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Románov, crónica de un final

Románov, crónica de un final

Quien abra este libro encontrará, ilustrados con fotografías y textos manuscritos de la época, telegramas, cartas, fragmentos de diarios o de memorias, un interesantísimo mosaico de testimonios que refleja, como un cristal hecho añicos, los últimos meses de la vida del zar Nicolás II y su familia y, quizá más importante, aunque de manera indirecta, los primeros del fin del imperio y del inicio de la revolución. La historia es, al menos a grandes rasgos, conocida: el zar Nicolás II tiene la ingrata tarea de dirigir Rusia durante la guerra ruso japonesa —saldada con una vergonzante derrota para Rusia—, durante la insurgencia revolucionaria desde principios de siglo, la Primera Guerra Mundial —que se convierte en una masacre para millones de trabajadores reclutados a la fuerza, el hambre y la miseria provocados por la guerra y por el caos en la producción agrícola e industrial—, y finalmente la revolución bolchevique. Como epílogo que horrorizó a los contemporáneos europeos, el asesinato del zar, de su mujer, de sus cuatro hijas, y del zarévich, el muy joven y enfermizo Aléxei, e incluso de varios de sus sirvientes. No se trató de un acto bárbaro realizado por masas enfurecidas: el asesinato lleva el sello del Presídium del Sóviet de los Urales y, años después, Trotsky, como figura en este libro, anotó en su diario que había sido una decisión “racional y necesaria”.

"Alejandra estaba acostumbrada a influir en las decisiones políticas de su marido, influida ella a su vez por el odiado Rasputín antes de que fuera asesinado"

Pero este libro no explica esos grandes acontecimientos, sino que nos permite adentrarnos en los pequeños detalles de la vida cotidiana de la familia del zar, sobre todo durante su encierro impuesto por los revolucionarios, primero en uno de los palacios del zar, Tsárskoye Seló, luego en Tobolsk, en Siberia, y después en Ekaterimburgo. Descubrimos la extraordinaria ternura de la zarina Alejandra hacia su marido, y también, aunque resulte mucho más parco, la de él, que la llama Solecito y Solecito Lindo. Ella le escribe, ya antes de que el zar sea obligado a abdicar, contándole con detalle lo que sucede en la familia: las enfermedades de los niños, cómo evoluciona la fiebre de cada uno, las visitas que reciben, sus rezos, el deseo de que puedan reunirse pronto y abrazarse. Pero también, y así nos vamos formando una idea del carácter de la mujer, le escribe para que muestre firmeza en esos tiempos de crisis: “Pero, querido mío, ¡sé firme!, ¡muestra tu mano poderosa, es lo que necesitan los rusos! Tú nunca has perdido la oportunidad de demostrar amor y bondad; ahora dales a sentir tu puño. Ellos mismos lo piden. Cuántos me han dicho hace poco «necesitamos un látigo»”.

También nos damos cuenta de que Alejandra estaba acostumbrada a influir en las decisiones políticas de su marido, influida ella a su vez por el odiado Rasputín antes de que fuera asesinado, lo que la volvió poco popular (en realidad ya lo era por su ascendencia germánica). Y descubrimos, por mi parte con perplejidad, su absoluta indiferencia por la suerte de sus súbditos. Les importan Rusia, la religión y la autoridad del zar. Dicen amar a su pueblo, pero sólo cuando éste se humilla y los alaba. Pero el pueblo no olvidaba que el día de la coronación del matrimonio como zares miles de personas humildes murieron en una estampida y que, después de la tragedia, la pareja imperial se fue a un baile organizado por la embajada francesa. Tampoco olvidaría que los soldados dispararon a miles de civiles desarmados que se dirigían a palacio con la esperanza de que el zar escuchase sus demandas.

"Paradójicamente, ese hombre al que la zarina había insistido en colgar —Kerensky—, fue quien intentó salvar la vida de la familia imperial enviándola al exilio"

Esa ignorancia de lo que el pueblo sentía y necesitaba se transparenta en una de las cartas de Alejandra, en la que se refiere a los disturbios provocados por el hambre en febrero de 1917: “Es una gamberrada, los chicos corren y gritan que no tienen pan —tan solo para agitar—, y los obreros impiden que otros trabajen.”

Profundamente religiosa, enamorada de su marido, muy preocupada por su familia (sobre todo por Sunny o Baby, como llaman al heredero), pero también inestable, dura, aficionada a mandar; esa es la imagen de Alejandra que se desprende de estos textos, y que confirma en su diario Kerensky, el primer ministro del gobierno provisional instaurado tras la abdicación; paradójicamente, ese hombre al que la zarina había insistido en colgar, fue quien intentó salvar la vida de la familia imperial enviándola al exilio.

"Al leer estos textos, también los de las hijas y los sirvientes, la impresión principal es que la familia imperial nunca llegó a entender su país y que despreciaban a sus gentes humildes"

Nicolás II, por su parte, se revela como una persona insípida: hombre también muy piadoso, que pretendía detener los impulsos democratizadores en el país y mantener la autocracia, inseguro a pesar de su poder y de su defensa de un gobierno autoritario, narra en sus cartas y telegramas minucias repetitivas: si hace calor o frío, si llueve o no, cuántos árboles han talado, el título del libro que ha leído. Pero también trasluce, de vez en cuando, su malestar, su amargura, su rabia por las humillaciones a las que le someten sus custodios.

Al leer estos textos, también los de las hijas y los sirvientes, la impresión principal es que la familia imperial nunca llegó a entender su país y que despreciaban a sus gentes humildes. Ni una sola palabra de compasión, ni una de aprecio; en todo caso, de desprecio hacia el aspecto vulgar de los soldados. Preocupados por sí mismos, por la familia, por la religión y por la patria (esa patria que es un concepto sin encarnar, que no incluye a cada ciudadano y sus problemas), no veían mucho más allá de las vallas que rodeaban sus palacios. Al final, la violencia con la que el zar reprimió las protestas de su pueblo se volvió contra él, contra su familia y sus sirvientes, incluso contra sus perros: sólo uno de ellos, Joy, un springer spaniel, sobrevivió al ajusticiamiento.

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Título: Románov, correspondencia y memoria de una familia. Crónica de un final: 1917-1918. Traducción: Tatiana Shvaliova, en colaboración con Ezra Alcázar. Editorial: Páginas de Espuma. Venta: Amazon, Fnac y Casa del libro