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Del adiós de Roth, la grandeza de Woolf y la eternidad de Parra

Del adiós de Roth, la grandeza de Woolf y la eternidad de Parra

Sin importarle la nieve ni las bajas temperaturas o que el bebé ha vuelto a despertarse una hora antes de lo deseado, continúa leyendo o revisando si tiene nuevos libros en la mesa o en la estantería. Prefiere abrir un suplemento literario atrasado, aunque no al azar, puesto que en la portada hay un expresivo dibujo del rostro de Philip Roth. La magnífica representación gráfica poco tiene que ver con cualquiera de las últimas fotografías que iban apareciendo en los periódicos cuando publicaba un nuevo libro, siempre con mirada seria, triste, sabedor de que el final anda próximo. ¿Pero qué final quería transmitir? Al menos uno se ha hecho muy popular antes del peor final: que deja de escribir, que se retira. Al parecer lo anunció en 2012 y lo hizo efectivo en 2010. Eso se dice en la entrevista del interior del suplemento. Ninguno de sus lectores quiso creerlo. Pero es así: no ha vuelto a escribir ninguna de sus grandes ni pequeñas novelas. Lo último que leyó de Philip Roth fue sobre Philip Roth. Una especie de biografía literaria, Roth desencadenado, de Claudia Roth Pierpont. Magnífica guía para quien quiere descubrir a Roth, pero mejor aún si ya lo conoce.

No veo hoy a mi personaje ni ensimismado ni taciturno. Veamos.

Ha reflexionado (¿un personaje reflexiona por sí mismo? Sí, sí. Lo hace a su antojo. Pero no es su creador el que… No. El personaje reflexiona. Ya está. Vale. …¡Buf, qué genio!) sobre por qué un escritor deja de ofrecernos sus extraordinarios libros de un día para otro. Roth aclara en la entrevista que ya no tenía nada más que aportar, que su literatura había terminado, que seguramente todo lo que pudiera escribir a partir de entonces empequeñecería su obra, no la agrandaría. La de escritores y escritoras que se podían haber ahorrado su obra si hubieran decidido a los veinte años, por ejemplo, que era mejor no empezar. Ahora no abarrotarían los estantes de novedades de los grandes almacenes o grandes superficies quitando sitio a los buenos escritores. Podrían así presentar sus programas de televisión sin tener cargo de conciencia al respecto (¡ah!, que no tienen cargo de conciencia, que se creen muy buenos… ¡Pues claro, todo el mundo tiene derecho a escribir!) o ser estrellitas en medios que sí conocen e incluso dominan.

"No responde, pero piensa que sí, que esos dos escritores han pasado ya a la historia de la literatura y ahí seguirán aunque crea que El guardián... esté sobrevalorado y el retiro de Salinger magnificado."

Es de aplaudir y da que pensar, se dice, que alguien que ha escrito El mal de Portnoy, Pastoral americana, Me casé con un comunista, La mancha humana y La conjura de América, por poner ejemplos poderosos, aunque haya más libros de primer nivel en su treintena escritos, diga que no sigue, que ya ha escrito bastante. A otros autores les bastó con un libro significativo como para que les entrara el miedo en el cuerpo, ese que tiene todo escritor que se precie de no poder escribir lo que se quiere. Juan Rulfo y su Pedro Páramo o Salinger y su El guardián entre el centeno pueden servir de ejemplos. Aunque las circunstancias para no intentar al menos afrontar obras de similar nivel sean bien distintas o lo parezcan.

Vamos a ver, personaje (habla tu creador), ¿no te parece suficiente la calidad de Pedro Páramo y de El guardián entre el centeno como para entender y respetar a los autores con su posterior silencio? A ver qué dice ahora. Yo a veces le temo.

No responde, pero piensa que sí, que esos dos escritores han pasado ya a la historia de la literatura y ahí seguirán aunque crea que El guardián… esté sobrevalorado y el retiro de Salinger magnificado. Si alguien se quiere retirar, que se retire; si alguien no quiere escribir, que no escriba. Pero que le dejen en paz. Hoy incluso cualquier famosillo del tres al cuarto escribe sus memorias y se queda tan ancho. Si les da dinero, deben decirse estos escritores de basura, por qué no.

No coincido mucho contigo hoy, personaje. Eso me pasa por darte pábulo. Al final te adueñas del espacio y de la situación.

