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Cuentos completos, de Eduardo Álvarez Tuñón

Cuentos completos, de Eduardo Álvarez Tuñón

En Cuentos completos, se reúne por primera vez toda la narrativa breve publicada por Eduardo Álvarez Tuñón y, a su vez, su producción inédita, “El último fervor”. Creador del “realismo inverosímil”, dueño de una seducción singular, sus cuentos, basados en hechos verídicos, generan perplejidad y asombro en el lector, que se pregunta si lo narrado ha podido ocurrir.

A continuación reproducimos el relato “El Último Fervor”.

*****

A Javier González, quien me impulsó a escribir esta historia

I

Hacía un mes que había muerto y había llegado el momento de avisarle a las cosas que su padre ya no volvería. No imaginaba cómo llevar a cabo ese acto que, según los alcances que le diera, podría proyectarse sobre todo el universo. Pensó, entonces, que debía limitarlo a los objetos que él había amado, sin los cuales no podía concebir su vida cotidiana, aquello que, a lo largo del tiempo, había permanecido en su escritorio de caoba. Algunos libros encuadernados, las obras de William James, una antigua edición inglesa de las Odas de John Keats, el tintero con el busto de Platón, regalo de José Ingenieros y las lapiceras que ya nadie volvería a usar con la misma inteligencia y alegría. Al  padre le resultaba difícil convencer a su esposa de que lo que ella creía un caos que impedía la limpieza semanal, encerraba, en sí, un orden secreto y preciso. Siempre, si pensaba en él, lo imaginaba en aquel escritorio, absorbido por la lectura, rodeado de una luz única que provenía de los libros y que luego, por propia experiencia, llegó a identificar con la felicidad. En ese mismo lugar, una tarde lejana, antes del viaje familiar a Ginebra, le habló de la fugacidad de la vida, diferenció los seres de las cosas y le dijo que los objetos duran más que nosotros, ignoran que nos hemos ido definitivamente y es una descortesía, una forma de la ingratitud, no hacerles saber, de algún modo, que ya no volveremos. Ahora recordaba su angustia de niño al oír esas palabras y la lenta suavidad con que su padre acarició esos libros y el cortapapeles, con forma de espada, traído de Toledo. Se preguntó cómo se les anuncia a las cosas que no regresaremos más, si carecemos de un idioma común. Debía buscar un lenguaje que no estuviera hecho de palabras. Hablar con los objetos y ser entendido era una ficción que no podía permitirse, desde la razón, un escritor como él. Pero la idea resultaba coherente una idea del poeta que había querido ser. Abrió la ventana y sentado en la silla de su padre, miró cada una de las cosas, en la búsqueda vana de una complicidad. Desde la calle llegaba una brisa fresca con un perfume que reconoció de inmediato: Anunciaba el fin del verano. Pensó, entonces, que estaba en presencia de un lenguaje distinto, el del aroma, más eficaz, incluso, que el de las frases y las voces. Debía imitar, de alguna manera, lo que hacía la naturaleza y prescindir de las palabras. Tuvo una idea riesgosa y sintió que era apropiada para poner fin a todas sus vacilaciones. Cometería aquello que, de seguir vivo, él lo consideraría, sin duda, un sacrilegio. Cambiaría los objetos de lugar, alteraría su ubicación, separaría los tomos de William James del libro de John Keats, trasladaría a la pequeña mesa de su cuarto el tintero con el busto de Platón. Apartadas, distantes, lejos de esos apuntes sin lector posible, las cosas advertirían que su dueño silencioso había partido para siempre.

La tarea le llevó más tiempo del esperado porque se convirtió en una suerte de ceremonia de despedida. Se demoraba en cada objeto y hasta volvió una y otra vez,  sobre la página  del “Pragmatismo” de William James, que su padre había marcado y que, quizás, justo con la Oda a un Ruiseñor, fue lo último que leyó. Sin sorpresas, con persistente admiración, comprobó que  había elegido esos textos con la sabiduría que le era habitual: William James, en una prosa clara, desdramatizaba todo y  John Keats afirmaba, en ese poema, la inmortalidad.

Su madre entró en la habitación, le puso la mano sobre el hombro y se alegró de que estuviese ordenando, por fin y de una vez por todas, aquello que su padre no dejaba tocar y que daba, a ese escritorio hermoso, un aspecto deplorable. Él asintió con resignación. No consideró oportuno explicarle que lo que ella veía como una tarea simple y necesaria de  limpieza y prolijidad, encerraba en sí algo profundo: avisar a las cosas un final, para evitarles una espera tan inútil como eterna. Ante las frases de su madre que dejaban traslucir una interpretación tan alejada de lo que se había propuesto, pensó en que, tal vez, se había equivocado en la elección del método. Pero ya era tarde para intentar  otro. Después de todo, no resultaba extraño en el universo que un acto se interpretara según cual fuese la mirada del sujeto que lo observa. Pensó en los soldados de Alejandro Magno cuando vieron por primera vez  leer en silencio a un hombre y creyeron, ante la quietud, que era la forma que tenían de dormir en esa aldea desconocida y remota.

