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El emperador va desnudo

El emperador va desnudo

Cada vez son más los libros que devuelvo de nuevo a la estantería sin conseguir pasar de la página cincuenta; las exposiciones de las que me marcho sin terminar de entender qué quería trasmitir el pintor o fotógrafo, ni apreciar el gusto estético por ninguna parte. Cada vez son más las veces en que opto por dejar libre mi butaca en el cine a mitad de la película y utilizar mi tiempo, una vez que me es imposible recuperar el dinero perdido, en algo más provechoso. Lo mismo me sucede con el teatro o con un concierto, con la salvedad de que aquí no abandono el recinto por un respeto, no sé si merecido o no, a quien se encuentra encima del escenario en ese momento.

En definitiva, cada vez me cuesta más emocionarme, sorprenderme o simplemente disfrutar mínimamente con cualquier manifestación artística. Todo me resulta tópico, insustancial, aburrido, banal, carente de sentimiento y, por qué no decirlo, en ocasiones infernal hasta decir basta.

Sin embargo, cada vez son más los colectivos relacionados con el mundo del arte (músicos, cineastas, dramaturgos, fotógrafos, escritores…) a los que oigo clamar por un mayor apoyo, tanto por parte de las instituciones como por parte del público.

"¿Hay alguna ley que le prohíba a nadie el derecho a ser escritor, pintor, escultor, cineasta, músico o cualquier otra profesión?"

Vociferan contra el estado (como siempre culpable de todos los males propios y ajenos) por la falta de subvenciones y criminalizan al ciudadano por lo que ellos consideran pragmatismo, desinterés y aborregamiento generalizado. En ningún caso se preguntan si sus obras cuentan con la calidad suficiente como para merecer ser visionadas, leídas o escuchadas.

Del mismo modo, cada vez son más los que reclaman su derecho a convertirse en artistas (signifique lo que signifique esto). Su derecho a ser publicados, a que su obra se exponga, a que una compañía discográfica apueste por ellos, a que una productora invierta su dinero en su obra teatral o cinematográfica. O, en el mejor de los casos, a que sus amigos y conocidos financien a través de crowdfunding su insustancial y demencial proyecto o gasten sus euros en adquirir su infumable novela o poemario autoeditado.

Y yo me pregunto ante tanta demanda: ¿hay alguna ley que le prohíba a nadie el derecho a ser escritor, pintor, escultor, cineasta, músico o cualquier otra profesión? Hasta donde yo sé ningún gobierno democrático de este país ha aprobado ningún decreto que vaya en contra de las ambiciones profesionales de nadie, sean de la índole que sea; siempre y cuando no sean ilegales, claro está.

"Estamos entrando en el todo vale y en la obligación moral de financiar, ya sea con recursos públicos o privados, verdaderos espantos y caprichos ególatras"

Que yo sepa nadie me impide competir de tú a tú con Marc Márquez o Valentino Rossi por ser el campeón del mundo de Moto GP. Tengo todo el derecho a subirme encima de una moto e intentarlo. Pero, ¡ay amigos!, lo que no es tan democrático, mal que nos pese, es el talento, qué le vamos a hacer. Mucho menos si no viene acompañado de un esfuerzo detrás. Porque, esa es otra, la mayoría de los pretendientes y pretendidos creadores no tiene ninguna intención de dedicarle el mínimo sacrificio a su carrera. Ni siquiera a formarse observando las obras de otros artistas o leyendo a verdaderos escritores. Tal vez porque es precisamente a ellos a los que no les interesa lo más mínimo la cultura, sino lo que supuestamente la rodea.

De unos años para acá el arte no deja de refugiarse en el argumento ventajista de la subjetividad. ¿Qué es arte? ¿Qué no es arte? ¿Quién lo decide? ¿Quién no? Hasta el punto de que estamos entrando en el todo vale y en la obligación moral de financiar, ya sea con recursos públicos o privados, verdaderos espantos o, como poco, los caprichos ególatras de cualquiera que pasase por allí, por miedo a decir, como en el cuento de Andersen, que el emperador va desnudo y ser tomados así por insensibles o analfabetos, lo que hace un flaco favor a la creación en general y a los verdaderos artistas, que muchas veces quedan relegados y olvidados en la madeja de la mediocridad.