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Cultivar nuestro jardín

Cultivar nuestro jardín

Los seres humanos —todos, sin excepción— vivimos en el mejor de los mundos posibles. Contengan la carcajada, por favor. Además, corro a justificarme, no es una aseveración de mi cosecha. Si tienen alguna noción de filosofía, deben saber que se atribuye a Leibniz, aunque él no la formuló exactamente así, aparte de que se insertaba en un contexto metafísico que poco tiene que ver con el entendimiento vulgar de la expresión. Da igual, la afirmación es tan rotunda que se presta al cachondeo. No de ustedes, ciudadanos baqueteados del siglo XXI sino, ya en su momento, de los propios coetáneos del filósofo alemán.

El primero o, al menos, el que mejor satirizó el optimismo leibniziano fue el mordaz Voltaire, en un opúsculo —cuento filosófico o novela corta— que se titulaba Cándido, o el optimismo (1759). El Cándido de la narración, un simplón, como expresa el propio nombre, era un joven que se asomaba al mundo no ya solo para ver cómo en él campeaba el mal abstracto, físico y moral, sino para contemplar toda suerte de calamidades concretas: guerras, persecuciones, muertes terribles y masivas, pánico, fanatismo, destrucción y, en fin, crueldades e injusticias que poco tenían que envidiar a los legendarios tormentos infernales.

"Ni qué decir tiene que el mundo que habitamos y los tiempos que vivimos son más que propicios para que prospere la semilla volteriana"

La conclusión —moraleja— de ese dantesco recorrido se expresa en una frase final que ha devenido célebre: Il faut cultiver notre jardin (Hay que cultivar nuestro jardín). Aunque el mensaje es diáfano, la metáfora se abre, al menos, a tres matices interpretativos, no excluyentes sino complementarios: el más obvio, es la refutación del optimismo ingenuo, de la que se sigue el descrédito de las grandes ideas, doctrinas o reformas. Un escepticismo cognoscitivo y ético que, a su vez, genera un repliegue vital como único objetivo sensato: ya que el mundo es como es y no tiene remedio, busquemos refugio en lo cercano, casi en lo íntimo, y hallemos el sentido de la vida en ese entorno que solo depende de nosotros.

Ni qué decir tiene que el mundo que habitamos y los tiempos que vivimos son más que propicios para que prospere la semilla volteriana. Estamos de vuelta de todo. Más aún, estamos hartos, agobiados, espantados. Es el signo de nuestra era, desde luego, pero sería absurdo, o simplemente falso, sentirnos especiales en este sentido, porque lo mismo o muy similar ha sucedido en otras épocas de la historia. Así, en la Antigüedad clásica, tras los majestuosos sistemas platónico y aristotélico, se abrió paso el escepticismo estoico y epicúreo. ¡Que casualidad que ambas filosofías estén de moda, aunque trivializadas, en la actualidad!

Las fases de optimismo colectivo generan colosales construcciones ideológicas, sean religiones que ofrecen redención y salvación, filosofías o ciencias que aspiran a desentrañar la realidad o doctrinas políticas que prometen casi el paraíso en la tierra. Tras ellas, llegan fases de decepción y con esta, un sentido más crítico que no siempre tiene que traducirse en perplejidad, renuncia o desánimo, sino en simple cambio de horizonte. Puede abrirse paso una conformidad —no se confunda con mero conformismo— que haga de la moderación de las aspiraciones un programa atrayente de vida: la búsqueda de satisfacción en la sencilla vida cotidiana, la capacidad de disfrutar lo inmediato, la alegría de las pequeñas cosas.

"Insisto en el carácter que todo esto tiene de síntoma o tendencia del momento en que vivimos porque otros varios volúmenes de reciente aparición se mueven en la misma línea, incluso con títulos muy parecidos"

Si, como ya he mencionado, no es casualidad que epicureísmo y, aún en mayor medida, estoicismo estén en boga, tampoco lo es que en el mercado editorial aparezcan ahora obras que propugnen y teoricen esa vuelta a lo privado, a ocuparnos de nuestro jardín, por seguir utilizando la terminología volteriana. En concreto, con el sintagma que acabo de señalar, literalmente, es decir, La alegría de las pequeñas cosas, se ha publicado un librito de una autora inglesa, Hannah Jane Parkinson (Círculo de tiza, traducción de María Campos Galindo y Sandra Chaparro). Dice Parkinson que trata de mostrarnos en sus páginas «los placeres cotidianos», sus flores en el desierto, el destello lila del crepúsculo, «la suela más cómoda que pudiera tener un zapato».