Por un momento dudó si había hecho lo correcto. Se preguntó si no habría borrado las pocas huellas que quedaban de su padre en el mundo, su escenario más íntimo. Pensó, con tristeza, si no habría contribuido a su olvido. Se dijo, para convencerse, que la memoria no necesita de las cosas, aunque estas pueden ayudar a traer al presente un momento que creíamos perdidos. Por un instante, tuvo la intención de volver a poner todo de nuevo en su sitio. Su madre regresó para ofrecerle una taza de café, como todas las tardes y alabó cómo había quedado el escritorio. El elogio enfático, poco común en ella, lo llevó a desistir. Le dijo, también, que debía vaciar el cajón. El sintió que esa tarea le resultaba ajena. Era probable que allí no hubiese cosas que justificaran un adiós. Se trataría, entonces, de una mera limpieza. No recordaba haber visto a su padre abrir o cerrar ese cajón. Quizás fuera mejor que se ocuparan su hermana y su cuñado. Pero una vez más, como tantas otras, no se atrevió a desobedecer a la madre y menos al advertir que su voz no solo asumía el tono de una orden, sino también de una felicitación por la labor cumplida.

Revisó el cajón con indiferencia y prisa, como quien ejecuta una actividad menor y olvidable. Había papeles sueltos que ya no importaban, los recibos del alquiler del departamento en que vivieron tres meses en Mallorca, unas pocas tarjetas con el nombre de su padre y la dirección de la vieja casa de Palermo, vestigios de los días, nada que no mereciera el cesto como destino. Un sobre grande le llamó la atención, porque estaba casi oculto, en el fondo. Quizás, tuviese los títulos de propiedad del departamento de la Avenida Pueyrredón. Pensó que su padre jamás conservaría con tanto cuidado la representación de algo material. Al apoyarlo sobre el escritorio advirtió que no contenía papeles. Parecía tratarse de una vieja libreta o algo similar y sintió curiosidad. Lo abrió y vio, con emoción y asombro, que se trataba del ejemplar de “Fervor de Buenos Aires”, su primer libro. Recordó la tarde de marzo de 1923 en que fue a buscarlo a un viejo imprentero de Palermo, que solo hacía almanaques y aceptó el trabajo porque había sido amigo de Carriego y creía que los poetas eran buena gente. Recordó la alegría de ver su nombre en la tapa y el dibujo de su hermana Nora, a la que lo unían complicidades desde la más remota niñez. Recordó el momento en que llegó a su casa, decidió numerar un ejemplar como primero y se lo llevó a su padre con una dedicatoria sencilla, que ahora releía. “A Padre, con admiración, este libro que casi todo le debe”. Tanto él, como Nora, usaban los vocativos “Padre” y “Madre”, sin artículo alguno que los precediera y nunca pudo saber cuál era el origen de ese hábito que los diferenciaba de los otros chicos. Recordó, también, esta vez con precisión, cómo eligió cada una de las palabras de aquella dedicatoria: Padre prefería la admiración al afecto. A su vez despreciaba el énfasis, le negaba sinceridad y por eso había decidido limitar con la palabra “casi” el alcance de su deuda filial. Afirmar que le debía todo le hubiera parecido un inverosímil acto de obsecuencia. Habían pasado 15 años de aquél día y sintió  emoción al pensar que su padre había guardado ese primer libro con  esmero, él, que era un hombre con tanto desapego a todo lo que lo unía demasiado a la tierra. Apoyó el libro sobre el escritorio, lo miró con la emoción que le causaba, desde la muerte, todo aquello que había estado en sus manos y pensó que ese hallazgo tardío remediaba su silencio y su indiferencia ante la publicación. Nunca le había dicho una palabra sobre esa primera obra y al ver cómo la había conservado sintió que, quizás no existiera mayor alabanza. Padre se había opuesto a que lo publicara, aún antes de haber leído una línea. Juzgaba, de una manera dogmática, que sería prematuro y temerario. Consideraba que debía esperar. Fue inútil decirle que era la concreción de sus experiencias literarias con las vanguardias europeas y recurrir al argumento, para seducirlo, acerca de la descripción filosófica de la ciudad. Había regresado a Buenos Aires  después de 8 años de ausencia y  lo había sorprendido con sus casas bajas, sus patios y la presencia del campo en el horizonte. Ningún argumento fue eficaz para convencerlo. Padre, con una sabiduría que él tardó en comprender, descreía de las escuelas literarias, cultivaba un individualismo coherente con su  ascendencia inglesa y despreciaba toda exageración del color local, en la que veía el origen de los absurdos nacionalismos. Fue Madre la que logró que aceptara pagar la edición. Le recordó su propia ansiedad por publicar su primera (y única novela) “El Caudillo”, ambientada en Entre Ríos e inentendible para el público de Mallorca, donde vivían entonces. Padre tuvo que darle la razón. Ese libro no había tenido lector posible. Madre, también, dio un último argumento decisivo: Nora había pasado muchas tardes proyectando un dibujo para la tapa. Era precioso y sufriría una gran desilusión. Padre terminó por aceptar y dijo que pagaría una edición pequeña.

