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Debimos ser felices, de Rafaela Lahore

Debimos ser felices, de Rafaela Lahore

El descubrimiento de una nota de suicidio de la madre de la protagonista, escrita décadas atrás, lleva a esta a ahondar en la historia de su familia, que arranca en un campo de Rivera, en la frontera entre Uruguay y Brasil, donde la infancia de su madre se vio marcada por la violencia.

Debimos ser felices (La navaja suiza), primera novela de Rafaela Lahore, recibió el premio Mejores Obras Literarias 2019, otorgado por el Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio de Chile, en la categoría Inédita.

Zenda publica las primeras páginas.

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Antes de que yo naciera, mi madre ya había escrito una nota de suicidio. La tarde en que la leí, estábamos en su casa y yo tenía más de veinte años. Ella miraba un documental sobre los fenicios. Yo revisaba una libreta que acababa de encontrar en una caja de madera, donde había cartas y documentos viejos. La libreta, que era de su época de estudiante de literatura, tenía anotaciones de sus clases, números de teléfonos, poemas de amor. En las últimas hojas, encontré la nota. La leí en silencio y algo confundida, le dije:

Mamá, mirá lo que encontré.

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Mediante gestos, yo alimentaba osos de peluche y muñecos brillantes, articulados. Con crayones azules pintaba las hojas blancas. Mecía animales de tela, muñecas de plástico negro. Entonces no podía imaginarme quién era, de verdad, mi madre. Para mí, ella se parecía a cualquier otra: llevaba el pelo corto, preparaba caramelos con jugo de limón y azúcar, pronunciaba suavemente el nombre de ciertas plantas. Con sus labios finos me decía: este es el color rojo, este es el número cuatro. Me decía: esto es un barco de papel, una langosta, una semilla, un dado, una cicatriz.

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Si la historia tuviera un comienzo, podría ser este: mi abuela se casó con Amantino el 20 de julio de 1946. Al día siguiente se mudaron a un rancho de adobe con techo de chapa, ubicado en un campo de Buena Unión, al norte del departamento de Rivera. Vivían a cuarenta kilómetros de Brasil y a más de cuatrocientos de Montevideo. Mi abuela quedó a cargo de la casa, él de la tierra y los animales. Ella tenía veintitrés años cuando se casó con Amantino, su primo hermano.

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Un año después nació mi madre. Dos años después, Braulio, y el tercer hijo, Ernesto, llegó al quinto año. El día del casamiento, llovía. Mi abuela siempre repitió que esa lluvia, la que caía mientras se casaba con el único hombre de su vida, había sido un mal augurio.

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Sobre el verde que rodeaba el rancho había:

Naranjos, nísperos y manzanos para cosechar.

Sandías, zapallos y papas para comerciar.

Gallinas, cerdos y vacas para cuidar y matar.

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Mi madre tuvo una yegua que llamó Cumparsita. Le puso un nombre tanguero porque nació un 2 de febrero, como Julio Sosa. Tenía el pelaje castaño y una mancha blanca que le empezaba encima de los ojos y terminaba en la nariz, como si le estuviera cayendo un chorro de leche desde la frente. Era indómita: si se ponía nerviosa amagaba a tirarse contra los alambrados. Mi madre se le acercaba y le susurraba tranquila, tranquila, y le hacía el mismo ruido, imagino, que me hace a mí cuando quiere silencio, como si de su boca estuviera cayendo agua.

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Cuando el sol desaparecía, el trabajo acababa y la lámpara de queroseno doraba el piso de tierra, los muebles de madera de pino, el cristalero con copas distintas. A la hora de la cena, los niños comían acodados sobre el mantel de hule los guisos de mi abuela. No era necesario hablar. Amantino prendía la radio para tapar el silencio de la noche y suavizar los ladridos de Cuidado, el perro que deambulaba afuera.

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El paisaje era tan vasto que empequeñecía las cosas de adentro. Con el tiempo hasta el rancho se achicó. El peso de las chapas del techo lo fue aplastando, hundiendo a los cinco cada vez más dentro de la tierra.

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Suelo recordar a mi madre sentada: de piernas cruzadas, hablando por teléfono en el sofá; un poco encorvada, cosiéndole rodilleras a mis pantalones; frente a la tele mirando novelas brasileras, noticias a las ocho de la noche; concentrada, anotando en los márgenes de sus libros; acomodada frente a mí, con los ojos fijos en el damero, comiéndome una ficha y después riéndose.

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Para Amantino sus hijos nunca tuvieron nombre.

Ernesto era el rengo.

Braulio, el pajero.

Mi madre, la loca.

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Ernesto cojeó a partir de los cinco años, desde que tuvo polio y se le deformó la columna.

Braulio, a los seis, sufrió sus primeras convulsiones de epilepsia.

Mi madre, a los diecisiete, creyó por primera vez que vivir no valía la pena.

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Mamá… mamá, susurro.

Ella está quieta, acurrucada en la cama. Sospecho que tiene los ojos cerrados. Volvió hace poco de dar clases, me saludó con un beso y me preguntó cómo estaba. Almorzó tallarines sin calentar y se acostó en la cama de dos plazas a dormir la siesta. Mientras tanto, juego a lo de siempre: que soy veterinaria y curo a Zulú, a Bresler, a Mimi y al resto de mis perros de peluche. Con mucho cuidado, les doy remedios y leche, los peino y los pongo a descansar en el sillón del living.

