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Defensa de la felicidad, de Francisco de Quevedo

Defensa de la felicidad, de Francisco de Quevedo

Zenda publica un adelanto de Defensa de la Felicidad. Alegato en favor de Epicuro (Reino de Cordelia), de Francisco de Quevedo. Una edición de Arturo Echavarren con ilustraciones de Pieter Brueghel el Viejo.

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Introducción

El buen filósofo

Después de acariciarse durante unos segundos el mentón elocuente, Pedro Salinas exhaló un suspiro que no pertenecía a nadie y tomó de nuevo la pluma:

Piénsese en Quevedo, no en vano nutrido en la Biblia, los escritos de la Iglesia y los estoicos. No se negó a ninguna de las tentaciones que desde la vida le hacían seña. Sus experiencias vitales alcanzan a los extremos; aconseja a gobernantes en aulas de palacio, goza favor real, es político poderoso, mueve hilos de intriga en tierras de Italia, se junta con la gentuza, rufianes y pícaros. Humanista y hombre cumplido, usa igual cortados latines que desgarrada habla de germanía. Traslada al romance ahora a Anacreonte, luego a Séneca. Manifiesto está en él un ardiente amor a la vida, una complacencia en la acción total, la exterior y política, la retraída a lo interior, pensamiento y meditación.

Salinas se mostró aquí íntimo y numeroso, pues todos quienes se han acercado a Quevedo han ido escribiendo con otras palabras estas mismas palabras. Como Lope de Vega, Quevedo es espejo, no cristal. En las suyas reconocemos nuestras complejidades y contradicciones, la configuración demasiado poliédrica, las notas negras muy por encima del pentagrama y allá van, turba de avechuchos a salvo de toda flecha. Y no queda sino mordernos el labio y verlos volar.

En otras palabras, Quevedo son mil Quevedos: el maravilloso cojo facundo y marrullero de Pérez-Reverte, el aventurero con redaños de hierro, el que desata torbellinos de tajos, reveses y estocadas, el confidente grave y juicioso, el enamorado de suspiro fácil y corazón siempre llagado, la carcajada unánime de todo sarao y banquete, el lector gozoso en su rincón, el trágico sin luz de eternidad que, echando abajo los muros de nuestra gramática para erigir una nueva, dejó dicho: «Soy un fue y un será y un es cansado». Y ancha es Castilla.

Una de las caras menos conocidas de Quevedo para el público general es la del filósofo, aunque nuestro autor nunca fue un pensador sistemático. No obstante, late en toda su obra cierta coherencia interna y notable unidad en su entusiasmo por la doctrina neoestoica, revalorización y remozamiento en época moderna de los ideales del antiguo estoicismo. Esta escuela, fundada por Zenón de Citio en torno al año 300 a.C. y divulgada por Cleantes, Crisipo, Panecio, Posidonio, Séneca y Epicteto, entre otros, sostenía que, a través del conocimiento de uno mismo, el ser humano puede alcanzar la comprensión del mundo y de la divinidad y llegar también a ese estado beatífico de serenidad e imperturbabilidad, la tranquillitas animi, al que los estoicos dedicaban todos sus esfuerzos. El único instrumento para ello es la razón humana, pues, según la doctrina de los estoicos, únicamente esta es capaz de desterrar las falsas opiniones que generan las pasiones, las cuales perturban el espíritu y lo desvían del camino hacia la tranquilidad. El entendimiento, al discernir razonadamente el verdadero valor de los bienes materiales, reconoce su fragilidad inherente y el sinsentido de todo anhelo y temor. Como consecuencia de ello, se conquista un dominio de las pasiones, la ira, la ambición, la lujuria, la codicia, el miedo y la desazón de la muerte. Quevedo, en fin, concibe el desengaño de raigambre estoica como un acto perpetuo de desilusión con respecto de los apetitos humanos y la apariencia engañosa de los objetos físicos. Con esta sólida adhesión al pensamiento neoestoico, nuestro autor se alineaba decididamente con el humanismo europeo de la época, cuyo afán era conciliar los ideales de las escuelas filosóficas de la antigüedad con los dogmas del cristianismo. La Defensa de Epicuro, que aquí editamos, es un fruto maduro de este sincretismo.

