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De cuando el arte inventó la femme fatale

De cuando el arte inventó la femme fatale

«La realidad es una construcción. El físico David Bohm lo explicita mediante la etimología: “La palabra realidad tiene su origen en las raíces cosa (res) y pensar (revi), de modo que no se refiere a “todo aquello que es” sino a “todo aquello que se puede pensar”. El arte, a su vez, construye la realidad». Así se expresa Pere Parramon en Arte fantástico: Estrategias visuales de lo imposible. Si la realidad, por tanto, no es solo lo que es, sino lo que puede pensarse, el arte, en consecuencia, no reproduce el mundo: lo fabrica. Lo moldea. Y lo fija en imágenes que, con el tiempo, acaban pareciéndonos naturales.

Esa idea —el arte que construye la realidad— resulta especialmente interesante al acercarse a Las hijas de Lilith, de Erika Bornay (Cátedra), un ensayo imprescindible para entender cómo se forja, en el imaginario occidental, una determinada imagen de lo femenino: fascinante, temible, seductora y, sobre todo, profundamente inquietante.

Bornay parte de una premisa clara: en el último tercio del siglo XIX se consolida una iconografía de la mujer marcada por la perfidia, la esterilidad y el artificio. Frente a la mujer natural —esposa, madre— emerge una figura distinta: la mujer artificial (fatal) —amante-estéril—. No es un fenómeno aislado ni anecdótico, sino el resultado de una larga tradición de representaciones que, durante siglos, han proyectado sobre el cuerpo femenino los miedos, deseos y contradicciones de cada época.

"Historiadora del arte, escritora e investigadora, Bornay logra algo que no siempre es fácil: trazar un recorrido erudito sin perder claridad ni capacidad de seducción"

En ese sentido, Las hijas de Lilith dialoga con otros ensayos que revisan los relatos culturales desde una perspectiva femenina y feminista —como La heroína de las mil y una caras, de María Tatar, sobre el papel de la mujer en el mito y la narrativa, más allá del papel subordinado al «héroe», o Calibán y la bruja, de Silvia Federici, que rastrea las raíces de esa misma subordinación en la historia socioeconómica—. Sin embargo, el enfoque de Bornay es singular: aquí no se trata tanto de releer textos como de descifrar imágenes. Pinturas, símbolos, mitos visuales que han configurado, silenciosamente, nuestra manera de mirar lo femenino.

Historiadora del arte, escritora e investigadora, Bornay logra algo que no siempre es fácil: trazar un recorrido erudito sin perder claridad ni capacidad de seducción. Su ensayo funciona como un mapa accesible incluso para quienes no tienen una formación especializada, pero no renuncia por ello a la profundidad.

El libro se articula en tres grandes bloques que, a mi entender, funcionan como estaciones de un mismo viaje:

El primero, «Antecedentes de una imagen», sitúa el origen del imaginario en la figura de Lilith, contrapunto de Eva, símbolo de la rebeldía femenina y, por ello, demonizada. Desde ahí, Bornay recorre la Edad Media y sus tendencias misóginas y sexofóbicas, hasta desembocar en la época victoriana, donde la contradicción alcanza su punto álgido: una sociedad que reprime el deseo mientras lo multiplica en sus representaciones.

"La irrupción de la mujer en espacios tradicionalmente masculinos, el avance de los primeros movimientos feministas y las tensiones en torno a la sexualidad generan una respuesta cultural que encuentra en el arte su mejor vehículo"

Es en este contexto donde aparecen figuras clave como la prostituta, la mujer ociosa del dolce far niente o aquella que comienza a ocupar espacios públicos y laborales provocando «los fantasmas del miedo masculino ante la mujer nueva». Paralelamente, proliferan discursos médicos y morales que vinculan a la mujer con la enfermedad y la culpabilizan —especialmente de las enfermedades venéreas—, reforzando una visión ambigua, amenazadora y profundamente contradictoria del cuerpo femenino. Todo ello no hace sino preparar el terreno para la cristalización del arquetipo de la femme fatale.

