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La mancha roja, un cuento de Luisa Valenzuela

La mancha roja, un cuento de Luisa Valenzuela

Entre los días 6 y 10 de junio el Instituto Cervantes celebrará Benengeli 2022, Encuentro Internacional de las Letras en Español, con la participación de unos 50 escritores del ámbito de la lengua española y con el realismo (sean o no sean realistas sus obras) como tema de base. Benengeli 2022, desarrollado por la sección de literatura del Instituto Cervantes y comisariado por Nicolás Melini, tiene lugar de manera presencial en 5 ciudades de 5 continentes (Sidney, Nueva Delhi, Toulouse, Dakar y Chicago), y en otras tantas por medio grabaciones de vídeo y de podcast de radio (Buenos Aires, Lima, Bogotá, Caracas, La Paz, San Juan de Puerto Rico, San José de Costa Rica, Ciudad de Panamá, Santa Cruz de La Palma, Las Palmas de Gran Canaria, Sevilla y Madrid). Las actividades de Benengeli 2022, que toma su nombre del personaje historiador que Miguel de Cervantes ideó para que divulgara las andanzas de Don Quijote, Cide Hamete Benengeli, se podrán disfrutar en la web del Instituto Cervantes: www.cervantes.es.

Zenda publica en las semanas previas al encuentro 5 propuestas de 5 de los autores invitados. En esta tercera entrega, presentamos “La mancha roja”, de Luisa Valenzuela.

***

LA MANCHA ROJA

Raro que a un comisario le interesen las artes plásticas, por más retirado que esté. Pero Masachesi era así, un tipo raro a decir de sus colegas; o más bien fiel a sí mismo, cosa rara en la fuerza policial. Por eso mismo aceptó un retiro temprano, cuando ya no le permitieron dedicar su tiempo a investigar los crímenes en su seccional, de eso se ocuparía la flamante “policía científica” que eran unos fatuos inoperantes, y él, el comisario más respetado, debía limitar su empeño a reprimir manifestaciones opositoras. Se sintió indigno y sucio y aceptó la media jubilación que le ofrecieron con tal de sacárselo de encima. ¡Chau Respetado! lo saludaron sus colegas con cierto desdén cuando él se despidió de la comisaría para siempre.

Pero para siempre no, entendió esa misma mañana cuando leyó en el diario que acababan de inaugurarse una galería de arte casi frente a su antigua seccional, y allí exponía un viejo y talentoso pintor oriundo del barrio.

Masachesi vio su oportunidad. Más de una vez había intentado llevar a su querido nieto Ismael de visita a diversas galerías y museos, y el chico se había resistido como gato panza arriba según propias palabras Ahora no se resistiría, tenía el señuelo perfecto. Irían a la galería, sí, y prometé no hinchar diciendo que te aburrís, mirá bien los cuadros, tratá de interesarte y en premio te llevo a la comi a saludar a los muchachos y les podrás preguntar lo que quieras y hasta ver de cerca un arma reglamentaria. Porque el pequeño Ismael, de decididos siete añitos, no quería ser pintor, no. Quería ser comisario como su abuelo, ¡porca miseria!

Grandes cuadros gigantescos, hiperrealistas, como gigantografías. Ese viernes por la tarde, Masachesi de traje y corbata e Ismael con su mejor jean y su peor expresión iban avanzando lentamente por la galería, deteniéndose ante cada obra, el abuelo queriendo compenetrarse mientras el nieto miraba para otro lado buscando una vía de escape. Hasta que llegaron a una pintura asaz macabra con un cartelito que rezaba El crimen perfecto, óleo sobre tela. A Masachesi le indignó el título del cuadro, esa cosa no existe se dijo, no hay crimen perfecto, y no le prestó atención a la imagen habiendo visto tanto de eso en la realidad. Pero Ismael, que jamás habría visto nada parecido en la realidad, sólo quizá un atisbo de algo semejante en su calenturienta imaginación de niño proclive al detectivismo, se quedó mirando a la mujer despatarrada sobre la cama, un brazo colgando en el vacío, enteramente vestida con falda verde a cuadros blancos y amarillos algo arremangada pero no demasiado y una blusa blanca con cuello y puños amarillos, pintados con lujo de detalles que hasta al pequeño Ismael le resultaron admirables. Pero lo que en verdad le llamó la atención, lo que lo dejó clavado en su sitio un poco temblando y tratando de entender algo que no podía discernir, era esa vibrante mancha roja que chorreaba del cuello de la mujer y corría a lo lago de su brazo hasta empapar el piso. El piso del cuadro, naturalmente. Y quedó como hipnotizado ante esa mancha, tan roja y brillante. Tan viva.

