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Descubriendo a Florencia del Campo

Afirmar que Florencia del Campo (Buenos Aires, 1982) es una escritora argentina residente en España es mucho más que trazar una nota biográfica para las solapas de sus libros. Pronto lo percibirán quienes lean las novelas de la bonaerense editadas en nuestro país: La huésped (Base, 2016); Madre mía (Caballo de Troya, 2017) y La versión extranjera (Pre-Textos, 2019). En las tres obras una mujer sin nombre —el anonimato cobija la intimidad y el dolor— viaja al extranjero en busca de sí misma: de su identidad, de su felicidad, de su libertad; mas en el punto de llegada la espera no solo el lastre de los recuerdos, sino la infelicidad presente, que va larvándose poco a poco por la incomprensión, la incomunicación con el mundo que la rodea. No es casual que, a modo de metáfora de lo anterior, en las tres novelas sus viajes la lleven a España, a Francia y a Estados Unidos, donde dicha incomprensión queda simbólicamente encarnada en la dificultad para comprender los idiomas. A menudo, en medio de una conversación, le queda a la protagonista un cabo suelto que dimana de una frase que no entiende, y esa falta de entendimiento da lugar a que se distancie de la realidad.

La distancia, además de extrañamiento, es congoja derivada de la lejanía de quienes la rodean; en particular la familia. Desazón, dolor en definitiva. Puede afirmarse que el dolor es la materia prima narrativa y poética de la autora. Y afirmo «poética» porque su relato no es convencional ni efectivo sino lírico: avanza a golpes sentimentales, con momentos trágicos e irónicos.

En La huésped, la narradora se traslada a Picardía, región de Francia, a vivir junto a su suegra y su marido en una habitación subterránea donde él durmió de joven, a la que pronto calificará como el búnker. Es evidente que la narradora se siente atrapada del modo más kafkiano: con su marido en una tórrida sensualidad que parece caer en la rutina; con su suegra en la incomprensión que le impide expresar libremente su individualidad.

"Por último, La versión extranjera guarda una clara relación argumental con La huésped, porque en ella podríamos afirmar que la narradora, que sigue sin desear nominarse, se convierte en huésped, no ya de su familia política sino de su propia familia"

Madre mía se inscribe en el género no ficcional, autobiográfico y testimonial que se ha desarrollado en la última década y es, al mismo tiempo, libro de viajes y novela de duelo. En este caso, la autora desea escapar de Argentina en busca de su identidad y de una libertad utópica. Su deseo se ve lastrado por la culpa que le produce la revelación de que su madre padece un cáncer terminal. En este caso la madre ejerce de polo de la disyuntiva entre la idea de quedarse o marcharse, presente en las tres novelas, y es la relación maternofilial, hecha de amor y rechazo, donde se plantea el conflicto, el dilema de imposible resolución.

Por último, La versión extranjera guarda una clara relación argumental con La huésped, porque en ella podríamos afirmar que la narradora, que sigue sin desear nominarse, se convierte en huésped, no ya de su familia política sino de su propia familia. La estructura de la novela es especular. Se trata de un mismo relato narrado en dos versiones: la de la proximidad y la de la distancia. En la primera, la mujer protagonista y narradora viaja a California a visitar a su madre, su hermano y su cuñada, entre los cuales se siente una extraña. Tras la estancia de dieciocho días en los Estados Unidos, vuelve a casa y reflexiona sobre lo acontecido en una suerte de extrañamiento de sí misma, una mirada al espejo.

En La versión extranjera, Florencia del Campo desarrolla una lírica personal. A menudo hay extractos en los cuales parece definirse el conjunto de su obra, como este de la primera página: “Tengo que llegar al aeropuerto de San Francisco. Allí me espera madre y me espera hermano. Por ahora sólo sé que tengo que llegar a esa ciudad, todavía no presiento que llegar es volver”. “Llegar” es un hecho físico, un desplazamiento; “volver” equivale a regresar al seno de la familia, a volver al pasado. También es significativo este otro extracto, que surge cuando a la narradora le preguntan en la aduana por los motivos de su viaje: “¿Turismo? Qué hago acá. Qué hago fuera, siempre fuera. Fuera del tiempo, fuera de la historia. Del cuerpo. De la familia. ¿Familia?”. Su hermano le parece “un monstruo, una máquina, un padre”; su cuñada: “una momia realizada con otra tela”. Todo lo que la rodea le resulta distante e incomprensible, hasta su propia lengua, pues el inglés la aleja del español: “No sé mi lengua materna. Desaparece el habla, amordazada. Me convierto en un lápiz al que le sacaron tanta punta que por diminuto duele escribir con eso; duele, y los dedos resignados de palabras no logran sujetarlo”.

"En todo este periplo desea cuidar a su madre y, al tiempo, alejarse de casa, del hogar familiar; independencia y dependencia se contraponen"

Madre mía es también un libro de voces, donde se alternan la de Florencia del Campo con otros fragmentos orales que irrumpen en cursiva sin previo aviso, cual grabadora que hubiera registrado conversaciones; a menudo sobre la muerte, la desaparición. La poética del duelo se entremezcla de nuevo con la temática recurrente de la autora: el deseo de encontrarse a sí misma en algún lugar, de identificar y amar a unas personas. Durante la novela, este anhelo inalcanzable la llevará a diferentes lugares hasta recalar en Buenos Aires. En todo este periplo desea cuidar a su madre y, al tiempo, alejarse de casa, del hogar familiar; independencia y dependencia se contraponen.

Al cabo, en esta lucha por la supervivencia anímica, La huésped sensible de la vida que es Florencia del Campo, en pleno crecimiento como escritora, concluye: “Entre la tolerancia y lo repugnante, entre la mente en blanco y los pensamientos, entre la carne y el plástico, entre el artefacto y el cuerpo, habito esta nueva vida”.

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