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De qué hablamos cuando hablamos de fantasmas

De qué hablamos cuando hablamos de fantasmas

Hay dedicatorias que funcionan como una luz, para guiarnos en la lectura. Y otras que pueden ser una advertencia, casi como un gesto de restitución. Porque a través de la escritura, a veces, podemos hacer realidad aquello que la historia nos negó: devolver la memoria de un nombre, de un lugar, restituir una justicia tardía aunque sea solo en el ámbito de la ficción —que es más eterna que cualquier otra certeza—. Y la dedicatoria, entonces, no es solo un gesto íntimo, sino una grieta por la que se cuela, desde la primera página, la verdad del libro.

Así sucede en El reformatorio, de Tananarive Due, donde la autora dedica la novela a un tío abuelo suyo llamado Robert Stephens. El mismo nombre que el niño protagonista de la ficción. Ese detalle, aparentemente menor, basta para comprender que no estamos ante una historia de terror sobrenatural al uso. Que aquí la ficción y la realidad se dan la mano. Y que quizá, como en toda expiación literaria, el relato intenta reparar —aunque sea simbólicamente— aquello que no debió ocurrir —como en la gran novela de Ian McEwan, titulada precisamente Expiación—. Es aquí donde se produce el primer escalofrío de El reformatorio: lo que podría asustarnos por ser imaginado nos inquieta mucho más al descubrir que, de un modo u otro, ya ocurrió.

"Robbie Stephens es un niño negro de doce años que es enviado a un reformatorio por un delito tan nimio como revelador: defender a su hermana y propinar una patada a un chico blanco"

La novela se inspira en hechos reales ocurridos en el sur de Estados Unidos durante los años cincuenta, una época en la que la segregación racial no era una anomalía sino una norma, y en la que el sistema —educativo, judicial, social— se erigía como un mecanismo de violencia perfectamente engrasado contra la población negra. Due convierte ese contexto histórico en materia narrativa sin edulcorantes, sin escapatorias fáciles, y lo hace utilizando el lenguaje del género fantástico —y más concretamente los fantasmas— como un instrumento de denuncia.

Robbie Stephens es un niño negro de doce años que es enviado a un reformatorio por un delito tan nimio como revelador: defender a su hermana y propinar una patada a un chico blanco, además hijo de una de las familias más poderosas del lugar. Ese gesto, que en otro contexto podría haberse resuelto con una reprimenda, se transforma aquí en una condena inmediata. A partir de ese momento comienza la auténtica pesadilla: la entrada en un reformatorio que ya había sido escenario de un incendio trágico años atrás y en el que la violencia, el abuso y la impunidad campan a sus anchas bajo el mando de un personaje más terrible que cualquier fantasma, el superintendente Haddock.

"También resuenan las narraciones decimonónicas en las que muchas autoras victorianas utilizaban lo sobrenatural para denunciar el aislamiento, el abuso y la falta de derechos de las mujeres"

Due introduce entonces un elemento sobrenatural que, lejos de suavizar la crudeza del relato, la intensifica. Si la hermana de Robbie, Gloria, que no cesará en su empeño de sacar a su hermano del reformatorio, posee el don de las premoniciones, el chico tiene la capacidad de ver espíritus. Ambos dones funcionan como una herencia incómoda, casi como una carga. No son poderes destinados al asombro ni al espectáculo, sino a la revelación de lo que otros prefieren no ver. Porque en El reformatorio los fantasmas no llegan para asustar al lector, sino para señalar culpables, para exigir memoria, para recordar que bajo los cimientos de muchos edificios —y de muchas sociedades— hay cadáveres que nunca fueron llorados.

En este sentido, la novela dialoga con otras obras en las que lo espectral se convierte en una herramienta política y ética. Resulta inevitable pensar en los fantasmas de los cuentos de Mariana Enriquez, presencias que encarnan las violencias estructurales de América Latina; o en Carcoma, de Layla Martínez, donde los espectros de la Guerra Civil y del franquismo se infiltran en las paredes de una casa para hablar de herencias envenenadas. También resuenan, cómo no, las narraciones decimonónicas recuperadas por la Biblioteca de Carfax, en las que muchas autoras victorianas utilizaban lo sobrenatural para denunciar el aislamiento, el abuso y la falta de derechos de las mujeres. En todos estos casos, como en el de Due, el fantasma no es el fin, sino el medio.

