Se ha dicho muchas veces que la República de Weimar murió dos veces. La asesinaron y se suicidó. El asesinato, el asalto violento, es más conocido: ha sido narrado, filmado e interpretado en múltiples ocasiones. Hitler juró destruir la democracia desde dentro y así lo hizo. Esta es la historia, en cambio, de un fracaso político, de un suicidio de Estado. La gran destreza y principal cualidad de este libro pasa por explicar con claridad cómo se produjo ese complejo proceso de quiebra y de disolución interna, sin recurrir, como se ha hecho tradicionalmente, a la violencia como factor único y determinante.
Gracias al trabajo intensivo de fuentes de archivo, sobre todo electorales y policiales, Ryback consigue mostrar cómo actuaron y se retroalimentaron esos acontecimientos, fracturando aún más el contexto social y político ya dividido desde la omnipresente crisis económica de fondo de 1929. A través de la prensa y la radio, aunque en menor medida, y de la documentación administrativa y judicial, el libro nos traslada a aquellos días de plena incertidumbre. Pero, no lo hace para dar una simple panorámica retrospectiva. El autor, a través de la narración, trata de situarse en los distintos puntos de vista con los que el electorado medio alemán percibía aquella realidad cambiante. Mientras los titulares de los grandes periódicos nacionales e internacionales dan por muerto a Hitler o cuando menos estancado, la prensa y las radios locales comienzan a hacerse eco de sus mítines por todo tipo de pueblos y localidades pequeñas. El seguimiento de sus noticias y viajes, sin embargo, comienzan a ser replicadas en cada uno de los 1600 medios locales agrupados dentro de las grandes empresas de comunicación nacionalistas conservadoras. Usando este tipo de paradojas, cambiando de escala, el relato se adentra también en la perspectiva de Hitler y sus más cercanos colaboradores. Al mismo tiempo que crece el nerviosismo entre sus fieles por una campaña electoral permanente que está hundiendo las arcas del Partido (Goebbels anota las cifras en su Diario), Göring deja sin turno de palabra al candidato y su principal rival a la cancillería del Reichstag. Antes de tener la llave de todos los resortes del poder, los nazis controlan el tiempo de la tramitación parlamentaria. La realidad es que tienen (y así lo sentían ellos mismos) un enorme respaldo social, como muestra la protesta general por la imposición de la pena de muerte a los jóvenes alemanes acusados de asesinar en una pelea al polaco Konrad Pietzuch, cuyo juicio fue seguido con multitud de desórdenes públicos por toda Alemania. El caso muestra cómo la herida de Versalles, lejos de estar cerrada, seguía sangrando no solo entre los nazis y los excombatientes, y canalizaba una movilización paramilitar sin precedentes. De los comunistas y socialdemócratas a los partidos nacionalistas y de derechas, en todos los pueblos y ciudades alemanas, el odio, los crímenes, los altercados terminados en muertos, superaban los recintos medievales de las viejas capitales de provincias y detenían el tráfico cotidiano de las grandes avenidas de las capitales federales. La gran diferencia es que los nazis supieron sacar más rédito político de aquella situación, convirtiéndose en víctimas de la violencia que ellos mismos fomentaban, dentro de un bucle electoral continuo.
En menos de un año, abril de 1932 y enero de 1933, se celebraron tres elecciones en Alemania. En las presidenciales de abril, Hitler perdió de manera abrumadora ante Paul von Hindenburg. En las generales de julio, el Partido Nazi, que aspiraba a la mayoría absoluta, fue el más votado, pero se quedó en el 37,3% de los votos, porcentaje insuficiente para formar gobierno. En las de noviembre otra vez ganó el partido nacionalsocialista, aunque con 34 escaños menos que en las de julio, por lo que quedó todavía más lejos de formar gobierno. Hitler había perdido dos millones de votos y su partido estaba agobiado por las deudas. Sin embargo, apenas dos meses después es nombrado canciller. La gran coalición conservadora naufraga. Tras destituir a sus líderes, Papen y Schleicher, Hindenburg, el gran mariscal de campo, deja de oponerse al innombrable, al cabo Hitler, siempre que se mantuviera dentro de la constitución.
