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Corazón que ríe, corazón que llora, de Maryse Condé

Corazón que ríe, corazón que llora, de Maryse Condé

Profunda e ingenua, melancólica y ligera, en Corazón que ríe, corazón que llora (Impedimenta), Maryse Condé (Pointe-à-Pitre, Guadalupe, 1937), la gran voz de las letras antillanas, explora con una honestidad conmovedora su infancia y su juventud. Un magistral ejercicio de autodescubrimiento que constituye una pieza clave de toda su producción literaria, y que le ha valido el Premio Nobel Alternativo de Literatura 2018.

Zenda publica las primeras páginas en traducción de Martha Asunción Alonso.

Retrato de familia

Si alguien les hubiera preguntado a mis padres qué opinión les merecía la Segunda Guerra Mundial, habrían respondido, sin dudarlo, que se trataba del periodo más sombrío que jamás hubieran conocido. No porque Francia se dividiera en dos, por los campos de Drancy o de Auschwitz, por el exterminio de seis millones de judíos, ni por todos esos crímenes contra la humanidad que aún siguen impunes, sino porque, durante siete interminables años, se les había privado de aquello que más les importaba: sus viajes a Francia. Como los dos eran funcionarios, mi padre jubilado y mi madre en activo, tenían derecho a disfrutar con asiduidad de una estancia en «la metrópolis» con sus hijos. Para ellos, Francia no era en absoluto la sede del poder colonial. Era la auténtica madre patria y París, la ciudad de la luz, bastaba para iluminar su existencia. Mi madre nos llenaba la cabeza con descripciones maravillosas de las fachadas del Panteón y del mercado de Saint-Pierre y, sobre todo, de la Santa Capilla y Versalles. Mi padre prefería el Museo del Louvre y la discoteca La Cigale, donde iba de mozo a menear el esqueleto. Así que, a mediados del año 1946, volvieron a subirse encantados de la vida al paquebote que debía llevarlos al puerto de Le Havre, la primera escala en el camino de regreso al país adoptivo.

Yo era la benjamina. Uno de los grandes mitos de nuestra familia tenía que ver con mi nacimiento. Mi padre no andaba lejos de cumplir sesenta y tres años. Mi madre acababa de celebrar los cuarenta y tres años. Cuando empezó a tener faltas, creyó encontrarse ante los primeros signos de la menopausia y corrió a la consulta de su ginecólogo, el doctor Mélas, que la había asistido en sus siete partos anteriores. Después de examinarla, el doctor rompió a reír estrepitosamente.

—Me dio tanta vergüenza —les contaba mi madre a sus amigas— que, durante los primeros meses del embarazo, me comportaba como una colegiala. Intentaba como podía esconder la tripa.

Por más que después me cubriera de besos, me llamara su kras à boyo y añadiera que me había convertido en la alegría de su vejez, al escuchar aquella historia, yo no podía evitar sentir siempre la misma tristeza: era una hija no deseada.

Ahora me doy cuenta de que ofrecíamos una estampa cuanto menos poco corriente, sentados en las terrazas del Barrio Latino en el moroso París de la posguerra. Mi padre, un seductor de capa caída pero todavía de buen ver, mi madre, cubierta de suntuosas joyas criollas, sus ocho hijos, mis hermanas con la cabeza gacha, decoradas como árboles de Navidad, mis hermanos adolescentes, uno de ellos estudiante de primero de Medicina, y yo, niñita mimada donde las hubiera, extremadamente precoz para mi edad. Con sus bandejas en equilibrio contra la cadera, los camareros de los cafés revoloteaban admirados a nuestro alrededor como moscas frente a un tarro de miel. Al servirnos los refrescos de menta, invariablemente nos dejaban caer:

—¡Qué bien hablan ustedes francés!

Mis padres recibían el piropo sin rechistar ni sonreír, y se limitaban a asentir con la cabeza. En cuanto los camareros se daban media vuelta, empezaba el sermón:

—Sin embargo, somos igual de franceses que ellos —suspiraba mi padre.

