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De bibliotecas y libros

De bibliotecas y libros

Mi casa, la de mi infancia, era la vivienda de una almazara, a las afueras de Arjona, provincia de Jaén. El inmueble tenía seis balcones, tres en cada piso, tres ventanas en el altillo y otras dos en el bajo. En aquella casa de cierta prestancia sólo había dos libros: el Libro de Familia y un recetario de Picadillo, editado en La Coruña en 1906, creo recordar.

No sé cuánto tiempo tardé en aprender esa palabra mágica capaz de contener tantas cosas: biblioteca. Me consta que en Arjona, mi pueblo, había tres o cuatro bibliotecas particulares de cierta importancia, pero nunca tuve acceso a ellas. Hasta que cumplí diez años, la biblioteca más extensa que conocí era la de la escuela: un armario polvoriento, con cierres de alambrada de gallinero, en el que se guardaban un par de docenas de libros. No recuerdo haberlo visto abierto, ni que aquellos libros se usaran, excepto un viejo ejemplar del Quijote del que los escolares leíamos, por turnos, en voz alta, todas las tardes, después del rezo del Santo Rosario. En casa leía tebeos, que alquilaba en la tienda de Ibáñez, los de Roberto Alcázar y Pedrín y los del Guerrero del Antifaz y El Cachorro, piratas, mares, aventuras. Ahí despertó mi vocación literaria.

Luego nos mudamos a vivir a Jaén y allí empezó mi biblioteca. Cuando cumplí doce años me dieron treinta pesetas con las que adquirí dos novelas de Rafael Sabatini: Historias Turbulentas y La justicia del Duque. Todavía las conservo y a veces releo alguna página, ya amarillenta, intentando recobrar la fruición con la que descubrí la literatura a través de ellas. De Sabatini pasé directamente a Homero y de Homero a Quevedo, El Buscón y a Julio Verne, Dos años de vacaciones.

"Borges y otros han elevado la biblioteca a la categoría de metáfora del mundo. Cada biblioteca es un mundo que a su vez encierra mundos y abre ventanas a abismos inaccesibles."

Mi biblioteca ha crecido mucho desde entonces y ahora es posible que ande por los diez mil volúmenes. En mi biblioteca se resume toda mi vida. Hay libros que no he leído nunca y quizá ya no lea; pero hay otros muy manoseados y anotados. Todos me traen recuerdos de lo que fui y de lo que fueron en el momento en que los leí, de las circunstancias en que llegaron a mis manos, en un viaje, en una librería de viejo, olvidados en el banco de un parque, regalados… Hay uno que compré porque entre sus páginas llevaba una flor seca, recuerdo de un momento inolvidable y ya olvidado (Borges, de nuevo); otro, porque en su frontispicio un antiguo propietario escribió la fecha en la que presenció una ejecución pública, a garrote vil, un memento que lo acompañara toda su vida.

Borges y otros han elevado la biblioteca a la categoría de metáfora del mundo. Cada biblioteca es un mundo que a su vez encierra mundos y abre ventanas a abismos inaccesibles, tiende caminos, suscita voces que creíamos muertas, multiplica amigos. Bienvenidos a la biblioteca.

MI QUIJOTE

Mi primera biblioteca fue un armario chiquitito, de poco fondo, en el que a mis trece años atesoraba una docena de libros. Todavía conservo en él el germen de mi biblioteca, el Quijote contado a los niños que leíamos por turno, cada tarde, con este gastado ejemplar en la escuela de mis primeras letras. Mi personaje histórico y literario favorito es Cervantes poco después de alumbrar el Quijote.

"El Quijote, el libro mágico que arrastró a su autor y lo sobrepasó, nos sigue arrastrando y sobrepasando a los críticos, a los exegetas y a los lectores."

