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Contando los años de manera diferente

Contando los años de manera diferente

Eso le dijo Yoli, la tía abuela ya anciana de la narradora y autora de Los umbrales, Liliana Muñoz, cuando, siendo esta mucho más joven, le preguntó por su edad: la ahora anciana se quitó más de un par de años. Esta es una figura, la de la tía Yoli, que todos hemos tenido en la familia; yo tuve una tía abuela a la que llamaba tía Vela. Tuvieron que convencerme, a medida que cumplí años, de que su nombre no era precisamente ese, Vela, con el que por cierto ya la llamaba toda la familia y parte de la vecindad. Y es que eso es lo que transmite la primera novela de Liliana Muñoz, la cotidianidad de lo normal, las relaciones familiares y la existencia de esa figura femenina a la que se le tiene un especial cariño, incluso antes de darnos cuenta de que siempre estuvo ahí para nosotros, o para todos, y que renunció a la vida esperada por esa otra que termina condenándote a ser la tía soltera de la familia.

"Desfilan por la novela familiares, amigos y vecinos, buenos y regulares, ya que malos, lo que se dice malos, no vemos a ninguno aparecer como tal"

“No sé escribir cartas de amor, así que te voy a escribir un libro”, comienza diciendo. Y lo que nos deja es una carta de amor, con formato de libro, en la que la autora desgrana una vida familiar en la que pesa la distancia de su traslado de México a Barcelona, y en la que teje recuerdos de la infancia y carreras ya de adulta para abrir una puerta que, pese a tener candado, siempre estuvo abierta. Porque cada regreso a Mérida implica volver al punto justo anterior a su partida, y a la vez constatar que el tiempo pasa implacable para todos, y se remiendan las paredes y, a veces, también las personas para seguir adelante. Pero todo —paredes, recuerdos, sentimientos y personas— sigue ahí para que la autora nos relate, con una calidad que traspasa las páginas del libro, ese tipo de vivencias que atesoramos por su normalidad. Desfilan por la novela familiares, amigos y vecinos, buenos y regulares, ya que malos, lo que se dice malos, no vemos a ninguno aparecer como tal. Eso, lejos de restar credibilidad, se la suma, ya que permite la crítica a la abuela sin que suene a inquina sino a retrato y, una vez más, nos ayuda a ponerle otra voz y otro rostro dentro de nuestra propia familia, cambiando tal vez el sexo o el parentesco.

Soy una firme defensora de que los libros no necesitan de una historia prodigiosa, ni los finales de un salto mortal —prueba de ello fue el fenómeno Stoner, ocurrido ya hace unos cuantos años—, y Los umbrales bebe de esa normalidad para apoyarse en el buen hacer de la escritora a la hora de dar forma a los sentimientos hasta convertirlos en palabras. Tiene, además, el acierto de no esperar a la muerte, y relatar la fragilidad, ese primer momento trágico en el que uno mira a un padre, un abuelo o incluso un hermano, y se da cuenta de que se ha convertido en una persona anciana, encogiéndonos mucho antes de la pérdida, porque ahora la vemos como algo irremediable. “Quiero escribir esta historia para fijarla, para congelarla en el tiempo”, dice Liliana Muñoz, consciente de que un día no muy lejano ya no habrá visitas a médicos ni a casa de Mosi, que es como llama a Yoli, y por eso nos deja una prosa que parece brotar del corazón de la autora, para unirnos a todos en ese sentimiento universal que es la calidez del alma.

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Título: Los umbrales. Autora: Liliana Muñoz. Editorial: Tránsito. Venta: Todos tus libros.

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