La segunda parte, «Los formuladores de la imagen», constituye el núcleo del ensayo. Aquí Bornay analiza los movimientos artísticos que contribuyen decisivamente a fijar este imaginario: prerrafaelitas, simbolistas, estetas y decadentes. A través de ellos, la mujer deja de ser únicamente objeto de representación para convertirse en símbolo: encarnación del deseo, pero también de la amenaza.

No es casual que esta transformación se produzca en un momento de cambio social. La irrupción de la mujer en espacios tradicionalmente masculinos, el avance de los primeros movimientos feministas y las tensiones en torno a la sexualidad generan una respuesta cultural que encuentra en el arte su mejor vehículo. La femme fatale no es solo una figura estética: es un síntoma.

"Bornay no se limita a describir imágenes: las interpreta, las conecta, las inscribe en un contexto cultural más amplio. Y al hacerlo, nos obliga a preguntarnos hasta qué punto esas representaciones siguen operando hoy"

En la tercera parte, «La imagen», Bornay despliega un auténtico catálogo de rostros femeninos que encarnan este arquetipo. A lo largo de la sección recorre figuras mitológicas, bíblicas, literarias e históricas: Circe y Medea, Eva y Salomé, Cleopatra o Lucrecia Borgia, pero también personajes como Salambó o la belle dame sans merci. Todas ellas comparten un mismo núcleo simbólico: la mujer como poder seductor y destructivo.

Especialmente sugerente me ha resultado el apartado dedicado a las «bellas atroces»: criaturas híbridas, mitad mujer, mitad monstruo —esfinges, medusas, sirenas— que condensan de forma casi perfecta esa mezcla de fascinación y horror —y me recuerdan la «monstrualización» femenina de algunos de los cuentos de Angela Carter—. También aparecen figuras como la andrógina —de sexo incierto— o las niñas púberes de la era victoriana, cuya representación abre interrogantes incómodos sobre la mirada masculina y sus límites —como en algunas de las fotografías que realizó el padre de Alicia en el País de las Maravillas, Lewis Carroll—. El recorrido culmina en el salto al siglo XX, donde la femme fatale encuentra una nueva encarnación en el cine, con figuras como Theda Bara, heredera directa de toda esta tradición visual.

"Quizá ahí resida la clave de este libro: en su capacidad para recorrer esas pesadillas y devolverlas a la luz, no para disiparlas, sino para comprenderlas"

Uno de los grandes aciertos del libro es su capacidad para combinar el análisis histórico con la lectura simbólica. Bornay no se limita a describir imágenes: las interpreta, las conecta, las inscribe en un contexto cultural más amplio. Y al hacerlo, nos obliga a preguntarnos hasta qué punto esas representaciones siguen operando hoy, de forma más o menos visible, en nuestra manera de entender lo femenino.

El volumen se completa, además, con un abundante material gráfico que no cumple una función meramente ilustrativa, sino que actúa como parte esencial del discurso. Las imágenes dialogan con el texto, lo amplían y lo matizan.

En el prólogo, Pilar Pedraza define el doble imaginario de la mujer como «un enigma que anida en el inconsciente y que a menudo se manifiesta como pesadilla». Quizá ahí resida la clave de este libro: en su capacidad para recorrer esas pesadillas —perturbadoras pero también hermosas— y devolverlas a la luz, no para disiparlas, sino para comprenderlas. Porque, al fin y al cabo, si el arte construye la realidad, desmontar para comprender sus imágenes es también una forma de pensarla de nuevo.

Y en ese ejercicio, Las hijas de Lilith no es solo un ensayo sobre historia del arte: es una herramienta crítica para mirar —y mirarnos— de otra manera lúcida y necesaria.

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Autor: Erika Bornay. Título: Las hijas de Lilith. Editorial: Cátedra. Venta: Todos tus libros.

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