Si la vida es o puede ser como una biblioteca, la biblioteca también puede ser como una vida. A menudo lo es. Borges señala que algunos personajes de la segunda parte del Quijote ya han leído la primera, con lo que enuncian una historia circular, infinita. Quizá Cervantes sea también un personaje del libro, un hombre que se vierte tanto en su novela que le transfiere su sustancia y deja atrás el caparazón vacío de un viejo soldado, un autor fracasado, un hombre a vueltas con la vida, siempre trampeando, que descubre su vocación, o su cauce, ya tarde. Paseo mi melancólica mirada, la melancólica mirada de un escritor-lector que se acerca a la sesentena, por los estantes de mi biblioteca y veo dibujarse en estos libros, los que he leído y los que he escrito, mi vida entera, mis afanes, mis gustos, mis requiebros, pero también mis limitaciones y mis renuncias. Los libros que he frecuentado, los que leí en amorosa compañía, los que ya no volveré a leer, los que no leeré nunca porque pertenecen a un proyecto abandonado. En estos días regreso al Quijote después de diez años de ausencia y, como siempre, lo encuentro joven, viejo y renovado. En los descansos picoteo libros sobre Cervantes, otra biblioteca incesante y circular. En El caballero del Verde Gabán L.G. Hortigon descrifra el Quijote como un tratado cabalístico repleto de significados y claves, inspirado en personas de su tiempo. En El Triunfo de don Quijote, de Federico Ortés, el libro de Cervantes oculta un misterio jesuítico. En El escritor que compró su propio libro, Juan Carlos Rodríguez, con portentosa erudición, rescata el quijote de las interpretaciones idealistas o románticas. Para este autor la primera novela nace con la vocación de llegar al gran público y dar de comer a su autor. En Cervantes clave española, Julián Marías confiesa que el lector encuentra en Cervantes lo que necesita de él para realizar su propia vida y analiza los múltiples aspectos del Cervantes histórico y del poliédrico Cervantes que la historiografía ha generado sobre el débil cañamazo de una existencia de la que ignoramos casi todo, aunque quizá podamos aspirar, otra vez la cábala, a descifrarlo a partir de sus personajes o a través de nuestro propio reflejo en ellos, esa puerta mágica de la ficción llamada novela que Cervantes descubrió.


El libro mágico que arrastró a su autor y lo sobrepasó nos sigue arrastrando y sobrepasando a los críticos, a los exegetas y a los lectores. Es un continente ignoto, demasiado extenso para explorarlo, incluso con la ayuda de los mapas que sus geógrafos levantan. Cuanto más lo leemos más nos prende, como un juego de espejos que se contiene a sí mismo, a Cervantes y a nosotros, sus lectores, los que fuimos, los que somos y quizá los que seremos, incesante y eterno, el libro que es una biblioteca.

"En mi casa sólo había dos libros: el Libro de Familia y el recetario de Picadillo, el famoso cocinero y alcalde de La Coruña. Mi madre me corrige: había tres, los dichos y un diccionario azul."

Cuando cumplí los nueve años, mi familia se mudó a Jaén para que yo pudiera cursar ingreso de Bachillerato. Aquella ciudad levítica y provinciana se me reveló como un mundo nuevo: luces de neón, ascensores, escaparates… y libros. En los dos colegios sucesivos en los que cursé a trancas y barrancas el Bachillerato, los Maristas y San Agustín, había sendas bibliotecas, pero eran más bien de adorno, o para el uso de los profesores y, quizá, algún alumno distinguido. Yo tenía vistas algunas bibliotecas en blanco y negro, en el cine, porque en las películas de entonces ocurrían muchas escenas en las bibliotecas de las mansiones, con tresillos chéster y un mayordomo estirado que acercaba al señor la bandeja de plata con el juego de té o la panzuda copa de coñac. En aquellas bibliotecas de Hollywood el espectador presenciaba escenas de amor, discusiones de negocios, odios familiares, reconciliaciones, acosos a doncellas de cofia y muslos, incluso asesinatos, pero nunca aparecía ningún personaje leyendo un libro. No hubieran podido, según he sabido después, porque todos aquellos cientos de libros encuadernados en piel y bien ordenados en anaqueles y estanterías, incluso con un pasillo superior para consultar los más altos, eran sólo lomos pegados a tablones, la figuración de la cultura, nunca la cultura misma, un mero escenario, atrezzo.