No podría decir cuánto tiempo estuvo sentado, recordando, en silencio, hasta que se dispuso a hojearlo, no para releer sus versos (nunca lo hacía), sino para recorrer las mismas palabras impresas que su padre había recorrido, encontrarlo donde había estado y ya no estaba. Lamentó que jamás subrayara los libros, ni escribiera comentarios en los márgenes. Siempre lo había considerado un acto de soberbia, un intento de darse eternidad sin merecerla y ahora ese prejuicio era un límite que les impedía una suerte de conversación, que no había tenido y añoraba. Al abrirlo comprobó, con perplejidad, que su padre había hecho una excepción con su primer libro.  Reconoció su letra prolija de profesor en las anotaciones de casi todas las páginas y vio varios de sus poemas tachados con una enorme equis. Pasó de la alegría de un encuentro al vértigo. No imaginó que aquellas palabras de Padre retornarían como una obsesión a lo largo de los años y jamás podría volver a recitar en la noche, para vencer el insomnio, algunos de esos versos sin que lo invadiera la duda, la vergüenza y el miedo.

II

“A los poemas que he tachado solo los puede salvar la destrucción o el olvido”. Leyó esta frase primera y quiso ver de inmediato cuáles eran esos textos. Ya se disponía a recorrer las páginas cuando volvió su madre, le cuestionó la lentitud con que hacía todo y le dijo que muy pronto llegarían los primos. No quería que vieran la casa desordenada ni que sintieran que la habían ordenado especialmente por la visita. Debía lograrse un justo medio y Nora se encargaría de conseguirlo. Le preguntó, también si había encontrado algo importante en el cajón del escritorio. Le recordó que su padre tenía una tendencia a guardar lo desechable, preservar las cosas inútiles y a tirar al cesto lo esencial. Decidió, entonces, ocultar el hallazgo a su madre. Temía que capturara el libro para sí, esbozara alguna ironía, relativizase las notas y, sobre todo, intercediera en esa suerte de diálogo milagroso –sin duda el último- que esperaba tener con su padre. Ella le tenía un cariño invasivo, lo cuidaba de una manera autoritaria y era previsible que creyese, no sin razón, que las opiniones críticas lo iban a dañar. No advertía que él había aprendido de su padre a privilegiar el ejercicio de la inteligencia en el diálogo, las discusiones con brillo, por sobre el dolor que puede causar una verdad demostrable.

Soportó, en silencio la visita de los primos; oyó los lugares comunes que se dicen frente a la muerte, las frases hechas y los consuelos vulgares. Hubiera querido estar solo, en su habitación, leyendo, aunque confiaba que no lo aguardaba una lectura como las habituales, sino algo diferente. Lo esperaba la voz de su padre que había perdido y extrañaba, las frases sutiles que lo sorprendían desde la niñez. Indiferente a la reunión, repetía, para sí, “A los poemas que he tachado solo los puede salvar la destrucción o el olvido”. La frase tenía lucidez poética. Le hubiera gustado que fuera suya. El olvido como salvación y el recuerdo como condena. Sintió admiración y pensó, a modo de consuelo, que al menos esos poemas sirvieron para que escribiera aquellas palabras. No podía imaginar que en un futuro remoto las utilizaría en un cuento, sin confesar su origen, cuando ya era el Director de la Biblioteca Nacional y lo abrumaba la gloria.

Nunca estuvo tan pendiente de la llegada de la noche. Había guardado el libro en el mismo sobre y lo había ocultado en el fondo del cajón de su mesa de luz, hasta que llegara el momento de leerlo. Cuando todos se fueron, simuló cansancio, dejó a su madre con Nora y su cuñado, les dijo que no cenaría y se recluyó en su habitación. Sentía que todo lo que había oído esa tarde acerca de su padre era vano. Él no estaba en esas palabras gastadas ni en esos recuerdos de anécdotas menores y cotidianas que la muerte provoca. Nada más ajeno a Padre que la actitud de dar ánimo frente a lo irremediable. Lo hallaría en las anotaciones de su primer libro y descartaba que, aun con alguna sugerencia de supresión, hallaría frases inteligentes para plagiar y alabanzas que lo entusiasmarían y cambiarían el clima de esas tardes.

Apenas lo había hojeado y sentía mucha curiosidad. Ignoraba el número de poemas tachados y cuales tenían el privilegio de haber sido anotados. Prefirió no dejarse llevar por impulsos, disfrutar de aquello que, aun con críticas, veía como un encuentro mágico que nunca hubiera creído posible. Pero se preguntaba por qué su padre no habría hablado jamás con él acerca de su poesía, cuál era la razón que lo hizo dejar su opinión por escrito en las mismas páginas del libro, él, que jamás subrayaba una línea impresa.

