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De Tristram Shandy a Hipsteruel

De Tristram Shandy a Hipsteruel

“El objeto del shandismo no es la representación de una vida, ni del mundo o de las costumbres locales, sino la burla de los distintos géneros de la cultura oficial”. Esta frase la escribí para presentar una novela gemela de esta, Beefeater de Luis de Ángel. Pretende llamar la atención sobre la vigencia de una línea novelística, la inaugurada por el Tristram Shandy de Laurence Sterne hace más de dos centurias y media, a la que pertenecen estas novelas. Se queda esa declaración un tanto estrecha ante la novela de Daniel Gascón. Este segundo hipster —La muerte del hipster continúa Un hipster en la España vacía— incluye en el abanico de la burla estampas populares. Estas novelas son radicalmente shandianas, aunque, sobre todo la segunda, contemple aspectos de crítica de lo popular —las nuevas costumbres de la pandemia, la actualidad secesionista, etc—. Conviene añadir que la crítica del todo resulta enormemente divertida, hilarante. Gascón es, en primer lugar, un humorista. Su humorismo ha ido creciendo a lo largo de su ya extensa obra. Comenzó trenzado la biografía familiar con la novela de educación en El fumador pasivo (2011) y Entresuelo (2013). En esas novelas reunía la biografía familiar con la relación con maestros y amigos. En las novelas del hipster lo familiar sigue teniendo presencia, pero ha pasado a segundo plano. Es una especie de telón de fondo: el Maestrazgo turolense, personajes familiares —el abuelo Leoncio Gascón— y lo castizo aragonés en variadas manifestaciones. Ahora han pasado a primer término la sátira menipea y, sobre todo, el shandismo.

Esta consideración preliminar es inevitable para evitar la tentación de ver estas novelas como simples estampas costumbristas. La única reseña que he conseguido leer de Un hípster en la España vacía —aparte de la excelente de Santos Sanz Villanueva que publicó Zenda— se queda en ese primer nivel de lectura, el del choque entre el mundo rural vaciado y la frivolidad urbanita. Tal reseña va seguida de un chat en el que se pelean urbanitas y rurales que, por supuesto, no se han molestado en leer la novela o, si la hubieren leído, no han entendido nada. Merecía esa secuencia de necedades figurar en alguno de los capítulos de La muerte del hipster si no fuera por lo ordinario de las réplicas, tan vulgares que no precisan satirizarse. Eso es también lo que ocurre con los discursos cultos que aparecen burlados en la novela.

"La voz del pueblo es brutal y humorística. El discurso posmoderno es pedante y ridículo. Es un discurso alejado de la vida, autónomo. Solo se interesa en su narcisismo, en su propia retórica"

En el capítulo de agradecimientos el autor recoge la lista de filósofos que nutren el discurso del hipster: George Monbiot, Byung-Chul Han, Marina Garcés, Slavoj Zizek, Judith Butler, Naomi Klein, Richard Sennet, Hartmut Rosa y Daniel Innerarity. Otros aparecen solo por su nombre. Claro es que el hípster es una versión posmoderna del tonto ilustrado, que idealiza la vida de aldea. El hipster sostiene un discurso más retórico que político —gramsciano en versión errejoniana— en su desempeño como alcalde de La Cañada, aldea turolense que sufre su propio desafío secesionista. Y esa experiencia permite la confrontación entre la voz del pueblo y el discurso posmoderno. La voz del pueblo es brutal y humorística. El discurso posmoderno es pedante y ridículo. Es un discurso alejado de la vida, autónomo. Solo se interesa en su narcisismo, en su propia retórica. En esa autonomía ven las castas culturales su coherencia y su cohesión grupal. Pero es precisamente esa coherencia y cohesión lo que las distancia de la vida y las hace estériles, superficiales. Por eso el shandista se sitúa al margen y de esos discursos y disciplinas. Se ríe de ellos. Se presenta como un escéptico. La distancia entre el autor shandista y su personaje es extrema. Aunque, finalmente, el autor se apiada del hipster. La muerte del hipster es una muerte simbólica: se limita a abandonar el pueblo. Ha comprendido lo ridículo de su papel y termina dándole un chapuzón a su alter ego, un lector superficial de Derrida y Deleuze, con sus New Balance, camisa vintage y barba engañosamente descuidada. Ha traspasado la frontera. El chapuzón en el pilón es la venganza típica baturra al foráneo que incordia.

"Esa triple dimensión ofrece una dimensión trascendente al shandismo, que se puede quedarse en mero juego si no consigue hacer pie firme en la cultura coetánea"

La estética shandiana detesta tanto el realismo como la fatuidad de los discursos públicos. Su impronta cómica se funda en su profundo rechazo de la opinión pública y de las corrientes hegemónicas del mundo cultural oficial, que marcan una época determinada. El autor humorista comprende el carácter convencional —y, por tanto, falso— de esos discursos y colisiona frontalmente con el estado de opinión que sustentan. Ve el sentido corporativo y jerárquico de esos discursos. Los ve antinaturales, hipócritas y los ataca burlándose. Eufemismos y retoricismos son confrontados por asociaciones provocadoras, lenguaje hiriente, insultante incluso (“cantamañanas de la capital”), groserías, blasfemias… Son los instrumentos de un lenguaje directo y contundente, representado por la voz popular aragonesa.

Cabe añadir que el shandismo de Gascón se ve apoyado por otra forma de estética humorística: la sátira menipea. La menipea es una estética que nace con la sociedad abierta, esto es, en la Antigüedad. Combina la más libre imaginación y el pluriestilismo —diarios, crónicas, diálogos— con el humorismo desenfrenado y con un fundamento intelectual de primer orden. Luciano de Samósata —el gran menipeo— definió el género con la fórmula diálogo filosófico más comedia. En esta novela tenemos desde el descenso cervantino a la cueva de Montesinos (la sima de Sanmartín), una sucesión inmisericorde de chanzas, burlas y sátiras, a una extensa presencia de la intelectualidad actual, vista críticamente. Esa triple dimensión ofrece una dimensión trascendente al shandismo, que se puede quedarse en mero juego —el hobby de Sterne— si no consigue hacer pie firme en la cultura coetánea. Esta orientación del shandismo viene a expresar la pérdida de la confianza en un mundo que se ve desvalorizado, una auténtica ruina socavada por la superficialidad con la que ha tratado sus fundamentos ideales y sociales. Y la réplica a ese mundo en ruinas es el humorismo, un humorismo esencial que discurre por la literatura desde Luciano a Daniel Gascón.

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Autor: Daniel Gascón. Título: La muerte del hipster. Editorial: Penguin Random House. Venta: Todos tus libros, Amazon, Fnac y Casa del Libro.

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