Insisto en el carácter que todo esto tiene de síntoma o tendencia del momento en que vivimos porque otros varios volúmenes de reciente aparición se mueven en la misma línea, incluso con títulos muy parecidos. Así, el pequeño ensayo de Pau Arenós, Las pequeñas alegrías (Debate), que no solo se asemeja al anterior en el título sino sobre todo en el contenido y en la filosofía subyacente. Y, ya que hablo de filosofía, me gustaría hacer mención de otro ensayo similar de un profesor universitario, Matthew Qvortrup, que se atreve a desafiar al establishment académico con una obra tan heterodoxa como divertida: Grandes mentes y pequeñas cosas. La enciclopedia filosófica de la vida cotidiana (Alianza, traducción de Violeta Radovich Ruiz).

"Frente al utilitarismo rampante, esa filosofía de la productividad poco menos que obligatoria, reivindiquemos la ligereza, el placer, la frivolidad incluso"

Permítanme que me haga eco de los argumentos de Qvortrup, porque los expresa con tal desenvoltura que me parece tan clarificadora como insuperable su declaración de intenciones. La filosofía, nos dice, está inflada de trascendencia. Los filósofos tratan de metafísica, epistemología, del sentido de la vida. Pero la vida no solo es eso. La vida es más que eso. Mucho más. Y esto es tan irrebatible que hasta los propios filósofos, quizá en sus ratos libres, quizá con la boca pequeña, se han tenido que ocupar de los aspectos cotidianos de la vida. Y han dicho cosas agudas y brillantes, y también muchas tonterías, incluso disparates. No pasa nada. Hablemos de barrigas y bostezos, de estornudos y excrementos, de café y cerveza, de risas y olores.

¿De veras no pasa nada? Sí, ya saben, desde posiciones dogmáticas y esgrimiendo proclamas de salvación —materiales o espirituales— suelen criticarse o incluso descalificarse las actitudes antedichas como egoístas, mezquinas o, por lo menos, de corto vuelo, de escasa ambición. ¿Saben qué es lo mejor que se puede hacer ante tales reproches? Lo que sugiere Qvortrup, no entrar al trapo, encogerse de hombros. Sí, «puede que este proyecto te parezca frívolo a más no poder y, aparte, inútil. Puede que lo sea y, en muchos sentidos, lo cierto es que me da lo mismo. ¿Por qué no podemos divertirnos y leer cosas simplemente porque sí?» En otras palabras, frente al utilitarismo rampante, esa filosofía de la productividad poco menos que obligatoria, reivindiquemos la ligereza, el placer, la frivolidad incluso.

"Cultivar nuestro jardín supone reaprender o recordar que la mayor parte de las cosas satisfactorias de la vida son gratuitas, por lo menos en un sentido inmediato"

Y es que esa liviandad parece consustancial a este regreso a lo privado, lo familiar, lo íntimo. No en vano hablamos de pequeñas cosas, siendo en este caso el adjetivo tan importante o más que el sustantivo. Lo pequeño suele ser ligero, reducido en el espacio, efímero en el tiempo. Y lo aceptamos así, tal cual, sin pedirle más. Pau Arenós se refiere explícitamente a «esas minucias que nos hacen dichosos durante un rato». No les pedimos la felicidad eterna, solo un instante de placer o diversión o simple agrado. Las pequeñas alegrías de las que trata Arenós son las que nos dan los amigos, degustar un buen vino, una comida al aire libre, un viaje maravilloso o hasta deambular una tarde cualquiera sin hacer nada, porque a cierta edad nos damos cuenta de pronto cómo ha pasado el tiempo y te encuentras «perplejo de la velocidad con la que la vida te catapulta».

En la misma línea, Hannah Jane Parkinson hace todavía una lista más larga de las pequeñas cosas que le alegran la vida. Son tantas y tan variadas que lo único que se me ocurre, más que mencionarlas aquí, es admirarme de la facilidad de la autora para hallar tantos motivos de satisfacción. En cierto modo, se me ocurre añadir, demuestra con ello una sabiduría mayor que esos grandes personajes, supuestos sabios y profetas amargados, cuya grandilocuencia solo es comparable a su incapacidad para ser felices y disfrutar de la vida.

Cultivar nuestro jardín supone reaprender o recordar que la mayor parte de las cosas satisfactorias de la vida son gratuitas, por lo menos en un sentido inmediato: la risa espontánea de un niño, el beso de la persona amada, el abrazo sincero de un amigo, el azul profundo del mar, el olor a tierra mojada tras una tormenta de verano, el milagro de una majestuosa puesta de sol, la contemplación campestre del firmamento estrellado, el frescor del rocío al amanecer… Cada cual guardará en su morral la lista de pequeños placeres que hacen que la vida merezca la pena ser vivida. No nos falla la vida, sino nosotros mismos, que nos olvidamos a menudo de verdades tan elementales. Il faut cultiver notre jardin.

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