En el número anterior de esta revista dije que en mi casa sólo había dos libros: el Libro de Familia y el recetario de Picadillo, el famoso cocinero y alcalde de La Coruña. Mi madre me corrige: había tres, los dichos y un diccionario azul. Ahora lo rescato de las entretelas de la memoria y me veo sentado a la puerta de mi casa, en Arjona, hojeándolo en busca de dibujos sugerentes, especialmente el de la Venus de Milo y la calipige (“la de las bellas nalgas”, cuando supe algo de griego).

Mis padres no habían pasado de la escuela primaria, pero intuían que el contacto con los libros convenía a su retoño. En mi décimo cumpleaños, ya en Jaén, me dieron cinco duros que debía invertir necesariamente en libros. Cerca de casa había una modesta papelería. Allí fue donde adquirí las dos novelas de Rafael Sabatini, La justicia del Duque e Historias Turbulentas en una edición pulp de Editorial Molino. Las he leído muchas veces con renovado placer y todavía las conservo en el primer armario biblioteca que tuve, junto con los primeros libros de mi juventud. En el siguiente cumpleaños, se agregaron Dos años de Vacaciones, de Julio Verne, en Bruguera, con versión en tebeo incorporada, y La Odisea (Editorial Juventud), un libro de un tal Homero evidentemente inspirado en la película Ulises, protagonizada por Kirk Douglas, que yo había visto un par de años antes en el cine del pueblo, en technicolor. La película o el libro, o los dos, resultaron decisivos para mi futura vocación de escritor, que surgió casi inmediatamente al contacto con aquellas historias que le abrían los ojos a un mundo nuevo, de héroes, naves y mares a aquel mozalbete desaplicado nacido tierra adentro, en un paisaje de olivares secos y ríos escasos.

LA HEMEROTECA

Con trece años yo vivía en Jaén, cerca de la Diputación Provincial, un palacio decimonónico de estilo francés en cuyas dependencias bajas estaba la Hemeroteca Provincial. Entonces no había muchas bibliotecas públicas y los aficionados a los libros teníamos menos oportunidades que ahora. Para obtener el carnet de la hemeroteca el aspirante debía contar con el aval de un comerciante o industrial de la ciudad representado por el sello de caucho de la empresa al pie del impreso de solicitud. Tuve que sobornar a un compañero, cuyo padre era propietario de una tienda de tejidos, para que sellara el impreso que me permitió acceder a mi primera biblioteca.

"La única obra accesible en la sala de lectura, sin necesidad de rellenar la papeleta de solicitud, era una Enciclopedia Espasa flamante, pero algo superada."

La sala de lectura de la hemeroteca tenía cierto empaque institucional que contrastaba con la indigencia de muchos usuarios. Sobre el respaldo de los sillones forrados de piel se veían los abrigos raídos, las bufandas menesterosas, los paraguas desvarillados, guardando la ausencia del dueño que había ido a mear. Los pupitres tenían el tablero inclinado y eran tan espaciosos que podías desplegar un periódico sin molestar al vecino. Los lectores nos conocíamos, nos saludábamos, a veces conversábamos en murmullos. Había un ambiente grato, en aquella hermandad.

La única obra accesible en la sala de lectura, sin necesidad de rellenar la papeleta de solicitud, era una Enciclopedia Espasa flamante, pero algo superada. Me recuerdo contemplando los vistosos uniformes del imperio austrohúngaro en una de sus láminas coloreadas, ignorante de que el imperio austrohúngaro hacía ya medio siglo que había dejado de existir.

Había tres funcionarios tranquilos que recibían tu papeleta de petición y buscaban el impreso solicitado en el depósito de la biblioteca, un sancta sanctorum cuyo acceso estaba vedado a los mortales. Casi nadie solicitaba libros. El más concurrido era uno sobre Picasso entre cuyas fotografías aparecían algunas del estudio del pintor con una modelo ligera de ropa posando sobre una tarima. Las páginas en las que aparecía la modelo renegreaban del mucho uso. Eran los años sesenta del pasado siglo y en la levítica ciudad provinciana perduraba la represión sexual que impuso el nacionalcatolicismo tras la Guerra Civil. Esto se notaba también en las revistas. Recuerdo en una de ellas el anuncio de un depilatorio en el que aparecía una modelo suculenta que mostraba la axila depilada. “Bastan tres minutos…” —decía el texto en letra grande, y abajo, en letra más pequeña: “Al depilatorio Tal le bastan tres minutos para eliminar su vello superfluo”. Un lector había escrito bajo el rótulo “Bastan tres minutos…”: “me sobran dos y medio.”

