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De escribir sobre Juan Benet

Leo, lee uno, un ensayo-biografía-novela que en realidad no es nada de eso: ni ensayo ni biografía ni novela… Y se queda entre taciturno y feliz, es decir, en medio de un mundo o de la nada. Se nos advierte, o se me advierte, con el derecho que tiene uno como lector, es decir, ningún derecho, de que lo que tenemos en las manos es un poco de todo, pero no acaba de ser nada de eso claramente. El libro se titula Benet, la ambición y el estilo, una casi hermosa edición de Ediciones del Viento. Por supuesto quien lo escribe es “uno de los nuestros”, por tanto, respeto y admiración de inicio. ¡Ay, pero después… habrá que hablar! ¡Hablar!, que no es esto una diatriba.

—A ver, personaje, ya me empiezas a liar.

—Tranquilo, creador, hoy no seré cáustico, tampoco rimbombante y alambicado, bien sûr (lo que vendría a significar “por supuesto” o “claro”, para ser más “ídem”). Trataré de ir al grano.

El autor ya me cae bien sólo por el hecho de ser tan valiente como para escribir un libro sobre Juan Benet. Hacía siglos que nadie tenía tantas agallas. Se trata de Rafael García Maldonado. ¡Mucho gusto! El gusto es mío, como lector humilde y, por tanto, sin pedigrí. ¡Sólo humilde! ¿Saben ustedes lo que significa la palabra humilde? En ocasiones, demasiadas, el señor García Maldonado no. En su libro al menos. Libro que, por favor, pido desde aquí se compre y se lea. O al menos, y sobre todo, se compre, que hay que sacar partido de las iniciativas bellas, ambiciosas y finalmente tendentes al burdo “uy” del fútbol, para que todos lo entendamos, o al “lástima, podría haber sido algo grande”.

—¡Me estás poniendo nervioso, personaje! ¡Adelante!

—¡Si no hago otra cosa que tratar de avanzar! Sigo.

—Sigue, pero rápido, por favor.

Cuando leí que iba a salir un libro sobre Benet, incluso que iba a ser una biografía, juro que me dio un vuelco el corazón, aunque sé que no debo decir esto, porque a Benet no le gustaban las frases hechas y menos sentimentales o que tuvieran que ver con el citado músculo: el ser humano, no hay que olvidarlo, es un soliloquio de tristeza que finaliza cuando trata de entenderse o de entender su mundo, que no es otro que el de la descomposición del tiempo hasta la más profunda de las lamentaciones.

—¿Sólo eso, personaje?

—Buf, pues anda que no queda.

—¡Pues acopoca, please!

—¿O sea, que resuma?

—Más o menos.

"Una biografía de Benet no debe bajar nunca de las 500 páginas, y si es definitiva, de las 800, por ejemplo"

Mi primera decepción fue que el libro en cuestión apenas sobrepasaba las 250 páginas. ¡No!, me dije. Una biografía de Benet no debe bajar nunca de las 500 páginas, y si es definitiva, de las 800, por ejemplo. Pero no, no era, por tanto, una biografía, sólo un intento de proximidad al escritor que tantos quebraderos de cabeza nos dio en los años jóvenes y que ahora no lee, y perdone usted, don Juan, ni el Tato (Benet me mataría con sus propias manos si leyera esta expresión, ¡por favor!). En realidad, como cuando vivía. ¡Qué difícil es apreciar la cultura cuando ésta se encuentra en la cumbre!

Aun así, en cuanto tuve oportunidad de buscar el libro en una librería (¡no va a ser en una pescadería!) lo compré. Vi la foto de portada y no pude por menos que pensar: «Se ríe de mí, se ríe de otro lector ingenuo que no le llega ni a la suela del zapato pero que intenta seguir su pasos literarios, imposibles de transitar salvo para unos pocos», entre ellos, quizá (o eso pensé inmediatamente) el joven Rafael García Maldonado, de quien por cierto quiero leer su obra narrativa ya, por ver si tiene razón, que seguro que sí, o la tengo yo, que hace años que no doy una.

—Eso es cierto, personaje. Acostumbras a no dar una.

—Fácil te lo he puesto, creador. ¡A ver si un día te lanzas a la arena y dejas a los demás tranquilos, que desde la barrera (perdón por estos símiles taurinos si a alguien ofenden) se ve todo mucho mejor.

—Tú eres mi peón en la arena.

—No seas redundante. Lo sé.

—Y tú no seas impertinente.

—También lo sé.

—Sigue.

—Sigo.

