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Cossío o el arte de saber ver

Cossío o el arte de saber ver

Hay una escena que, aunque no conste en ningún acta, podría resumir a Manuel Bartolomé Cossío mejor que cualquier retrato solemne. Un grupo de jóvenes entra en una sala fría; delante, un cuadro que no se deja domesticar. El maestro no empieza explicando. No suelta fechas, ni estilos, ni etiquetas. Se queda un instante en silencio —ese silencio que hoy parece un lujo— y, cuando habla, lo hace como quien abre una ventana: «Antes de entender, miren. Y cuando crean que ya han mirado, miren otra vez».

Esa insistencia en la mirada no es un adorno estético: es el núcleo de una educación que no quiere alumnos dóciles, sino personas despiertas. Y si Cossío (1857-1935) fue una de las figuras decisivas de la pedagogía española, lo fue porque entendió algo que solemos olvidar: que educar no consiste en llenar, sino en afinar; no en acumular datos, sino en entrenar la atención hasta volverla pensamiento.

En Cossío convivían dos vocaciones que no se estorbaban: la del educador y la del historiador del arte. Quizá por eso su legado tiene una cualidad rara: no se reduce a un método, sino que parece una ética. Una manera de situarse ante el mundo como ante un texto complejo: sin prisa, sin simplificación, con respeto.

"Mirar bien implica comparar, describir, distinguir, preguntarse, dudar"

Ese respeto empieza por algo que parece elemental y, sin embargo, casi nadie enseña: mirar. En 1879, siendo muy joven, publica en el Boletín de la Institución Libre de Enseñanza un texto programático cuyo título ya contiene una tesis completa: El arte de saber ver. El título no es decorativo. Afirma que ver no es un acto pasivo: es una destreza. Se aprende como se aprende a leer o a razonar. Exige práctica, paciencia y una humildad difícil: aceptar que lo primero que uno ve suele ser solo la superficie de lo que hay.

Vale la pena hacer una pequeña prueba. Piensa en la última imagen que viste en tu pantalla. No “la última noticia” ni “el último vídeo”: la última imagen concreta. ¿Podrías describirla con precisión, sin interpretarla? ¿Qué había en el fondo? ¿De dónde venía la luz? ¿Qué elemento estaba, literalmente, en el borde? Si la respuesta es borrosa, no es falta de memoria: es falta de mirada. Vivimos rodeados de imágenes… y, sin embargo, miramos poco.

Para Cossío, “saber ver” no era contemplar por contemplar. Mirar bien implica comparar, describir, distinguir, preguntarse, dudar. Implica soportar la complejidad sin reducirla a consigna. Implica, en el fondo, una forma de libertad interior: la libertad de no aceptar el mundo en versión resumida.

"Cossío no trató a El Greco como un “capricho” excéntrico del pasado, sino como un acontecimiento vivo"

Por eso su encuentro con El Greco no fue una simple curiosidad erudita, sino una afinidad de fondo. El Greco —exigente, ascético, desproporcionado para la mirada perezosa— parecía hecho para educar justamente lo que Cossío quería educar: la atención. Cuando en 1908 publica su gran monografía El Greco, en dos volúmenes (texto y láminas), no está solo escribiendo historia del arte. Está realizando una operación pedagógica de gran alcance.

Conviene recordarlo con claridad: aquella fue la primera gran monografía moderna dedicada al pintor de Toledo y una obra fundacional para su recepción contemporánea. Cossío no trató a El Greco como un “capricho” excéntrico del pasado, sino como un acontecimiento vivo, capaz de hablarle al presente si el espectador aprendía a mirarlo sin prejuicios. La empresa fue enorme: rastrear obras dispersas, acceder a colecciones privadas, tejer redes de colaboración, apoyarse en la reproducción fotográfica como herramienta de estudio. No es un detalle técnico. Dice mucho de su idea del saber: conocer es, muchas veces, aprender a permanecer.

El Greco no está hecho para el consumo rápido. Sus figuras alargadas, su luz que parece venir de dentro, su dramatismo sin estridencia, su espiritualidad convertida en forma, todo empuja al espectador a una experiencia que no se resuelve en un vistazo. Y Cossío, que había convertido la atención en valor educativo, encontró en ese pintor un aliado: un maestro silencioso que enseña a ver.