" En el bachillerato de entonces no se leía nada, o muy poco, aparte de los trozos escogidos que algunos manuales traían al final de cada capítulo."

La mayoría de los lectores iba por la prensa, diarios o revistas, o quizá simplemente por la calefacción, que entonces las casas estaban mal acondicionadas y se pasaba mucho frío. Yo acudía un par de veces por semana, después del colegio, y solicitaba unas cuantas revistas: Blanco y Negro, Actualidad Española, Gaceta Ilustrada, Triunfo. A veces también National Geographic, por las espectaculares fotos en color (las revistas entonces eran en blanco y negro).  También frecuentaba los veinte tomos del Diccionario Literario de Porto Bompiani. Pasaba el rato leyendo biografías o comentarios de libros de autores conocidos. En el bachillerato de entonces no se leía nada, o muy poco, aparte de los trozos escogidos que algunos manuales traían al final de cada capítulo. El alumno se limitaba a aprender de memoria el catálogo de autores y títulos de obras. Debo confesar que todavía sustento buena parte de mi cultura literaria en lo mucho que aprendí en aquellos libros. Otros la sustentan en las solapas de los libros, es lo que da el país. Por cierto en la asignatura de Formación de Espíritu Nacional, vulgo “Política” que invariablemente nos impartía un falangista de oficio, el libro de texto que se adquiría, pero raramente se leía era Vela y Ancla, un  libro del tamaño y peso de un ladrillo, encuadernado en tapa no dura sino durísima, que contenía florilegio de textos más o menos patrióticos que aunaban a San Isidoro, a Berceo, a Quevedo, a Mesonero Romanos, a Unamuno y a muchos otros autores. ¡Qué fantástica lectura cuando he reparado en ella ya en mis años granados!

LA BIBLIOTECA DEL INSTITUTO

El instituto de bachillerato donde fui primero alumno y luego catedrático, el “Virgen del Carmen” de Jaén, era un edificio de mediados de los años cincuenta, en el estilo herreriano-pobre propio de la postguerra, con una capilla grande como una iglesia, con capacidad para quinientos devotos, y una biblioteca con capacidad para veinte lectores. La biblioteca no estaba mal dotada porque el instituto había sido durante casi un siglo el único de la provincia y tenía acumulados unos fondos interesantes sin más merma que los que se quemaron en una pira patriótica al terminar la guerra cuando el director que le puso el nombre de la Virgen, gran devoto de la del Carmen, realizó un escrutinio como el del cura del Quijote: Unamuno, a la hoguera; Baroja, también; éste no, que es El Criterio de Balmes y aquel tampoco, que es el Kempis. Entre los que merecieron indulto, a pesar de su condición de libros, se contaban una colección bastante incompleta de La Ilustración Española y Americana encuadernada en grandes volúmenes, la Biblioteca de Autores Españoles, la Enciclopedia Espasa, y la colección completa de Clásicos Castellanos, en fin, que para lo que solían ser las bibliotecas de los institutos de la época estaba bastante bien.

El director de la biblioteca era el catedrático de Lengua y literatura don José María Benavente, sobrino de don Jacinto, el comediógrafo. Era un hombre mayor, bastante sordo y algo cascarrabias, que amaba mucho la literatura, aunque había renunciado a publicar, y quizá a escribir, por miedo a que lo llamaran “Benavente el malo”, en contraste con su tío, cuya obra admiraba mucho.

"Lean El Código da Vinci o una novela de Tom Clancy. Nada es malo. El caso es leer."

