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Crucifixión o libertad

Quince escritores, reunidos por Sergio del Molino, cuentan Historias del Camino en este Año Jacobeo. Este nuevo libro gratuito de Zenda —el quinto en colaboración con Iberdrola—, que lleva por subtítulo Ficciones y verdades en torno al Camino de Santiago, incluye relatos de Rosa Belmonte, Ramón del Castillo, Luis Mateo Díez, Pedro Feijoo, Ander Izagirre, Manuel Jabois, José María Merino, Olga Merino, Susana Pedreira, Noemí Sabugal, Karina Sainz Borgo, Cristina Sánchez-Andrade, Ana Iris Simón, Andrés Trapiello e Isabel Vázquez. 

El libro, que no estará a la venta en librerías, está editado y prologado por Sergio del Molino, coordinado por Leandro Pérez y Miguel Munárriz y la ilustración de la portada es de Ana Bustelo. La versión electrónica de Historias del Camino podrá descargarse de forma gratuita en Zenda desde hoy. A lo largo de los próximos días, además, en Zenda iremos publicando los diferentes relatos que pueblan el libro.

Hoy es el turno de Rosa Belmonte y de su relato, titulado «Crucifixión o libertad».

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Crucifixión o libertad

A principios de los años 2000, en ABC me propusieron hacer el Camino y luego escribir sobre mi experiencia. Pues como si me hubieran querido mandar a la guerra a que me violaran (no tengo ninguna afición por ese periodismo; por ninguno, en realidad). Me horrorizó tanto la propuesta como cuando, mucho después, Emilia Landaluce me dijo que para la sección “Probando voy” que hacíamos en el periódico me apuntara una app de citas. Sí, hombre. Entre las cosas que nunca he querido hacer están el Camino de Santiago, el Rocío (adonde Emilia también me ha querido mandar) o buscar novio, ligue o lo que sea. Con aplicación o no. A mano o a máquina. Quedar con un desconocido, vamos anda. Claro que también me horroriza ir a ver a Alejandro Sanz y lo he hecho varias veces. Tampoco se puede decir que no a todo en el trabajo, sobre todo si el tipo va a cantar a cuatro calles de la tuya. No voy a decir que fuera una experiencia religiosa (también he tenido que ir a ver a Enrique Iglesias), pero el hecho de no entender una palabra de lo que Alejandro Sanz cantaba me hacía sentirme en algún tipo de ceremonia extraña. Contemplando y escuchando a alguien que balbuceaba un idioma de los que Linda Blair practica en El exorcista.

Del Rocío veo fotos de una majestuosa Carmina Ordóñez vestida de rojo y lo que pienso es que para ir hecha un adefesio no voy. Es lo bueno del Camino, que puedes ir desaliñada. Vale que Karl Lagerfeld decía que el desaliño y la mediana edad son incompatibles, pero tampoco estaba el hombre pensando en el Camino.

Por suerte, en ABC me propusieron para aquel verano el Camino y otra cosa. Crucifixión o libertad, como en La vida de Brian. Ni siquiera me acuerdo de qué era esa otra cosa que sí haría. En todo caso sería escribir sin ir a sitio alguno. Lo que a mí me gusta. El ideal es siempre escribir algo como Viaje alrededor de mi habitación, de Xavier de Maistre. Porque soy muy partidaria de Pascal en lo de que «todas las desgracias del hombre se derivan de no ser capaz de estar tranquilamente sentado y solo en una habitación». Pero de rechazar el Camino me acuerdo. Luego lo hizo una escritora de cuyo nombre no me acuerdo. De vez en cuando algún amigo sale con la idea de hacer el Camino. Andando, en bicicleta. Organizando dormir en buenos alojamientos. No yendo a albergues, que qué necesidad (hace tiempo que no salgo de mi casa si no es para estar como mínimo igual de cómoda). La última proposición ha sido hacerlo a caballo. Con todo lujo. Pero no se trata de la vulgaridad del lujo frente a las penurias. Se trata de que a mí el Señor no me ha llamado por la cosa, ya no digo religiosa, sino espiritual, como a, no sé, la muy mística Shirley MacLaine. Tampoco me ha hecho pelirroja.

Pero soy culturalmente católica, eso no me lo quita nadie ni quiero que me lo quite, y claro que he acompañado muchísimas veces a la Virgen de la Fuensanta en romerías a su santuario. O me he echado a la calle a verla pasar. El 11 de septiembre de 2001 volvía la patrona al monte y yo, harta ya de escribir lo mismo todos los días en la feria taurina de Murcia, le pedí, entre pétalos de rosa que le caían de los balcones y gritos de «¡Viva la Virgen de la Fuensanta!», «¡Viva nuestra capitana!» (este es el que siempre me ha gustado más, y cuando veo Ley y Orden: Unidad de Víctimas Especiales también se lo grito a Olivia Benson), le pedí, digo, que pasara algo, algo nuevo, que ya no sabía de qué escribir. Por supuesto, esa tarde hubo corrida, pero no se hablaba de otra cosa. Antes, durante las faenas y mientras se merendaba.

Pero si Conchita, la del Deluxe, me sometiera a su polígrafo y me preguntara si he hecho alguna vez el Camino de Santiago, no sé qué saldría. Lo mismo después de decir yo que no muy campanuda, ella haría una pausa y clamaría: «¡Miente!». Porque alguna etapa he hecho, pero eso no se puede homologar en ninguna facción del caminismo. En un cajón tengo una gorra de Panama Jack con un sello de Roncesvalles. Porque algún tramo he hecho con la Ruta Quetzal, con Miguel de la Quadra. Más de uno. O he llegado a Santiago en una última etapa o he hecho otras. Y sí, recuerdo haber estado en Saint-Jean-Pied-de-Port. Esto fue en 2006. Recuerdo la Mesa de los Tres Reyes y el alto de Ibañeta. Y haber estado en la colegiata de Roncesvalles, donde me estamparon, como a todos los chicos de la Ruta, el sello de peregrina del Camino de Santiago que sigue en mi gorra. Y haber ido después a las cuevas de Zugarramurdi y comer zikiro (cordero pastenco). De eso es de lo que más me acuerdo. Del asado y del sitio. Qué sitio.

Que lo mismo un día hago el Camino, me caigo del caballo, aunque vaya andando. Pero soy bastante escéptica (y muy gandula). He visto un libro titulado El camino de Santiago para mayores de 75 años, de Santiago Oropesa. Cualquiera sabe. Esto es como Terelu Campos con una menopausia precoz diciendo que qué demonios, si yo estoy buena, y aceptando hacerse un Interviú. De aquella manera, claro, pero un Interviú. Y esta no es ninguna certeza sino mi hipótesis de por qué hizo ese recordado posado. Lo mismo cuando tenga 75 años, si los llego a tener y sigo en forma, decida que estoy muy bien y que voy a hacer el Camino. A la vejez. A lo mejor entonces ya no existen los periódicos. De momento, es algo que siempre voy a posponer. Es una idea tan estimulante como la del suicidio. Quiero decir, una cosa que siempre puedes dejar para mañana.

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VV.AA. Título: Historias del Camino. Editorial: Zenda. Descarga: Fnac y Kobo (gratis).

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Pepehillo
Pepehillo
6 meses hace

Yo, yo, yo y yo.