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De norteamericanos y de clásicos

De norteamericanos y de clásicos

Leer ensayo trae consecuencias. Uno se rebela a veces contra el autor, si conoce algo de lo que habla, o lo encumbra si del tema elegido no entiende ni papa. Con el libro Walt Whitman ya no vive aquí, del escritor, doctor y catedrático de Literatura Eduardo Lago me ocurre que lo aplaudo en varias fases del mismo y lo tiro contra la pared, metafóricamente hablando (yo nunca tiro nada), en otras.

—¿Pero qué haces, personaje?

—Nada, creador, trato de apaciguar mis ánimos tras la lectura de un libro.

—Tú no puedes dar lecciones a nadie y menos a un catedrático.

—No es la intención. Sólo quiero aportar mi opinión.

—Te vas a estrellar.

—”Estrellarse” es ser libre.

—Ya estamos. ¡Hoy en día todo parece hacerse para ser libre! ¡Hasta leer!

—Leer es libertad.

—Lo sé, personaje. Sigue.

—Gracias, creador.

"Ni a Pynchon ni a Gaddis los explica suficientemente Lago, tampoco a Foster Wallace. Es cierto que necesitan muchas páginas para ello y el ensayo citado es esclarecedor en muchas otras cuestiones"

Como personaje que soy, tengo una libreta en la que hago anotaciones de todo. O eso me hace ver mi creador que ocurre. Leyendo el loable libro citado de Lago, lo suelto, cojo la libreta y escribo: “Eduardo Lago es especialmente hábil para eludir responsabilidades a la hora de juzgar. Leo su ensayo sobre literatura norteamericana. No termina de emitir juicios sabrosos, que digan cómo es esta o aquella manera de escribir de los escritores analizados. Acierta con algunos, pero parece carecer de talla para dar de verdad categoría a sus juicios. Vila-Matas no se complica la vida y emite juicios u opiniones, que con eso basta, como soles. Y Lago es oscuro porque le falta precisamente claridad en su cabeza, en sus ideas (al menos en la parte leída hasta el momento). Es como un alumno aventajado que sabe que nunca llegará al nivel del profesor, y menos al de un maestro en la materia que toca. No obstante, como él diría, aporta suficiente información para ser interesante lo que dice y lo que no sabe decir. Sólo por la entrevista con Foster Wallace vale la pena el libro. Pero no termina de escudriñar sus misterios. Ser muy leído no siempre significa saber explicar lo que se lee”.

—¿Eso escribiste, personaje?

—Sí, lo siento, pero me salió así.

—Espero que el señor Lago, que a mí sí me parece un buen ensayista, no lo lea nunca. Se puede enfadar.

—Pero yo soy un personaje.

—Y yo tu creador. Me estás poniendo en un compromiso.

—No, porque a ti sí te gusta, y mucho, la obra del señor Lago.

—Bueno, bueno… Sigue.

—Sigo.

El libro es un recorrido, además de por muchas otras sendas, por la que él denomina la “Escuela de la Dificultad”, los experimentalistas, a fin de cuentas, y los que siguen anclados en el realismo y vertientes apegadas al mismo. Entre los primeros cita a los que aludió en su momento David Foster Wallace, al parecer el escritor joven más potente de Estados Unidos vivo, hasta que se suicidó y quebró una trayectoria que La broma infinita (otro de mis libros imposibles) lo catapultó hacia los más grandes en espera de la siguiente gran obra que, como digo, no escribió, no pudo terminar de escribir (en ese terrible momento escribía la publicada inconclusa El rey pálido). Foster Wallace dijo que los escritores “difíciles”, denominados por él  “hijos de Nabokov”, eran Thomas Pynchon, William Gaddis, Robert Coover y Don DeLillo. Son, los dos primeros, algunos de los escritores cuyas obras perseguía de joven a ver qué narices querían decir, aventura en la que terminé derrotado. Partía con una excusa inigualable: la incapacidad de leerlos en su idioma original (privilegio —que sólo él se ha ganado— que posee el señor Lago). Las traducciones no me aclararon nada, en el caso de Pynchon especialmente, y Gaddis a ratos parecía escribir un disparate tras otro.

—Vaya temita has elegido hoy, personaje.

—Es verdad, creador. Hablaré un poco más y dejaré el ensayo. Quien quiera saber más, que lo lea, que vale la pena (magnífica edición de Sexto Piso, por cierto). ¿Sigo?

—Sigue.

