Un frío aire delgado, lleno de misterios, despeina de noche las palmeras de Vallmajor; nadie —en el tiempo rojo— se atrevía a mirar hacia aquí.
Allí residía el horror del S.I.M.; porque el S.I.M. helado había sustituido, en tiempo de Negrín, a la brutalidad ardiente de las «chekas»; era el dolor científico, estudiado. Las «chekas» tenían un ímpetu bárbaro, el culatazo, el disparo de madrugada, la carcajada, el vino. Pero en el S.I.M. existía toda la pedantería de Freud, de los laboratorios de la psicología experimental.
Toda Barcelona guarda en sus ojos dilatados, el terror del S.I.M. Sus agentes estaban en la Rambla de las Flores, en la plataforma de los tranvías, en el Metro, en el hall del Ritz; eran señoritos del marxismo, con su abrigo y su corbata de seda que delataban para no ir al frente, oficiales con su gorra de plato, las barras de oro de su jerarquía y la roja estrella del Komintern.
El S.I.M. era el crimen con fichero, el odio con funcionarios, los verdugos que sabían psicología.
Esta mañana clara he ido a Vallmajor; flotaba un cielo inocente, azul, que pedía monjas y campanas sobre el convento siniestro; habían cegado las ojivas de la iglesia con masas de ladrillos.
Por el suelo de las habitaciones el abandono cobarde de la huida; archivadores descentrados, papeles, carteras, gorras de oficiales con la corona mural, en oro, de la República, cartas con letras picudas de mujer y tintas ya secas, color violeta. En otra habitación jergones de paja, mantas ateridas de inviernos de cemento y humedad y ese retrato del hijo de un preso con su tierna dedicatoria en catalán: «A casa de l’avi Joan – 8 maig 1938». En las celdas, máquinas de escribir, lámparas de minero para la oscuridad de los subterráneos, trapos, tazas de café de madrugada, una camisa con manchas de sangre, la gorra de un marino en cuyo forro se lee «Cartagena» y libros en las mesas de los agentes, el tomo de Historia del Socialismo de Max Beer, y el folletín policíaco, para sus mentes morbosas, Lord Líster, rey de los ladrones, con su cubierta a todo color representando una cripta de ataúdes y esqueletos vestidos de rojo.
Un antiguo prisionero del S.I.M., Eugenio Zapatero, que viste ya el uniforme de nuestra artillería, ha vuelto a Vallmajor para contemplar su antigua celda. Y evoca, ante nosotros, sus terribles días ya lejanos: lentas lluvias, iguales monótonas, desde la celda cincuenta y tres, de suelo de cemento y duras y enemigas paredes amarillentas. El único consuelo de los prisioneros era el panorama luminoso del Tibidabo, bañado en una luz marinera y cuadriculado por la reja de hierro de la ventana.
Y un día la gran tragedia para los sesenta presos de la celda cincuenta y tres. Los prisioneros de guerra estaban levantando en el huerto del convento las atroces celdas de los castigos y les iban quitando el paisaje. Cada ladrillo quitaba un trozo de cielo azul, de verde pradera. Quedó la celda triste, rodeada de paredes; fue como si se descolgara un gran cuadro.
Más celdas; celdas en refectorios y salones, celdas bajo las bóvedas, celdas, celdas levantadas por los defensores de la libertad. Celdas numeradas, con jergones de paja, entre escobas y polvo, y las voces de los mineros guardianes y los gritos de agua y el rancho frío.
Toda la iglesia es un panal de celdas; el altar vacío, con la huella blanca de yeso, angélica, de las imágenes arrancadas.
Aquí, en los lavabos, murió el payés Julián Morera; entró al atardecer, tambaleándose, con el rostro monstruosamente hinchado y rotos los huesos y las frágiles ternillas de la cara; tenía quebradas dos costillas. No podía hablar; le habían apaleado con fustas de cuero y porras granuladas de perdigones, para que diese el nombre del guía que por los azules del Pirineo había pasado sus hijos a Francia. Y él se había negado valientemente.
Al anochecer entró el carcelero.
—Si no cantas, mañana repetiremos.
No pudo resistirlo; temió que el dolor le hiciera hablar; se ahorcó a media noche, en la humildad de los retretes, atando a un grifo su duro cinturón campesino y tirando con fuerza hacia el suelo.