La Biblioteca abría solamente durante la media hora del recreo. Cuatro alumnos voluntarios de los cursos superiores, ayudábamos a don José María con los libros. Cuando murió yo cursaba sexto y quedé como bibliotecario interino mientras se ocupaba la plaza. La verdad es que la biblioteca no daba mucho trabajo. Entre los más de quinientos alumnos del centro no habría más allá de diez o doce lectores.  Los alumnos de entonces dábamos Literatura española y universal en cuarto curso, a los catorce años, y Literatura española contemporánea en Preu, a los diecisiete. Los libros de texto eran meros catálogos de autores con sus obras y una sucinta explicación de los movimientos a los que pertenecían, pero no leíamos sus obras salvo algún poema o  fragmento de prosa que apareciera, como muestra, al final de cada capítulo. En aquel tiempo, un alumno que hubiera leído un libro era una rareza (salvando el Quijote resumido, en la escuela primaria). Después vino el tiempo en que profesores con un criterio más renovado y moderno obligaron a leer a sus alumnos de bachiller el Poema de Mío Cid, La Celestina y los poemas de Garcilaso, obras muy estimables, quién lo duda, pero quizá inadecuadas a tan tierna edad. El resultado fue una generación vacunada de por vida contra la literatura.

Hoy existen algunos profesores que piensan que el niño debe leer literatura infantil y el joven debe leer literatura juvenil y que si se inician en las letras a esa tierna edad algún día no muy lejano leerán por sí mismos el Poema de Mío Cid y La Celestina, sin necesidad de que un profesor les alabe las excelencias de esas obras, o acaso lean El Código da Vinci o una novela de Tom Clancy. Nada es malo. El caso es leer.

BIBLIOTECA MILITAR

En 1969 el Estado me mantuvo pensionado, a mesa y mantel, vestido y calzado, masita incluida, durante catorce meses. Me tocó hacer la instrucción en el campamento de Almería, en el desierto. Cuando salí de Viator, convertido en una máquina de matar, el legendario infante español, me enviaron a Granada donde un amigo de la familia, médico militar, me había agenciado un puesto en la Biblioteca Militar de la Novena Región.

La Biblioteca estaba instalada en el Gobierno Militar, un viejo convento mercedario con patio interior de fuente, parterres y aspidistras. La Biblioteca Militar era un reducto ignorado dentro del organigrama castrense, como el blocao de Baler en Los últimos de Filipinas Se entraba por una puerta anónima, se subía una escalera, se atravesaba un vestíbulo oscuro y se accedía a una sala de lectura bastante aparente con hasta quince asientos. Otra sala similar hacía de depósito de libros, unos cinco mil, la mayoría de tema militar o político: Palabras de Franco, Héroes en la Guerra de Marruecos, Alas españolas, Hazañas navales, La enseñanza del valor, Mi Lucha, de Adolfo Hitler, Treinta años en la Legión, títulos así. También había grandes obras literarias: autos sacramentales de Calderón, obras completas de San Juan de la Cruz, “La perfecta casada”, y novelas tan comprometidas como “Un millón de muertos” de Gironella.

La Biblioteca, que recibía la visita de una media de dos lectores al día, estaba atendida por un teniente coronel, un comandante, un capitán y cinco soldados. El teniente coronel director, ya viejo, mostachudo, buena persona, no se metía en nada y pasaba el día en un despacho acristalado mirando ora al techo ora a su despejado escritorio, figurando en su imaginación —así lo quiero recordar— tácticas de combate para derrotar a los rusos y desarraigar el comunismo del mundo.

"Los militares sacaban mucho los cuentos de Boccaccio, aunque algunos lo devolvían indignados al día siguiente."

El comandante y el capitán se acomodaban en una mesa camilla, los soldados en la trastienda.  El comandante se pasaba las horas estudiando, porque cursaba la carrera de geología; el capitán, leía el periódico o pensaba en sus cosas. Le faltaba un dedo. Los soldados atendíamos a los dos lectores de la media que retiraban libros por el servicio de préstamos. Los militares sacaban mucho los cuentos de Boccaccio, aunque algunos lo devolvían indignados al día siguiente: ”Este libro es una inmoralidad, mi teniente coronel. No debería figurar en una biblioteca militar”. “Comparto su indignación, comandante, pero es que, como está catalogado, para descatalogarlo hay que solicitar un permiso al Ministerio y es un lío de papeles. Es mejor tenerlo ahí y no hacerle mucho caso. Lo que vamos a hacer es ponerlo en el estante de los reservados”.

