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Trabajadores del hierro

Trabajadores del hierro

Una vez hubo superado la necesidad de protegerse de la naturaleza, el hombre puso todo su empeño tectónico en desafiarla, irguiendo torres y construyendo puentes. Como Ícaros irreverentes, más allá del mero sentido utilitario, ansiamos subir más alto y cruzar más lejos.

"Gay Talese nos trae una historia de episodios de osadía, valor y competición, que recogió durante los cinco años que empleó la construcción de este puente, un alarde técnico de la historia de la ingeniería"

El tendido de un puente implica la unión de dos lugares separados por la naturaleza, una unión increíblemente suspendida sobre el vacío que, por otro lado, a veces no es deseada por ambas partes. Tal era el caso de Brooklyn y Staten Island, cuando en 1954 el puente Verrazano-Narrows cosió dos realidades sociales tan diferentes, conformando una extraña fisiología urbana y una nueva anatomía de su paisaje, desde entonces  zurcida y en común. Se habían roto las distancias y acercado las miradas lejanas, anhelantes o desconfiadas, según fuesen de un lado a otro. Lo que en Staten Island simbolizaba la esperanza y el progreso, en Brooklyn significaba destrucción.

Gay Talese nos trae una historia de episodios de osadía, valor y competición, que recogió durante los cinco años que empleó la construcción de este puente, un alarde técnico de la historia de la ingeniería, que sigue siendo el puente colgante más largo de Estados Unidos, suspendiendo 188.000 toneladas de acero en una luz central de 1.298 metros.

Pero ésta no es la historia de los ilustres pontífices, los pontifex (pons+facere), aquellas autoridades que con un halo sacro podían osar la construcción de artificios colgantes para cruzar el divino Tiber.

Tampoco ésta es ya sólo la historia de esos intrépidos ingenieros que, como Othman H. Ammann, James B. Eads,  John A. Roebling o David Steinman, alentados por el “un poco más lejos y más alto”, trabajaban en una empresa que más tenía en común con la competición que con la evolución. Vencedores, para ellos eran los laureles de todo un país. Pero como resultasen vencidos, el precio de sus errores de cálculo era el olvido, hundidos con sus puentes en el río de una durísima derrota, pero que a su vez afilaba la experiencia matemática de todos los que volvieran a intentar batirse con la gravedad.

"Esta es la historia de los Boomers, esa extraña mezcla de funambulistas y obreros que se enrolaban en la aventura de cada nuevo boom, hoy una gran torre en Manhattan, mañana un largo puente en San Francisco"

Esta sí es sobre todo la poco habitual historia de todas aquellas manos tan recias como anónimas que intervinieron en su construcción. Las de todas aquellas personas que con su sudor e incluso con su propia vida hicieron posible transformar el cálculo y la teoría física en materia ordenada y estructurada.

Es la historia de los Boomers, esa extraña mezcla de funambulistas y obreros que se enrolaban en la aventura de cada nuevo boom, hoy una gran torre en Manhattan, mañana un largo puente en San Francisco. Heroicos trabajadores del hierro en una era en la que este metal ya no se emplea sino transformado en acero pero que, orgullosos, mantienen su histórico nombre, como una categoría gremial. Pioneros que ya no cruzan el país en carretas sino en enormes Cadillac y Oldsmobile para regresar tan veloces como bebidos al encuentro de sus familias en las reservas cada fin de semana.

"La estructura del puente se construye sobre una resistente cimbra humana. La construcción es un hecho colectivo"

Talese les pone nombre a todos ellos y nos cuenta cómo, si de una faraónica obra se tratase, la estructura del puente se construye sobre una resistente cimbra humana. La construcción es un hecho colectivo. Habitualmente la abreviamos quedándonos en su cabeza, pero se ramifica a través de una serie de agentes engranados, cada uno con una misión imprescindible. Desde los punks que suben el café al resto, hasta el grito de mando del mismísimo capataz, «Hueso» Murphy, que resuena incuestionable en toda la obra, pasando por ensambladores, remachadores, calentadores, catchers, ensartadores, presionadores, o furiosos jefes andantes, el libro explica la función y el enorme riesgo de todos ellos en relación al sistema y proceso constructivo.

Como adenda cabe señalar que siendo un momento el nuestro en el que la imagen de un resultado final parece ser mucho más importante que el proceso, resulta fascinante la extraordinaria riqueza documental que contienen las fotografías de obra incluidas en el libro. En ellas la estructura del puente se muestra en su plenitud, y desde luego con mayor intensidad en su fase constructiva que incluso en su estado final. La dureza del proceso de obra, la eficacia del sistema constructivo y la monumentalidad dimensional se muestran aquí con todo su drama y extrema dificultad.

"Sigue sorprendiéndonos aquella pregunta de Buckmister Fuller: ¿Cuánto pesa su edificio, Mr. Foster?"

Además de para poner cara al riesgo, al carácter y a la fuerza de todos los personajes que figuran en los distintos relatos, la importancia de estas fotografías reside en que gracias a ellas somos capaces de dar escala a los titánicos datos sobre la construcción del puente que el libro va arrojando en paralelo. La escala es la relación entre dos objetos, y con el fundamento de la comparación podemos llegar a hacernos una idea de la dimensión de algo. Pero si curiosamente el campo de fútbol es el canon con el que hoy se pretende hacer inteligibles las medidas lineales al hombre, peso, volumen, fuerza, tensión, resiliencia, son conceptos que siguen escapando de nuestro alcance imaginativo. Por ello sigue sorprendiéndonos aquella pregunta de Buckmister Fuller: “¿Cuánto pesa su edificio, Mr. Foster?”.

En El puente, las impresionantes fotografías de Bruce Davidson,  Rich Niewiroski, o de la misma MTA Bridges and Tunnels nos enseñarán lo que suponen 75.000 m3 de hormigón y el drenaje de 131.000 m3 de barro y arena a 52 metros bajo el agua, necesarios para construir el cimiento de la torre de Brooklyn; a sentir lo que supone sobre dicha torre una tensión de 109 millones de kilos, ejercida por los cuatro cables de acero del puente; y que a su vez cada uno de estos cables contiene 58.000 kilómetros de alambre del grosor de un lápiz.

Este es el didáctico papel que adquiere en el libro el documento gráfico añadido al informativo, el de ayudarnos a construir un valor mental y subjetivo para cada dato físico de una obra de ingeniería muy lejana y superior a la escala del hombre.

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Autor: Gay Talese. Título: El puente. Editorial: Alfaguara. Venta: Amazon, Fnac y Casa del libro

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