Se dispuso a leerlo como su padre lo había leído. Tenía la certeza de que recorrer ese mismo camino podría llevarlo a comprender cada una de las observaciones. Él había escrito una introducción, quizás algo temeraria. En Ginebra se fascinó con las menciones de Walt Whitman a los lectores futuros que habitarían el mundo cuando el ya no estuviera y quiso imitarlo. Se dirigió, entonces, a un ser indeterminado, fuera del tiempo y del espacio y tituló “A quien leyere” esa prosa deliberadamente barroca. Su padre no lo había pasado por alto y había escrito una suerte de advertencia y reto. “Un primer libro no debe llevar un prólogo de su autor. Es un acto de soberbia, en especial cuando pretende reflejar una estética”. Sintió que había algo de cierto en esa dura sentencia. Pero todo era irremediable. Pensó que si padre hubiera leído su libro antes de llevarlo a la imprenta y su consejo hubiese sido oportuno, nada hubiese cambiado, él no le hubiera hecho caso y la suerte no sería distinta. Tenía como todos los jóvenes, una necesidad imperiosa de existir y, lo que es más grave, de ser moderno. Tampoco había pasado por alto la muy poco feliz frase inicial “Suelen ser las prefaciones…”. Se preguntaba cómo se le había ocurrido ese sustantivo tan extraño. No podía recordarlo. Le sonaba a Baltazar Gracián, a esa pretensión de originalidad propia de los inseguros. Su padre la había subrayado y había escrito en el margen “¿Prefaciones? Nunca había leído esta palabra y espero no volver a leerla”. Siguió adelante y comprobó, con alivio, que las otras páginas de ese prologo no tenían más anotaciones, salvo en su último párrafo: “Si en las siguientes páginas hay un verso logrado, perdóneme el lector el atrevimiento de haberlo compuesto yo antes que él. Todos somos uno” Esta frase, lo descubrió después, motivaron el único elogio de su padre en todo el libro. Había escrito,  casi en el borde de la página, con letra firme “Extraordinario. Schopenhauer puro”. Esos adjetivos que no eran habituales en él, ese énfasis tan ajeno a su escepticismo inglés, le produjo una sensación de felicidad que disipó, por poco tiempo, sus vergüenzas y temores. Luego, cuando hubo leído todo aquello que su padre había observado y vio que era una solitaria alabanza, aislada y parca, comprendió que la aprobación tenía una razón secreta: Su padre se encontraba reflejado en ese párrafo, veía una síntesis de aquello que le había enseñado: los conceptos básicos de la metafísica y el menosprecio a la realidad.

Leyó aquellas últimas palabras de su prólogo, una y otra vez, con la voz de su padre. No le costaba imitarla. Madre le decía siempre que tenían el mismo tono. Los dos recitaban igual los poemas de Omar Kayyan en la versión de Fitzgerald y cuando conversaban sobre Platón, ella, desde el dormitorio, no reconocía quién era el que hablaba.

Por un momento tuvo una efímera sensación de que aquel elogio traería aparejado otros y que los comentarios de su padre serían esencialmente filosóficos. El primer poema, “Las calles”, le demostró que su intuición estaba equivocada y era una mezcla de ingenuidad y deseo. Los dos primeros versos decían “Las calles de Buenos Aires/ ya son la entraña de mi alma”. Padre había anotado “¿Entraña y alma? Contradictio. Nada tan lejano del alma como la entraña. Es aconsejable prescindir de metáforas de carnicería”. La observación lo enfrentaba con lo ridículo y desde la lógica más estricta le pareció acertada. Quiso salvar ese comienzo diciéndose a sí mismo que se trataba de una metáfora y como tal, no podía ser interpretada en su literalidad. Después de todo, Shakespeare había escrito que los hombres “estábamos hechos de la misma madera de los sueños” y nadie hubiera dicho que se trataba de una metáfora de carpintería. Sin embargo, había algo en ese verso, la visceralidad del sustantivo “entraña”, que le daba la razón. Sin duda y ahora recién lo advertía, no se trataba de una imagen bella. Su padre había herido de muerte un poema que a él le había gustado tanto como para ubicarlo al comienzo de su libro. Recordaba la tarde en que lo escribió y también esa sensación de goce que trae la creación y que luego lo acompañó siempre, en cada poema, en cada cuento, pero ya sin  la intensidad que rodea  aquello que hacemos por primera vez.

Varios de los poemas que siguieron no habían motivado comentario alguno y sintió que no todo estaba perdido. Al llegar a “Música Patria” descubrió que Padre había subrayado los dos últimos versos: “El caminante/ siente como si le palparan el corazón con la mano” y agregado una pregunta que lo expuso a todas sus torpezas “¿Con que otra parte se puede palpar si no es con la mano? Con el paso del tiempo no recordaría haber vivido un instante de tanta humillación. Pensaba cómo había podido cometer ese error tan grave, él, que se jactaba de buscar la palabra justa y aspiraba a escribir como Quevedo. Sin duda, en aquellos días de la juventud, había leído sus originales con superficialidad y soberbia. Se preguntaba si algún otro lector habría descubierto su inexplicable caída y tuvo que reprimir su intención de arrancar esa página. Se dijo entonces que el error no estaba en ella sino en él y pudo más el deseo de no destruir algo que tenía las huellas de su padre que el desprecio hacia sí mismo.

Los doce poemas que siguieron no merecieron observaciones. Dudó si su padre los aprobaba o si, después de aquel pecado contra el idioma, habría juzgado inútil toda advertencia crítica. Pero al llegar al poema “Arrabal” supo que se había equivocado. Los comentarios eran más incisivos que los anteriores. Una cruz señalaba el verso “Juiciosas cual ovejas en manada” y podía leerse, en el margen, “No creo que ser juiciosa sea un atributo de la oveja y tampoco creo que, de tenerlo, pierda ese atributo cuando está sola”.  Ese poema estaba dedicado al marido de su hermana Nora, Guillermo de Torre, quien los había acompañado esa tarde y en ese preciso momento estaba en la sala, conversando con su madre. Podía oír su voz. Habían compartido tertulias literarias en Madrid, habían recorrido las calles de Buenos Aires y si bien los separaban algunas ideas sobre las vanguardias, le tenía un afecto singular, que el tiempo fue limando, pero que aún se mantenía. Padre había escrito con crueldad: “Me parece bien que un poema tan malo esté dedicado a mi yerno”