Le recogieron a la mañana siguiente. Había muerto junto a un baño de esmalte saltado, colmado de un agua lechosa. Al levantarle, le colgaba la lengua, morada de asfixia. Los policías del S.I.M. investigaron.
—¿Qué motivos tenía para matarse?
Y el falangista Lasarte, detenido en Bourg-Madame, en pleno territorio francés, por la policía de Barcelona, les dio la clave:
—Aquí la muerte es una liberación.
En los peldaños de la escalera sentábanse los presos para la vacuna; tiritaban con el escalofrío de la fiebre y así barrían los lavabos y subían, tambaleándose, a los pisos altos, agarrándose a los barrotes de la escalera.
Las celdas rebasan el edificio, se desparraman por el jardín y la huerta.
En el jardín, frente al estanque con balconaje de hierro encendido por ásperos geranios, hay una solana donde los agentes del S.I.M. comían ante el ansia famélica de los presos.
De allí se pasa a la huerta; es una dulce huerta conventual, para paseo de monjas en primavera entre abejas y pájaros; hoy hay muertos enterrados bajo las coles y las hortalizas. Surcos de patatas y gruesas berzas, verdosas, de color de ola cantábrica, erguidas sobre robustos tronchos. Al fondo un eucaliptus, un pozo, unas palmeras. En medio de los surcos un viejo sillón granate del convento, desvencijado, saliéndole la borra por el respaldo roto.
A la derecha están las neveras; son tres celdas de helado cemento, rezumando agua de nieve. Metíanlos allí desnudos, congelándoles y temblaban los cuerpos con trallazos violetas de frío. En la cámara del «huevo» se entra por un escotillón abierto en su base. Es como estar dentro de un enorme huevo embadurnado de pez sangrienta y húmeda. Olor entre asfalto y hollín. Una luz trágica, de clínica, cae desde arriba, aumentando el negro horror de las paredes. Y allí dejaban al reo solo, absolutamente solo, entre el cielo y la tierra, en la negrura del vacío a la nada, sin que siquiera le acompañara su sombra, absorbida por la negra pez. Y el eco, que en campo abierto es burla juguetona o broma de amigos en excursión, convertíase allí en atroz verdugo encerrado. El chasquido de los labios, una ligera tos, el desdoblar de un pañuelo, se amplifica y agranda por este eco prisionero hasta aturdirlo. Allí un metrónomo con su tic-tac incansable alargaba desmesuradamente aquellas horas fuera del mundo, entre la luz y la pez negra, sin mañana ni atardecer, como arrancadas de la tierra.
Salimos; entre las coles viene un señor pálido, vestido con decente pobreza, y una señora de pelo blanco. Comentan:
—¡Cuánto crimen, Dios mío, cuánto dolor!
—En la huerta —me dice Eugenio Zapatero—, sólo estuvimos tres días en todo un año: cuando nos pintaron las celdas. Fueron tres días de vacaciones, de sol, de olor a hortalizas e insectos. Buscábamos entre los surcos, llenándonos de tierra gredosa las uñas, las patatas enterradas que comíamos crudas en las celdas. Pero por aquí pasaban, para hacer las celdas de castigo, los soldados nacionales prisioneros de Teruel y Belchite. ¡Cómo nos animaban! Nos hablaban, bajando la voz, al pasar, de Burgos, de Salamanca, del Generalísimo. Nos decían: «allí no hay hambre, y hay comedores para los niños, todo el mundo vive tranquilo», y luego nos llenaban de esperanza. «Ánimo, muchachos: ellos no nos olvidan; son más valientes que los rojos, ya están cerca. Muy pronto oiremos en Montjuich los cañonazos».
Con el señor pálido y la señora de pelo blanco, que conocen perfectamente el convento, vamos a las celdas de las pinturas; son cuatro con pequeñas claraboyas verdes.
Dentro todo un sistema científico de colores, de rayas, de volúmenes para enloquecer a los ojos, se desmontaba así al sistema nervioso como las piezas de un reloj: círculos negros, rojos, blancos, de diferentes tamaños, elipses verdes, y rayas en diagonal cortando una serie de parejas color naranja; toda la pared de un verdoso cambiante. Y un foco de viva luz iluminando un tablero de ajedrez pintado en la pared del fondo. En la puerta un montón de cubos de color ceniza con grandes sombras y marcantes espirales amarillos.
