Imagen de portada: ‘Las hormigas’, de Salvador Dalí (1929).
Hoy es un día excepcional. En la sección de relato de la Escuela de Imaginadores en Zenda ofrecemos un anticipo del libro La noche líquida, del imaginador Miguel Garrido de Vega, recién publicado por la editorial Páginas de Espuma.
Al imaginador Miguel Garrido de Vega (O Barco de Valdeorras, 1989) le tenemos un especial cariño, porque lleva con nosotros desde antes de la inauguración de la escuela y es también colaborador habitual de la revista Zenda. En sus ratos libres es abogado. Como escritor, su primera novela, Meigallo (2017), fue finalista en los Premios Ignotus, ejerce de crítico, codirige pódcasts, coordina clubes de lectura, es profesor de escritura creativa y, en su última convocatoria, ha resultado finalista del Premio Nadal con una novela inédita.
El flamante libro de relatos que ahora estrena se mueve con fluidez en el terreno de lo insólito, en una noche tan profunda como perturbadora. Siempre con una mirada puesta en lo extraño de lo cotidiano. Esperamos que el cuento «Cuando bailábamos jazz en el cumpleaños de Hitler» sirva de muestra de que en la literatura de Miguel no todo es lo que parece.
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Cuando bailábamos jazz en el cumpleaños de Hitler
Pocos conocen que, por su último cumpleaños, Adolf Hitler celebró una fiesta privada dentro de las ruinas del Reichstag, a escondidas, bajo la luz de las velas, rodeado de sus hombres de confianza. Menos aún saben que, después de la tarta de frambuesas del Bajo Rin, de los discursos y las condecoraciones entre susurros, de los puros y las copas del merlot de importación, todos acabaron bailando jazz.
El piano de Duke Ellington, el saxo de John Coltrane.
Y, a pesar de todo, mientras me veo a mí mismo emulando aquellos pasos furtivos, mientras me recuerdo con mi bigote a lo cepillo de dientes, mi casaca militar y mi flequillo recto, soy incapaz de entender lo que significa que un hijo te llame al móvil y te diga:
―Papá ―Y haga una pausa―: deberías ir pensando en hacer testamento.
*
Mi hijo es notario y tiene la casa llena de hormigas.
Él las ignora, yo las he visto: hordas de hormigas argentinas, una especie exótica e invasora, la más voraz, subiendo por las paredes de su finca de estilo neoclásico en hileras interminables. Salen de las profundidades y se esconden en las esquinas a las que no llega la aspiradora, en los bolsillos de las americanas, detrás de los marcos de las fotos. El papel fotográfico también les sirve de alimento, por eso la imagen de Marisa, su mujer, posando con el crío en el Palacio da Pena se ha convertido en un puzle al que le faltan la mitad de las piezas. Se lo dije y se lo repetí, nunca me hace caso.
―Tómese la sopa o me chivaré ―me amenaza Romy.
La he escuchado; no estoy sordo ni enfermo.
―¿Sabes a dónde van a morir los elefantes? ―digo.
―A dónde.
―A los abrevaderos y a los pantanos. A los ríos. No van a un cementerio de elefantes, no. Van al agua. Allí pueden masticar hierbas blandas, no les dañan la dentadura. Sus últimos días los pasan entre pastos tiernos, hasta que se desploman y empiezan a descomponerse.
Romy pone los ojos en blanco.
Me pregunto si le aburro tanto como parece o si es de las que piensan que también los humanos deberíamos marcharnos a los abrevaderos cuando perdemos los dientes.
Termino la sopa y me retiro al salón.
En la televisión hay gente con el pelo teñido que discute, se levanta de su silla, se pone a bailar con muy poca técnica, discute de nuevo.
―¿Ha llamado mi hijo? ―pregunto al oír un timbre.
―Era la puerta, no el teléfono ―responde Romy tras unos segundos―. Le han traído esto.
Se acerca hasta el sillón con las manos mojadas de fregar los platos, me da un paquete. Es una caja de cartón pequeña. La abro y me encuentro con un libro encuadernado en rústica. En la portada, una palabra de gran tamaño: Döstadning. Busco las gafas en el bolsillo de la camisa. Döstadning, leo en la sinopsis, es la tradición sueca que consiste en dejarlo todo ordenado antes de morir, como deferencia hacia quienes te sucederán. El paquete viene sin remitente, aunque hay una tarjeta con un mensaje escrito en tinta azul: «Te vendrá bien, papá».