Pero la observación que más lo hirió fue la del poema “Sábados” La dedicatoria decía “A mi novia Concepción Guerrero”. Comenzaba con el verso “Benjuí de tu presencia” y seguía con una línea algo bizarra: “En nuestro amor no hay algazara”. Padre había escrito: “Con estos dos versos el noviazgo no podía prosperar”. Pensó que, en verdad, él la había amado y había padecido la ruptura y su ausencia. Disfrutaba la espera de los sábados y, cuando al caer la tarde la dejaba en la puerta de su casa, en Palermo, sentía la felicidad de empezar la víspera de un nuevo encuentro. Nunca supo porque razón ella se alejó. Precisamente un sábado, a pocos meses de la aparición de su libro, recibió  una tarjeta en la que le decía que necesitaba estar un tiempo sola, para pensar. Ahora se preguntaba, confundido, si la ruptura no se debía a esos versos difíciles de entender sin un diccionario a mano y desprovistos de todo encanto. Pero de inmediato abandonó esa idea absurda. Los poemas, todos los poemas del universo, carecían de fuerza para imponer el amor o el desamor. Las excusas de aquella novia, con el tiempo, las repitieron otras mujeres que amó y se convirtieron en un lugar común de todos sus abandonos y rupturas.

Esa noche le costó dormir. Estaba habituado al insomnio y lo consideraba una herramienta de su arte. Muchos de sus textos habían nacido de la imposibilidad de llegar al sueño. Su inquietud era distinta. No dejaba de pensar en el valor de ese primer libro. Las críticas de su padre le generaban dudas.  Había creído hasta ese momento que  “Fervor de Buenos Aires” era el libro que fundaba su obra. En sus versos estaban las bases de su estética futura, de todo aquello que escribiría después. Aún no sospechaba que, con el tiempo, ya en los umbrales de la vejez,  lo afirmaría sin vacilar. Ahora se arrepentía de haberlo publicado y le reprochaba al padre el no disuadirlo. Pero, en verdad, suprimido ese libro, condenado a la censura y el olvido, su obra quedaba tan huérfana como él mismo. Sin embargo, no solo memorizaba los poemas, recordaba también los momentos en los que los había escrito y no podía evitar que le gustaran, emocionarse, aun sin ser ya el joven que había sido. No tardó en darse cuenta que lo conmovedor para él, no eran esos versos, sino aquella época de su vida, irrepetible, en la que todo se descubre. Tal vez su padre no se equivocara. La luz tenue del amanecer ya entraba en el cuarto y venía, como siempre, en su ayuda. No debía dramatizar. Después de todo se trataba de una edición de solo 300 ejemplares; pocos lectores, en su mayoría desconocidos y anónimos, habrían advertido sus defectos. Era limitado el ámbito de su vergüenza y el tiempo se encargaría que esos seres fueran tan olvidados como sus primeros versos.

III

Habían pasado muchos años desde la tarde de aquel descubrimiento. Ya no podía caminar solo por las calles ni leer: dos formas de la felicidad que lo fueron abandonando lentamente. Las compañías a las que debía recurrir lo obligaban a mantener conversaciones triviales. Hubiera sido injusto lamentarse del paso del tiempo. Le había traído algunos beneficios: La admiración de los otros, la posibilidad de publicar lo que quisiera sin tener que soportar cuestionamientos de editores superficiales y el hecho de trabajar, si era posible usar ese verbo, en la Biblioteca Nacional. Pero la fama, que otros envidiaban, le ocasionaba algunas incomodidades. Se había convertido, a pesar de él, en un personaje reconocible por seres que le resultaban indiferentes. Desde los ámbitos más diversos lo convocaban para conferencias; deliberadamente sugería, sin éxito, temas que suscitaran rechazos. Sentía que perdía el tiempo y que se alejaba, poco a poco, de lo único que le interesaba: la vasta literatura que aún no había logrado agotar.

Pese a todo, la obsesión por las críticas de su padre a su primer libro lo invadía cada tanto, en ciclos irregulares, que no podía prever. A veces las olvidaba durante un tiempo y de pronto retornaban, lo llevaban a dudar y volvía a preguntarse si eran acertadas o no. En soledad, repetía los poemas en voz baja y salvo alguna excepción, seguían gustándole y advertía en ellos sutilezas que luego había desarrollado en cuentos y ensayos. Había atravesado ya  los umbrales de la vejez y aún le costaba discrepar con su padre. Pensaba, con algo de dolor, que era un hombre culto, con formación filosófica, pero la poesía no había sido su destino. Sus lecturas eran propias del siglo XIX y quizás fuera insensible a las nuevas formas y metáforas. Algunos comentarios le parecían lúcidos, pero no justificaban la condena de toda esa obra primera. Había una diferencia esencial entre “Fervor de Buenos Aires” y los otros libros de juventud que él mismo decidió no volver a publicar, como “El tamaño de mi esperanza”, “Inquisiciones” o  “El Idioma de los Argentinos”. En esas páginas de ensayos exponía opiniones, juicios categóricos que ahora consideraba errados y ya no podría sostener. Pero “Fervor de Buenos Aires” era distinto.  Esos poemas lo reflejaban. Aún ahora, cuando caminaba acompañado por alguien que le concedía la gentileza del silencio, los recordaba y encontraba hallazgos que lo hacían viajar a través del tiempo.

