“Intanto noi viviamo, o scriviamo, il che è lo stesso in questa illusione che ci conduce.”
(«Mientras tanto nosotros vivimos, o escribimos —que es lo mismo— en esta ilusión que nos guía.»)
Antonio Tabucchi
Reconozco en Antonio Tabucchi, en su prosa, la fuerza que genera en mi persona la voluntad de escribir a diario. Siempre le di muchas vueltas al asunto y siempre quedaba inconcluso. Por suerte, le voy agarrando la mano. Al igual que muchos de sus personajes, converso sobre los mismos temas de manera indefinida; reflexiono, sobre las secuelas provocadas por esos monólogos interiores y los pasajes sobre personajes con un pasado complejo y misterioso. El epígrafe que abre esta danza afirma que vivir y escribir son sinónimos. Borges, por ejemplo, conjugó experiencia y escritura en un único trazo.
Hojeo sus libros. Mi biblioteca no da para más, reclama espacio. Solía tener la mala costumbre de acumular periódicos. La revolución digital vino a darme una mano o de lo contrario estaría cubierto por ellos. El papel, o el acto de aglomerarlo, se circunscribió, afortunadamente, a los libros, manía que no me abandona y de la que no me pienso (ya a estas alturas) desprender. Los de nuestra generación no se deshicieron de sus bibliotecas ni de sus discos. El tiempo y la noción de la ciclicidad de las cosas (o el excesivo apego) nos dio la razón.
Tabucchi es un escritor de otro calibre. Forma parte, quizás, de la última camada que evitó ser influenciada por la velocidad, la elipsis, la imposición grosera de explicar la realidad bajo la lente lógica y ofrecer pruebas. Ahora se suele escribir, en gran parte, para la inmediatez y la notoriedad como consecuencia inminente. Inclusive, para algunos, no es un requisito sentarse y redactar. Hay máquinas que te evitan la molestia. Un desvío del cual no quiero formar parte. Prefiero escribir (de puño y “testa”) aunque sea a destiempo.
En un café de una plaza llamada Cavour, a pocos kilómetros de su natal Pisa, comencé a leer los cuentos de El tiempo envejece deprisa (2009). El café lo sirvieron de maravilla y la atmósfera de una tarde apacible de invierno, semidesierta, me permitió concentrarme de lleno en el libro.
La contratapa señalaba con precisión, casi cronométrica, que los personajes que estaba por encontrar en los relatos se confrontaban, de alguna u otra manera, con el tiempo: una figura, por antonomasia, literaria. ¿Dónde sino en las páginas escritas existe la posibilidad de maniatarlo, de hacer con él lo que es impracticable en el continuum de nuestras vidas?
Esos personajes son a su vez paisajes por los cuales la mirada del lector transita. Cada uno podría representar un momento histórico, como en Entre generales o en Bucarest no ha cambiado en absoluto. El tiempo generacional presente en “Nubes” un diálogo en una playa entre una niña y un militar retirado: “-Ti posso dare del tu?, chiese la ragazzina. […] Nella mia classe diamo del tu anche ai grandi” (¿Te puedo tutear? Preguntó la niña. […] En mi clase tuteamos también a los mayores”). Tabucchi no puede eludir en su obra, y este libro lo confirma, el tema político. Vuelve constantemente a los años del fascismo, a la Segunda Guerra, haciendo hincapié en la identidad y en el declive de la política italiana luego de la posguerra. Según la crítica, “Tabucchi siempre concibió la literatura como una forma de resistencia y compromiso, especialmente contra la injusticia social y política”.
Usando un epígrafe de Kundera se podría resumir que esta serie de relatos es “…un encuentro con mis reflexiones (en este caso las del autor) y mis recuerdos, mis viejos temas (existenciales y estéticos) y mis viejos amores…”.
La tarde (de este presente) se va retirando luego de una jornada de sol que ayudó a derretir la nieve de unas esquinas muy apartadas de aquella plaza y de la brisa mediterránea. Me comunico a través de mensajes de texto y correos electrónicos, repito el mismo trayecto del escritorio al baño, y me desvío un par de veces a la cocina. Pienso, y pienso que pienso demasiado. Me recuesto en el sofá pero sigo pensando. ¿En qué pienso? En todo lo que quiero escribir, en el tiempo que necesitaré para ello. ¿Me bastará una sola vida, ésta que transito? Escribo y noto la melancolía en mis palabras; quizás me haya convertido en un personaje de Tabucchi, al menos por una tarde. Yo también escribí mis cartas a fantasmas que un día rozaron mis labios.




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