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Crónicas de Danvers (IV): Mecachis, Conchi

Crónicas de Danvers (IV): Mecachis, Conchi

Paqui mira pensativa a sus amigas mientras Conchi reparte cartas. Todos los sábados, en cuanto terminan los toros, se avían, agarran el bolsillo y acuden a la cafetería del pueblo cogidas del brazo. Meriendan poco, que hay que hacer apetito para la cena: cada una su descafeinado de sobre con leche y un sándwich mixto. Y luego, si se alarga la partida, un anís. Menos Conchi, que ahora que está sola es muy feminista y se toma un orujo, para que vean que ella aguanta igual que un hombre y que no los necesita para nada.

Está revirada últimamente Conchi. Desde que su marido se marchó, no ha vuelto a ser la misma. Fue tremendo aquello: cuando su amigo Manolo murió de covid, Felipe se asustó, sintió la urgencia de vivir más intensamente y dejó a Conchi por la manceba de la farmacia. Desde entonces, a Conchi le molesta todo, desde el color oscuro de su nueva vecina Berta —quien, por cierto, peina como los ángeles y está sentada con su familia en la mesa de al lado— hasta la tristeza de Henar, a la que a veces habla mal. Y Henar está muy triste, porque es la viuda de Manolo.

"Bendita juventud, bendita amistad, y bendita capacidad para beberse todos esos botellines de cerveza, ¡Jesús!"

Hoy ha habido toros y han participado como novilleros los dos nietos de Henar, que lo ha pasado fatal, la pobre. Por eso se ha tenido que tomar dos copitas de anís en vez de una, está un poco torpona y Conchi no perdona ocasión de ser ácida con ella. Mecachis, Conchi, así no.

Observa la sala y más allá ve a Raúl Santos, el gitano de siempre —qué guapo sigue siendo—, y al fondo a los reporteros que han venido a ver la corrida: la morena esa que han sacado en la tele, la otra, y los chicos que parecen tan majos. Están aquí tan normales, y luego van y ¡salen en la tele! Lástima que no la hayan sacado a ella, siempre ha pensado que daría bien en pantalla. Y seguro que es mentira lo de que la tele engorda. Deben de estar hablando de algo divertido, porque gesticulan mucho y ríen a carcajadas. Bendita juventud, bendita amistad, y bendita capacidad para beberse todos esos botellines de cerveza, ¡Jesús!

Conchi corta en seco sus divagaciones, amarga:

—Una cosita, Henar, que das tú y se me está enfriando la merienda, a ver si espabilamos y de paso vamos aprendiendo un poquito a sumar, que has contado mal —se gira y ordena, seca—. Tráeme un orujo, anda, que esto va para largo.

Paqui arruga los ojos ante la impertinencia y observa al chaval que trae la bandeja con el vasito y la botella. Cuando llega a la mesa tropieza sin querer, se le cae la bandeja al suelo y la botella se rompe casi en los pies de Conchi, dejándole las medias y los zapatos empapados.

Es el hermano pequeño de los dos novilleros que han salido hoy al ruedo. El otro nieto de Henar.

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