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Derecho a discrepar

Detalle de la portada de ‘El libro de Manuel’, de Julio Cortázar.

Decía Cortázar que toda su obra buscaba discrepar con lo establecido. Y a mí que me place su aspiración: el argentino puso de vuelta y media el canon de novela con apenas un puñado de títulos. Me parece interesante afirmar como él afirmaba que sólo se puede crecer en la discrepancia. O, mejor dicho, me parece interesante decir esto mismo como lo dice uno de esos personajes borrosamente enamoradizos que tan maravillosamente construía, y que en la novelita Modelo para armar le explica a ella: «Lo sabes bien, todo lo que nos desune es en el fondo lo que nos deja vivir tan bien juntos». Discrepar es replantear. Y quién sabe lo que puede venir en ese nuevo planteamiento. No en vano «discrepar» viene del latín crepare, que viene a significar «crujir», «sonar de otra forma», «romper la tranquilidad», o algo así. Más o menos lo que buscaba Cortázar con la novela, y lo que debería buscar cualquier sociedad en su sano avance.

"Disentir le prohibiría entrar en su tierra, pero le haría pasar, según sus propias palabras, del yo al vos, del vos al resto"

Leo que, en Estados Unidos, un grupo de intelectuales ha firmado una carta reivindicando el derecho a discrepar. Entre los firmantes veo a Chomsky, a quien tanto admiré en la Filología antes de averiguar que se había vuelto loco, veo a Margaret Atwood, Salman Rushdie y gente de postín parecido. Pese a lo mainstream del asunto, me parece una demanda muy necesaria. En un tiempo en que la opinión derriba estatuas, censura libros y cancela cineastas, discrepar con el discurso dominante es más necesario que nunca. O, al menos, proponérselo, no amedrentarse. Derribar uno de los mayores males de esta contemporaneidad pandémica: la autocensura.

"De poco hubiera servido matarlo: su obra ya hacía discrepar a medio planeta. El bien estaba hecho"

Vuelvo a Cortázar y pienso en El libro de Manuel, una novela ideada para plantarle cara al gobierno militar de Lanusse, un artefacto literario capaz de hacer temblar los cimientos de la política represiva que convirtió el ambiente de la Argentina en un tufo irrespirable. No le importó a Julio tener que asumir, ahora sí oficialmente, su condición de exiliado —exilado, le gustaba decir— en el lejano París que ya nada tenía de Mayo del Sesentayocho. Disentir le prohibiría entrar en su tierra, pero le haría pasar, según sus propias palabras, del yo al vos, del vos al resto. Si no me fallan las cuentas, El libro de Manuel es su última novela. El Cortázar que se fue marchitando con la enfermedad es ya el hombre que ha revolucionado la literatura en idioma castellano. Poco antes de morir, restaurada la democracia en la Argentina, alguien encontró una ficha con su nombre en los archivos que la dictadura dejó sin quemar. De poco hubiera servido matarlo: su obra ya hacía discrepar a medio planeta. El bien estaba hecho.

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