"Cossío defendió durante décadas el valor educativo de salir del aula: el paisaje, la ciudad, el camino, la visita"

La misma lógica atraviesa su concepción del museo. Cuando dirige el Museo Pedagógico Nacional, la idea no es exhibir reliquias escolares, sino crear un laboratorio de renovación educativa: un lugar donde la enseñanza pudiera observarse, compararse, discutirse, mejorarse. El museo como escuela de la escuela. No un mausoleo, sino un espacio vivo para afinar el oficio docente con la misma seriedad con que se afina una mirada.

En ese paisaje, las excursiones ocupan un lugar decisivo. Cossío defendió durante décadas el valor educativo de salir del aula: el paisaje, la ciudad, el camino, la visita. Ahí ocurre algo que la clase a veces pierde: la inteligencia se vuelve corporal, el conocimiento adquiere temperatura, los conceptos se adhieren a lugares reales. Se aprende con la mirada y con los pies. Se aprende porque el mundo deja de ser un esquema y vuelve a ser mundo.

Si quitamos los nombres propios y las instituciones, lo que queda sigue siendo luminoso: la convicción de que educar es formar sensibilidad y formar juicio al mismo tiempo. Hoy hablamos de alfabetización mediática, de pensamiento crítico, de competencias. Cossío lo habría dicho con menos jerga y más precisión: hay que enseñar a mirar para poder pensar.

"La pantalla nos ha dado acceso, sí, pero también nos ha entrenado en la prisa: el dedo aprende a deslizar antes de que el ojo aprenda a quedarse"

Y aquí el texto toca inevitablemente nuestro presente. Nunca hemos estado tan rodeados de imágenes ni tan habituados a pasar por ellas sin detenernos. La pantalla nos ha dado acceso, sí, pero también nos ha entrenado en la prisa: el dedo aprende a deslizar antes de que el ojo aprenda a quedarse. El problema no es la pantalla como fetiche demoníaco, sino el régimen de velocidad que suele acompañarla: notificación, impulso, reacción, siguiente.

La pantalla también puede ser lupa, archivo, comparación, detalle. Puede educar una mirada lenta si se usa a favor de la atención, no en su contra. La cuestión, como diría Cossío, no es el medio: es el modo de mirar.

¿Cómo se educa eso sin caer en el sermón? Con hábitos sencillos que parecen menores y, sin embargo, cambian el pensamiento: describir antes de opinar; obligarse a una segunda mirada; comparar dos imágenes cercanas y enumerar diferencias reales; desconfiar de la certeza instantánea. Cuando algo te indigna o te entusiasma a velocidad de rayo, no siempre es inteligencia: muchas veces es captura.

Ahí conviene hacer lo que Cossío pedía ante un cuadro: un poco de silencio, un poco de tiempo, una vuelta más.

"Y quizá su forma más intensa de estar en el mundo pueda resumirse así: la cultura como educación de la atención"

Cossío nos ofrece, sin proponérselo, una respuesta elegante a la ansiedad contemporánea: recuperar el ritmo humano del aprendizaje. Una educación que se atreve a pedir calma; que se atreve a pedir descripción antes que juicio; que se atreve a pedir segunda mirada. Porque casi todo lo importante aparece en la segunda mirada, cuando el ojo deja de ser un turista y empieza a ser habitante.

Por eso Cossío no es una figura para homenajes escolares y bustos polvorientos. Es una pregunta viva: ¿qué tipo de personas produce una escuela que no enseña a mirar? La respuesta inquieta: sujetos rápidos, pero no profundos; informados, pero no necesariamente formados; reactivos, más que reflexivos.

Cossío apostó por lo contrario. Y quizá su forma más intensa de estar en el mundo pueda resumirse así: la cultura como educación de la atención. El Greco como escuela para los ojos. El museo y la excursión como aula expandida. La mirada como instrumento moral.

Al final, lo cossiano no es una técnica: es una disposición. El maestro que no se coloca entre el alumno y la realidad como un intérprete autoritario, sino que lo guía hasta ponerlo delante de lo real —un cuadro, un paisaje, un objeto— y le susurra, con calma: mira.

Y esa palabra, hoy, suena casi revolucionaria sin necesidad de política: mira, en un tiempo que te empuja a pasar.

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