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Crónicas de Danvers (XVIII): La montería

Crónicas de Danvers (XVIII): La montería

La finca de los Robles es un hervidero de actividad: acaba de abrirse la veda tras el puente del Pilar y se va a celebrar la montería anual. Mientras los hombres, con el marqués a la cabeza, están en el porche revisando los planos de la mancha, preparando el sorteo de los puestos y hablando de perros y de lances legendarios, las chicas de Valdepenín han subido a ayudar en la cocina. Vienen capitaneadas por Clarita, que aquí está a sus anchas y domina la situación perfectamente. Tiene instrucciones muy precisas de doña Mercedes, que estaba cocinando con ella, pero ha tenido que salir un momento —ha recibido una llamada de su sobrino Álvaro, que no sabe si viene o no, por lo visto lleva unas semanas desaparecido— y no quiere fallarle. El desayuno se servirá al amanecer, y las migas no tienen ninguna dificultad para ella, así que está preparando la comida para cuando vuelvan de cazar: un guiso de garbanzos, una carne estofada y unas natillas de postre, aunque don Alfonso es muy de pedir quesos con frutos secos al final.

"Está muy rara Filo, muy seria, casi antipática, desde que vino a merendar con su tía Isabel"

Filo, a la que no veía hace mucho tiempo, está organizando las mesas con su hermana Paqui, que lleva unos días con ella. Está muy rara Filo, muy seria, casi antipática, desde que vino a merendar con su tía Isabel. Están pasando cosas en esa casa y ella no termina de entender, aunque tiene muy claro que su tía no está bien. Siempre va muy abrigada, aunque haga calor, hay días que cojea, días que le cuesta respirar y días en los que no se levanta del sofá. Pero nunca se queja ni le cuenta nada, y si le pregunta se enfada. Todo comenzó con la primera visita de don Lorenzo Aguilar, que al principio la ignoraba, pero que últimamente, cuando se despide de su tía, la mira demasiado. Le da miedo.

De pronto, un ruido espantoso en el comedor la saca de sus pensamientos y sale corriendo de la cocina: a una de las mesas se le ha partido una pata y al caer han volado platos, cristales, cubiertos y flores. Filo, Paqui y el resto de las chicas se afanan en limpiar el destrozo, y ella sale a buscar a algún hombre que pueda arreglarlo. Pero no hay nadie fuera, parece que han ido todos con el perrero a ver a los animales. Bueno, sí queda alguien. Al fondo, junto al portón, hay una furgoneta blanca vieja, y apoyado en ella, un gitano que fuma en silencio.

"Alfonso, el marido de Mercedes, se acerca al gitano, le paga lo que considera, y añade una buena propina, que mañana es un día importante y no quiere contratiempos"

Mercedes Guzmán, marquesa de Robles, vuelve al pabellón. Al entrar es informada del incidente, felicita a Clarita por su rápida intervención y se acerca al comedor para dar las gracias personalmente al manitas que ha ensamblado la mesa y ya de paso, encolado varias sillas. Debajo de una de ellas, asoman unos rizos canos perfectamente peinados, y cuando Raúl Santos levanta la cabeza y mira hacia arriba, se les encoge el corazón a los dos al contemplarse tan de cerca, después de tanto tiempo. Mercedes no es capaz de abrir la boca y se miran muy largo y muy en silencio hasta que Clara, inconsciente, sale al quite y le ofrece un café. Él dice que no con la cabeza, todavía mirando a Mercedes, como si no hubieran pasado casi cincuenta años. Se rompe el hechizo cuando se oyen las voces de los hombres que regresan. Alfonso, el marido de Mercedes, se acerca al gitano, le paga lo que considera, y añade una buena propina, que mañana es un día importante y no quiere contratiempos. Con la mano en el hombro de su mujer, la lleva hacia fuera y ella se deja hacer.

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