Me llama la atención el “palo” que le da a Jonathan Franzen porque su obra parte de un juego de márketing que fue, a su juicio, Las correcciones y el derrumbe que se va sucediendo en su obra, no tanto con Libertad, y mucho con Pureza. También recuerda que Franzen traiciona los principios de la Dificultad y opta por un realismo con matices para aportar emoción, pasión, sentimientos, claves para Franzen en la literatura. Ciertamente, si no se emociona al lector para qué se escribe; si no se siente amor por tu pareja, para qué se tiene; si no se ofrece sentimiento en la amistad, para qué se busca… Por ejemplo, y por decir algo.

—¿Romanticote ahora, personaje?

—Nooo. Sigo.

Ni a Pynchon ni a Gaddis los explica suficientemente Lago, tampoco a Foster Wallace. Es cierto que necesitan muchas páginas para ello y el ensayo citado es esclarecedor en muchas otras cuestiones. Brillante hasta la emoción el ensayo-semblanza sobre Truman Capote y una maravilla de crítica o resumen de Submundo, de DeLillo, por poner sólo dos ejemplos de lo mucho y bueno que posee Walt Whitman ya no vive aquí.

—¿Entonces, qué, hay que leerlo o no, personaje?

—Claro, hay que leerlo.

—¿Qué más me cuentas?

—Ahora te digo. Permíteme tomar un poco de aliento y continúo.

—Vale. Sigue.

—Sigo.

"He observado que ahora que acaba la serie o saga o lo que sea desatinadamente titulada Mi lucha, de Karl Ove Knausgård, arrecian las críticas contra el escritor noruego"

Por finalizar con el señor Lago, con su libro, para ser exactos, no entiendo ni el ninguneo que se pretende de Franzen ni los ataques, por ejemplo, a Tom Wolfe, eso sí, cimentados en las opiniones de otros, por si acaso, antes de emitir una propia. Resulta que Wolfe no sabe escribir novelas, hace otra cosa: productos de entretenimiento. Por juicios así, sin demasiado fondo, creador, es por lo que me he rebelado un tanto contra este libro. Con las premisas de que todo es discutible y un fácil “aquí no están todos (los escritores dignos de mención) los que son ni son todos los que están” es más sencillo empezar a escribir un ensayo. Lo bueno, no seamos tan severos, supera a lo irritante.

—¿Has terminado, personaje?

—Con el libro en cuestión, sí. Podría seguir, pero sería muy prolijo (al más puro estilo Lago).

Continúo, creador. Por fortuna, leo varios libros a un tiempo y en esta ocasión persisto con mi manía de leer lo mejor disponible. Así, Nuccio Ordine da verdaderas lecciones de humildad y amor a las palabras en su ya clásico Clásicos para la vida (una pequeña biblioteca ideal), que Acantilado nos regaló hace un año. Comenta un fragmento de cada uno de los cincuenta libros de todas las épocas y géneros por él mismo seleccionados. Una joya a cada página. En la solapa, tal vez Borges lo está diciendo todo: “Que otros se jacten de las páginas que han escrito; a mí me enorgullecen las que he leído”.

Ordine hace un repaso indiscriminado por obras de Saint-Exupéry, Shakespeare, Ariosto, Platón, Maquiavelo, Thomas Mann, Yourcenar, Goethe, Zweig, Rilke, Dickens… hasta completar un extraordinario medio centenar de las que saca una lección magistral en casi todos los casos, genial en alguno. En resumen: las palabras están ahí para verlas, y pasamos tantas veces de lado…

—¿Algo más, personaje?

—Sí.

Que he observado que ahora que acaba la serie o saga o lo que sea desatinadamente titulada Mi lucha, de Karl Ove Knausgård, arrecian las críticas contra el escritor noruego. Que si posa bien, que si parece un actor que siempre hace de malote, que si sale muy bien en las fotos con su pose de fumador… No sé bien a qué viene esta crítica de otro escritor como Muñoz Molina, don Antonio. ¿Ataque de celos? Dicen que los escritores se envidian mucho unos a otros, especialmente si sabiéndose bueno se vende mucho menos que quien no lo es tanto o es, sencillamente, malo. Javier Marías ya le dio su particular “palo” al noruego. Muchos otros escritores han hecho lo propio, menos que, al parecer, lo elogiaron desde el principio. Pero claro, el último libro de la serie —Fin, se titula— tiene más de mil páginas, y no se pueden escribir libros de mil páginas o novelas de 2.500, salvo que seas Proust. ¡Qué facilita es esa crítica!

—¡Por fin! ¿Has terminado?

—Sí, ahora sí, creador. Sólo quería defender que a ti Knausgård sí te gusta.

—Sí, pero no para enemistarme con todo el mundo.

—Bah, si hablamos sólo de lectura.

—Cierto. Hablamos sólo de lectura.