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De Manuel Vilas, Richard Russo y las compras

De Manuel Vilas, Richard Russo y las compras

¡Qué bueno, joder (perdón)! ¡Qué bueno!

Eso he pensado esta mañana nada más terminar Ordesa, el libro de Manuel Vilas. De manera inmediata me he dicho: tengo que escribir un artículo sobre este libro y sobre este escritor. Incluso he tomado unas notas que dicen más o menos así: «… Esas son las palabras que me vienen a la cabeza cuando acabo Ordesa. Y pienso en escribir un “zenda” sobre Manuel Vilas, un escritor que ya es un amigo, como todos los escritores a los que vas incorporando al mundo de tus lecturas. Los lees. Te gustan. Son tus amigos. Manuel Vilas ya lo es. Después he escrito sin palabras en mi cabeza. Me decía, decía posiblemente el personaje de Zenda (inventado para), aquello de: “¿Dónde estabas entonces…?” Pero no Vilas, ni el personaje, yo. Dónde estaba, en qué estaba pensando para no descubrir a Manuel Vilas, para no leer todo lo que Manuel Vilas iba escribiendo. Hay tan pocas linternas que me dicen por dónde hay que ir… Esa es la gracia. Cada uno debe portar la suya y enredarse en la maraña de infinitos caminos de la literatura, para descubrir la literatura…».

Más o menos, he venido a realizar estas anotaciones, por llamarlas de alguna manera. También he debido pensar que esa frase que en realidad termina “…cuando tanto te necesité?” es de la digamos gloriosa canción de El Último de la Fila, y de la que quiero pensar, seguro que erróneamente, que podría referirse a amigos que te fallan o a amores que no vuelven o han terminado. Por eso te lo preguntas, puesto que Manuel Vilas es de tu quinta y tiene ya una obra considerable. ¿Será que leo los periódicos equivocados? ¿Que las revistas literarias no se ocupan de todos los buenos? ¿Y quiénes son los buenos? Manuel Vilas es uno de ellos. Debería decir que es de los “muy buenos”. Cuando alguien te pregunta por un libro leído y dices “¡muy bueno!” es porque no se puede superar. Rara vez igualar. Igual pasa con el escritor del mismo.

Mi personaje lleva un buen rato mirándome. Se decide a dirigirme la palabra.

—¿Es que hoy no vas a contar conmigo?

—No lo sé. Siempre hablas tú. Por una vez que me toque a mí no pasa nada.

—¿Es que crees que yo no he leído Ordesa? ¿Crees que porque sea tu personaje no soy capaz de leer lo que tú? ¿Me tomas por alguien inferior a ti? ¿Sabes que he leído mucho más que tú?

—Ya sé que has leído mucho más que yo. Pero no olvides que eso es porque yo quiero que sea así.

—Siempre abusando.

—Bueno, habla.

—Así me gusta. Voy.

En sus ensoñaciones de escritor, mientras su creador casi relamía cada página de la abrumadora Ordesa, le dio por pensar que cuando ha leído libros tan contundentes y de temas tan universales como la muerte, el paso del tiempo, los abrazos que tantas veces no dan los padres a los hijos y/o muchas más en las que los hijos ni se acuerdan de los padres, de que tienen padres y que, por tanto, también fueron hijos… que le han “robado” un libro. 

"¿Todo empezó en Faulkner y su mítico condado de Yoknapatawpha? ¿Una invención tal vez continuada en Comala, Macondo, Santa María, Región...?"
 Sí, él sabe o cree saber que a su creador Manuel Vilas le ha “robado” un libro, otro libro que nunca escribirá porque los libros que gustan tanto a un posible escritor hacen de él, del escritor, un derrotado. Lo ha escrito otro, no él. Eso es suficiente para saber que uno está en su tiempo, en su mundo, o no está. Muchas veces, si no todas, el personaje siente que efectivamente no es de este mundo, ni siquiera del mundo de su creador, que es absolutamente libre y por eso lee lo que quiere y dice también lo que cree querer. No quiere ser consciente de que sin el creador sería mudo. Un no ser.

Para filosofar (aquí el creador de nuevo) no te doy la vez. Ahora debes de nuevo esperar. Anda, cámbiale el pañal al niño, que se ha hecho caca, y espera tu turno.

Como digo, la lectura de Ordesa no sólo me ha entrado como un tiro, sino que me ha hecho aparcar otros libros que tenían prioridad aunque sólo fuera por su previa adquisición.

—A ver, personaje, ¿qué pensabas leer tú estos días? Después igual te digo yo lo que pensaba leer.

—Entonces, ¿puedo hablar?

—Sí. Adelante.

Ha cambiado, efectivamente, el pañal al bebé (les dije que mi personaje tiene un bebé. ¿No se acuerdan? ¡Pues estén más atentos!). Y se ha encontrado casi por sorpresa con un libro de Richard Russo en sus manos. Se trata de Tonto de remate. Lo ha empezado a leer y le ha ocurrido como con otros libros de este escritor americano (¿hay que decir estadounidense? Igual sí, pero nos entendemos) que no parece tener tanto reconocimiento aquí como otros compatriotas. Los periódicos, desde luego, no le hacen mucho caso. Otro día hablará, por cierto, de por qué los periódicos ningunean a tantos escritores buenos y tantos libros interesantes se pierden en el limbo (aquí el creador: no te canses, los periódicos no tienen espacio, y en la era digital ¿quién lee?). Bien, se dice, dejará el asunto de los periódicos.