A pesar de sus escasos siete años recién cumplidos —pero eran años con grandes aspiraciones— Ismael entendió perfectamente que se trataba de sangre, sangre que seguía manando como aquella vez que se cortó con una hoja de papel la yema del dedo gordo y no había forma de parar el chorro. Rojo, rojo, rojo. Entonces el cuadro pintaba un asesinato, y el pequeño aspirante a comisario-detective no podía ignorarlo. Un crimen perfecto, es decir nunca develado ¡vaya desafío!

Ante la mancha roja el chico parecía haber perdido la noción del tiempo. Su abuelo también. En la otra punta de la sala conversaba vivamente con la galerista. Ella había reconocido al viejo comisario de su infancia, un hombre que decía estar al servicio de los vecinos, nada que ver con el que había llegado después. A ése mejor mantenerlo a distancia, sobre todo ahora con lo de la galería que vaya una a saber qué inconvenientes podía encontrarle al local para sacar alguna tajada. Por suerte el pintor era hombre de raigambre en el barrio, y el nuevo comisario que ya llevaba sus buenos años en el puesto conocía bien al pintor y hasta lo respetaba, a su manera y sin relación alguna con las sutilezas del arte.

Esta última frase, sin mentar al comisario actual, la repitió la galerista cuando estuvo una vez más frente a Masachesi. ¿Sutilezas? inquirió Masachesi más sorprendido que otra cosa; parece algo brutal este pintor, tan frontal, tan imponente. Me pregunto de dónde saca tanto realismo.

Hiper-realismo, le corrigió la galerista, y rio, y le contó al ex comisario que el maestro se inspiraba en fotos, y bla bla, mientras Ismael los miraba de reojo. Cuando notó que nadie lo estaba observando, el chico estiró con temor la mano, un dedo, hasta rozar la mancha roja, ese imán. Y el dedo le quedó manchado de rojo, y se acordó de Barbazul y la llavecita teñida de sangre y se pegó el susto de su vida, y cuando intentó refregarse el dedo manchado de rojo en el jean azul no pudo limpiarlo y así, con la mano cerrada, se acercó cabizbajo a su abuelo.

Masachesi dejó a la galerista para atender a su nieto que parecía enormemente preocupado, y no habiendo sido comisario en vano le preguntó qué escondía en esa mano y el chico dijo nada, claro, porque en realidad no era nada, era algo mucho peor que nada y Masachesi lo entendió y le tuvo compasión y dulcemente le abrió la mano para ver ese dedo teñido de rojo. Óleo rojo, como sangre, y entendió algo sin entender muy bien y se dirigió al cuadro que había llamado la atención de su nieto.

¿Recién pintado? se preguntó pero por supuesto la respuesta era negativa. Los cuadros llevaban ya dos semanas colgados, se lo acababa de contar la galerista, y todo el resto parecía seco aunque esa mancha roja vibraba con el esplendor de la frescura. Como por sorprendente que eso parezca no había quedado huella alguna del dedo del niño en la obra, Masachesi a su vez se permitió el lujo de contemplar el cuadro con detenimiento. Y la escena si bien para él poco inquietante dada su vida anterior, igual le llamó la atención por resultarle curiosamente familiar. El colorido de la indumentaria de la víctima sobre todo, más llamativo aún para él que la mancha roja que parecía fresca y lo estaba. ¡Tan realista todo! Hiper-realista, se corrigió, pero no era eso. Vio que su conocida estaba atendiendo otros visitantes así que permaneció frente al cuadro, contemplándolo a fondo mientras esperaba poder hablar con ella.

A Ismael le gustó que su abuelo se interesara por lo que a él le había llamado la atención, y sintió que al lado de su abuelo el miedo que había sentido frente a esa imagen y que recién empezaba a reconocer como tal, un miedo de cosquillas no del todo desagradables, se iba disipando, dejándole tan sólo la curiosidad.

La mancha roja en su dedo sin embargo le devolvía la inquietud. Atinó a olerlo con disimulo, a pasarle muy levemente la lengua, y no era sangre, no; tenía olor y gusto a aceite, asqueroso eso sí.