Cierro el libro y lo dejo en la mesa.
No recuerdo la última vez que hablé con el resto de mis hijos. Sí me acuerdo de la primera vez que me vieron en la televisión. Las familias pasan tiempo juntas, nosotros también lo hacíamos. Loreto insistía mucho. «Eso del tiempo de calidad no existe», decía. «Lo que tienes que hacer es estar en casa, dejarte de historias». Estábamos en el salón, en este mismo salón, y era sábado o domingo. Alguien sintonizó la Dos y una de las mellizas señaló a la pantalla.
―Ese señor del bigote es igual que papá ―exclamó.
Los demás me observaron, fruncieron el ceño y devolvieron la vista a las imágenes. Yo me quedé callado. Las niñas, rubísimas, blanquísimas, los ojos de un azul que habría causado envidia al más cristalino de los lagos bávaros; mi hijo, tan circunspecto como de costumbre. En la pantalla, el Führer desplegaba un mapa de Europa junto a Rudolf Hess y Martin Bormann para luego mirar a cámara.
―Algún día tendrás que contárselo ―me dijo Loreto entre dientes, aquellos dientes rectos suyos, casi geométricos.
―Cuando crezcan ―me excusé―. Se lo contaré cuando crezcan.
Supongo que no quería confundirles.
No quería sembrar ideas extrañas en sus cabezas infantiles. ¿Qué hubieran pensado de mí si les hubiera dicho que, justo al cerrar aquel mapa, los allí presentes habíamos mandado traer unas hamburguesas?
―Extra de sangre de sabandija ―le gustaba decir a Goebbels.
Ninguno de nosotros sabíamos a qué se refería, ni por qué era esa y no otra su frase predilecta cuando se pedía la doble de vacuno con beicon. Puede que Virginia sí lo supiese. Virginia era su amante. ¿O se llamaba Lidia? Aquella chica pululaba por la zona privada de camerinos más horas de las requeridas por su profesión. Goebbels estaba casado, pero siempre había tenido debilidad por la juerga y las maquilladoras.
―¿Cuál es el plan para luego? ―La voz de Himmler era aflautada y repelente.
Tanto él como Bormann y los demás solían seguirle el juego a Goebbels. En cuanto a mí, por mucho que me llamasen jefe, líder y mil estupideces más, me costaba decirles que no.
―Tomar una copa ―respondía yo―. ¡Una! Y cada mochuelo a su olivo.
―¿Solo una? Te estás volviendo un sosaina.
Hess era uno de los más fanfarrones. Sus cejas tupidas me repugnaban, no podía mirarle sin echarme a reír o imaginar la electricidad estática que esos pelitos negros provocarían al frotarse contra el mostacho gris de Haushofer, y no era el único que lo había notado.
―Vamos, Führer ―decía Virginia―. No se haga de rogar.
―No es eso, querida ―respondía Goebbels―. El Canciller tiene familia, ¿sabes?
Era cierto, hay que dar una imagen.
Al contrario que Göring, que siempre hablaba con la casaca desabrochada y la tripa al aire; parecía que hubiese venido al estudio de correr la maratón. No tenía suficiente con quedarse en tirantes: nos obligaba a fumar mentolado «para no dejar rastro».
Y Göring y yo nunca terminamos de congeniar.
―La mujer del César ―dije, porque Loreto era de las que esperan despiertas.
Y es que se pueden prever ciertos escenarios hipotéticos, a menudo indeseables, en los que cabe verse envuelto al llegar a un club de madrugada vestido con el uniforme de alto mando del Tercer Reich. Máxime si esa noche se celebra una jam session de músicos cubanos. No niego que aquello fuera una insensatez. ¿Quién podía anticipar que en nuestros vasos encontraríamos más que bebida? Bormann y Himmler acabaron a tortas. A Goebbels le partieron la nariz con una botella de licor café; perdería el trabajo a causa de las cicatrices, y se pasaría a las pastillas. Yo mismo acabé llorando en los soportales del centro con Virginia o Lidia acurrucada entre mis brazos.
La de la anexión de Polonia fue, en verdad, una noche endiablada.
¿Cómo explicarle todo aquello a un crío? En ocasiones, interpretan lo contrario de lo que uno quiere enseñarles, y yo siempre he tratado de ser un tipo discreto. Mancillar su pureza prístina —esas cabecitas rubias tan bien peinadas con lazos verde caza, el iris celeste de las mellizas, su sonrisa de gimnastas olímpicas mientras iban de la mano al parvulario— nunca estuvo dentro de mi estrategia.
