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Cristalín    

Hace una luz como de otoño. Es extraño, porque espero constantemente que en estas coordenadas del mapa la luz no sepa vestirse de estaciones. Espero que sea solo rayos blancos, cegadores y lacerantes. Pero el cielo se extiende ante mi escritorio como si fuera el de una región más mediterránea, y las nubes son de otoño, tienen esa cualidad que les falta en verano. Que no es otra cosa que la ausencia de ímpetu. Pero en el exterior, en este mundo, las temperaturas y los olores que imperan pertenecen al verano. Ni siquiera el viento se atreve a llevar la contraria, y cuando sopla lo hace en ráfagas que no alcanzan los diez segundos de duración. Apenas hay plantas de hoja caduca, y las que lo son se cuidan mucho de ocultar esta debilidad a las otras, a las perennes, las que les crecerán por encima a la menor debilidad. Si acaso la floración se detiene, o se prepara para detenerse. No hay mucho, realmente, que me recuerde al otoño.

"Lo único definitivo es el resultado. Que te lloré a siete mil putos quinientos kilómetros de distancia. Y que aún te lloro"

Si hay algo por lo que sé la estación que toca es porque es nuestro cumpleaños, un día de estos. Y la tristeza me inunda, se me sale por los poros, y quisiera llorar, pero entonces no sabría parar, y apenaría a quienes me quieren y quiero, pero ellos tampoco sabrían pararme, y no creo que la furia que me inundara me dejara morir ahogado, antes bien acabaría desfigurado de golpearme contra la pared. Y las tortugas me mirarían, intrigadas, sin mucha más empatía aparente. Porque no estarías tú, para hacerme reír, para que mirara tus ojos azules, como un cristal, como el cielo del invierno. No estarías para decirte que lloro porque no estás y nunca lo estarás, para pedirte perdón, para clavarme un cuchillo del codo al meñique y rajar todo lo que encuentre por en medio. Para hacer que este cuerpo sienta la mitad del dolor que siento, que tú sentiste, cuando te fuiste y no estuve. Y no pude estar. Pero eso no importa, que pudiera o no. Lo único definitivo es el resultado. Que te lloré a siete mil putos quinientos kilómetros de distancia. Y que aún te lloro. Que cada día miro tu cara tatuada en mi brazo y me siento un desgraciado. Un miserable que no supo darte las gracias. Que no pudo. Llega el otoño, incluso con el cambio climático. Dicen que ya estamos en él. Llega nuestro cumpleaños, el mismo día, un día que nunca celebré, y que ya nada me podrá obligar a celebrar. Un día en que lo único que pido es haber estado a tu lado, que me vieras ahí, que supieras que no te ibas sola. Que me iba contigo. Y ya van tres años. Y ya van cajas de valium. De tramadol. De whiskey. De ron. Qué más da si a un cuerpo de cabeza hueca nada lo tumba. Tres años, cojones, de morderme los labios, la lengua, de acariciar tu piel pintada en la mía. Ya van tres jodidos otoños en los que no sé ni cuándo llegó el verano eterno que en esta ciudad me asfixia, porque hay una parte, esa que tú calentabas, a la que enseñabas y que nos tenía enganchados a los dos por el pellejo, una parte que no salió de la parte más seca y muerta del invierno en que te fuiste. Van tres años que no sé hacer lo más simple del mundo, que es escribir un párrafo hermoso sin pena, y debe haber un nombre para esos árboles a los que alcanza un rayo y se les muere la mitad, pero la otra sigue verde, miserable, sin lo que el fuego quebró.

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