Medea levanta la cabeza de la tórrida arena para ver cómo la vela del barco comienza a proyectar su sombra sobre las aguas cristalinas de su querido mar. Frunce el ceño y se pregunta quién se atreve a acercarse con tanta velocidad a las costas de su padre. Se levanta y sacude su túnica de la pegajosa arena. Se dirige rápidamente al palacio. Ha olvidado las ofrendas a Hécate, pero en su fuero interno sabe que la diosa la perdonará. Llega con la respiración entrecortada por la carrera.
—Está reunido en el androceo. Nos ha pedido que no le molestemos.
Bufa. Sabe que su padre la reprenderá severamente si osa entrar mientras mantiene una de sus reuniones “secretas”. De secretas tienen poco, piensa: todo el palacio, toda la ciudad, todo el territorio las comenta. Su padre y sus aventuras… Decide esperar al otro lado del pasillo; no quiere oír lo que sucede justo tras la puerta. Cuando todo acabe, la puerta se abrirá y no saldrá nadie: este lugar está lleno de pasadizos ocultos.
—¡Padre!
—Medea, ¿qué haces aquí? —dice, mientras termina de tragar el último sorbo de vino.
—Vengo a informaros.
—¿A informarme de qué, si se puede saber?
—Un barco extranjero se acerca.
—¿Cómo? Raro es… Ni mis vigías han venido a alertar, ni es tan fácil cruzar las Rocas Azules. Creo que has tenido una alucinación. Tú y tus artimañas mágicas, que te tienen trastornada.
—¡Señor! ¡Señor!
Una voz rompe la conversación. Un vigía entra como un huracán.
—¿Qué ocurre? ¿Por qué entras así?
—Ha llegado un barco. Su capitán ha pedido audiencia.
La ceja izquierda de Eetes se eleva casi hasta su frente y dirige una mirada inquisitiva a Medea.
—Tenías razón… esta vez —le dice con aspereza—. Ve y concédele audiencia, estoy intrigado.
El vigía sale raudo y Medea se retira un poco. No se va, solo se aparta de la mirada de su padre, de la mirada de todos. Hace lo que mejor sabe: convertirse en invisible.
El agua encerrada en la clepsidra golpea el recipiente interior con el lento sonido del tiempo. El extranjero tarda demasiado y Eetes comienza a ponerse nervioso. La puerta se abre y una sombra se proyecta hasta los pies del rey, que taciturno mira la nada envuelto en un vasto quitón doble del color de las tinieblas. Retira el codo del reposabrazos y hace un ademán para que el extranjero no se acerque. Jasón frena en seco la entrada que había estado meditando. Se da cuenta de que no será fácil pedir lo que debe pedir.
—¡Siéntate! —ordena Eetes.
Jasón, desconcertado, mira a su alrededor. No hay ninguna silla.
—¡Ordeno que te sientes!
Acata sin protestar; tiene mucho que perder si se pone insolente. Deja caer su cuerpo esperando el golpe en el suelo, pero, por arte de magia, esto no sucede: lo recibe un mullido asiento. Aún más desconcertado, Jasón siente cómo se le nubla el pensamiento.
—Dime, extranjero, ¿quién eres?, ¿cómo has llegado hasta aquí? y ¿qué quieres?
Jasón carraspea; aún tiene la boca seca. Tampoco ayuda lo impresionante de la sala, donde el sonido retumba devolviendo ecos casi metálicos. Inspira y, detrás del trono, ve algo moverse. Clava sus ojos en esa sombra negra adornada con dos grandes ojos que lo observan.
—Mi nombre es Jasón —dice en medio de la exhalación—. Me preguntas cómo he llegado hasta aquí; pronto te lo diré, porque antes prefiero contarte para qué.
El rey se revuelve en su asiento. Sin duda, es un hombre atrevido.
—Pues entonces dime el motivo de tu llegada.
—Necesito que me entregues el Vellocino de Oro.
—¿Cómo?
El rey comienza a toser, casi se atraganta ante la insinuación; unas gotas de saliva salen disparadas. Jasón lo observa imperturbable: sabe cuál es su destino, y este pasa por conseguir la piel del animal. No cejará en su empeño, así que se yergue y mira fijamente al rey; lo desafía sin palabras.
—Necesito que me entregues el Vellocino de Oro.
El rey, ante la segunda afirmación, se da cuenta de que ese hombre es orgulloso y aguerrido. Podría matarlo allí mismo, pero una corte de hombres espera su regreso en la nave, la Argo. Podrían desatar su furia y causar muchas bajas. Prefiere una artimaña; no en vano, siempre ha salido indemne gracias a sus trucos.
—Está bien.
La sorpresa de Jasón no se refleja en su rostro; la esconde en algún recoveco de su corazón. Vuelve a mirar hacia la oscuridad, donde una sombra se desliza sigilosa. Se queda esperando alguna traición, pero esta no llega. Reúne todas sus fuerzas interiores y titubea un poco.
—Entonces, ¿puedo llevarme el Vellocino?
—No es tan fácil lo que pides. Nadie lo ha conseguido hasta ahora. Hay ciertas pruebas que debes superar si quieres alcanzarlo. Está bien protegido contra ladrones y maleantes; ni siquiera yo me he atrevido a acercarme más de lo necesario. Un paso en falso y… —Eetes pone el pulgar en su garganta y lo desliza por ella— estás muerto. ¿Serías capaz de enfrentarte a la muerte tú solo por una quimera?
—Sí. Llevo un ejército conmigo.
—De nada servirá tal ejército, pues está escrito que solo uno podrá llegar al páramo donde el Vellocino descansa.
—Así sea. Enfrentaré mi destino. Ea, pues, dime, oh, rey, ¿a qué debo enfrentarme?
Eetes abre los ojos de par en par. Se pregunta para qué necesitará el Vellocino quien incluso lo pone por delante su vida. Debe averiguarlo, pero ahora no; durante la cena.
—Entonces, bien. Te diré cuáles son las pruebas que deberás superar y te ofreceré la hospitalidad a la que los dioses nos obligan.
—Soy todo oídos —dice fanfarrón.
Medea observa la escena. Ese hombre es especial, parece no tener miedo, y eso la inquieta. Tal vez sea aquel a quien espera, el que la saque de esa lujosa prisión. Lo observa fijamente y, en un segundo —como una ráfaga de viento—, sus miradas se cruzan y un escalofrío le recorre las entrañas.


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