Había un cajón grande pintado de verde camuflaje, una biblioteca ambulante para acercar al frente las grandes obras de la literatura en caso de guerra. Cuando hay una guerra los libros son muy útiles y te salvan en situaciones apuradas: para encender una hoguera, para limpiarse en las improvisadas letrinas, incluso como vendas, si el papel es absorbente. Y como parapeto: la densidad del papel detiene bien las balas y la metralla. En la Biblioteca de la Universidad de Madrid hay algunos libros que sirvieron de parapeto durante la guerra civil con huellas de balazos.

Cada mes o así venía un joven teniente grande y ancho, que sabía que yo era estudiante y aficionado a los libros. Se dirigía a mí con cierta familiaridad y solicitaba algún libro de cierto nivel que casi nunca teníamos. “Si mi teniente quiere lo apunto y se lo pedimos”; “¿Se puede hacer?”; “Sí, mi teniente, tenemos una asignación mensual para adquisiciones y no sabemos en qué gastarla dado que en el mercado escasean los libros de guerra en los que ganen los alemanes”.

Entre los hijos y nietos de los africanistas iba habiendo militares instruidos, cultos, liberales como aquellos de la Ilustración, Churruca, Cadalso y otros. Entre el olor a polilla y moho de la Biblioteca Militar de la Novena Región, Boccaccio aguardaba pacientemente su oportunidad en el estante de los condenados.

BRISTOL PUBLIC LIBRARY

Años setenta. Tardofranquismo. España se incorporaba lentamente a Europa, pero todavía mediaba un abismo entre ellos y nosotros. Recién licenciado marché a Inglaterra, como profesor asistente de español, para perfeccionar el idioma al tiempo que preparaba oposiciones.

Vivía en Bristol, en Morley Square, en una casa barata, helada y destartalada, con una estufa de gas dotada de contador que se tragaba con pasmosa celeridad las monedas de chelín. Cuando constaté que el sueldo se me iba en calefacción salí a buscarme la vida y descubrí la estupenda biblioteca municipal.

"El funcionario se perdía tras la puerta que conducía al depósito, el sancta sanctorum de los libros vedado al bibliófilo."

Venía acostumbrado a las bibliotecas españolas de entonces: un funcionario a veces amable, otras avinagrado, parapetado tras un mostrador de madera interrumpía su lectura de las páginas deportivas del periódico, al que estaba suscrita la biblioteca, para recibir, con un suspiro resignado, la ficha de consulta que habías rellenado tras buscar la signatura en los ficheros.

En los ficheros: unos archivadores situados en algún rincón mal iluminado y con corrientes de aire. Fichas de cartulina atravesadas por una varilla metálica para evitar que las desordenaran. Las más antiguas, escritas con caligrafía del siglo XIX, amarilleaban y estaban renegridas por el borde.

El funcionario se perdía tras la puerta que conducía al depósito, el sancta sanctorum de los libros vedado al bibliófilo. Reaparecía al cabo de cierto tiempo, sin prisa, cachazudo, acaso arrastrando los pies, con el libro en la mano o con una media sonrisa cruel: “¡No está!”. “¿Cómo que no está?” “Lo que le digo: no está o está extraviado”.

Si tenías que consultar media docena de libros, se te iba la mañana. Entre una solicitud y la siguiente, debías dejar que transcurriera cierto tiempo so pena de incurrir en las iras del funcionario.

La Biblioteca de Bristol era otro mundo. Aquí la Sala de Lectura y el Depósito ocupaban el mismo ámbito. Había salas y salas de libros, una sucesión de anaqueles y armarios ordenados y, entre ellas, espacios de lectura, mesas enormes con capacidad para diez o quince lectores, cada cual con su luz individual. Uno podía curiosear por las estanterías cuanto quisiera. Uno podía manejar media docena de libros al mismo tiempo, sin problema, uno era tan civilizado que los devolvía puntualmente a su lugar en cuanto los había utilizado.

