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Contra los ídolos

Si Breve atlas de los faros del fin del mundo —publicado por Ediciones Menguantes en octubre de 2020, cuando literalmente parecía que la humanidad se encontraba ante el fin del mundo— comprende treinta relatos basados en hechos reales sobre faros remotos, en Efímero inventario de ídolos, publicado por Ediciones Menguantes en octubre de 2025, la narrativa se vuelca sin ambigüedades hacia la no ficción en treinta y seis informes (ambos títulos escritos en mayúscula). No deja de llamar la atención que a ambos libros del diseñador, ilustrador y escritor José Luis González Macías los separe un riguroso lustro en la fecha de su publicación. Y que todo lo relacionado a estas dos obras tenga mucho que ver con la precisión y la belleza estética; el primero ganador del Premio Nacional al Libro Mejor Editado del Ministerio de Cultura de España de 2020, el segundo una prometedora novedad literaria.

Ambos libros constan de ciento sesenta páginas. A la realidad a veces hay que ponerle límites, pero no deja de ser curiosa la exactitud; lo que quiere decir que en el primero habrán quedado algunos faros remotos fuera del libro, así como en el segundo —en mucha mayor proporción— cientos si no miles de estatuas, con o sin historias interesantes. Se podría pensar que se trata de una suerte de muestra de sangre representativa de la exuberancia escultórica planetaria.

"El primer párrafo de cada capítulo o informe no identifica de qué ídolo se habla, sino que se deja colar en el segundo o tercer párrafo; lo que recrea imágenes en la cabeza del lector"

Las primeras páginas de Efímero inventario de ídolos muestran datos de contenido, edición y diseño que normalmente no son especificados en “libros normales” (encuadernación, dimensión, gramaje, tipo de tinta,  etc.). Luego se encuentra un índice que llega a tal punto de especificidad que indica las coordenadas geográficas en las que se encuentran las estatuas seleccionadas.

En un espíritu similar al de Hambre de realidad, de Davis Shields (“Solo la verdad es graciosa”), dedica dos páginas al inicio para notas aleatorias sobre hechos o pensamientos relacionados con esculturas, desde una frase de Robert Musil de 1927 (“lo más sorprendente de los monumentos es que nunca los vemos”), hasta que Mark Zuckerberg haya encargado en 2024 una estatua de su esposa con el fin de adornar el jardín de su casa, “recuperando la tradición romana”. Tras estas notas leemos lo que sería una postura de principios del autor: “Este libro es una declaración de guerra contra el enaltecimiento de los ídolos, contra el culto a la personalidad”.

La carátula tapa dura del libro da la impresión, a primera vista, de un cuaderno de escuela o universitario (Asignatura: Inventario de ídolos). Los capítulos cuentan con títulos sugestivos, tales como “No tengan miedo, vengo del espacio exterior” o “Bienvenido al maravilloso mundo de la gente pobre”, seguido de dos páginas de prosa concisa, evocadora y fáctica. El primer párrafo de cada capítulo o informe no identifica de qué “ídolo” se habla, sino que se deja colar en el segundo o tercer párrafo, lo que recrea imágenes en la cabeza del lector acerca de qué personaje se podría tratar. La tercera página tiene una ficha técnica de la obra, seguida de una ilustración a cuerpo entero en la cuarta página. El mismo orden de cada informe se repite en las treinta y seis estatuas objeto de la obra: una estrella de la música, el cine, los deportes, personalidades de la historia de la humanidad, gobernantes o dictadores lunáticos.

“¿Necesitamos estatuas de quien admiramos o queremos recordar?… ¿Estamos dispuestos a mantener en pie símbolos heredados sin nuestro consentimiento?… ¿O deberíamos bajarlos de los pedestales?… Estas son algunas de las interrogativas que se plantea el autor. Muchas de las esculturas reseñadas han sido derribadas, dinamitadas, descuartizadas o decapitadas por anónimos nocturnos convencidos o por turbas creyentes de la necesidad de desaparecer símbolos —algunos ofensivos desde que fueron desvelados, otros surgidos por el cambio de conciencia de las épocas—  de dictadura, esclavitud, colonialismo, totalitarismo; figuras erguidas que se consideran hirientes a determinadas culturas y religiones: “Hasta el más inofensivo de estos artefactos inmortaliza un ideario. Ningún bronce es neutral”.

