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Cuando el tiempo deja de respirar

Cuando el tiempo deja de respirar

La vuelta al trabajo no es un simple cambio de calendario. Es un ajuste de respiración. De pronto, lo que durante unos días pareció flexible —el tiempo, el cuerpo, incluso el ánimo— recupera su forma rígida sin resistencia.

No vuelve solo la rutina: vuelve una manera de estar en el mundo.

Los horarios reaparecen como una música conocida que nadie ha elegido escuchar; las obligaciones se recolocan en su sitio con una eficacia que no admite réplica, y uno descubre, casi con sorpresa, que la normalidad también pesa.

No porque sea dramática, sino porque es persistente.

Como una violencia discreta, educada, que no hace ruido pero se deja notar.

"Y lo razonable, cuando se repite lo suficiente, deja de parecer una opción y se convierte en deber"

No se vuelve solo al trabajo. Se vuelve a un ritmo que ya estaba ahí, esperando. A unos horarios que no preguntan cómo hemos pasado estos días. A una normalidad que no necesita justificarse porque se presenta como lo único razonable.

Y lo razonable, cuando se repite lo suficiente, deja de parecer una opción y se convierte en deber. No cumplirlo ya no es rebeldía: es inmadurez.

La llamada “vuelta a la rutina” no suele vivirse como un regreso, sino como una absorción: algo nos engulle de nuevo con una eficacia impecable. Apenas hay transición. La fiesta se retira sin hacer ruido y la vida ordinaria ocupa su lugar con la autoridad de lo indiscutible. Y de lo adulto.

Hay quien piensa que la normalidad es el estado natural de las cosas. Pero la normalidad se organiza. Tiene método. Y una notable vocación de permanencia.

Los antiguos aconsejaban aceptar lo inevitable; no llegaron a conocer el correo electrónico del lunes por la mañana ni esa forma moderna de fatalidad que llamamos agenda.

"Y lo más eficaz de ese aprendizaje es que ya no necesita imponerse desde fuera: lo vigilamos y lo exigimos nosotros mismos"

Tras unos días de suspensión —comidas largas, horas que se desdibujan, una sensación vaga de permiso— llega el momento de volver a lo que se espera de nosotros y a la obligación tácita de hacerlo con buena cara. No basta con cumplir: hay que hacerlo sin quejarse, incluso agradecidos, como si el agradecimiento fuera ya una prueba de madurez. No siempre a lo que deseamos, casi nunca a lo que hemos elegido. Volver al trabajo es volver a una forma de ajuste cotidiano tan interiorizado que ya no se percibe como imposición. Y no se vive como imposición porque no hace falta imponerla: ya vive en nosotros.

Hemos aprendido incluso a agradecerla.

A desconfiar de quien no lo hace.

A llamar estabilidad a la renuncia y madurez a la obediencia.

Y lo más eficaz de ese aprendizaje es que ya no necesita imponerse desde fuera: lo vigilamos y lo exigimos nosotros mismos. Lo inquietante no es obedecer, sino acabar llamándolo madurez.

Ahí está su eficacia.

Nadie levanta la voz. Nadie protesta. Se adelanta el despertador, se recompone el gesto y se continúa, con una obediencia razonable y eficaz, y precisamente por eso invisible.

"Quizá por eso la vuelta a la normalidad no suele doler de golpe, sino por acumulación. No es una herida, es un roce continuo"

Quizá por eso la vuelta a la normalidad no suele doler de golpe, sino por acumulación. No es una herida, es un roce continuo. Nada se rompe, pero algo se desgasta. La vida ordinaria no necesita imponerse por la fuerza porque ha aprendido a presentarse como la única forma adulta de estar bien.

Y sin embargo, en ese regreso hay también una pregunta muda que casi nunca formulamos: si esto que retomamos con tanta facilidad es realmente lo único posible, o solo lo único aprendido. No para rebelarse —no hace falta épica—, sino para no olvidar del todo que hubo unos días en que el tiempo respiraba de otra manera.

Tal vez la verdadera dificultad no sea volver al trabajo, sino hacerlo sin perder del todo esa memoria. La de un ritmo menos apremiante, menos obediente. Aunque sea solo para recordarnos, mientras ajustamos el despertador, que la normalidad no necesita violencia para imponerse. Se impone cuando dejamos de reconocerla como imposición y empezamos a defenderla como si fuera nuestra.

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