Por tanto (es una muletilla más por la que Benet, el gran Benet, me colgaría), leí el libro a trompicones con la concentración suficiente como para saborear lo bueno y lo malo del mismo. En resumen: lo bueno es que se ha escrito; lo malo, que el listón lo ha puesto bajo el autor y muchos conocidos e íntimos del “homenajeado” no han tenido la decencia de comprometerse a hablar del mismo, del maestro para casi todos ellos. O eso al menos deja, no entrever, sino ver el libro en cuestión, un buen libro en definitiva, o al menos, como se dice en la contraportada, un libro necesario. Aunque todo libro sobre el olvidado Benet es hoy necesario; hoy y siempre (¡Lean a Benet, aunque se aburran! ¡Él es la literatura! Negar tiempo a Benet es como negárselo a Valle, a Juan Ramón o a Lorca… ¡Con qué derecho no los leemos! ¡Con qué derecho negamos parte de lo mejor que tenemos!).

—Te estás poniendo dramático, personaje.

—Sí, pero sólo entre paréntesis. En el resto no iba mal.

—Yo decido si vas o no mal.

—Sí. Por eso ahora hablo en voz baja.

—Sube la voz y continúa.

—(Ején, ején: sólo afino la garganta). Continúo.

Del libro citado lo que no me ha gustado es que pudo ser y no fue. Es cierto que el autor ha recibido poco apoyo. No entiendo que Javier Marías, por ejemplo, no quisiera participar; ni otros “discípulos” de Benet que lo visitaron en años de juventud, de los primeros, y de madurez del segundo, cuando ya había demostrado con Volverás a Región que no había nadie como él. El autor de este homenaje a Benet al cumplirse veinticinco años de su muerte dice que intentó “contactar con alguno de ellos”, refiriéndose al propio Marías, Félix de Azúa, Vicente Molina Foix y Eduardo Mendoza. No aclara quién no habló ni con quién no “contactó”. Es de suponer que cuando alguien se propone escribir un libro de Juan Benet o alguien tan determinante en las letras españolas en la segunda mitad del pasado siglo debe (opino) tratar de hablar con todo el mundo que le conoció, y más si lo visitaban con frecuencia por su sentida admiración. Es una lástima que cualquiera de ellos excusara su participación en el proyecto cuando lo que hay que hacer siempre es tratar de engrandecer, o al menos tratar de estar a la altura del amigo, del escritor, del ser querido, del ídolo (palabra ésta, o más bien su significado, también del desagrado de Benet).

—¿De nuevo haciendo amigos?

—No. Es sólo indignación. Si yo visitara durante años a un ídolo como Marías, por ejemplo, y alguien me propusiera hablar de él durante horas porque está escribiendo un libro sobre el mismo sólo diría «¿cuándo y dónde?». Y saldría corriendo hacia el lugar del encuentro una vez informado del mismo. ¿Qué diría Juan Benet de dicha apatía? ¿O es que eso es respeto al difunto? ¡Por favor!

—¿Algún palo más a escritores que ya, gracias a ti, personaje, no podré conocer nunca?

—No. Creador… Si me lo permites: en cualquier caso, nunca podrás conocerlos.

—Ya. Estás hoy muy agradable.

—Hago lo que puedo.

—Termina. Es lo mejor que puedes hacer en esta ocasión.

—Lo intentaré.

"No hace falta concluir que Benet sólo escribió buena y gran literatura, también que era aburrido para el público mayoritario"

El libro, Benet, la ambición y el estilo, es un alegato a la alta literatura, esa que se defiende desde aquí y desde tantas tribunas apagadas por la triste y amenazante actualidad de qué es lo bueno, qué es lo malo y qué lo peor, que, casualmente y en orden inverso, suele ser lo que más se vende. No hace falta concluir que Benet sólo escribió buena y gran literatura, también que era aburrido para el público mayoritario y una delicia para “trescientos lectores”, como él decía. Se abre aquí otro debate: ¿la literatura debe entretener y divertir? Y también: ¿qué es entrener y divertir en literatura? No continuará.

—Buf, qué descanso, personaje.

—Yo me he divertido, creador.

—Allá tú.

—Sí, allá yo.

—¿Leerás a Benet?

—No, releeré a Benet.

—¿Volverás a Benet, pues?

—Muy manido, creador.

—No he podido reprimirme.

—Así nos va.

 

PD.- Una disculpa. En el anterior artículo que el creador me hizo escribir con prisa —como si la hubiera para algo en la vida— olvidé mencionar el autor de Max Perkins: el editor de libros (Ediciones Rialp). No es otro que el estadounidense A. Scott Berg, ganador del National Book Award de su país y del Pulitzer por la biografía Lindbergh. Diré a modo de atenuante que si el gran Raymond Chandler mató a uno de sus personajes para decenas de páginas después resucitarlo en una de sus novelas, cómo no puede uno, como personaje sin prestigio ni padrinazgo, tener un lapsus.

—Es un error sin importancia, personaje.

—No la tiene, pero a Max Perkins no se le hubiera pasado, creador.

—Todo el mundo se equivoca.

—También los creadores.

—Sobre todo, ellos.

—¿Y los personajes qué podemos hacer?

—Guardar silencio hasta ser de nuevo convocados.

—Ya me callo.

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