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De Pietro Citati, Scott Fitzgerald y la necedad de Hemingway

De Pietro Citati, Scott Fitzgerald y la necedad de Hemingway

Piensa que se vuelve con cierto vértigo a la página en blanco; ese temor recóndito, tal vez ancestral, de empezar a decir de nuevo o tener que decir cuando se ha comprometido a ello. Pero permanece con tranquilidad ante la cubierta de un nuevo libro que acaba de abrir y cerrar en pocas horas. Un libro sobre la desolación y el fracaso, sobre el brillo de lo efímero. Lo mira de nuevo. Se titula La muerte de la mariposa, la vida, una vida según don Pietro Citati, un artista que escribe de los demás, incluso de genios, como si él los hubiera creado y les aporta un toque que podría considerarse de distinción a pesar de que sus elegidos ya son eso en la historia: elegidos. Es la vida de Zelda y Francis Scott Fitzgerald. La explicación del título la genera el peor enemigo de Scott Fitzgerald en el interior. Se trata de Ernest Hemingway. Es curioso, se dice, cómo escritores con enorme talento envidian el talento de los otros por si se da el caso de que éstos son mejores o simplemente por tenerlo. El buen editor (Gatopardo Ediciones) ha tenido la deferencia de sacar esa conclusión del bravucón a la contraportada. Hemingway dice sobre Scott Fitzgerald: «…tenía aún la técnica y el espíritu romántico para hacer cualquier cosa, pero desde hacía mucho tiempo todo el polvo había desaparecido del ala de la mariposa, aunque el ala continuó batiendo hasta su muerte». Citati llama necio a Hemingway en su libro. No por esa reflexión, sino por otra que tal vez repita aquí más adelante.

"¿Por qué será necio Hemingway? A ver si después me lo cuenta. Le dejo seguir, que luego me regaña."

Bueno, mi personaje ha empezado más directo esta vez. Al menos habla de dos escritores a los que no hace falta descubrir y que todo el mundo ya conoce. ¿Todo el mundo ya conoce? Si él los ha leído, todo el mundo (de nuevo todo el mundo) ha debido leerlos. ¿Por qué será necio Hemingway? A ver si después me lo cuenta. Le dejo seguir, que luego me regaña.

Piensa que las vidas de los Fitzgerald bien valían más de las 90 páginas que les dedica Citati. Él hubiera leído trescientas más con ánimo. Pero ay, amigo, otra vez Cela: “Hágalo usted”. Tal vez porque son vidas muy contadas ya, muy sabidas. Pero nunca se sabe lo suficiente de los grandes escritores. O eso se permite pensar él. Cuándo puede decir uno: «Ya conozco bien a Scott Fitzgerald». Se puede volver a sus frases una y otra vez, año tras año, aunque sólo sea por el placer de su degustación literaria. No hay tantos escritores que merezcan eso hoy en día. ¿O quizá sí? Su labor, se dice, es en cualquier caso encontrar nuevas voces, da igual si es o no en nuevos ámbitos. En esta ocasión se ha parado en Citati. Se detuvo en él desde que el azar quiso que en una de sus librerías tuvieran un ejemplar del maestro italiano titulado sencillamente Kafka. Su mano se fue rauda hacia él y lo asió como quien encuentra un tesoro. Miró quién era el tal Citati y se preguntó por qué no conocía ese libro sobre el genio del siglo XX. Lo compró de inmediato. Se fue a casa. Y lejos de devorarlo, lo dejó en su estantería acrecentando el deseo. Debía reposar entre sus libros antes de leerlo. Meses después, sí, lo leyó con tal asombro y agradecimiento que desde entonces Pietro Citati es tan suyo como Franz Kafka.

—Ahora mi personaje se me va hacia Kafka. Es decir, a un callejón sin salida. A ver cómo escapa de ahí. Sigue.

"El caso es que se quedó prendado de Kafka, el libro, casi tanto como de los propios textos del checo. ¡Por fin un biógrafo a una altura respetable como para hablar de Kafka!"

Mientras leía cada frase de Citati sobre Kafka no lo podía creer. Desde luego, si Kafka no era así, por ese libro nadie podría decir lo contrario. Nunca había leído un retrato tan potente sobre un muerto. Ni una serie de bellezas en forma de frases que le costaba asimilar no tanto por la comprensión (sencilla, por otra parte) como por el entusiasmo certero de sus palabras. Después supo que Citati había escrito también sobre las vidas de Goethe y Tolstói. ¿Dónde estaban estos libros? ¿No se han traducido? ¿Son inencontrables? No investigó al respecto pero pide a todos los editores que alguien los vierta al español o que los recuperen si ya están traducidos. A partir de Kafka ya le interesa todo lo que escriba Citati. Leyó, y se dijo aquí, su La vida breve de Katherine Mansfield, libro que como el mismo título dice, le pareció muy breve.

—A ver, personaje y ya amigo, ¿me vas a contar por qué Hemingway fue un necio o no?

—Un momento. Todo llegará. Déjame seguir, que pierdo el hilo.

—Vale. Te dejo.