Por su parte Masachesi, olvidado de su nieto, se preguntaba qué carajo tendría esa imagen que tanto lo interpelaba, hasta que logró recordar aquel remoto crimen, a pocas cuadras de allí si no se equivocaba, en tiempos cuando todavía no existía la palabra femicidio. Pero el asesinato de mujeres sí que existía desde siempre.

Y le llegó un sabor amargo, no a las papilas gustativas sino al corazón, quizá, o a esa región del cerebro donde se apilan las frustraciones. Porque a él le habría tocado resolver el tal crimen perfecto de no haber sido por el cambio de carátula o lo que fuere que lo dejó lejos de todo detectivismo. Y varias cosas le llegaron a la mente en el instante en que la galerista se acercó para preguntarle por qué se sentía tan atraído por la escena más truculenta de toda la exposición, si bien ella entendía que, claro, tratándose de un comisario aunque fuera retirado, la escena le resultaba realista. Híper, que le dicen.

¿No se acuerda usted?, le preguntó él pero claro, ella era demasiado joven en aquel tiempo, aunque el barrio entero se había sentido conmocionado por lo que entonces se llamaba un crimen pasional, si bien no había candidato alguno a quien imputarle la tal pasión. Peor aún, había demasiados candidatos. Porque la joven ataviada a la sazón con la falda verde a cuadros, tan llamativa, había sido —a decir del barrio— una casquivana. Y más también, al menos así lo entendió el investigador a quien le tocó el caso. Casquivana a sueldo, en pos del mango, alguien desdeñable. Pero por más puta que fuera, entendió en aquel entonces Masachesi, no merecía una muerte así, tan atroz. Ninguna muerte merecía en realidad esa joven que después de todo era pulcra y discreta, y si bien andaba con quien fuere no hacía escándalo y respetaba la apariencia, sí, la tranquila apariencia del barrio. Pero los “científicos” no se esmeraron en demasía, indagaron a los posibles sospechosos. Muchos menos de los que se suponía habían pasado por ese cuarto de pensión, pero tampoco se trataba de alborotar el avispero y mancillar el buen nombre y honor de probos padres de familia que bueno, una canita al aire se la tira cualquiera. Y ahí quedó la causa, durmiendo el sueño del los (in)justos, a decir de Masachesi, que no se desveló por eso pero sintió que algo andaba mal en la repartición, qué le vamos a hacer, pero no le correspondía a él meter allí sus narices.

Vio qué excelente pintura, la creó especialmente para celebrar que abrimos una sala en este barrio, vio qué vívida es la escena, le informó con orgullo la galerista trayéndolo de regreso al aquí y ahora. Parece que nos estuviera hablando, agregó la galerista. Está muerta bien muerta, le contestó Masachesi, que no iba a perder su buen criterio ni siquiera en aras del arte. Pero algo de razón tenía la galerista porque hete aquí que la pintura roja, esa chorrera de sangre, estaba fresca y seguía manchando por así decirlo. Y lo dijo, y se lo dijo a la galerista con aire inquisidor. Algo debía averiguar ya que si bien se había compenetrado en aquel entonces del crimen y hasta había visitado la escena, la lejana pesquisa no estuvo a su cargo.

¿Cómo es esto de la pintura fresca?, preguntó, sin delatar al nieto que estaba frente al ventanal viendo pasar a la gente.

Ah, dijo la galerista con orgullo; un hallazgo, una genialidad del maestro que para lograr este efecto tan impactante consiguió producir un óleo que no se seca más.

Impactante por cierto, masculló el ex comisario asumiendo poco a poco su viejo rol casi olvidado. Me pregunto de dónde habrá sacado la imagen tan exacta.

Puro talento del maestro, insistió la galerista; la fórmula de la pintura siempre fresca la mantiene en secreto, pero lo otro no. Me contó que las imágenes son copia fiel (¡y admirable!) de viejas fotografías, generalmente aparecidas en los periódicos. Esta, me contó, la recortó de un viejo diario de escándalos, prensa amarilla que le dicen. El diario se llamaba La Hora, puede que usté lo tenga presente, ahí salió la foto del crimen impune. Muy impresionante, hasta mi mamá la comentaba en ese entonces, me dijo mi mamá ahora, recordándola. Tal cual la pintura, la foto. O viceversa.

Lindos colores, dijo entonces Masachesi. Y muy muy exactos, demasiado exactos, comentó para sí aludiendo a los colores del atuendo de la mujer en el cuadro, no en esa foto que de golpe le volvió a la memoria, la foto del diario, en blanco y negro.

Y ahí entendió todo.

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