Lo que a mí me hubiera gustado es hablarles de José María, el de realización.
Con sus gafas de pasta, su americana vieja y su pin de Groucho. Siempre en bicicleta, siempre dispuesto a dejarte un DVD, a recomendarte un clásico, a prohibirte que perdieras el tiempo con según qué estrenos.
Una Navidad nos encontramos en el videoclub y me cogió del hombro:
―Ten cuidado ―me advirtió muy serio―. En la calle hay un hombre con más ojos que días tiene el año.
Un adulto gastando una broma a otro adulto en pleno treinta y uno de diciembre. Le reí la gracia, él sonrió y se alejó en la bici. Yo me quedé pensando quién sería aquel tipo lleno de ojos al que se le estaba agotando el tiempo.
*
Los dedos me tiemblan al marcar el número. Espero mientras suena el tono. Alguien descuelga con una respiración acelerada.
―No me he podido leer el libro ―es lo primero que digo.
Al otro lado de la línea, oigo unas uñas impacientes rascando la superficie del móvil. Las de los jóvenes son lisas y redondeadas. De una sola pieza. Muy resistentes. Las uñas de la gente mayor, en cambio, están hechas de vetas antiguas, se pueden romper.
―¿Has pensado en lo que te comenté? ―me dice.
―No tengo la cabeza para eso, hijo. La memoria…
―La memoria ―me interrumpe―. Papá, ¿te acuerdas de algo que sea verdad? ¿Que no sea uno de tus cuentos? Me tienes, nos tienes preocupados.
―Los cuentos son importantes, nos enseñan a sobrevivir.
―El otro día, Romy me dijo que pusiste el nombre de Hitler al rellenar la hoja del seguro.
―Es que soy actor ―digo.
―Actor de documentales.
―De la Segunda Guerra Mundial, para más señas.
Él fuerza un silencio antes de decir:
―Te estás haciendo mayor.
La siguiente media hora escucho un alegato en favor del orden, la legalidad, lo que se tiene que hacer. Oigo expresiones como «ahorrar problemas» y «piensa en nosotros».
―Prefiero que me congelen ―digo cuando ya estoy cansado―, como a Walt Disney.
―Papá, por favor.
―Mejor aún ―continúo―, hay una isla en Noruega que ha decidido eliminar los horarios. Los visitantes tienen que colgar los relojes del puente de la entrada. Lo he visto en las noticias. ¡Imagínatelo! ¿Para qué retrasar el paso del tiempo si puedes borrarlo?
―Basta de tonterías, papá: sé razonable.
Y yo, que he trabajado sin descanso, que he salido en todas las ficciones de época, que me han llamado para producciones nacionales e internacionales y he ganado mi buen dinero, que podría haberme dedicado a lo que se dedican los hombres cuando envejecen, como destilar su propio alcohol o comprarse una moto, yo, que soy un hombre sensato, contesto:
―Debí enseñarte a soñar, hijo.
―¿Cómo dices?
―Que soñar es lo más razonable que he hecho en mi vida.
Abro la ventana, golpeo el teléfono móvil contra el marco y lo arrojo lo más lejos que me permiten mis fuerzas. Sigo la curva del aparato hasta que el impulso se acaba y empieza a descender. Todavía distingo la voz de mi hijo el notario hablándole al viento. Debajo, en la avenida, ni los coches ni los transeúntes parecen haber sentido el impacto. Apoyado en el saliente de la ventana, me tomo unos instantes para calmarme, recuperar el oxígeno.
¿Será esto lo que llaman paz?
Sigo dándole vueltas hasta que noto un cosquilleo en los dedos, que no son los míos, sino los de un viejo. Oigo un grito. Tampoco sé si ha salido de mi garganta o de la de Romy.
Por las paredes del edificio suben hordas de hormigas argentinas en una fila infinita.
Cierro la ventana, abro el libro que hay sobre la mesa.
He olvidado contarle a mi hijo que, dentro de muchos siglos, puede que no tantos, cuando la civilización haya caído y los saberes modernos se pierdan en el tiempo, alguien encontrará esas hileras de árboles reforestados, simétricos, que se ven a veces junto a las carreteras, colocados allí con una precisión que asusta, y creerá que solo puede haber sido obra de los dioses o de un encantamiento.
Es una pena.
Porque ningún árbol, mucho menos uno de mentira, bailará jamás el jazz como yo lo hice aquella noche en las ruinas del Reichstag.


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