"Ha visitado una reducida pero magnífica librería en Segovia, un día que pasaba por allí, y le ha dado a la Visa que es un gusto, un gusto para el banco, no para él."

A él le gusta la valentía de los escritores. Gabriel García Márquez tuvo el coraje de seguir escribiendo tras Cien años de soledad. Él se confiesa que, de ser escritor y alcanzar esa cima, casi que recogería los bártulos y a casa. Pues no, su querido Gabo escribió otras dos obras maestras al menos, la genial Crónica de una muerte anunciada y la monumental Amor en los tiempos del cólera. Eso es valentía, se dice. Y no es que critique a Philip Roth, cuyos libros ama, aunque no estén al nivel de los de Gabo (que no lo están) porque en realidad son otra cosa, otra literatura, otro espíritu, otro mundo.

Yo (el creador) no he leído ese suplemento. Ya lo leeré. Sí estoy de acuerdo, ya lo he dicho en el paréntesis del anterior párrafo, en que García Márquez es superior a Philip Roth. Pero qué importa eso en realidad. A mi personaje parece que sí le preocupa. Sigue.

Ha visitado una reducida pero magnífica librería en Segovia, un día que pasaba por allí, y le ha dado a la Visa que es un gusto, un gusto para el banco, no para él.

¡Como si él tuviera dinero! Si aquí quien tiene dinero soy yo, el creador. Bueno, tampoco, en realidad. Sigue.

Verse rodeado de tantos libros buenos le ha dado un subidón (como se dice ahora). Las cartas de John Cheever lo deja para más adelante, aunque está seguro de que es una joya. Casi todo Cheever lo es, también su vida, intensa, jalonada de problemas derivados del alcohol y de no poder amar a quien la sociedad prohíbe amar, pero a pesar de todo digna de ser vivida. Lo acabará comprando.

En realidad, lo he comprado yo. Y lo tengo aquí a mi lado. Pero no quiero interrumpir a mi personaje.

"Virginia Woolf es Virginia Woolf. No hay dos como ella en todo el siglo XX. Quizá la única escritora que está a la altura de los tres grandes."

Como un fogonazo le llega a la vista El diario de Virginia Woolf. El volumen I, del periodo 1915-1919. Empezar a leerlo es lo que ha hecho al llegar a su casa (mi personaje tiene derecho a tener una casa, aunque se parezca mucho a la mía). Ya lo está terminando y ansía como pocas veces que ya traduzcan el segundo tomo. Sí, Lumen ya editó los diarios, tal vez unos compendios de los mismos, pero ahora parece que son completos. Él no dudará en estar atento a su publicación. Tanto o más que le ocurrió con Knausgard, el escritor noruego de Mi lucha. Virginia Woolf es Virginia Woolf. No hay dos como ella en todo el siglo XX. Quizá la única escritora que está a la altura de los tres grandes.

Perdón que interrumpa. ¿Los tres grandes? ¿Quiénes son los tres grandes? En literatura cada lector tiene los suyos.

Le mira una vez más y esta vez sí contesta:

—Los tres grandes son Kafka, Proust y Joyce.

—Será para ti, personaje. ¿Y los poetas?

—Para mí son, pues yo soy quien habla, creador. Sí, faltan los poetas.

—Sigue, anda, sigue.

Con tanta interrupción reconoce que ha perdido de nuevo el hilo. Por supuesto que le encanta el diario de Virginia Woolf, puesto que los diarios de los grandes suelen ser igualmente grandes. Por supuesto que los poetas merecen siempre un espacio tan inmenso al menos como el de los novelistas, se dice. Le viene a la cabeza Nicanor Parra, de quien sólo ha leído un par de poemarios, los primeros. Pero él sabe que lo acabará leyendo todo. Lamentablemente, su muerte lo puso de actualidad y él (mi personaje) recayó en él y en su olvido. Nicanor Parra, se dice, merece más espacio, también saber mucho de poesía y no es su caso. Aun así, entiende que Nicanor cerró su vida como la empezó. Hizo de la muerte su penúltimo antipoema; de la muerte su penúltimo artefacto para darle al mundo en toda la cara.

—¿Por qué “penúltimos”?

—Porque “últimos” es sólo para quien tiene final.

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