"Los fantasmas que habitan esta historia son profundamente carnales. No se limitan a aparecer a medianoche ni a deslizarse como sombras etéreas"

Y es que El reformatorio insiste, una y otra vez, en una idea incómoda: los principales horrores de aquella época no eran sobrenaturales. El verdadero terror no se manifiesta en apariciones nocturnas ni en lamentos que atraviesan paredes, sino en las miradas de los adultos, en los castigos arbitrarios, en la normalización de la violencia contra los cuerpos negros. Los fantasmas, paradójicamente, son casi un consuelo: al menos ellos confirman que alguien vio, que alguien recuerda, que alguien no está dispuesto a dejar que todo se borre.

Otro de los grandes aciertos de la novela es su atmósfera. Due construye el espacio del reformatorio, la casa de Robbie y Gloria, el pueblo… con una precisión casi cinematográfica. El lector tiene la sensación de estar viendo una película ambientada en el sur profundo: el calor pegajoso, los edificios que parecen contener el eco de gritos antiguos, la tierra roja que se pega a los zapatos y a la conciencia. Cada escena parece diseñada para que no podamos apartar la mirada, incluso en aquellas que omiten, que prefieren jugar con la elipsis porque hay violencias que al insinuarse son tan terribles como cualquier escena explícita.

"En medio de la brutalidad, Due deja espacio para la solidaridad entre los niños, para la amistad que surge como un pequeño acto de resistencia"

Los fantasmas que habitan esta historia, además, son profundamente carnales. No se limitan a aparecer a medianoche ni a deslizarse como sombras etéreas. Son presencias físicas, tan tangibles como la justicia que reclaman, cuerpos marcados por la violencia que arrastran consigo las huellas de lo que les fue arrebatado. Esa corporeidad refuerza la idea central del libro: aquí no se trata de un miedo abstracto, sino de un horror anclado en la historia, en el dolor real.

Sin embargo, y quizá ahí resida parte de su fuerza, El reformatorio no es una novela completamente oscura. En medio de la brutalidad, Due deja espacio para la solidaridad entre los niños, para la amistad que surge como un pequeño acto de resistencia. El vínculo entre Robbie y su amigo Redbone dentro del reformatorio funciona como un hilo de luz en mitad de la noche. También destacan personajes secundarios que pese a sus dudas y sobre todo al miedo, siempre el miedo, ayudarán, por su parte, a Gloria: Loehmann, la señorita Powell, la señora Hamilton y la tía Lottie, valiente y decidida, que encarnan la posibilidad de enfrentarse al sistema, aunque el precio sea alto.

"También es, y esto no es menor, una historia de amor familiar: el amor entre hermanos, el amor que intenta proteger incluso cuando el mundo se vuelve el lugar más hostil"

La novela mantiene, además, una ambigüedad constante en torno a la naturaleza de los fantasmas. ¿Son siempre aliados? ¿Son testigos o jueces? ¿Hasta qué punto su presencia ayuda o condena a quienes pueden verlos? Esa ambigüedad evita cualquier lectura complaciente y obliga al lector a habitar la incomodidad, a aceptar que no todas las respuestas son claras ni tranquilizadoras.

En conjunto, El reformatorio es un magnífico ejemplo de cómo la literatura de género puede dialogar con la realidad más terrible sin perder potencia narrativa ni compromiso. Es una novela sobre fantasmas, sí, pero sobre todo es una novela sobre el horror humano, sobre la memoria y sobre la necesidad de nombrar aquello que durante demasiado tiempo fue silenciado. También es, y esto no es menor, una historia de amor familiar: el amor entre hermanos, el amor que intenta proteger incluso cuando el mundo se vuelve el lugar más hostil.

Porque, al final, siempre que hablamos de fantasmas estamos hablando de la vida. Aunque utilicemos la muerte para hacerlo.

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Autor: Tananarive Due. Título: El reformatorio. Traducción: María Pérez de San Román. Editorial: Biblioteca de Carfax. Venta: Todos tus libros.

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