas las misas que celebraba, desde que el pasado viernes, diez de julio, supo la noticia del asesinato de los dos Roques Couceiro, padre e hijo, y de cómo Fernando, su inseparable amigo de la infancia, de la adolescencia y de la juventud, con el que había compartido todo lo que un hombre puede compartir con otro hombre, se había entregado en el cuartel de la Guardia Civil.

¿De qué servía perdonar todas las faltas terrenales de una persona, las que importan a Dios y las que no sabemos si le importan, si no se puede salvar la vida de esa persona? ¿De qué sirve el poder divino, que viene directamente del más alto juez, si ese poder no puede hacer nada contra los que reparten la justicia del mundo, los que más que hacer justicia prefieren ajusticiar, sin atender a más motivos que los hechos, las pruebas, reales, visibles, ignorando esas otras pruebas, esos otros hechos, los del alma y el corazón?

¿Para qué el “yo te absuelvo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”, si los que son infinitamente pequeños y débiles al lado suyo, de Dios todopoderoso, renuncian al perdón, renuncian a la posibilidad de enmienda, y sobre todo al esfuerzo de comprender y analizar por qué los hombres hacen el mal?

Y ahora recibía una carta suya, apenas una semana después de la celebración del juicio. En realidad, y por desgracia –una desgracia que le llegaba hasta lo más hondo de su corazón-, había poco tiempo y debía aprovecharlo. Fernando quería verlo, hablar con él, que le hiciera compañía, como siempre se la habían hecho el uno al otro. Era extraño, aunque quizá no lo fuera tanto: el padre Santiago seguía sin poder pensar en su amigo como en un asesino, como alguien capaz de matar a sangre fría a dos personas, el padre y el hermano de la que había sido su novia desde la adolescencia. “Fernando -no cesaba de repetírselo a sí mismo- no es un asesino, no es un matón”. Pero ni su calidad de sacerdote, ni la bondad que siempre había demostrado su amigo, le impedían pensar algunas veces que quizá fuera más sensato limitarse a los hechos, a las pruebas. ¿Debería limitarse a lo que contaba para la justicia de los hombres, y dejar a Dios lo que a Dios le importaba? Siempre había tenido claro que el sacerdocio le había transformado (“imprime carácter”), pero que esa transformación era un añadido, un enriquecimiento, no una anulación del que se era antes. Había que ser un hombre de Dios, pero sin dejar de ser un hombre entre los hombres. Y en este caso le pedían, se pedía a sí mismo, ser las dos cosas, por separado. Se negaba a dividir su mente y su espíritu, sus sentimientos, en dos bandos, irreconciliables.

Hasta que se disgustaba por estos pensamientos y decidía, inútilmente, provocar otros sobre temas que, en esos instantes, no le importaban lo más mínimo.

 

Castillo de San Carlos, 25 de julio de ****

 

Querido Santiago:

Hace mucho tiempo que no hablamos como antes, y parece que estoy en las peores condiciones para lograrlo de nuevo. Te vi el día del juicio, acompañando a mi familia, y te lo agradezco. Fue lo único positivo que saqué aquella mañana: el apoyo de un hombre a sus amigos, más allá de las obligaciones con que su condición le carga.

Quiero que sepas cuanto antes que no escribo al sacerdote, sino al amigo, al hombre que me acompañó en mi infancia y mi adolescencia, al que me estaba acompañando en la juventud, aunque en los últimos años nuestros estudios y nuestros trabajos nos hayan mantenido más alejados.

Me van a matar. Eso es seguro. En cierto modo no me arrepiento de lo que hice porque, desgraciadamente, no me cabe duda de que lo volvería a hacer si se me presentaran las mismas circunstancias. Pero sí me arrepiento de no arrepentirme. Te imagino delante de este papel, moviendo la cabeza de un lado a otro. No me puedes comprender, y te doy mi palabra de honor de que me alegro de que así sea. Ojalá no puedas comprenderme nunca. No quiero mancharte.

Pero se me olvidaba que mi amigo es sacerdote, un hombre de Dios. Lo tuyo fue extraño, Santiago: el tío de la pandilla que más éxito tenía con las chicas, el más deportivo, el más inteligente, el más pícaro… entrando en el seminario cuando aún no había cumplido los veinte. ¿Te caíste del caballo, Santiago? Disculpa, sabes que estoy de broma. Debe de ser bueno que un hombre condenado a muerte se ría todavía del mundo y de la vida, hasta de sus amigos. Tendrías que verme como me río de mí mismo. Y cómo lloro también, aunque sin lágrimas, tan silenciosamente que ni siquiera yo soy capaz de percibir mi llanto.