No había dispositivos antirrobo —entonces—. La biblioteca parecía un ámbito culto en el que no entraban delincuentes. Nadie te registraba la bolsa en la que llevabas tus propios libros. Uno se sentía europeo.

La Biblioteca de Bristol era el lugar ideal para un investigador. Me había prometido focalizar todos mis esfuerzos en el temario de las oposiciones, aplazando todos mis otros proyectos de creación literaria y de investigación histórica para cuando hubiera aprobado y ascendido, a mi vez, al estatus de funcionario público, la dorada ilusión de los españoles, un sueldo del Estado para toda la vida.

No pude mantener mi promesa. Aquella biblioteca te tentaba continuamente. Al final llegué a un acuerdo conmigo mismo: dos tardes por semana las dedicaría a la investigación. El fruto fue mi primer libro publicado, “La leyenda del lagarto de la Malena y los mitos del dragón”, íntegramente concebido y parido entre aquellos entrañables desfiladeros de estanterías, aquel universo de libros, a la manera borgiana, que un día consideré mi hogar.

LIBROS EN EL JUEVES

Cuando viajo, rastreo mucho en los rastros de las diferentes ciudades en busca de libros. No siempre tengo suerte, claro. Hace tres años, en el mercadillo de libros de La Habana, después de recorrer varios puestos sin encontrar nada apetecible, sólo viejos doctrinarios de la revolución castrista y ediciones infames de clásicos rusos, uno de los vendedores se me acercó y me dijo: “Usted es español, ¿verdad?” Y como le contestara afirmativamente me espetó: “Pues no se moleste en buscar libros interesantes que ya pasó Abelardo Linares y se los llevó todos”.

"El amante de los libros aprende mucho de un mercadillo y, cuando hay suerte, encuentra pequeñas joyas para su biblioteca, libros interesantes que han desaparecido del mercado y quizá no se vuelvan a editar."

Abelardo Linares, el mítico librero de viejo y editor de Sevilla, se rio mucho cuando se lo conté. El cazador de libros tiene que madrugar, si no quiere que otro más despabilado le levante la pieza. Esto lo sabe también Andrés Trapiello, hábil sabueso en la búsqueda de libros interesantes en el Rastro madrileño. Y, por cierto, autor de algún libro sobre Cervantes y el Quijote que, junto con La Orgía Perpetua de Vargas Llosa releo con placer.

Hoy, como es jueves, he madrugado para recorrer el rastro de Sevilla, en la calle Feria, corazón del casco antiguo. Los vendedores exponen sobre la acera un batiburrillo de objetos de lo más variopinto: cafeteras, teléfonos, cántaras, aperos, aparatos de gimnasia, ropa y zapatos usados, viejas cintas de vídeo, cochecitos de bebé de hace veinte o treinta años, muñecas hinchables, discos, electrodomésticos con toda una vida a sus espaldas y libros, naturalmente. Una buena parte del material procede directamente de la basura; otra parte, de trasteros de viviendas condenadas a la piqueta, donde sus propietarios los abandonaron en la mudanza.

El amante de los libros aprende mucho de un mercadillo y, cuando hay suerte, encuentra pequeñas joyas para su biblioteca, libros interesantes que han desaparecido del mercado y quizá no se vuelvan a editar.  Además de los libros, me interesan los papeles: fotos, cartas, periódicos… Una de las joyas de mi archivo es un mazo de cartas dirigidas a una dama, mediados los años cincuenta, por su antiguo director espiritual, un jesuita emigrado a Argentina. Sólo tengo las cartas del jesuita, pero a través de ellas se deducen las de la dama, una encubierta historia de amor y deseo, mejor que la que uno encontraría en una novela (no descarto escribir esa novela algún día).

"Al amante de los libros le gusta rescatarlos del naufragio de las vidas de sus dueños para agregarlos a esa isla ideal que es la biblioteca."

Hoy he adquirido dos libros: La canción del pirata de Fernando Quiñones e Historia de Mayta de Vargas Llosa. Los dos los presté en su día y los perdí, como es natural, y ahora vuelven a mis manos, como el hijo pródigo, después de haber recorrido no sé qué mundos. Me gustaría saber qué vida hay detrás de cada ejemplar, en qué manos estuvo, que ojos leyeron sus páginas, qué palabras escucharon, qué vida ocurrió frente a la estantería donde el libro languideció durante años, por qué, en virtud de qué azar, el propietario se libró de él (¿o quizá el libro se libró del propietario?) y  acabó en el mercadillo.