Había aprendido a convivir con aquellas ironías de su padre y ya no le resultaban tan dolorosas. Pero, extrañamente, esa calma, consecuencia irremediable del tiempo, le causaba algo de tristeza. Creía que lo alejaban de él y le hubiera gustado mantener vivo ese estado entre la sana indignación y la duda, que se fue disipando con los años mientras desaparecían de la tierra los poquísimos ejemplares de esa primera edición y quizás también sus lectores.

Nunca pudo imaginar que algo haría resurgir todo con una intensidad similar a los días que siguieron al hallazgo. La celebridad, que consideraba una ficción colectiva, un equívoco, hizo que le propusieran la edición de sus obras completas en volúmenes simples que deberían comenzar, en estricto orden cronológico, con “Fervor de Buenos Aires”. Al llegar a su casa, buscó el ejemplar que, pese a las sucesivas mudanzas, seguía escondido en el cajón de su mesa de luz. Ya no podía leer y solo quería pasar su mano sobre la tapa para ver si le trasmitía alguna certeza. Pensó en censurar ese libro, condenarlo al olvido, que quedara como una pieza difícil de hallar para universitarios curiosos, o bibliófilos ávidos. Afirmaría, frente a los editores y el mundo que su obra comenzaba con “Luna de Enfrente”, publicado apenas dos años después. La edición pequeña de “Fervor” en ese papel de poca calidad, se convertiría en un mito, se dudaría si en verdad existió, como el poema que Cervantes habría dedicado a América, mencionado en una de sus cartas y que nadie jamás pudo encontrar. Pero esta idea lo abandonó de inmediato porque pensó en todo lo que se perdería con su primer libro: los instantes que dieron origen a cada poema, los aromas, las calles, las noches de lectura apasionada en los cafés, las esperas a una mujer amada en la puerta de una casa que ya no existe, los miedos y esa dicha intransferible que produce la creación, en el instante en que se siente que un dios ha descendido sobre nosotros y somos el instrumento de algo superior, que no estamos llamados a controlar. Poco importaba el resultado, lo esencial era esa suerte de éxtasis, esa búsqueda. Destruir “Fervor de Buenos Aires” sería destruir lo que él fue en esos años que evocaba con una tenue felicidad.

Demoró la respuesta porque también le resultaba difícil prescindir de las observaciones de su padre y presentía que, con su estilo no desprovisto de cierta crueldad, su intención había sido preservarlo de la ridiculez. Padre no había optado por hablar. Su estrategia había consistido en ocultar el ejemplar con sus críticas para que lo hallara en el momento oportuno en que fuera un escritor reconocido y lo convocasen para editar sus obras. Tal vez lo mejor sería optar por una solución intermedia: No negar la existencia del libro. Permitir que se publicara “Fervor”, pero con las supresiones que Padre sugería. Podía recordar cada una de los comentarios, incluso el lugar en que los había escrito con aquella letra clara que siempre parecía consignar verdades. Sintió entonces, una suerte de rebeldía que la vejez le impedía calificar de juvenil. Ahora no quería corregir al que había sido e incluso iba más allá: Hasta le gustaban algunas fealdades que no hubiese tolerado en otro poeta que no fuese él.

Esa noche, como la primera, casi no pudo dormir. A la mañana siguiente un hecho vino en su ayuda. Recibió una invitación, con sellos solemnes, para dar tres conferencias en España. Estaba ante una oportunidad inesperada. Decidió aceptar de inmediato y le dictó a su madre una carta sencilla que condicionaba la propuesta a que ella lo acompañara y a permanecer todo el tiempo en Madrid. Agradeció por un motivo secreto  y trató que las universidades no percibieran hasta qué  punto le era indiferente la convocatoria. Su alegría era íntima y ni siquiera su madre, que tanto lo conocía, llegó a descubrir la causa.  Lo único que le importaba de ese viaje era visitar a su antiguo maestro, el escritor andaluz Rafael Cansinos Assens, con quien había compartido lecturas, pasiones y manifiestos.  Hacía cuarenta años que no se veían, extrañaba su erudición y era el árbitro ideal para someter a su juicio las correcciones de su padre y aceptar su consejo.

Ahora se enfrentaba a una extraña aventura  que daría una luz distinta a la rutina de sus días. Debía trasladar el libro sin que Madre, hacedora eterna de su maleta, lo advirtiera. Había logrado ocultarle por años la existencia de aquel ejemplar. No quería que lo descubriese y frustrara su plan. Podría contar con la complicidad de la mucama, pero con algunas reservas: la tarea que su madre le había encargado consistía en vigilarlo y contarle todo lo que notaba extraño. Esa mujer simple y leal no se sorprendería de que, en la víspera de partir, agregara un libro cuando la valija ya estaba terminada. Pero su aventura no terminaba allí. Era indispensable visitar al maestro sin la madre, para entregarle el ejemplar y explicarle lo que deseaba de él. Pensó, entonces, con alivio, que no le sería difícil prescindir de ella y buscar a otra persona. Madre no guardaba un buen recuerdo de Rafael Cansinos Assens. Nunca la abandonó la idea de que no era una buena compañía para su hijo: Se pasaba todo el día en el café, era excéntrico, lo hacía trasnochar y, cuando se encontraban, Georgie volvía a la madrugada se quedaba leyendo y costaba despertarlo para el almuerzo. Madre no estaría interesada en participar de esa visita con un personaje que ya no resultaba peligroso. Sabía que el tiempo no había pasado en vano. Su hijo no corría ya esos riesgos que tanto la preocuparon cuando tenía apenas 20 años y era vulnerable.