Defendiendo a Epicuro

De linaje ateniense, Epicuro nació en la isla de Samos en torno al año 341 a.C. Aunque siempre hizo gala de su autodidactismo, los críticos han conjeturado el magisterio de Pánfilo, uno de los discípulos de Platón, o de Nausífanes, pupilo de Demócrito. Fuera como fuere, tras desarrollar el corpus de su doctrina, fundó comunidades epicúreas en Mitilene y Lámpsaco y se trasladó a Atenas a finales del siglo IV, donde divulgó sus enseñanzas, mientras llevaba una vida de privaciones y simplicidad. Su doctrina resultó muy novedosa en la época, pues entendía que el propósito de la vida era el deleite (ἡδονή, hedoné), que emanaba de un modo de vida sencillo, modesto e incluso ascético. Los anhelos que produjeran dolor, frustración y ansiedad o resultasen perniciosos para la salud no eran considerados placeres apropiados. Dado que buena parte del sufrimiento humano tiene su origen en el deseo insatisfecho, el epicúreo se afanaba en mitigar sus deseos, más que en arrojarse a satisfacerlos. El estado espiritual al que se aspiraba era la liberación de toda agitación (ἀταραξία, ataraxía), que se alcanzaba mediante la templanza y el estudio. Al exhortar a sus seguidores a renunciar a la ambición política, siempre fecunda en corrupciones y sinsabores, Epicuro se oponía frontalmente a la concepción tradicional de la ciudad-estado griega y anticipaba los valores más independientes de la sociedad helenística.

En el ámbito de lo metafísico, el epicureísmo se erigía sobre los cimientos de la teoría atomista de Demócrito y Leucipo; Epicuro concluía que, habida cuenta de que el alma humana está compuesta de átomos como el cuerpo, estos necesariamente se dispersan con la muerte, «como humo, en las altas auras del éter». En otras palabras, el alma muere con el cuerpo. Esta idea revolucionaria produjo enconado rechazo entre los círculos religiosos del mundo antiguo, que tampoco veían con buenos ojos que Epicuro sostuviera que los dioses, aunque existen, se sitúan al margen de los asuntos humanos. Las deidades, como epicúreos cabales, viven en un estado de contentamiento permanente y no nos necesitan para nada. Los humanos hemos de adorarlos, precisaba Epicuro, pero no debemos esperar dones y favores o temer su cólera.

Por estos y otros motivos, no resulta en modo alguno extraño que el pensamiento cristiano, que había acogido con sumo gusto el estoicismo y el aristotelismo, mostrara tradicionalmente un rechazo palmario del epicureísmo. Aunque durante los primeros siglos de nuestra era los Padres de la Iglesia trenzaban elogios y encomios con encendidos denuestos y reprobaciones, a partir de la Edad Media prevalece la interpretación negativa de Epicuro.

Como el punto de entrada de Quevedo en la filosofía epicúrea, se ha señalado frecuentemente su admiración por Séneca, toda vez que el sabio cordobés menciona con frecuencia la doctrina de Epicuro, sobre todo en las Epístolas, haciendo acopio de las enseñanzas más próximas a la vía estoica, como el elogio de la sencillez y la mesura, el menosprecio de los bienes físicos y la búsqueda del equilibrio interior. En la Defensa, al calor de la auctoritas del tutor de Nerón, Quevedo porfía en su afán por revitalizar y vindicar a Epicuro mediante el expediente de hacer de este un pensador estoico de facto.

Si la vinculación del epicureísmo con el estoicismo es un recurso crítico fundamental en la revitalización y vindicación de Epicuro que nuestro autor lleva a cabo en la Defensa, no es de menor calado su pretensión por cristianizar en lo posible al filósofo griego. Para ello dedica todo su empeño en atemperar los aspectos menos asumibles del pensamiento epicúreo desde el punto de vista de la doctrina cristiana, como el rechazo de la intervención divina en la perfección del cosmos o la negación de la inmortalidad del alma, y viene a subrayar la proximidad al dogma católico de muchos de los planteamientos de Epicuro. Este pensador deviene en sus manos el epítome de la mesura y la frugalidad, en sintonía con el neoestoicismo de cuño cristiano, alejándolo de la imagen de hedonista impenitente que habían ido modelando los Padres de la Iglesia.