Cuando termino de curarlos a todos, me acerco al umbral del cuarto. Mi madre es un bulto sobre la cama, al costado de una cartera entreabierta. La llamo, pero no contesta. Desde donde estoy, distingo el borde de su agenda y la bolsita blanca donde guarda las tizas y el borrador.

Mamá… mamá, susurro, pero ella no responde.

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Tres veces viví en la misma calle de Montevideo. A los pocos días de haber nacido, me llevaron a un apartamento de dos cuartos en Magallanes y Mercedes, donde cada madrugada escuchaba las sirenas del cuartel de bomberos. Tres veces viví en Magallanes, que baja hacia el sur, donde muere la tierra frente al mar herrumbrado. Tres veces viví, como si fueran distintas, bajo la sombra de sus plátanos y sus luces de sodio que apenas alumbraban la noche.

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Amantino dormía con un revólver bajo la almohada, un Smith and Wesson calibre 38. Lo utilizó en ciertas ocasiones: para afinar la puntería tirando contra un par de latas, para enseñarle a mi madre cómo disparar, para apuntarlo, un día, contra la frente de mi abuela.

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Cuando Ernesto tenía doce años, mi abuela lo llevó a Montevideo, al Hospital de Clínicas, para tratar de enderezarlo. Lo devolvieron al rancho de Buena Unión con el cuerpo enyesado: durante los seis meses siguientes, intentó calmar los picores que sentía bajo el yeso rascándose con agujas de tejer. El procedimiento no sirvió de mucho: al poco tiempo, volvió a doblarse. Años antes, le habían operado los ojos negros, estrábicos, pero tampoco había servido. Amantino no siempre le decía el rengo, a veces lo llamaba el bizco.

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En las noches, mi madre va hasta mi cama y me acaricia la cabeza. En un susurro, como si apenas quisiera que la escuchara, me canta:

Había una vez un lobito bueno,
al que maltrataban todos los corderos.
Había también un príncipe malo,
una bruja hermosa y un pirata honrado.

Pasa su mano sobre mi oreja y siento un ruido casi marino, como una ola que vuelve a mis oídos una y otra vez.

Todas esas cosas había una vez
cuando yo soñaba un mundo al revés.

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Un mediodía, mi abuela picaba cebolla, mientras Cuidado, el cusco marrón de patas cortas, daba vueltas por la cocina. Mi madre llevaba a Ernesto y Braulio de la mano. Mi abuela le había encargado cuidar a Amantino, porque durante la mañana había dicho:

Hoy me mato.

Mi madre, de ocho años, lo persiguió por el comedor, lo vigiló a la altura de su cintura, estuvo detrás de él cuando entró al galpón del fondo, sacó una cuerda de entre las herramientas, caminó hasta un árbol y la enganchó a la rama. Entonces, mi madre apretó la mano de sus hermanos y con la vista fija en su padre, empezó a aullar:

¡Mamá, mamá, mamá!

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La ciudad de Rivera le debe su nombre a un genocida. En abril de 1831 el coronel Bernabé Rivera citó a decenas de charrúas en el corazón del país, a orillas del arroyo Salsipuedes. Siguiendo las instrucciones de su tío, el primer presidente de Uruguay, les dijo que quería convocarlos para recuperar ganado al sur de Brasil, pero una vez allí, los asesinó con la ayuda de una tropa de más de mil hombres. A las mujeres y niños los vendieron como esclavos en Montevideo. A los charrúas que escaparon, Rivera los persiguió durante meses hasta que lo tomaron como rehén en una batalla. Se dice que le cortaron la nariz, que le arrancaron las venas del brazo derecho y que con ellas envolvieron la lanza del primero que lo había herido. Después, hundieron su cara en un pozo con agua.

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En la cara de mi madre todo era suave: su nariz era chica, puntiaguda, y sus cejas imperceptibles. Sus labios eran finos y rectos, y había cierta belleza en eso, en que su boca fuera como una ranura, como un buzón donde uno pudiera dejar mensajes. De niña veía sus brazos cargar kilos de arroz y fideos, botellas de agua mineral y macetas con malvones desde la feria. Por ese entonces, aún tenía la barriga suave debajo de los vestidos y de las blusas floreadas que compraba en tiendas de segunda mano.

***

A mi madre le gustaba perseguir gallinas y serpientes, pescar mojarritas en el arroyo, esconderse entre las plantas de hinojo, canturrear tangos frente al espejo de mi abuela. Le gustaba, sobre todo, aparecer en el comedor cuando estaban todos, tomar un sorbo de agua y empezar a tambalearse de un lado a otro, chocándose contra las paredes como si estuviera borracha, mientras sus hermanos se morían de la risa. Incluso Amantino se reía del descaro con que balbuceaba frases sin sentido, con que revoleaba los ojos y caía desplomada sobre una silla.

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Autora: Rafaela Lahore. Título: Debimos ser felices. Editorial: La navaja suiza. Venta: Todos tus librosFnac y Casa del Libro.

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