El caso es que se quedó prendado de Kafka, el libro, casi tanto como de los propios textos del checo. ¡Por fin un biógrafo a una altura respetable como para hablar de Kafka! Mira a su estantería y claro, recuerda que Kafka ya tiene un gran biógrafo: Reiner Stach. ¡Lean esa biografía de Acantilado! Él sólo leyó Los años de las decisiones, la segunda de las tres partes de la biografía que extrañamente editó Siglo XXI en 2003 sin avisar de que faltaban la primera y la tercera de esta monumental obra. Como es habitual en él, no leyó ese libro hasta pasados muchos años, doce para ser exactos, a la espera de que tradujeran toda la obra. Como no llegaba, terminó leyéndolo cuando un buen día vio en el periódico que Acantilado preparaba o iba a publicar en dos tomos la biografía completa de Reiner Stach sobre Kafka. Una biografía más al uso que el Kafka de Citati, cuyas biografías son la apropiación personal y exacta de los biografiados con una altísima prosa en absoluto rimbombante o almibarada.

—Bueno, sí. Déjame ya de hablar de Kafka. Háblame de Hemingway.

—Un momento, un momento.

—Bien. ¡Sigue como quieras! ¡Como siempre!

Es cierto, se dice, quizá Reiner Stach merezca otro artículo para él solito y deba ya continuar con Pietro Citati. Para Citati la obra maestra de Scott Fitzgerald es Suave es la noche. Se ha quedado un tanto confundido al leer esta afirmación. ¿No lo era y lo es El gran Gatsby? Necesitaría más argumentos para concluir que es así. Él, mientras tanto, sigue pensando que El gran Gatsby es insuperable. Bien, tal vez lea de nuevo Suave es la noche. A fin de cuentas, releer a Scott Fitzgerald es siempre un placer.

—Estoy bastante de acuerdo aquí con mi personaje. Sigue.

" Seguramente que de haber coincidido con Citati y comentado la novela, Hemingway ni pestañearía ante esta afirmación. Sencillamente tumbaría a Citati de un puñetazo y asunto resuelto."

Suave es la noche no tuvo una gran acogida, precisamente. En su libro, Citati recoge la necedad de Hemingway. De ese libro de su amado-odiado Scott Fitzgerald, el bravucón dijo que Dick y Nicole Diver (personajes de la novela) eran una pésima copia de Gerald y Sara Murphy (amigos de Scott Fitzgerald). «Si coges personas reales y escribes sobre ellas […] no puedes pretender que hagan cosas que no harían […]. Debes mantenerlas iguales […]. No puedes convertir a alguien en otro». «Sin embargo,», argumenta Citati, «el arte de la novela es precisamente coger personas reales, decenas de personas reales, mezclarlas, fundirlas y transformarlas en “otro”, y hacer que este “otro” haga cosas que ninguna de ellas habría hecho nunca en la realidad». Seguramente que de haber coincidido con Citati y comentado la novela, Hemingway ni pestañearía ante esta afirmación. Sencillamente tumbaría a Citati de un puñetazo y asunto resuelto.

—Bueno, ya me he enterado por qué Hemingway era un necio y de que mi personaje conocía bien algunos aspectos de su carácter. Continúa.

—Gracias. Si no me interrumpes lo haré.

—De acuerdo. Sigue.

"Citati, cree decir bien, es uno de los grandes lectores y supervisores de algunos de los clásicos que nos ha dado la literatura. Tiene el don incluso de engrandecerlos."

Podría decir muchas más cosas (perdón, como ya dije, todo es cosa) sobre La muerte de la mariposa. No le restaría un ápice de su magia ni haría que ustedes corrieran a una librería para comprarlo. Sencillamente que al margen de quedarse prendado ve, de repente, como todas las veces que lee bien, que se debe a la lectura de buenos libros, que no se puede buscar sólo el entretenimiento, que el alma necesita oxígeno y éste no está en esas novedades que apabullan con sus tiradas. Citati, cree decir bien, es uno de los grandes lectores y supervisores de algunos de los clásicos que nos ha dado la literatura. Tiene el don incluso de engrandecerlos o, al menos, provocar su lectura. ¿Les parece poco hoy en día ser capaz de provocar la lectura de un gran libro? Citati sólo escribe sobre los grandes y con libros igualmente grandes en su singular género literario.

No sé a ustedes, a mí hoy mi personaje me ha convencido. Leeré a Citati. Y de paso revisaré algunos de los libros de los escritores por él señalados. Me da la impresión de que el invierno puede ser largo.

Ah, ¿no les he dicho que mi personaje terminó el quinto libro de Karl Ove Knausgaard sobre su vida?, el titulado Tiene que llover (caramba, pareciera que Knausgaard nos quisiera decir algo en esta época de sequía). Se ha empeñado con este noruego y está ya deseando que aparezca el sexto y último libro de la serie y no sólo eso: se pregunta cuándo traducirán los libros posteriores del escritor escandinavo. Yo, por el momento, no voy a leerlo. Bastante tengo con lo apuntado hoy por mi personaje.

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