—Más franceses —puntualizaba mi madre, con violencia. A modo de explicación, añadía—: Tenemos más estudios. Mejores modales. Leemos más. Algunos de ellos no han salido en su vida de París, mientras que nosotros conocemos el monte Saint-Michel, la Costa Azul y la costa vasca.

Había en sus palabras un patetismo tal que, por muy pequeña que yo fuera, me afligía. Se quejaban de una gravísima injusticia. Sin razón alguna, los roles se invertían. Los buscadores de propinas, chaleco negro y mandil blanco, se erguían altivos ante sus generosos clientes. Hacían gala, como si nada, de esa identidad francesa que, a pesar de su buen aspecto, a mis padres se les negaba, se les prohibía. Y yo no comprendía por qué motivo aquellas personas orgullosas, autocomplacientes, notables allá en su isla, rivalizaban con los camareros que les servían.

Un día, decidí hacer de tripas corazón. Como siempre que me encontraba en apuros, recurrí a mi hermano Alexandre, que se había rebautizado a sí mismo como Sandrino para «sonar más americano». El primero de la clase, con los bolsillos a rebosar de notitas amorosas de sus admiradoras, Sandrino tenía el poder de despejarme todas las nubes. Era un buen hermano, me trataba con cariño y me protegía. Pero a mí me daba rabia ser únicamente su hermana menor. Bastaba el vuelo de una falda o el inicio de un partido de fútbol para que me olvidara. ¿Entendía él algo del comportamiento de nuestros padres? ¿Por qué envidiaban con tanta intensidad a personas que, como ellos mismos reconocían, ni siquiera les llegaban a la suela de los zapatos?

Vivíamos en un bajo, en una calle tranquila del VII Distrito. En París no era como en La Pointe, donde nos tenían atados, encadenados en casa. En París nuestros padres nos daban permiso para salir cuando queríamos e incluso para frecuentar a otros niños. Por aquel entonces, me sorprendía tanta libertad. Más tarde comprendí que, en Francia, nuestros padres no tenían miedo de que nos pusiéramos a hablar criollo o empezara a gustarnos el gwoka, lo mismo que los negritos de las calles de La Pointe. Recuerdo que aquel día habíamos estado jugando a la tula con los rubiales del primero y que habíamos compartido con ellos una merienda a base de frutos secos, pues todavía se pasaban penurias en París. Tuvimos que apresurarnos para volver a casa antes de que alguna de mis hermanas se asomara por la ventana y nos chillara:

—¡Niños! Papá y mamá dicen que vengáis.

Para responderme, Sandrino se apoyó contra la puerta de un garaje. El rostro jovial, aún marcado por los mofletes redondos de la infancia, se le veló tras una máscara oscura. La voz se le volvió de plomo:

—Ni caso, déjalo estar. Papa y mamá son un par de alienados.

¿Alienados? ¿Qué quería decir aquello? No me atreví a preguntar. No era la primera vez que veía a Sandrino echarles un pulso a mis padres. Mi madre había colgado encima de su cama una foto que había recortado de Ebony. Mostraba una admirable familia de negros americanos con ocho hijos, como la nuestra. Todos médicos, abogados, ingenieros, arquitectos. El orgullo de sus papás, vamos. Aquella foto le inspiraba las peores maldades a Sandrino. Sin saber que se moriría antes incluso de comenzar a vivir, juraba que se convertiría en un escritor famoso. Me ocultaba las páginas de su novela, pero tenía la costumbre de recitarme sus poemas, que me dejaban perpleja porque, según me decía, la poesía no debía entenderse. Pasé la noche siguiente dando vueltas y más vueltas en la cama, a riesgo de despertar a mi hermana Thérèse, que dormía en la litera de arriba. Es que yo quería mucho a mi padre y a mi madre. Es verdad que las canas, las arrugas de sus frentes no me entusiasmaban. Habría preferido tener padres más jóvenes. ¡Eso! Que los desconocidos confundieran a mi madre con mi hermana, como le pasaba a mi amiga Yvelise cuando su mamá la acompañaba a catequesis. Es verdad, siempre me quería morir cuando a mi padre le daba por soltar latinajos que, como descubrí más tarde, sacaba del Pequeño Larousse ilustrado. Verba volent. Scripta manent. Carpe diem. Pater familias. Deus ex machina. Me avergonzaban, sobre todo, las medias que llevaba mi madre en verano, demasiado claras para su piel oscura. Pero sabía de la ternura de sus corazones y lo mucho que se esforzaban en prepararnos para lo que, en su opinión, tenía que ser la vida.