Tres semanas después de las elecciones de enero de 1933, el Reichstag promulgó una ley habilitante que facultaba a Hitler y sus ministros para aprobar leyes y hacerlas cumplir. Al año siguiente, el presidente Hindenburg fallecía. Ese mismo día, Hitler fusionó la presidencia y la cancillería, instaurándose como jefe de estado y de gobierno, un acto final en el que cumplía su promesa de desmantelar el sistema democrático, pero manteniendo intacta la constitución de Weimar que tanto había criticado en los años anteriores. La Constitución de 1919 quedó como testimonio de la fragilidad del imperio de la ley, como nos recuerda su artículo primero “el poder político emana del pueblo”.
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Autor: Timothy W. Ryback. Título: El ascenso de Hitler al poder, 1932-1933. Traducción: Alejandro Pradera. Editorial: Galaxia Gutenberg. Venta: Todos tus libros.


La República de Weimar adoptó una Constitución suicida al consagrar en su texto la posibilidad de establecer una Dictadura y abolir así la República con el expediente de una situación de emergencia y la aprobación de una ley de poderes extraordinarios para El Ejecutivo. El camino que recorrió Hitler para imponer su autocracia. La República de Weimar nació por la derrota de Alemania en la Gran Guerra Europea (en 1941 rebautizada Primera Guerra Mundial) y por imposición de los vencedores. Adoptaron una Constitución Política de régimen parlamentario más propio de Monarquía Constitucional que de una República, por esto el Presidente de la República tenía poderes propios de un Monarca en una Democracia Parlamentaria, ésto fue otro grave error. Y quizás Alemania suicidó su Democracia al elegir como Presidente de la República al Mariscal Paul von Hindenburg, no solo un monárquico confeso, también un militar que participó en la invención de la supuesta “puñalada por la espalda” para justificar la derrota de Alemania en la Primera Guerra Mundial para intentar librar de culpas al militarismo prusiano que envenenó a toda Alemania. No existió tal “puñalada a traición” simplemente Estados Unidos en 1917 inclinó la balanza del triunfo a favor de Gran Bretaña y Francia y nada podía hacer Alemania ante el poderío industrial, económico y militar de Estados Unidos, ya la primera potencia mundial. Alemania ya padecía hambre y de no rendirse sufriría hambruna y sus fuerzas militares serían masacradas, por esto el Alto Mando Militar urgió al genocida Guillermo II que pactara tregua, armisticio o rendición y para evitar rendir cuentas y evadir responsabilidades, inventaron el cuento alemán de “la puñalada por la espalda”. Los jefes militares de Alemania pensaron en ellos y no en Alemania y por esta razón Hindenburg le facilitó el ascenso al poder al austríaco Adolf Hitler en el país más racista de la racista Europa de la época, el que perpetró el primer Genocidio del siglo XX contra los Hereros y Namas en 1904-1908 en la actual Namibia cuando era colonia africana de Alemania. Lo seguía en ese cartel de la vergüenza genocida la Bélgica del Rey Leopoldo II (de allí tomó nombre Leopold Bloom en el Ulises de James Joyce) el criminal genocida que masacró el Congo Belga y no fue enjuiciado ni castigado por sus crímenes, al contrario vivió en una impunidad de opulencia y boato en lugar de conocer la horca, el pelotón de fusilamiento, la guillotina o el garrote vil. Otra prueba que vivimos en un mundo bárbaro, salvaje y profundamente injusto, donde los inocentes son asesinados y los asesinos viven en la impunidad. Allí está la Franja de Gaza, los Palestinos y Benjamín Netanyahu para reiterarlo.