En la tarea de revitalizar la figura de Epicuro mediante una reinterpretación de su doctrina desde la óptica cristiana, sin embargo, Quevedo no se encontraba solo; preclaros humanistas italianos como Lorenzo Valla habían desbrozado tenazmente esa senda para que Erasmo pudiese ser el principal impulsor de la restauración de la dignidad epicúrea en el siglo XVI. En España, el influjo erasmista había propiciado el florecimiento de algunas notas apologéticas que loaban la conducta moderada del sabio griego, como se aprecia en Fray Luis de León o el Pinciano, pero la labor de sincretismo doctrinal que emprende Quevedo en su Defensa de Epicuro resulta absolutamente novedosa en la España de su tiempo. En este aspecto, el valor de este opúsculo es, como se puede advertir, sobresaliente.

Esta edición

El año en que fallecía Lope de Vega, en 1635, cuando Quevedo contaba 55 otoños, salió de las prensas madrileñas de María de Quiñones, a costa de Pedro Coello, la Defensa de Epicuro, como parte del libro intitulado Epicteto y Phocílides en español con consonantes, con el origen de los estoicos y su defensa contra Plutarco y la Defensa de Epicuro contra la común opinión. Nuestro tratado y el que atañe a la doctrina estoica tienen portada y foliación propias: Nombre, origen, intento, recomendación y descendencia de la doctrina estoica, defiéndese Epicuro de las calumnias vulgares. Precede a ambos opúsculos una dedicatoria distinta a la que sigue a la portada general del volumen; si allí Quevedo se dirigía a Juan de Herrera, caballerizo del conde-duque de Olivares, aquí dispensa elogios al gran Rodrigo Caro, erudito, anticuario y poeta hispalense. Esta primera edición ostenta numerosos errores, como se declara ya en la fe de erratas: «Son tantas y tan grandes las erratas que el descuido por falta de su autor ha introducido en este libro que algunas pueden advertirse y no enmendarse». Todo apunta a que Quevedo no revisó las pruebas de imprenta, o dicho de otro modo, aliquando bonus dormitat Homerus.

Muy mejorada con respecto a la primera fue la segunda edición de la obra, que vio la luz ese mismo año de 1635, impresa asimismo en los talleres de Quiñones por el librero Coello. El breve opúsculo sobre Epicteto y la apología de Epicuro poseen también en este caso una portada propia, pero esta vez la foliación es correlativa a los demás textos recogidos en el volumen. Se han introducido aquí un buen número de variantes en epígrafes y títulos, que mejoran sobremanera la estructura general del libro y delimitan nítidamente sus distintas secciones, por lo que Crosby concluye que en su edición debió de intervenir una mano autorizada, aunque con toda probabilidad no era la de Quevedo. Se ha corregido, además, gran número de errores de la editio princeps, por lo que seleccionamos este texto como base de nuestra Defensa de Epicuro, si bien en pasajes puntuales donde se desliza algún error inadvertido recogemos la lectura de la primera versión.

Si atendemos a las ediciones modernas de la Defensa, hemos de reseñar en primer lugar la de Florencio Janer, publicada en 1921 en la Biblioteca Clásica, que toma como base la primera edición de 1635, sin notas ni enmiendas. Luis Astrana Marín, en las Obras completas de don Francisco de Quevedo Villegas (Madrid, Aguilar, 1932), sigue a pie juntillas la versión de Janer, con la adición de algunos errores más. En 1969, también en Aguilar, Felicidad Buendía reproduce a su vez la de Astrana, por lo que hay que esperar a 1986 para encontrar una edición óptima del opúsculo, que Eduardo Costa Méndez lleva a cabo con brillantez en la editorial Tecnos, precedida de un excelente y erudito estudio preliminar.

En nuestra edición modernizamos las grafías, la acentuación, la puntuación y el empleo de mayúsculas, con arreglo a las normas ortográficas actuales. Entre corchetes se recogen las adiciones al texto, mientras que las lagunas, como es pertinente, se marcan con puntos suspensivos entre corchetes.

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Autor: Francisco de Quevedo. Ilustrador: Pieter Brueghel el Viejo. Título: Defensa de la Felicidad. Alegato en favor de Epicuro. Editorial: Reino de Cordelia. Venta: Todos tus libros, Amazon, Fnac y Casa del Libro.

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