Al mismo tiempo, tenía demasiada fe en mi hermano como para dudar de su parecer. Por su gesto, por el tono de su voz, intuí que alienados, aquella palabra misteriosa, designaba algún tipo de enfermedad vergonzosa como la gonorrea, quizá incluso mortal, como las fiebres tifoideas que el año pasado se habían llevado por delante a no pocas personas en La Pointe. A medianoche, a fuerza de repasar y repasar todas las pistas, terminé esbozando algo similar a una teoría. Una persona alienada es una persona que trata de ser lo que no es, porque no le gusta ser lo que es. A las dos de la madrugada, antes de caer dormida, me juré a mí misma, de forma algo confusa, que jamás me convertiría en una persona alienada.

Por consiguiente, me desperté metamorfoseada. Pasé de niña modélica a niña contestona y faltona. Como tampoco tenía muy claro contra qué luchaba, me dedicaba a cuestionar por sistema todo lo que mis padres me proponían. Unas entradas de ópera para escuchar las trompetas de Aida o las campanillas de Lakmé. Una visita al Musée de l’Orangerie para admirar los Nenúfares. O, sencillamente, un vestido, un par de zapatos, lazos para el pelo. Mi madre, que no contaba la paciencia entre sus virtudes, no escatimaba en collejas. Veinte veces al día, exclamaba:

—¡Dios mío! ¿Pero qué mosca le habrá picado a esta niña?

En una foto tomada a finales de aquel viaje a Francia se nos puede ver en los Jardines de Luxemburgo. Mis hermanos y hermanas en fila india. Mi padre, bigotudo, vestido con una gabardina con forro de piel. Mi madre, al sonreír, enseña las perlas relucientes de los dientes, con los ojos almendrados bajo el tupé gris. Entre sus piernas, yo, delgaducha, esforzándome en ser fea, con el ceño y los morros fruncidos en esa mueca de enfado que cultivé hasta mi adolescencia, hasta que el destino, que siempre se reserva el peor golpe para los hijos ingratos, hizo de mí una huérfana con solo veinte años.

Desde entonces, he tenido tiempo de entender el sentido de la palabra alienado y, sobre todo, de preguntarme hasta qué punto Sandrino tenía razón. ¿Vivieron mis padres alienados? Es innegable que no sentían el más mínimo orgullo por su herencia africana. De hecho, la ignoraban. Completamente. Durante aquellas estancias en Francia, mi padre jamás puso un pie en la Rue des Écoles, donde Alioune Diop pergeñaba la revista Présence africaine. Como mi madre, estaba convencido de que solo la cultura occidental valía la pena y le agradecía a Francia el haberle permitido acceder a ella. Al mismo tiempo, ninguno albergaba el menor sentimiento de inferioridad a causa de su color. Se consideraban los más brillantes, los más inteligentes, la prueba viviente y multiplicada por cien de los progresos de la Raza de los Supernegros.

¿Es esto vivir «alienado»?

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Autora: Maryse Condé. Traductora: Martha Asunción Alonso. Título: Corazón que ríe, corazón que llora. Editorial: Impedimenta. Venta: Amazon, Fnac y Casa del Libro.

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