IV

Lo alegró saber que Rafael Cansinos Assens seguía viviendo en el número 8 de la Calle de la Morería, detrás del viaducto. Recordaba con precisión la casa, pequeña y humilde, una suerte de biblioteca con cama, como le gustaba describirla a sus amigos del Café Colonial, que no tenían el privilegio exclusivo de acompañarlo, cuando terminaba la tertulia, en la noche, al borde de la madrugada. Le parecía verlo traspasar su puerta como si entrara en un templo, abrir la ventana y saludar a las estrellas en 14 idiomas. Ese ritual le hacía sentir emoción y envidia, no solo por el don de lenguas que él quizás nunca llegaría a poseer, sino por la certeza de que su maestro no necesitaba escribir para generar poesía: la bastaba un acto o un gesto invisible.

No le fue difícil prescindir de su madre y encontrar quien lo llevase a la casa de Cansinos Assens. Un muchacho, que se presentó como cuentista, se ofreció con cordialidad y él aceptó de inmediato. Tuvo la intuición de que, pese a su origen andaluz, no sería demasiado conversador. Le dijo que lo admiraba desde siempre. Pensó en la admiración como una debilidad propia de la juventud que lo inclinaría hacia el silencio. Tendría temor de hacer preguntas, de incurrir en algún error que suscitara una de sus habituales respuestas irónicas. Pero ese miedo no le causó desprecio. Era precisamente el que había padecido, ante su maestro, cuando era joven y recorrían esas mismas calles.

Al entrar sintió la presencia física de los libros y supo que nada había cambiado. Ahora, Cansinos Assens, se había convertido, para él, en una voz. Poco le importaba no ver su rostro: Tal como había escrito en uno de sus primeros relatos “el hombre se parecía a la voz”. Se abrazaron con la alegría, casi ingenua, de quienes no esperaban volver a encontrarse. Habían pasado 40 años, las dos guerras, la de España y la del mundo. En su existencia, la irrupción de la prosa, la soledad, la ceguera, el trabajo en la biblioteca y una equívoca fama. En la de su maestro, la condena al ostracismo, la censura por haberse proclamado judío sin tener la certeza de serlo, la necesidad de hacer traducciones para poder subsistir y el olvido de los otros. No condescendieron a hablar de sus vidas. A los dos les importaban más las lecturas que los acontecimientos individuales. Él hubiera querido indagar, aunque fuese para comprender esa injusta paradoja, porqué  razón el prestigio de su obra crecía día a día, mientras declinaba la presencia de su maestro en todos los ámbitos intelectuales del mundo. Cuando mencionó su nombre en una rueda de prensa, al llegar, tuvo la sensación de que ninguno de los periodistas sabía quién era en verdad. Pensaban que se trataba de un ser imaginario, un personaje inventado en el ejercicio de sus ficciones. En el instante en que iba a hablarle de esa injusticia que lo asombraba, Cansinos Assens  le dijo que estaba revisando la traducción de “Las mil y una noches” del árabe y que había advertido cierta influencia del Talmud en algunos de los diálogos y una clara reminiscencia de Virgilio. Decidió permanecer en silencio, no interrumpir con pequeñeces sin trascendencia esas sutilezas sorprendentes que hacía años que no escuchaba. Su maestro no hablaba desde el presente vano y efímero sino desde una suerte de eternidad.

Sintió, entonces, que debía renunciar al propósito de su visita. No podía distraer a Cansinos Assens obligándolo a la relectura de un libro menor. Para colmo, le acababa de anunciar que se tomaría un tiempo para analizar la obra de Dante y las huellas posibles del Islam en la arquitectura del infierno. Pero la sensación de fracaso que le hubiese traído retornar sin su consejo, esa angustia de no saber si su padre estaba en lo cierto, hizo que tuviera el coraje de expresarle el motivo de su presencia y le habló con el tono temeroso y vacilante de quien confiesa una conducta reprochable. Cansinos Assens tomó el ejemplar de “Fervor de Buenos Aires” en sus manos, lo hojeó, hizo alguna alusión al ultraísmo con una sonrisa comprensiva y le pidió que volviera al otro día, a la hora que quisiera, porque él ya no salía: Todos los lugares de Madrid a los que hubiera querido volver habían sido destruidos, o por la guerra o por la modernidad.