Para eso te escribo, Santiago, para que oigas cómo río y veas cómo lloro, para que me ayudes a soportar mi soledad y todas las cosas que se me ocurren decir, y que a nadie se las puedo decir. Este castillo es hermosísimo, casi un palacio de perfiles duros, pero no ignoro que es una cárcel. Y ningún ser humano nació para estar preso, es decir, para estarlo sabiendo que no puede dejar su jaula, nunca. A mí me sacarán de aquí partido en dos; entonces mi cuerpo recibirá otra cárcel (la tierra, el fuego, el mar, ¿quién sabe?), y yo estaré donde me llamen, el cielo o el infierno. Pero ni siquiera ésta, amigo mío, es tarea tuya. Eso no compete a nadie. Me condenaron los hombres, sí, pero no quiero tentar a Dios.

(No me gusta este tono entre dramático y sarcástico que está tomando mi carta, porque no es el más exacto, pero parece que me he abandonado a él).

Sigo creyendo en Dios, por mucho que te choque, Santiago. Y le sigo queriendo, respetando, admirando, como un niño pequeño admira a su padre, que es el más bueno, el más fuerte y el más justo. La imagen que me he hecho de Dios me sirve como modelo, y ningún crimen, ningún asesinato, ni toda la sangre del mundo podría hacerme olvidar quién soy y a quién le debo estos veintiocho años de vida. Hay películas que acaban mal y son extraordinarias; lo han sido durante las dos horas que han durado. Sólo fallan al final, moral o sentimentalmente, y hasta el desenlace trágico puede colaborar a su bondad artística. Mi historia es de éstas.

Te pido que me ayudes en estos momentos. Quiero recuperar la humanidad, el placer de la vida, antes de abandonarla por completo, y eso sólo lo puedo conseguir con un amigo. Hemos pasado muchas cosas juntos. Me parece de buena educación que te haga pasar por este último acontecimiento. Pero no te equivoques, no busco un confesor, no busco salvación, porque tú sabes (estuviste en el juicio) que no puedo arrepentirme. O quizá sí; ahora no lo sé. No soy soberbio, sólo sincero, y mi sinceridad es una forma de justicia conmigo mismo. Podrán cortarme la cabeza, pero hasta el último momento esa cabeza funcionará bien.

Quien nunca ha matado a nadie, y deseo que no lo mate jamás, ignora lo fácil que puede llegar a ser matar a una persona; lo bien que pueden funcionar las neuronas, toda nuestra capacidad mental, a la hora de apretar un gatillo, clavar un puñal, ahogar a alguien, etcétera, etcétera, porque el asesinato siempre inventa maneras para hacer distinto lo que siempre es monótono. Estoy sano, pues, no sufro ninguna enfermedad mental, ni creo haber padecido una de ésas “enajenaciones transitorias”, o como las llamen, que siempre afloran en las novelas de juicios y que también afloraron en el mío.

Sí, Santiago, te pido que vengas a verme. Te invito durante una temporada, hasta que te canses, al Castillo de San Carlos, que tan bien conocemos desde niños, y que entonces nos parecía el lugar más bonito de la tierra, el más misterioso. Ahora estoy dentro de él. Es mi mansión, y no la tengo que compartir con mucha gente, no creas. Aquí debe de haber unos diez presos, importantes, simbólicos, eso sí, pero no más. Observo cómo la marea se acerca y se aleja, sube y baja, todos los días, como el gigante juega con una bañera colosal. Miro las gaviotas desde mi celda, o desde lo alto del castillo, en los paseos, y no envidio su libertad. Yo ya disfruté de la mía y quise perderla.

Santiago, espero que disculpes mis ironías y valores mis franquezas. Un hombre entre la vida y la muerte aprende rápido el lenguaje de la ironía (en el supuesto de que yo no lo hubiera aprendido antes), porque de lo contrario se despeña por las curvas de otro código, más fácil, el del odio y la desesperación, un código escrito con sangre y lágrimas. Y tú sabes que yo nunca dejé de utilizar tinta azul.

 

Un abrazo fuerte,

Fernando González Rivas.

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Autor: Eduardo Martínez Rico. Título: Confesión. Editorial: Dalia. Venta: Google Play

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