Era todo un sistema para producir el delirio.
Esos colores (que en una vista corta y curiosa, parecen simples decorados cubistas), actúan con las horas hasta encender la llama amarilla de la locura.
¿Qué ser diabólico, qué mestizo de mogol y ruso, qué anormal perverso, con el oscuro subconsciente abierto a flor del aire, imaginó paciente esos dibujos, combinó esos colores, calculando las angustias de la retina, el marco de la luz, la pérdida de equilibrio de las líneas quebradas?
Toda la inmunda decadencia oriental atizada por Moscú conspiró contra el arte de Occidente, los libros sobre el opio, los films surrealistas de Buñuel, el verso dadaísta, los lienzos de Dalí, se han hecho al fin tortura de «chekas». El prisionero está dentro de un cuadro de Picasso, martirizado por luces, líneas y colores anormales.
Para aumentar su aturdimiento, el negro suelo asfaltado se eriza de gruesos ladrillos puestos de canto y blanqueados de cal, que obligan al cautivo a posar sus pies de manera disparatada en forma de «T», con las puntas hacia dentro, uno detrás de otro… No se puede estar de pie, pero tampoco es posible sentarse y dormir. En la pared hay una especie de taburete pero con el asiento inclinado, y una caja maciza, en forma de ataúd, que finge el reposo pero también inclinada y por la que resbala el cuerpo hacia el suelo.
No es posible resistir; necesitamos salir a la inocencia de la huerta y contemplar la normalidad tranquila de un árbol para olvidarnos de esta pesadilla.
El señor pálido y la señora de blanco cabello se despiden; son el capellán y la abadesa del convento. Ella me dice:
—Son cosas del diablo.
Y es verdad: un diablo asiático, helado, de inteligente maldad ha asaltado el convento que rondara desde hace siglos y ha cambiado sus laboratorios para torturar a las almas.
Frente a Vallmajor, al otro lado de la calle, se alza el chalet de los interrogadores. Un subterráneo une los dos edificios. Allí se oyen caer las gotas de agua sobre un oscuro pozo. Y aún puede contemplarse la argolla de la que colgaban a los prisioneros de manera que la cabeza se sumergiera en el agua. Las víctimas tenían que mantenerse en una flexión atroz para no ahogarse.
En el chalet, todo está tirado por el suelo; los cartones con la mancha de tinta y el laberinto de las huellas dactilares, los retratos, las cartas y las fichas siniestras del S.I.M. con sus preguntas impresas, contestadas a mano:
—¿Quién le detuvo?
—Agentes.
—¿Hora?
—Las tres de la madrugada.
—¿Motivo?
—Actividades fascistas…
Ternura femenina de los bolsos de las muchachas martirizadas con sus nombres escritos en cartulina: Montserrat, Pilar, Hortensia, Nuria…
En una caja de cartón, puñados de condecoraciones de marinos y oficiales, recuerdos de la guerra de África, arrancados de los uniformes llenos de honor, por los viles oficiales del S.I.M. Nos extraña el gran número de gruesos cristales que encontramos dentro de unos sobrecitos amarillos; la visita a las leñeras nos da la terrible explicación.
Hay allí tres huecos de madera, estrechos y ahogados como una caja de muerto. El techo, movible, sube o baja según la estatura del condenado a fin de mantenerlo siempre encogido; la puerta se cierra pegando con la cara del reo o introduciéndole entre sus muslos una madera para separarlos. En aquella oscuridad de tumba sólo hay dos agujeros para los ojos a los cuales se aplican sendas bombillas de 500 voltios, con pantallas de hojadelata. Los gruesos cristales encontrados arriba servían, sin duda, para mantener abiertos los ojos deslumbrados de las víctimas. Algunos han quedado medio ciegos de resultas de este suplicio; otros sólo ven manchas y sombras, con sus propias pupilas quemadas.
De la mesa de un oficial del S.I.M., junto al vergajo de cuero, recojo una revista ilustrada; veo en la primera plana una vista de Ginebra y al señor Álvarez del Vayo en el momento de descender del sleeping. Abajo el dibujo de un miliciano con el fusil en bandolera, y está leyendo: «Milicianos: lucháis por la justicia y el derecho; por una humanidad mejor».


Gracias por traer a Foxá, uno de los más encantadores escritores cancelados y un personaje novelesco en sí mismo.