Había un ejemplar de mi novela Yo, Aníbal, publicada hace treinta años (¡qué viejos nos vamos haciendo cuando nuestros libros amarillecen!). He comprobado si estaba dedicado: no lo estaba (a veces hay libros dedicados que terminan en la basura o, con suerte, en el mercadillo. Conozco casos).

Al amante de los libros le gusta rescatarlos del naufragio de las vidas de sus dueños para agregarlos a esa isla ideal que es la biblioteca. El libro cargado con sus vivencias secretas, quizá portador de nostalgias que nos afectan sin que lo sepamos, continúa ejerciendo su función, la de amigo callado y fiel que nos ayuda a soportar la herida del tiempo, tan constante.

MOSCA LECTORA

Acabo ya este recorrido por algunos libros y bibliotecas de mi vida. Abro la ventana para ver brillar el sol mañanero en los azulejos dorados de la espadaña vecina, se cuela una mosca, revolotea y va a posarse sobre la tecla Ñ de mi ordenador, patriótica elección de la que deduzco que se trata de una mosca española. Me asalta el recuerdo de una mísera botica del mercado de las especias de Marraquex, donde venden “mosca española” o cantárida, el más poderoso afrodisiaco natural conocido. Por lo visto, la cabeza de esta mosca contiene una sustancia que congestiona la región venérea proporcionando majestuosas erecciones. El problema es que si te excedes en la dosis, puedes palmarla, como acaeció a Lucrecio, el celebrado autor de De Rerum Natura o a Fernando el Católico cuando se empeñaba en preñar a su joven esposa Germana de Foix.

"¡Cuántas vidas que no hemos vivido, pero que nos invitan a vivir, sombras platónicas en el desordenado caos alfabético de los libros!"

Mi mosca de mi Ñ no es la corpulenta y gris cantárida, sino la humilde y negra mosca común. Ahora se está aseando: se sostiene sobre las cuatro patas de atrás mientras se frota los ojazos con las dos patitas delanteras. Esto contradice a Aristóteles, que estableció que la mosca tiene cuatro patas y los copistas medievales no advirtieron el error del maestro o no quisieron enmendarle la plana, por respeto, y seguían copiando lo de las cuatro patas mientras las moscas de seis se les posaban en el pergamino, o en la mano que sostenía el cálamo, o se les ahogaban en el tintero. Ahí está la mosca. Que se haya posado en mi Ñ no puede ser casual. Los cabalistas enseñan que ni el más leve accidente del mundo se debe a la casualidad, que hay una causalidad para todo.

La mosca levanta el vuelo y yo la sigo con la mirada. Aterriza en el título de maestro nacional de mi tío abuelo Juanito, que no tuvo hijos y repartió la herencia entre los sobrinos, circunstancia a la que, por ese encadenamiento de casualidades y causalidades, se debe que yo esté ahora al teclado de este ordenador y no a las palancas de un tractor. Vuela la mosca y se posa en un libro de la biblioteca: Viaje Sentimental de Laurence Sterne. Recorro sus páginas amarillentas, que no han vuelto a abrirse desde 1967.  Lo leí en un banco de la plaza de Santa María, a la sombra de la catedral de Jaén, en vísperas de un viaje a Francia. Vuela la mosca literaria hasta el lomo rozagante de Norman Mailer, Noches de la antigüedad. No pasé de las primeras páginas. Otro vuelo inquieto hasta la estupenda novela El Loro de Flaubert de Julian Barnes, comprado de lance. Lo firma Soledad García. La mosca sale ahora por la ventana y me deja pensando quién sería esa Soledad que firmó el libro.

¿Cómo sería esa Soledad de nombre devastador que leyó este libro y dejó en él algún vestigio de ceniza?

¡Cuántas vidas que no hemos vivido, pero que nos invitan a vivir, sombras platónicas en el desordenado caos alfabético de los libros!

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