“Tiene razón tu padre en todo y me he atrevido a hacer otras correcciones”. Cansinos Assens lo recibió con esta frase, que precedió al saludo y pronunció con un dejo de bondad. Abrió el libro en el poema “Calle Desconocida” y leyó en voz alta el verso “Penumbra de la paloma llamaron los judíos a la iniciación de la tarde”. Le sugirió cambiar la palabra “judío” por “hebreo”. Explicó las diferencias y le habló largamente de la cábala mística. Luego se detuvo en el poema “Dictamen” y le cuestionó la palabra “altivecer”. Aludió a las etimologías y a las connotaciones teológicas del término. Por último y quizás para ir en su ayuda, se refirió al poema “Sábado” que su padre había ridiculizado y le alabó el verso “Está en ti la delicia como está la crueldad en las espadas”. Llegó a decirle que era el mejor del libro, pero le propuso una corrección. La palabra “delicia” tenía, en el español actual connotaciones gastronómicas y debía cambiarla por “Luz”. Volvió a repetir el verso con el cambio, una y otra vez y no pudo disimular que reconocía su influencia y por eso lo celebraba.

Aceptó con alivio y resignación los juicios de su maestro. Le agradeció la lectura, y decidió cambiar abruptamente de tema. Comenzó a hablarle de los distintos traductores de “Las mil y una noches” y de los posibles orígenes del libro, ante la tesis persa del Barón Von Hammer. Trató de que no quedara en evidencia la egoísta finalidad de la visita. Tal vez lo logró porque Cansinos Assens, apasionado, se olvidó de “Fervor de Buenos Aires”, reseñó todas las teorías, le pidió su opinión con humildad y conversaron hasta el atardecer de la interpretación esotérica de “las noches”, como las llamaba su maestro. Se despidieron con la certeza de que no volverían a encontrarse y la felicidad extraña de haber mantenido una conversación última sobre un libro infinito y amado.

En esos días de Madrid pensaba en Buenos Aires todas las mañanas y sin proponérselo. Procuraba reconstruir la ciudad de “Fervor”. A su regreso, como si se tratara de un juego de espejos, pensaba solo en Madrid. Sabía que las dos ciudades ya no eran las mismas y las evocaba sin nostalgia, con una resignada aceptación. La ceguera lo privaba de las imágenes y hacia resaltar los perfumes que, por momentos, le resultaban familiares. En determinadas calles, en algunos rincones, cuando caminaba hacia la casa de su maestro, había sentido que, pese al paso del tiempo, persistían los aromas de aquel Madrid de su juventud, aunque mezclados con otros, diferentes y quizás nuevos, que no alcanzaba a reconocer. Algo similar le ocurrió al día siguiente de su llegada, cuando volvía de la Biblioteca Nacional. No se trataba solo de los perfumes. También las voces, los ruidos, todo lo que hace a la música de una ciudad, había cambiado, pero esa caótica armonía, quizás producto de la modernidad, no le había resultado del todo ajena, ni en Madrid ni en Buenos Aires. Él tampoco era el mismo. Por momentos, tanto aquí como allá, había sentido la presencia del joven que fue, habitado de pasión y certezas, en diálogo con ese hombre viejo, cercano al gran enigma, en el que se había convertido. Como su maestro, ahora vivía solo en función de la literatura y se preguntaba si no era un acierto pensar que los libros estaban llamados a padecer y gozar las mismas transformaciones que las ciudades, a convertirse como ellas, en la obra de un autor plural, secreto e inhallable.  La idea poética  de que su libro atravesara las mismas vicisitudes que los lugares donde fue concebido vino a salvarlo. Esa obra primera se había forjado en Madrid, en torno al ultraísmo, pero su escritura se había llevado a cabo en Buenos Aires. Podía reconocer en las páginas aquello que le había sido dictado por los dioses a él mismo y también a su padre y a Cansinos Assens, amanuenses sin duda más calificados. Se preguntó qué significaba, en verdad, ser autor de un libro, si no hay algo de vanidad en atribuirse una obra. Sintió que no había sido casual encontrar a su maestro trabajando sobre “Las mil y una noches”, una creación infinita, colectiva, de todos y de nadie. Tampoco se debía al azar que su padre solo dejara subsistente de aquel prólogo la frase que ahora se le  revelaba bajo una nueva forma: “Si las páginas de este libro consienten algún verso feliz, perdóneme el lector la descortesía de haberlo usurpado yo previamente. Nuestras nadas poco difieren; es trivial y fortuita la circunstancia de que seas tú el lector de estos ejercicios y yo su redactor”

La semana que precedió a la entrega del primer volumen de sus “Obras Completas”, le dictó a su madre la nueva versión de “Fervor de Buenos Aires”, sin vacilar. No temía cometer error alguno. Había vuelto una y otra vez sobre esa obra, desde el día en que descubrió el ejemplar y lo tenía grabado en la memoria. Suprimió los poemas que su padre había condenado, introdujo todas las modificaciones sugeridas y le sumó las de su antiguo maestro. Dudó si contar la verdad. Como Bartleby, prefirió no hacerlo. Decidió agregar un nuevo prólogo. Su sinceridad lo llevó a iniciarlo con una confesión expresa: “No he reescrito este libro”. Ni la crítica, ni las crédulas universidades, repararon en esta frase. Solo muy pocos se dieron cuenta que encerraba una estricta verdad.

Octubre 2023 – Abril 2024

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Autor: Eduardo Álvarez Tuñón. Título: Cuentos completos. Editorial: Libros del Zorzal. Venta: Todostuslibros.  

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