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Contra la cultura

Define la RAE cultura, en su primera acepción, como “conjunto de conocimientos que permite a alguien desarrollar su juicio crítico”. Lo que viene a ser como no definir nada, puesto que no especifica cuáles son esos conocimientos que permiten a alguien, sea quien sea ese alguien, desarrollar su juicio crítico.

¿Saber por ejemplo maridar un pescado o una carne con un vino decentes permiten a alguien desarrollar su juicio crítico? ¿Recitar de memoria la alineación que ganó el Mundial de Sudáfrica te capacita para tener una opinión formada sobre, pongamos por caso, el rechazo a los presupuestos generales del estado? Supongo que no, aunque solo lo supongo.

Me voy por lo tanto a la segunda acepción a ver si así clarifico más mis eternas dudas: “Conjunto de modos de vida y costumbres, conocimientos y grado de desarrollo artístico, científico, industrial, en una época, grupo social, etc”.

Por aquí parece que vamos afinando y se deduce, pues, que un mayor grado de conocimiento artístico, científico o industrial, te proporciona una mayor cultura y, por lo tanto, un mayor juicio crítico.

Si no me equivoco las consideradas bellas artes son siete, a saber: arquitectura, danza, escultura, música, pintura, literatura y cine.

"En las sociedades menos desarrolladas el acceso a la cultura está prácticamente vetado para una gran parte de la población"

Ya solo nos faltaría definir qué es exactamente un juicio crítico. Según la recurrida Wikipedia, desde un punto de vista práctico, se trata del proceso mediante el cual se usa el conocimiento y la inteligencia para llegar de forma efectiva a la postura más razonable y justificada sobre un tema.

Es decir, una persona con mayores conocimientos artísticos (arquitectura, danza, escultura, música, pintura, literatura y cine), científicos y/o industriales sería capaz de alcanzar la postura más razonable (que, vuelvo a recurrir a la RAE, es lo adecuado o conforme a la razón) sobre un tema.

Por lo tanto, podríamos convenir que una persona más culta es una persona más sensata, más capaz y, de algún modo, mejor o más ética. Si admitimos que lo más razonable también sería lo más justo.

Y llegados a este punto, ustedes pensarán que para este viaje no hacía falta alforjas, que no era necesario tanto silogismo para concluir que la cultura nos convierte en mejores, en más justos.

Pues no vayamos tan rápido, que todavía esto se enrevesa más. Si no me equivoco, y mis olvidadas lecciones de filosofía de bachillerato no me fallan, si A es igual a B y C es igual a A, podremos deducir sin ningún riesgo de equivocarnos que C es igual a B.

¿Pero cuáles son estas variables?

Bien, sustituyan A por la cultura, B por mejor persona o con más juicio crítico y C por poder adquisitivo o riqueza. Es decir, una persona más rica es una persona más justa, según el razonamiento que hemos dado por cierto hasta el momento.

¡¿Cómo dado por cierto?! ¿Qué tiene que ver aquí esa C que yo he introducido?, se preguntarán ustedes.

No solo tradicionalmente, sino también en la actualidad, la cultura, el conocimiento y el desarrollo industrial han estado en manos de la población con mayores posibilidades económicas. No digo exclusivamente, aclaro, sino en un porcentaje más alto. El dinero no solo compra coches y chalés de lujo, también conocimiento, estudios, viajes, plurilingüismo, etc., etc., etc. Conste que hablo de comprar en un sentido de transacción honesta (al menos desde el punto de vista capitalista), no de máster ni posgrados que se pagan de modo corrupto, pero no se llegan a cursar jamás.

No negaremos que “los ricos” y sus vástagos, tanto ahora como antes, gozan de más posibilidades de formación en centros de élite y de acceso a un conocimiento superior, que a la postre son los que les permiten seguir ocupando puestos de poder y que estos se perpetúen de generación en generación, sin que la riqueza apenas varíe de manos (se sorprenderían, según algunos estudios, lo poco que ha mutado la fortuna en siglos de evolución). Lo que todavía se puede observar mucho más claramente en las sociedades menos desarrolladas, donde el acceso a la cultura está prácticamente vetado para una gran parte de la población.

Sin embargo, a la derecha, a la que proverbialmente se la asocia con el poder o con el dinero (no lo olviden, hemos quedado que, en cierta manera, equivale a cultura), también se la acusa de regirse de por valores poco éticos. Más bien, al contrario, tiene fama de mezquina, conservadora y con pocos deseos de llevar a la práctica la equidad social ni promover el juicio crítico de nadie.

Que conste que hablo de la derecha en términos generales e históricos y no en exclusiva de la derecha española actual.

"Se parece más un negro rico a un blanco rico que un negro rico a un negro pobre"

Hace unos días discutía con mi amiga Nuria Cubas si un hipotético sufragio censitario que, en este caso, permitiera votar únicamente a las personas a partir de un indicador de cultura previamente establecido, nos llevaría un gobierno más justo, más humano, mejor, más juicioso.

Mi teoría era que el porcentaje de votos a los distintos partidos e ideologías apenas variaría y, en caso de hacerlo, probablemente sería a favor de los partidos a los que se les achaca su falta de implicación a la hora de favorecer políticas sociales y redistributivas en términos de igualdad.

Lo que de ser cierto (yo no lo pongo en duda, pero no deja de ser más que una hipótesis) nos conduciría a dos teorías. O bien la RAE no tiene razón y la cultura contribuye más bien poco a desarrollar el juicio crítico, o bien cuando irrumpe el factor dinero dinamita el juicio crítico, se tenga o no se tenga, y borra cualquier influencia que en él pueda tener la cultura.

Y es que, como alguien apuntó, se parece más un negro rico a un blanco rico que un negro rico a un negro pobre. Al igual que se parece más un culto rico a un inculto rico que un culto rico a un culto pobre.