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Confiar y esperar

Confiar y esperar

Asturias, 1900: un hombre parte hacia Cuba, dejando atrás una novia de la que está enamorado. En La Habana, el emigrado termina trabajando como lector en la tabaquería y, mientras entretiene a quienes retuercen las hojas de tabaco, piensa en la chica que dejó atrás.

En este making of Susana Vidal cuenta cómo escribió El lector de la tabaquería (Grijalbo).

***

La pantalla del móvil era la única luz en la habitación. Hablábamos de idas y regresos, de apellidos que viajaban como maletas y de silencios familiares que pesaban más que una casa. De pronto, cambió el tono de su voz. Pronunció una expresión que yo no conocía: lector de tabaquería.

Colgué y me quedé mirando el teléfono ya a oscuras con una especie de respeto tonto, como si acabara de oír una contraseña. Supe que tenía la historia.

Hasta llegar a esa llamada, el camino había empezado de manera más doméstica: un verano de calor áspero, de esos en que las calles crujían bajo el sol y el bochorno rebotaba desde el suelo, insistente, como un vecino que no entendía de siestas. Joseph Conrad llamó «línea de sombra» a ese momento en que algo que antes encajaba —una rutina, incluso un modo de estar en el mundo— deja de cobijarte igual. A mí me ocurrió así: de joven me gustaba ese agosto sin tregua, la épica barata de llegar viva a la noche, pero aquella vez me descubrí pegada a las paredes más frías, como quien tantea el borde de una habitación. Con las persianas a medio bajar, lo dije en voz alta —y me sorprendió oírme—: comprar algo en Asturias. Una tregua para los meses estivales. Una escapatoria.

"Ahí empezó mi obsesión. Indagué en archivos, bibliotecas y museos: salas frescas, mesas de madera, papeles quebradizos con esa fragilidad que impone respeto"

La primera vez que fuimos, el cambio fue inmediato: otra luz, otro ritmo. El verde se imponía y el cuerpo aflojaba. El agua —un rumor cercano aunque no lo vieras— te recordaba que allí todo iba más despacio. Hablé con la gente del pueblo y, en una de esas conversaciones, apareció un dato difícil de ignorar: entre finales del siglo XIX y principios del XX fueron tantos los que partieron hacia América que el futuro parecía un lugar al que solo se llegaba en barco. ¿Qué se necesitaba para subirse a un vapor con una maleta pequeña y una vida entera dentro?

Unos regresaron igual de pobres; otros volvieron con fortuna y un nombre nuevo: indianos. Dejaron huellas visibles en muchos pueblos —casas, escuelas, lavaderos— que hoy usamos sin pensar demasiado en el precio íntimo que pagaron. Ahí empezó mi obsesión. Indagué en archivos, bibliotecas y museos: salas frescas, mesas de madera, papeles quebradizos con esa fragilidad que impone respeto.

Cuanto más leía, más claro veía que no bastaba con mirar desde aquí: necesitaba escuchar al otro lado del océano. Eso me llevó a buscar testimonios fuera de España. Así llegué a aquella conversación con un cubano, descendiente de emigrantes españoles. Hablábamos de lo heredado sin saberlo cuando mencionó aquel oficio. Elegido por los tabaqueros, el lector se sentaba frente al taller y leía durante horas: prensa, novelas, poesía, incluso cartas. Su voz acompañaba el trabajo y, por un momento, la fábrica dejaba de ser solo un lugar de fatiga: se convertía en aula, en teatro, en plaza pública. Me fascinó porque no era solo entretenimiento: era formación y compañía, una forma de dignidad. Y también —quizá por eso— despertaba sospechas: una comunidad que escuchaba junta aprendía a pensar junta.

Con esa imagen, el mapa se dibujó de golpe: Asturias, la emigración, el regreso, los sueños rotos y los sueños cumplidos, y en el centro, una voz leyendo. Ahí entendí qué quería contar y desde dónde: del amor por una tierra y por la literatura, y de la convicción de que la cultura transforma y dignifica.

Pero cuando por fin tuve claro el núcleo, apareció la otra pregunta, la que de verdad da vértigo: ¿cómo quería contarlo?

"Al final, escribir fue sostener la obsesión el tiempo suficiente para que se ordenara; juntar las piezas, una a una, hasta que la historia encontró su voz"

Las ideas zumbaban en mi cabeza. Tantas que comprendí que el mejor género para contenerlas era el folletín: por su ritmo, su capacidad de sostener tramas vivas, por esa manera de parecerse a la vida. Nunca he entendido por qué lo popular ha de ser sinónimo de algo menor para tantos, si muchas de las grandes historias nacieron así. Ahí está El conde de Montecristo, sin ir más lejos, que nos recuerda que la calidad no depende del traje que le pongas a un relato, sino de la verdad humana que late dentro.

El folletín me permitía lo que necesitaba: que pasaran muchas cosas, no por capricho, sino porque así sucede en la vida de quienes emigran, de quienes esperan, de quienes se arruinan y vuelven a empezar, de quienes aman sin garantías. Me dejaba cruzar lo íntimo y lo social, lo doméstico y lo histórico; lo que se dice en voz alta y lo callado por vergüenza o por miedo.

Al final, escribir fue sostener la obsesión el tiempo suficiente para que se ordenara; juntar las piezas, una a una, hasta que la historia encontró su voz. Después, confiar y esperar.

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Autora: Susana Vidal. Título: El lector de la tabaquería. Editorial: Grijalbo. Venta: Todos tus libros.

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