Así vemos desfilar por estas páginas estatuas de dictadores o autócratas como Enver Hoxha (Albania), Heydar Alíyev (Azerbaiyán), Gnassingbé Eyadema (Togo), Saparmurat Türmenbashi (Turkemistán), Cecil Rhodes (Sudáfrica), Sadam Hussein (su caída como ícono mediático), Kim Il-Sung (Corea del Norte), Ferdinand Marcos (Filipinas), Lenin, Franco, Mao Tse Tung, o la del dictador Rafael Leónidas Trujillo —personaje central y eje temático de la novela La fiesta del chivo, de Mario Vargas Llosa—, derribada en 1961.

Desfilan por este inventario efímero símbolos de la humanidad (Cristóbal Colón —con múltiples derribos— o Yuri Gagarin), o estatuas de artistas como la de Shakira en Cartagena, Rocky Balboa en Filadelfia —un personaje de ficción—, Ava Gardner en Tossa de Mar (“Amo España porque tiene los mismos defectos que yo: violenta, rural y caprichosa”), Freddy Mercury en Montreal o Elvis Presley en Jerusalén. Nos encontramos también con íconos del deporte como Cristiano Ronaldo (tan odiado como amado), siendo la escultura más fea de la selección del libro, hecha por un amateur autodidacta, desvelada en marzo de 2017 en el Aeropuerto Cristiano Ronaldo en Funchal, Madeira. Y qué decir de la escultura dedicada al cabezazo de Zidane en el Mundial de 2006.

"La importancia del libro radica no solo en enterarnos de hechos singulares relativos a distintas estatuas de ídolos en el mundo, sino también por lo no dicho"

El lector aprende mucho de estas lecturas sobre hechos desconcertantes en torno a las estatuas escogidas, como enterarnos de que Gandhi había sido odiado y repudiado en muchos países a partir de textos escritos durante su estancia en Sudáfrica en los que describía a los sudafricanos como salvajes y desaprobaba que se mezclaran con los indios. O las razones para la desaparición misteriosa de una estatua de Bruce Lee erguida en Mostar, Bosnia-Herzegovina, territorio limítrofe entre la parte oriental bosnio-musulmana y la occidental, católica-croata de dicha ciudad.

Ahora bien, la importancia del libro radica no solo en enterarnos de hechos singulares relativos a distintas estatuas de ídolos en el mundo, sino también por lo no dicho. A medida que se avanza en sus páginas asaltan a la memoria de un lector hechos conocidos y su posible significado ampliado. Por ejemplo, que el derribo de decenas de estatuas de Hugo Chávez (fallecido en 2013, padre de la criatura llamada “chavismo”) en territorio venezolano, a manos de turbas espontáneas ante su inconformidad por los resultados anunciados en las elecciones del 28 de julio de 2024 y el fraude electoral cometido por Nicolás Maduro y su entorno, no es un hecho aislado sino repetido en la historia de la humanidad. O que se dispare el recuerdo de la estatua “Siempre hoy” de 2.30 metros de Gustavo Cerati en San José, Costa Rica, y se indague que es la única fuera de Buenos Aires dedicada al ídolo musical y que el presidente de ese país centroamericano, Carlos Alvarado, novelista y roquero, en sus últimas horas como mandatario desveló en 2022 la estatua de Cerati y cantó “Persiana Americana”. Este libro, nada efímero en sus efectos, actúa como un dispositivo literario disparador de búsquedas que nos hace más hambrientos de realidad. Al caminar o andar en el bus nos induce a mirar cada estatua con más atención y a especular sobre las posibles historias detrás de su inamovilidad aparente.

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Autor: José Luis González Macías. Título: Efímero inventario de ídolos. Editorial: Ediciones Menguantes. Venta: Todos tus libros.

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