"¿Dónde estabas entonces para no saber nada de Richard Russo?"

Recuerda de golpe su primera lectura de Russo: Alto riesgo. Aquella maravillosa novela le marcó si no una vía a seguir para descubrir más escritores americanos (¿estadounidenses?) casi, casi. Le dio la sensación de que no hay como descubrir libros de los que casi nadie le ha hablado o como en el caso de Manuel Vilas con su creador, no encontrados a tiempo. ¿Dónde estabas entonces para no saber nada de Richard Russo? Pero por esa casualidad que suele ofrecerte una revista literaria o una reseña de un buen crítico-lector que recibe una miseria por sus trabajos dio con Russo. De la literatura de Manuel Vilas ya sabía muchas cosas, precisamente por los periódicos, pero hasta ahora no lo había leído, igualito que su creador. Y como su creador, está encantado con los dos, con Vilas y con Russo.

De nuevo el creador, con la idea de no interrumpir en exceso.

—Personaje, ¿qué te hace pensar que yo he leído a Richard Russo?

—Estoy seguro de ello.

—Bien. Sigue.

Como en otras ocasiones, cuando habla (porque este personaje no escribe, habla), ha reunido alrededor de su ordenador varios de los libros que tiene de Russo. Los ha hojeado, acariciado, leído sus espléndidos comienzos. ¿Por qué —se pregunta— existe esa tendencia de los escritores americanos de situar el lugar en el que van a desenvolverse sus personajes con un primer párrafo, página o páginas de indudable maestría? ¿Todo empezó en Faulkner y su mítico condado de Yoknapatawpha (¿se escribe así?)? ¿Con ese extrañísimo nombre? ¿Una invención tal vez continuada en Comala, Macondo, Santa María, Región…, en las que cada uno de sus autores desarrolla sus personajes y magistrales estilos? De lo que sí está seguro es de que Russo comienza sus novelas como los grandes. A partir de esas líneas, cualquier buen lector se dice: «¿Y cómo no voy a seguir leyendo ahora?» Sólo el maldito trabajo, que merma el tiempo de las personas para empequeñecerlas, al menos como lectores, le impedirá sumergirse literalmente en esas novelas, en novelas como esas.

—Estoy de acuerdo, personaje. Háblame de tus lecturas.

En una segunda visita a su ya librería favorita de Segovia, situada junto al Acueducto (¡cuánta piedra fea, de una en una, para luego construir una maravilla! ¡Estos romanos están locos!), compra unos libros que seguro va a leer. Esa es la consigna de los libros que él compra: siempre los va a leer (¿a ustedes les pasa lo mismo? A mí, el creador, sí). Se detiene a responder a su creador.

—No te estoy hablando de mis lecturas, creador; te estoy hablando de mis compras. O de tus compras, según se mire. ¿Sigo?

—Sigue.

Ya habló, cree recordar de Cartas, de John Cheever. Sabe que lo leerá pronto. Un amigo suyo se lo ha recomendado. También lo recomendó a los lectores en un magnífico artículo que publicó en su periódico. Él, digamos que podría llamarse Manu, es poeta aunque se empeña en ser periodista. En realidad sabe que es más práctico: los poetas a secas se mueren de hambre. Vuelve a leer la franja que publicita el libro. Son palabras de William Maxwell, el editor de Cheever en The New Yorker: «John Cheever jamás escribió una mala carta. Cuando me escribía siempre era como si caminase por la cuerda floja». ¿No les parece suficiente como para comprar el libro y devorarlo?

—¿Lo leerás, personaje?

—En cuanto acabe con Russo.

—¿Y tú, creador?

—En cuanto acabe con Russo. Sigue.

—Sigo.

No sabe por qué le interesan tanto las cartas de sus escritores preferidos. El caso es que también compró 600 libros desde que te conocí, cartas entre Virginia Woolf y el reconocido crítico y amigo de su tiempo Lytton Strachey

"Personaje, hoy tengo la sensación de que me has convencido."
 Otra joya, se dice. Termina la tarde de compras con Cartas a Mercedes, del genial, irreverente y clásico (¿realmente nació en el siglo XX?) Miguel Espinosa. Otra delicia tras leer las primeras 70 páginas de corrido. No, no termina sus compras. Se detiene en uno de sus poetas de juventud (¿pero tú lees poesía, personaje?): Eloy Sánchez Rosillo, cuya poesía completa —Las cosas como fueron acaba de editar Tusquets. Le encantó leer algunos de sus poemas allí mismo, en la librería, sobre los que volverá detenidamente. Y le encantó mucho más leer en una entrevista a Eloy Sánchez Rosillo que cuando le preguntan qué libro tiene entre manos dice: «Cartas a Mercedes,  de Miguel Espinosa. Magnífico.». Por tanto, se dice, no va muy desencaminado.

—He terminado, creador. Te toca.

—He pensado que no hablaré hoy de mis futuras lecturas o compras. Me quedo con las tuyas. Se parecen mucho a las mías.

Manuel Vilas (a quien he leído yo primero), Richard Russo, John Cheever, Virginia Woolf (de nuevo), Miguel Espinosa y Eloy Sánchez Rosillo. Personaje, hoy tengo la sensación de que me has convencido.

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